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Justicia y escándalos · Reino Unido

La ventana abierta

Una aprendiz ya se había escapado de aquella casa. Sin embargo, fue necesario que un vecino vislumbrara a Mary Clifford a través de una claraboya abierta para que por fin acudieran a preguntar por su paradero.

Fue preciso abrir una ventana para que el vecindario alcanzara a ver a Mary Clifford. Habían encerrado un cerdo en el patio techado de los Brownrigg; como el hedor se tornaba insoportable, se dispuso una abertura en la claraboya. A través de ella, un criado del panadero colindante distinguió una silueta tendida. Percibía gemidos. Llamó, sin obtener respuesta inteligible, y arrojó luego un objeto para atraer su atención. Aquello que gemía bajo sus ojos era una niña.

El sirviente dio aviso a su amo, quien a su vez alertó a los oficiales de la parroquia. Estos se personaron para exigir que les mostraran a Mary. James Brownrigg replicó que la muchacha se hallaba en el campo. De ese modo, en cuanto llamaban a su puerta, la casa recobraba la apariencia de un lugar donde todo admitía una explicación.

Nos encontramos en Londres, en el estío de 1767. Mas antes de franquear el umbral junto a aquellos hombres, conviene retroceder hasta otra puerta: una que otra de las aprendizas ya había conseguido cruzar con anterioridad. El asunto bien pudo haber comenzado mucho antes.

Una casa donde se colocaba a menores

Elizabeth Brownrigg ejercía el oficio de partera. Había alumbrado dieciséis hijos, de los cuales tres vivían aún cuando fue conducida a juicio. Joseph Moore, el capellán que la visitó en prisión y dio a la imprenta la relación de sus entrevistas, no le niega el afecto hacia los suyos ni la reputación de profesional atenta. La parroquia de St Dunstan-in-the-West le había encomendado a las mujeres pobres de su casa de socorro. De tal suerte gozaba, en un cargo que demandaba cierta confianza, de un crédito público del que las aprendizas confiadas a su tutela no habrían de obtener amparo alguno.

El marido era fontanero. En su morada de Flower-de-Luce Court, en las inmediaciones de Fleet Street, recalaron de forma sucesiva Mary Mitchell, Mary Jones y Mary Clifford. La primera y la tercera dependían de las autoridades de Whitefriars; Jones procedía del Foundling Hospital. Tres muchachas, tres destinos de los cuales el legajo judicial no conserva huella sino a partir del instante en que su existencia queda confinada tras aquella dirección. Conviene no confundirlas: una escapó, otra prestó testimonio y la tercera halló la muerte.

El régimen de pupilaje suponía que la menor aprendería un oficio y hallaría su sustento junto a quienes la empleaban. En el testimonio recogido por Moore, las exigencias crecen al mismo tiempo que menguan las raciones. La faena se vuelve más penosa a medida que flaquean las fuerzas; la incapacidad material de cumplirla se convierte entonces en el pretexto para el castigo. Semejante engranaje no precisa de una cólera desmedida para perpetuarse: basta con que quien imparte la orden ostente a la vez la facultad de juzgar la falta, tasar la pena y decidir qué ha de comer la condenada.

Mary Jones consiguió apoderarse de la llave de la entrada mientras los amos dormían. Ganó la calle y retornó al Foundling Hospital, donde dio cuenta de las violencias padecidas. Su relato tuvo el peso suficiente para motivar una diligencia ante el chambelán de Londres; el contrato de aprendizaje quedó disuelto. La joven no volvió a poner el pie en aquella morada.

Una de las pupilas había encontrado, al fin, adultos dispuestos a escucharla. Sin embargo, la providencial salida obtenida para ella no sirvió de escudo a las que quedaban dentro. Se había revocado un compromiso legal; la puerta de los Brownrigg volvía a cerrarse sobre las demás.

Lo que urgía ocultar

Mary Clifford no gozó de semejante evasión. Las privaciones la empujaron a forzar el mueble donde se custodiaban los alimentos. Brownrigg convirtió aquel intento de alimentarse en un nuevo motivo de suplicio. Moore refiere a renglón seguido las noches transcurridas en un zaquizamí bajo la escalera, el jergón elemental, las jornadas de servidumbre extenuante y los encierros durante las ausencias de los amos. Mary Mitchell compartió buena parte de aquel régimen; logró sobrevivir y estuvo en condiciones de atestiguarlo.

Resultaría sencillo inventariar aquí los instrumentos y las heridas, pues abundan en los autos de la causa. Revelan menos, con todo, que esa sucesión de actos ordinarios transformados en quimeras: tomar una colación, acostarse en un lecho, salir al exterior, demandar auxilio. El zulo, las cuerdas y la privación de sustento concurrían a sujetar a las menores bajo una potestad de la que no podían substraerse. No se trataba de una corrección aislada que hubiera degenerado en exceso; el transcurso del tiempo mismo se había trocado en parte del tormento.

La declaración de Brownrigg transmitida por el capellán reconoce las violencias, si bien discute ciertos pormenores del testimonio de Mitchell. Procura asimismo exculpar a su marido, aduciendo que este ignoraba el empleo dado a un gancho colocado a instancias suyas; admite, en cambio, que su hijo John azotó a las muchachas por orden expresa de ella. Semejantes distinciones dimanan de sus propios labios; tomarlas por lo que son —meros descargos de parte— permite atender a su defensa sin encomendarle el juicio moral sobre toda su parentela.

En el momento en que la claraboya desveló el horror a los ojos del vecino, Mary Clifford era ya incapaz de expresarse con claridad. Hizo falta que un tercero mirase, llamase, perseverase y diese la voz de alarma. La ventana se abría a un patio londinense, pero conducía, ante todo, a hombres con autoridad para exigir cuentas.

«Mostradnos a Mary»

Los oficiales parroquiales no se contentaron con la vaga aseveración de que la muchacha reposaba en el campo. James Brownrigg protestó por su intromisión, hizo comparecer a un letrado e intentó amedrentarlos. Se iniciaron pesquisas en el inmueble, mas no se dio con la niña de inmediato. El amo de la casa conservaba aún una ventaja mayúscula: los pesquisas sabían qué buscaban, pero solo él sabía dónde se ocultaba.

Optaron finalmente por ponerlo bajo arresto. Solo entonces, de acuerdo con la relación de Moore, consintió en presentar a Mary. La promesa de una estancia campestre se desplomaba ante el estado de aquella cuya ausencia pretendía justificar. La menor fue trasladada de urgencia al hospital de St Bartholomew. Los auxilios llegaban tras semanas de tormentos sistemáticos. Expiró el 9 de agosto de 1767, fecha consignada en los cargos impresos en el folleto de la época.

Elizabeth y John se habían dado a la fuga. Se les localizó en un aposento de Wandsworth, tras lo cual la madre fue conducida a la prisión de Newgate. La causa judicial, hasta entonces reducida a unos pocos vecinos, a los inspectores de beneficencia y a los muros domésticos, pertenecía ya a la voracidad de todo Londres. Las habladurías corrían con mayor ligereza que las cautelas exigidas para verificarlas.

No tardaron en imputarse a Brownrigg otras desapariciones y muertes pretéritas. Moore concibió seria inquietud por ello: interrogó a la reclusa sobre tales imputaciones, recogió sus desmentidos y reprobó aquellas fábulas que venían a recargar una causa de por sí pavorosa. Su testimonio no basta para esclarecer cada etapa de la trayectoria de la acusada, pero al menos veda convertir el rumor callejero en catálogo de víctimas. Para narrar la agonía de Mary Clifford no es menester añadir niños inventados a aquellos cuyos nombres constan fehacientemente en los autos.

El veredicto y el clamor de la calle

La causa fue vista para sentencia durante las sesiones de septiembre en Old Bailey, celebradas del 9 al 12 de dicho mes. Elizabeth, James y John se declararon inocentes. Al formular su defensa, Elizabeth alegó, según el opúsculo de Moore, que jamás albergó la intención de causar la muerte a la menor. El jurado la halló culpable de asesinato; su esposo y su hijo resultaron absueltos de dicho cargo. Semejante distinción jurídica resistió el embate del furor popular, que habría dictado de buen grado una condena unánime para toda la estirpe.

Las pláticas en la celda suministraron al capellán una materia bien distinta. Describe en sus páginas las exhortaciones piadosas, las oraciones, el reconocimiento de la culpa y la zozobra de la reos por la suerte de los suyos. Deja constancia de que ella admitía la equidad del castigo, al tiempo que relata sus afanes por conducirla a un arrepentimiento sincero. Conviene no perder de vista la naturaleza del texto: es la obra de un clérigo consagrado a procurar la salvación de un alma a las puertas del cadalso; sus asertos deben permanecer circunscritos a dicho empeño antes que ser leídos como una ventana indiscutible a la conciencia íntima de Elizabeth.

El 14 de septiembre se despidió definitivamente de su esposo e hijo. Moore refiere que James aludió a los dos vástagos de menor edad y a la posibilidad de asegurar su sustento si lograba salir libre. Elizabeth le suplicó que no padecieran jamás el trato infligido a las pupilar puestas bajo su guarda. La ternura que aún profesaba a su propia prole vuelve tales palabras sobrecogedoras: sabía poner nombre exacto a la desdicha que debía ahorrarse a una criatura.

La carreta emprendió el trayecto hacia Tyburn. A lo largo del camino, Moore oyó a la turba implorar a gritos la condenación eterna de la ajusticiada; uno de los presentes llegó a conminarle a que orase en tal sentido. El sacerdote quedó vivamente indignado. En ningún momento había cuestionado el crimen ni la legitimidad de la sentencia; descubría, sin embargo, entre aquellos que se proclamaban justos, una saña dispuesta a prolongar el escarmiento más allá de la fosa.

Elizabeth Brownrigg fue ejecutada aquel lunes. Hallándose demasiado desfalecida, según Moore, para dirigirse en persona al gentío, le encomendó que proclamara su reconocimiento de culpa y la rectitud del fallo que la condenaba. El capellán pudo hacer resonar aquellas últimas palabras ante la muchedumbre. Mary Clifford, cuando al fin la descubrieron, apenas conservaba un hilo de voz.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La llave restituida

Esta novela corta original seguiría los pasos de una aprendiza ficticia que regresa a la institución donde fue criada tras escapar de la casa donde servía. Un funcionario consiente en anular su contrato, pero se niega a escuchar el testimonio sobre los demás menores cautivos en la vivienda. La muchacha solo dispone de una jornada antes de que la trasladen a otra ciudad. La trama se concentraría en su búsqueda de un testigo y en el dilema de una antigua pupila —convertida ahora en sirvienta respetable— que arriesga su propia colocación si corrobora lo que sabe. El desenlace exploraría la posibilidad de una acción conjunta.

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Los hijos de nadie

Una novela inédita situaría en el centro a una inspectora de pupilajes enteramente inventada, en una ciudad inglesa de la centuria siguiente. Encargada de fiscalizar un sistema al que debe su propia educación, descubre que una serie de denuncias por abusos ha sido archivada bajo el rótulo de embustes serviles. Sus indagaciones la enfrentarán a una antigua amiga convertida en patrona, a un actuario de celo burocrático y a una superviviente que rehúsa servir de estandarte moral. Para salvar a una menor aún enclaustrada, se verá obligada a divulgar legajos que comprometen asimismo a la familia cuyo ilustre apellido ostenta.

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Las casas recomendadas

Tres novelas originales, pobladas de figuras de ficción, explorarían la circulación de menores acogidos y el manejo de las reputaciones en una misma urbe. La primera seguiría a una fugitiva y las pesquisas desencadenadas a raíz de su desaparición. La segunda tendría por protagonista a una dama encargada de concertar colocaciones, quien descubre que una casa tenida por intachable falsea sistemáticamente sus registros. La tercera acompañaría a un periodista, hijo de una antigua aprendiza, comisionado para redactar la crónica conmemorativa del centenario de una benemérita fundación. Cada volumen resolvería su intriga judicial; sus vínculos pondrían de manifiesto las redes de influencia que blindan a ciertas familias y las lealtades clandestinas que logran desafiarlas.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Joseph Moore, 1767: transcripción íntegra examinada y cotejo visual directo de las páginas PDF 1, 3, 4, 5 y de la 9 a la 16, correspondientes a la numeración impresa original en los folios que la presentan. Muerte de Mary Clifford el 9 de agosto ratificada en pp. 4-5; sesiones judiciales del 9 al 12 de septiembre en p. 3; ejecución del 14 de septiembre consignada en la portada. Mary Jones y Mary Mitchell sobrevivieron; la concurrencia de tres aprendizas no equivale a tres decesos. La absolución del cónyuge y del vástago quedó estrictamente circunscrita al cargo de asesinato; no se conjeturan destinos ulteriores. Las confesiones nos han llegado mediadas por un eclesiástico consagrado a la reconciliación espiritual de la reo; sus aseveraciones doctrinales y el rechazo a los libelos callejeros no revisten el carácter de peritaje imparcial. Crónica posterior asimismo consultada y conservada en el expediente de trabajo; de ella proceden el domicilio exacto y el oficio del marido. Se desestima la mención de una pena posterior de seis meses por misdemeanor al carecer de refrendo documental primario. No se añade fecha procesal precisa más allá del marco general. Se descartan etiologías psiquiátricas extemporáneas, crímenes adicionales sin refrendo e invenciones sobre el destino final de las supervivientes.

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