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Justicia y escándalos · Reino Unido

El comensal había regresado

Tras la cena de Año Nuevo, Edward Crispe sigue a su cuñado hasta el cementerio contiguo. Pronto se le cree de vuelta en su casa. Pero regresa, herido, a la misma morada donde se había preparado su muerte.

Edward Crispe regresó a casa de su cuñado cubierto de sangre. Poco antes, alguien había preguntado por él; Arundel Coke había respondido que lo creía ya de vuelta en su hogar, al amparo de la noche. Semejante respuesta bastaba para una familia reunida en torno a la mesa. No resistió, sin embargo, el retorno del hombre cuya ausencia pretendía explicar. Crispe presentaba varias heridas en el rostro. Había perdido el conocimiento en el cementerio vecino. Y al ponerse en pie, casi desfallecido, sus pasos lo habían conducido de nuevo a la casa donde se había tramado su muerte.

Aquel umbral cruzado por segunda vez constituye el verdadero principio de la causa. Tendría que haber faltado un comensal; se habría comentado su marcha, rastreado sus pasos, hallado su cadáver. El superviviente lo trastocaba todo. Aún no sabía responder a cada una de las preguntas que estaban por formularle. Podía, no obstante, resolver una de ellas, y su cuñado no lograría hacerlo titubear en este punto: al descargarse el primer golpe, Coke se hallaba a su lado.

La cena del primero de enero

Nos encontramos en Bury St Edmunds, en el condado de Suffolk, a comienzos de 1722. El primero de enero, Coke recibe a Crispe y a otros parientes. Brown, desposado con una hermana de Coke, acude con su mujer y su hija. El propio Coke está casado con una hermana de Crispe. Entre estos hombres, los lazos no se limitan a las cortesías de una invitación: cada hogar brinda al siguiente sobrados motivos para sentirse a salvo.

Brown relatará haber encontrado a ambos hombres bebiendo vino en la sala. Las mujeres aguardaban en la planta alta; subieron todos para la cena y, más tarde, los hombres volvieron a bajar. Nada en esta distribución de estancias y horas presagia una escena extraordinaria. Es precisamente esto lo que la vuelve inquietante a medida que los testimonios la recomponen. Mientras los demás siguen el curso ordinario de la velada, Coke sale, regresa y vuelve a salir. Otro encuentro reclama su atención, uno al que su familia no ha sido convidada.

Antes de la cena, había propuesto a Crispe hacer una visita a Mrs. Fanny Monke. Hacia las diez de la noche, según el relato de Crispe, lo llama fuera del salón y lo conduce al cementerio. Dan varias vueltas ante la casa de dicha dama, sin llegar a entrar. Nada en el proceso permite atribuir a esta mujer complicidad alguna en la emboscada. Su dirección sirvió de pretexto; sería injusto atribuirle otro papel.

La noche es sumamente oscura. Crispe recuerda que la luna no brillaba. Coke se detiene y profiere una suerte de llamada. El ruido inquieta a su acompañante, que busca arrimarse al muro. Alguien surge a sus espaldas y lo golpea. Crispe pierde el sentido. No ha reconocido al agresor; ignora cuánto tiempo permanecerá tendido en el suelo. Allí donde el testigo deja de saber, a nosotros nos corresponde dejar de ver.

Veinte libras por un hombre

El hombre que aguardaba se llamaba John Woodburne. Durante el juicio, reconocerá haber atacado a Crispe con un podón. Para explicar su presencia aquella noche en el camposanto, remontará los hechos a las repetidas instancias de Coke a lo largo de los meses. Evocará sus negativas, sus penurias y los favores de los que su amo no cesaba de hacerle memoria. Era pobre, su esposa había muerto y tenía hijos a los que alimentar. A su decir, los antiguos beneficios habían terminado por parecer una deuda cuyo cobro exigía un precio monstruoso.

Coke le habría prometido veinte libras por matar a Crispe. Woodburne refiere las citas, las vacilaciones, el aguardiente suministrado el día del ataque y la espera junto al pórtico de Morrice, en el cementerio. Reconoce los golpes; sostiene también que Coke permaneció a su lado durante varios de ellos. Esta declaración inculpa a quien la pronuncia. Intenta asimismo repartir la culpa, circunstancia que el tribunal no pasa por alto.

El juez se cuida, en efecto, de advertir al jurado: los testimonios de Woodburne hacen fe contra Woodburne, no contra Coke. Ambas historias se hallan tan estrechamente entrelazadas que difícilmente se comprendería una sin escuchar la otra; no por ello se convierten en pruebas intercambiables. Esta cautela no es baladí. Cabe relatar lo aseverado por Woodburne sin concederle la potestad de decidir, por sí solo, sobre la culpabilidad de su coacusado.

Otros testigos declaran. Ann, su hija, vio a su padre salir aquella noche con el podón; los niños creyeron que iba a cortar leña. Sarah describe las visitas y las frecuentes conversaciones con Coke. John Carter, un herrero, da cuenta de una propuesta aún más siniestra: Coke habría intentado persuadirlo para que le cortase la cabeza a un hombre. Carter quiso en un principio tomarlo por una chanza. Se negó. Ante el tribunal se dibuja así un reclutamiento, con sus ofertas y sus resistencias; la mano que finalmente asestó los golpes no fue la única que se intentó comprar.

El heredero no era quien se pensaba

¿Por qué Crispe? La respuesta proviene de la propia víctima. No tiene hijos ni hermanos varones; sus parientes más próximas son tres hermanas. La esposa de Coke es una de ellas. De haber muerto Crispe, ella habría percibido una renta de cien libras anuales. No se trata, pues, de un testamento que legase una fortuna entera al cuñado. El vínculo entre la muerte anhelada y el provecho codiciado pasa por esta mujer, de quien nada prueba aquí que estuviese al corriente del designio.

Un sastre, Robert Moon, asegura haber oído a Coke hablar de dicha sucesión varios años atrás y ofrecer dinero para quitar de en medio a Crispe. Coke impugnará categóricamente este testimonio hasta el momento de dictarse sentencia. Dicha maquinación pretérita permanece, por tanto, como una acusación que él niega. Sin embargo, sus propias confesiones, transmitidas por el carcelero William Wetherel, reducen drásticamente su margen de defensa: admitió el propósito criminal, la contratación de Woodburne y el haber puesto a Crispe en sus manos.

El carcelero añade que Coke censuraba al ejecutor por no haber rematado la faena. El alguacil Charles Willett presenta, por su parte, un indicio material: el podón hallado en la morada de Woodburne gracias a sus señas y reconocido acto seguido por este. Las palabras circulan entre los reos, los custodios y el tribunal; el arma se suma a su turno al debate. No requiere elocuencia alguna. Corresponderá a un cirujano describir la huella que dejó sobre un rostro.

La nariz ante los jurados

Hacia las once de la noche de aquel primero de enero, Sturgeon fue llamado a casa de Coke. Crispe había perdido gran cantidad de sangre. El cirujano describe siete heridas en la cabeza y la cara. Una de ellas atraviesa la mejilla; otra abre la nariz hasta la fosa nasal. Esta última la cerró con un único punto de sutura; la señal continúa siendo visible. A requerimiento del magistrado, las cicatrices se muestran a los miembros del jurado. El hombre al que se pretendía eliminar está allí presente, capaz de testificar y de exhibir en su propia carne las huellas de la agresión.

La precisión anatómica cobra una trascendencia que Crispe difícilmente habría sospechado al aceptar la invitación. Coke y Woodburne son juzgados al amparo de una ley que castiga ciertas mutilaciones perpetradas con alevosía y premeditación, con el propósito de mutilar o desfigurar. Woodburne responde por los golpes; Coke, por su presencia y auxilio. No se trata de un proceso por homicidio consumado: la víctima ha sobrevivido.

Coke cree encontrar en esta distinción una escapatoria. Su intención, aduce, era dar muerte a Crispe, no mutilarlo. Con ello no pretende haber querido causarle un daño menor; alega haber perseguido un fin distinto del delito que la ley tipifica con rigor. Su defensa obliga a pasar del horror de las heridas a los requisitos estrictos de la tipificación penal. El alegato roza el vértigo: un hombre suplica su absolución confesando un designio aún más atroz.

El juez Peter King replica que ambas intenciones pueden concurrir. El arma empleada, el modo de asestar los golpes y las heridas infligidas permiten dilucidar si la desfiguración fue asimismo pretendida como medio para alcanzar la muerte. Incumbe al jurado decidirlo. Si los elementos preceptivos no quedan acreditados, procede la absolución; si resultan probados, el designio homicida no los anula. Tras una deliberación de apenas media hora, los miembros del jurado regresan a la sala. Declaran a ambos reos culpables.

Un último recurso

Al día siguiente, Coke vuelve a pleitear antes de escuchar la sentencia. Insiste en la estricta interpretación que exige toda ley penal. King asiente al principio, mas recuerda que los jurados hallaron probadas las circunstancias requeridas. Coke apela luego a una promesa de gracia publicada en una gaceta. El magistrado distingue entre un anuncio público y un indulto formalmente concedido: tal prerrogativa atañe a la Corona. El reo no exhibe el documento preceptivo que suspenda la condena.

Coke solicita, en última instancia, un aplazamiento. La condena es la horca. La relación del juicio, publicada ese mismo año, indica que ambos convictos fueron ajusticiados en Bury el 31 de marzo de 1722. Nada dice sobre el destino ulterior de Crispe, ni de cómo volvieron a tratarse los miembros de aquella estirpe tras semejante trance. No nos corresponde atribuirles reconciliaciones, rupturas ni palabras edificantes.

Permanece, en cambio, ese retorno, atestiguado por dos hombres que lo vivieron desde posiciones bien distintas: el que franqueaba la puerta y el que lo veía entrar. Brown había preguntado adónde había ido Crispe. Coke había ofrecido una explicación. Y entonces, Crispe había regresado. Toda la tramoya de la emboscada descansaba sobre una ausencia; a un hombre herido le habían quedado aún fuerzas para desmentirla.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Folleto de 1722, ejemplar Wellcome b30455480: OCR íntegro cotejado y posterior control visual de 23 páginas en PDF (relación y signaturas en el archivo privado). La paginación original repite los folios 17 y 18; se preservan, por tanto, las referencias del PDF. Portada: proceso incoado el 13 de marzo de 1721 con arreglo al cómputo del antiguo año inglés; sentencia dictada al día siguiente. La narración encuadra los acontecimientos en el año 1722 computando el inicio de año a partir del 1 de enero; no se aplica desfase entre calendarios juliano y gregoriano. La agresión sobreviene el 1 de enero tras la cena, conforme al testimonio de Crispe y Brown; la ejecución se fija el 31 de marzo de 1722, p. 37 impresa / PDF 39. Se distingue con rigor entre testigos y encausados: el tribunal advierte expresamente de que los testimonios de Woodburne solo hacen fe contra sí mismo. Crispe declara que habrían correspondido cien libras de renta anual a la esposa de Coke, una de sus tres hermanas coherederas. Se prometieron veinte libras, a decir de Woodburne; el testimonio incriminatorio de Moon es rebatido explícitamente por Coke. La víctima sobrevive; la nariz queda desgarrada hasta la ventana nasal, sin amputación total. La deliberación sobre el propósito de mutilar se somete al jurado pese a mediar un designio homicida. La crónica tardía de Newgate ng158 se consultó en su totalidad con fines comparativos y quedó descartada como base fáctica por discrepancias documentadas: sitúa los hechos en Navidad, omite la cena, refiere un legado directo, así como diferencias en la remuneración y la fecha de ejecución. No se fabula sobre el porvenir de los supervivientes. Cotejo de duplicados concluido sobre el catálogo de 180 causas; no consta ninguna otra causa referida a Coke/Cooke-Arundel, Woodburne o Crispe.

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