Cuando a John Carr se le agotaron los ardides, no le quedaba ya, según Camden Pelham, sino comerciar con los muertos. Había abandonado la mar, conocido el mostrador y el cuartel, servido en las armas como sargento y secundado luego a los corsarios en sus presas. En Londres, después de que los agentes del fisco confiscaran sus mercancías de contrabando, se entregó a la falsificación de testamentos de marineros. La impostura lo condujo ante Old Bailey; fue condenado a muerte y ahorcado en Tyburn el 16 de noviembre de 1750. En la edición consultada de 1887, la compilación retrospectiva de Pelham refiere menos un proceso judicial que una prolongada sucesión de partidas, fortunas anheladas e identidades precarias.
La primera aventura de Carr, tal como la relata el cronista, lo sitúa todavía entre los incautos. Hijo de padres a quienes decía respetables, instruido en el norte de Irlanda, se inició en los negocios en Dublín a los dieciséis años como tratante de vinos. Las malas compañías no tardaron en apartarlo de aquel camino. Un socio le propuso reunirse con él en Kilkenny; en el carruaje, Carr reparó en una joven cuya elegancia le indujo a creerla de ilustre cuna.
Se afanó en trabar conocimiento con ella. En la posada, logró que el cochero le revelara que procedía de Dublín y se dirigía a las aguas termales de Mallow. Al día siguiente, Carr convenció a los viajeros para demorar la marcha y visitar la mansión solariega del duque de Ormond. Pelham hace de aquel paseo el escenario donde cada uno juzgó al otro con lisonjera ventaja: Carr creyó cortejar a una dama de alcurnia, mientras que su compañera lo tomó por un caballero de distinción. Ella se presentó como una inglesa de noble linaje; él le rindió homenaje. La dama le dio a entender que el matrimonio no era imposible, con la reserva de su fortuna y el beneplácito paterno. Carr siguió a la viajera hasta Mallow, desoyendo las advertencias de un amigo que recelaba de ella.
Terminado el estío, ella habló de emprender un viaje a Inglaterra antes de las nupcias. Hacía falta reunir el importe del pasaje. Carr lo allegó; empero, mientras él se ocupaba de los billetes, la mujer hizo embarcar su equipaje en un navío con rumbo a Ámsterdam, vistió ropas de varón y zarpó. Partió sin él. La crónica expone este lance a modo de lección de credulidad, sin esclarecer qué suerte corrió luego la dama ni de qué manera reaccionó Carr, más allá del pesar que le atribuye el texto.
Tras este revés, Carr recaló en Londres y sentó plaza en el ejército. Sirvió en él varios años antes de ser licenciado, para alistarse seguidamente en la infantería de marina. De vuelta en la capital, abrió una tienda en Hog Lane, en la parroquia de St Giles. Desposó a una joven a quien suponía acaudalada; al descubrir que no lo era, la abandonó y marchó a vivir a Short’s Gardens, donde se asoció con un fabricante de corchos.
Su comercio prosperaba razonablemente, apunta Pelham, pero el tapete del juego consumía cuanto rendía. Los compañeros de mesa de Carr pretendieron sacar partido de su penuria. Sabiendo que ya tenía esposa, le prometieron otro enlace ventajoso y le presentaron a una joven de buena hacienda. La maquinación estuvo a punto de consumarse. Uno de los hombres, asaltado por el remordimiento, descubrió la trama al padre de la doncella y desbarató la intriga. Para Carr, una vez más, el relato erige el matrimonio codiciado en antesala de un amargo desengaño.
Se colocó después como mandadero al servicio de un mercader. Su amo le confió una orden de pago de sesenta libras para que la cobrase. Carr tomó el dinero y, a decir de Pelham, lo malgastó en disipaciones. Regresó entonces a la infantería de marina. En esta ocasión, sus superiores juzgaron su porte con tal beneplácito que lo ascendieron a sargento. La crónica subraya este contraste: el hombre a quien describe como tahúr y desleal con sus patrones sabía conducirse con honor bajo el mando de sus oficiales, quienes le profesaban estima.
A bordo de un navío de porte respetable, Carr tomó parte en diversas capturas. Fue apresado un buque mercante de valioso cargamento, y tras él, varias embarcaciones menores. El botín repartido a la marinería le infundió, escribe Pelham, el gusto por el corso. Abandonó el servicio regular y embarcó en un buque corsario como maestro de armas. La expedición comenzó con la captura de dos naves francesas, conducidas una a Bristol y la otra al puerto de Poole. De nuevo en el mar, la tripulación rindió a un corsario galo; persiguió luego tres barcos que resultaron ser navíos de Falmouth apresados con anterioridad por los franceses. Los ingleses los reconquistaron. De camino hacia Falmouth, se apoderaron aún de otra nave francesa cuyo flete enriqueció a la marinería.
En la siguiente singladura, un navío les dio caza. Se trabó combate; refiere Pelham que varios franceses cayeron muertos y que su buque intentó huir, siendo apresado al cabo de unas leguas. El comandante inglés había quedado herido de gravedad y falleció pocos días después. Carr cortejó a su viuda; también ella sucumbió a unas fiebres violentas, tras haberle legado cuanto poseía. El relato no consigna su nombre ni el inventario de semejante herencia. Carr liquidó los bienes y regresó a Londres.
Es en este punto donde la crónica hace virar su andadura desde la presa de corso hacia la falsedad documental. Carr se entregó primero al contrabando. Los agentes de rentas se incautaron de sus géneros. Adoptó entonces, según Pelham, un arbitrio harto más peligroso: forjar testamentos de marineros. El cronista no precisa los nombres de los supuestos testadores, ni los caudales pretendidos, ni las personas que delataron a Carr. Se limita a consignar que obtuvo ganancias durante algún tiempo, que fue prendido, conducido a Old Bailey, hallado culpable y sentenciado a la última pena.
A lo largo de estas mudanzas, el dinero jamás comparece como un caudal perdurable: Carr lo granjea en el comercio, lo disipa en el juego, lo sustrae a un patrono, lo reparte como botín de corso y lo recibe al fin de una viuda. Al cabo, según Pelham, lucra con las voluntades que atribuye a marineros ausentes. Semejante alternancia imprime a la biografía un compás riguroso —ganar, perder, recomenzar—, sin que el cronista pretenda explicar únicamente por ello la falsificación.
Añade la crónica que Carr profesaba la religión católica y que expiró con la debida resignación. El 16 de noviembre de 1750 fue ahorcado en Tyburn. Con esta sentencia, referida en escasas líneas, clausura Pelham la trayectoria de un marinero trocado en corsario y, a la postre, en falsario.
