El veredicto cae sobre un hombre vestido para ser visto. En su juicio, John Rann luce un traje nuevo verde guisante, una camisa de chorrera y un sombrero ribeteado con cordoncillos de plata. Se ha esmerado en su atuendo y confiaba en ser absuelto; una cena le aguarda para celebrar su liberación. Sin embargo, el jurado lo declara culpable del robo cometido contra el doctor William Bell. La arrogancia que Rann exhibía en las calles y los paseos públicos da paso, en ese instante, a la certidumbre de su condena.
Rann se había atribuido un sobrenombre fácil de recordar: «Sixteen-stringed Jack», Jack de los dieciséis cordones. Según Camden Pelham, había nacido cerca de Bath de padres pobres, se había ganado la vida con el comercio ambulante de frutas y, a los doce años, entró al servicio de una dama distinguida a la que siguió hasta Londres. Tras trabajar en sus caballerizas, sirvió como mozo de posta en una posada, antes de ser contratado como cochero por un hacendado de Portman Square. Fue entonces cuando adoptó la costumbre de vestir unos calzones adornados con ocho cordones en cada rodilla, detalle de indumentaria que terminó convirtiéndose en su apodo.
Afirma Pelham que Rann perdió después su reputación y se entregó al carterismo junto a Jones, Clayton y College, un mozo al que llamaban Jack de los ocho cordones. En el Old Bailey, en abril de 1774, Rann, Clayton y Shepherd comparecen acusados de haber despojado a William Somers en pleno camino. Son absueltos por falta de pruebas. Un segundo proceso por el robo al señor Langford concluye de igual manera. Estos veredictos no significan que la justicia deje de perseguir a los encausados; simplemente cierran las causas sin imponer castigo alguno.
El 30 de mayo, Rann es detenido de nuevo, esta vez tras la sustracción del reloj y el dinero de John Devall en el camino de Hounslow. De acuerdo con las actas, Rann entrega la pieza a Eleanor Roche, la joven con quien convive. Roche se la confía a Catherine Smith, quien intenta empeñarla en el establecimiento del prestamista Hallam. Este sospecha que la alhaja es robada e instruye el arresto de ambas mujeres. En la vista, Smith relata que, el día de autos, Roche decía aguardar el regreso de Rann con dinero; Rann llegó hacia las diez de la noche y se encerró con Roche. Esta le confió más tarde a Smith que el hombre le había entregado un reloj y cinco guineas, confesando habérselos arrebatado a un caballero en el camino.
Rann vuelve a Newgate, pero es absuelto en julio. Su estampa ante el tribunal causa asombro entre el público: las ropas parecen harto elegantes para su condición; un ramillete de flores casi tan grande como una escoba adorna su casaca y los grilletes que le sujetan van engalanados con cintas azules. La crónica se demora en este cuadro porque Rann cultiva con esmero su notoriedad. Apenas se cuida de disimular su identidad y se presenta a las claras como el célebre Jack de los dieciséis cordones, salteador de caminos. Frecuenta los lugares públicos con una traza concebida expresamente para atraer todas las miradas.
Dos o tres días después de esta nueva absolución, otro incidente lo conduce ante los magistrados de Bow Street. Rann se había comprometido a cenar en casa de una mujer domiciliada en la calle Bow; al llegar tarde y encontrarse la puerta cerrada, intenta franquear el aposento colándose por la ventana. Un sereno lo sorprende y le da el alto. La mujer declara que el intruso no abrigaba intención delictiva y que le habría abierto gustosa de no haberse quedado dormida. Es puesto en libertad, no sin antes recibir la advertencia de emplear medios menos arriesgados para consumar sus aventuras galantes.
Poco antes del asalto que le costará el cuello, Rann acude como testigo a una ejecución en Tyburn. Pide situarse dentro del cerco que forman los alguaciles en torno a la horca, alegando que él mismo podría tener motivos fundados para ser espectador. En las páginas de Pelham, la frase no hace sino alimentar la leyenda que Rann pretendía forjarse; no vaticina necesariamente el desenlace venidero. El 26 de septiembre de 1774, Rann cabalga junto a William Collier por el camino de Uxbridge resuelto a despojar a los viajeros.
Entre las tres y las cuatro de la tarde, el doctor William Bell, capellán de la princesa Amelia, viaja a caballo en las inmediaciones de Ealing. Repara en dos hombres de aspecto modesto que lo adelantan, sin sospechar aún que vayan a asaltarlo. Uno de ellos, en quien Bell cree reconocer a Rann, se cruza bruscamente al paso de su montura. Le conmina a entregar el dinero sin alborotar, amenazándolo de muerte con su arma. Bell le alarga un chelín y seis peniques, cuantas monedas de plata lleva encima, amén de un reloj corriente provisto de una caja de carey.
Esa misma noche, Roche y su sirvienta Christian Stewart llevan el reloj a la tienda de Cordy, un prestamista de Oxford Road. Cordy retiene la prenda y procura dar con su dueño acudiendo a Grignon, el relojero de Covent Garden que la fabricó. Al mismo tiempo, un testigo ubica a Rann en Acton a menos de veinte minutos de la hora en que se cometió la fechoría. La policía detiene a Rann y a Collier; Roche y Stewart son asimismo procesadas en calidad de cómplices por encubrimiento. Estos dos indicios —el objeto reconocido por su artífice y la presencia de Rann en las proximidades del lugar de los hechos— proporcionan a la acusación el hilo que une el camino, el botín y los arrestados.
Durante el juicio, la prueba reproduce en lo sustancial los elementos aportados en Bow Street. El jurado declara a Rann culpable. Collier se beneficia de circunstancias favorables y su castigo queda luego en suspenso por gracia real; Roche es sentenciada a catorce años de deportación. Stewart, por su parte, resulta absuelta. Rann queda como el único condenado que deberá subir al patíbulo.
A la espera del suplicio, su insolencia se quiebra. Cuenta Pelham que había encargado un banquete al creerse ya seguro de la absolución. El domingo 23 de octubre, hallándose aún entre rejas, siete mujeres jóvenes van a comer con él; procura sacudirse la pesadumbre al amparo de su alegría. Llega después la orden formal de ejecución, que le devuelve a la cruda certidumbre del castigo. Señala el cronista que el reo se dispone entonces a afrontar su destino.
Rann es ahorcado el 30 de noviembre de 1774. Sube al cadalso con una compostura que Pelham juzga digna, y su cuerpo es entregado a sus allegados para que reciba sepultura. La estampa de las cintas y los cordones, las absoluciones precedentes y los alardes de provocación habían hecho de él una figura de dominio público; la sentencia final, sin embargo, se redujo a un hecho mucho más llano y preciso: el asalto al doctor Bell en el camino de Uxbridge, con un reloj hallado en manos de Roche y de Stewart.
