Tras una noche al raso en los campos de Hounslow Heath, tres hombres interceptaron la calesa de Samuel Sells. En el juicio, el viajero aseguró haber entregado una suma superior bajo la amenaza de un bastón; los acusados contradijeron dicho importe y negaron cualquier intimidación. Los tres fueron condenados por este asalto.
Los tres habían aprendido un oficio y contraído matrimonio; Timms y Perry habían servido después en el Primer Regimiento de la Guardia, mientras que Brown se había trasladado de Oxford a Londres. La crónica distingue sus trayectorias individuales antes de hacerlas converger en el camino real.
Timms había nacido en el seno de una familia pobre, en una comarca rural que la fuente no precisa. Sus allegados lograron reunir a duras penas el dinero necesario para costear su aprendizaje con un tallista de sillas. Trabajó allí con probidad, tras lo cual se estableció por su cuenta y tomó esposa. La crónica refiere que por entonces gozaba de una reputación honrada y piadosa. Al escasear el trabajo, marchó a Londres, donde vivió algún tiempo de su oficio antes de alistarse en el Primer Regimiento de la Guardia. Incluso como soldado, procuraba seguir ejerciendo como artesano siempre que le era posible.
El cronista refiere que cayó en la bebida y frecuentó compañías que lo empujaron a procurarse el sustento por medios ilícitos. Menciona en particular a una mujer que en el pasado había servido a un letrado influyente de la City. Según la crónica, esta mujer había falsificado recibos a nombre de varios comerciantes, guardándose el dinero que debía entregar a su amo. Este descubrió el fraude y la despidió, no sin prometerle auxilio si lo mantenía informado de sus sucesivos alojamientos. Posteriormente, fingió haberse casado en secreto con dos de los pasantes de dicho letrado, obtuvo mercancías valiosas a crédito, fue descubierta y confinada en Bridewell. Logró evadirse granjeándose la confianza de un criado del alcaide y halló aposento en la misma casa donde trabajaba Timms.
La crónica sitúa este episodio con anterioridad a la marcha de Timms con Perry y Brown hacia el camino de Hounslow Heath. No se atribuye a esta mujer ninguna intervención en el asalto a Sells. Los tres hombres llegaron a aquel paraje por vías distintas: un oficio que se tornaba precario en el caso de Timms, el servicio de armas y una herida en el de Perry, y el traslado a la capital en el de Brown.
Perry había perdido a sus padres siendo aún muy joven; llegó a Londres desprovisto de dinero, empleo e incluso de ropa con que cubrirse. Entró como aprendiz con un pulidor de vidrio y sirvió allí, según el cronista, con lealtad y rectitud. Al concluir su aprendizaje, contrajo nupcias y trabajó duramente durante cerca de un año. Se alistó más tarde en el Primer Regimiento de la Guardia, al que siguió durante la paz de Utrecht y en Flandes, permaneciendo luego de guarnición en Londres con la misma tropa.
Su último año, prosigue la crónica, fue más desordenado que los precedentes. Estando acantonado en Windsor, un perro le mordió una pierna. Carecía de recursos y no tenía amigos en el lugar que pudieran socorrerlo. De vuelta en Londres, no logró reincorporarse al oficio del vidrio: sus antiguos patronos tomaron aversión a sus modales ásperos y rehusaron emplearlo. La crónica atribuye a Timms la iniciativa de proponer el robo en los caminos; Perry, que hasta entonces no había abrigado tal designio, consintió en ello.
Brown procedía de Oxford. Sus padres le habían procurado cierta instrucción antes de colocarlo como aprendiz con un pulidor de vidrio. Al expirar el contrato, trabajó como oficial, contrajo matrimonio y conservó durante algún tiempo una reputación intachable. Terminó no obstante por afincarse en Londres, donde declaró haber frecuentado a Timms y a Perry. La crónica confiesa la imposibilidad de fechar los orígenes de este trato. Brown relataría que los tres hombres habían bebido abundantemente juntos hasta agotar todo su peculio; solo entonces, según su testimonio, resolvieron echarse a robar al camino real. Era incapaz de señalar cuál de ellos había concebido el plan.
El 3 de mayo salieron, pues, con la determinación de robar en Hounslow Heath. Pasaron la noche al raso. Al tropezar con su primer viandante, un anciano declaró que no llevaba dinero alguno; lo dejaron marchar en paz. Sells, que regentaba una posada en Windsor, se aproximaba desde dicha localidad a bordo de una calesa. Los asaltantes le dieron el alto y le exigieron sus bienes. La primera suma que les entregó no pareció satisfacer a los hombres, por lo que les dio diez chelines más. Tras esta entrega, los atacantes se retiraron.
Durante la vista de la causa, Sells sostuvo que el botín había sido considerablemente mayor. Declaró que uno de los individuos había blandido un bastón sobre su cabeza, profiriendo terribles juramentos y amenazas de muerte si se resistía. Timms, Perry y Brown impugnaron de manera unánime esta versión, incluso una vez pronunciada la condena. Reconocieron portar bastones, pero aseguraron haberlos mantenido bajo las ropas o contra el pecho, sin llegar a utilizarlos. Persistía, por consiguiente, una notable discrepancia entre la deposición del viajero y la de los reos: no sobre la interceptación del carruaje, sino sobre las sumas despojadas y la violencia verbal ejercida.
Brown aportó un testimonio más minucioso sobre la entrega del dinero. Según él, Sells le habría dado diecisiete chelines en dos plazos; cuando los salteadores exigieron una mayor cantidad, el hostelero declaró que solo le restaba un chelín y medio para el viaje a la ciudad, suplicando que se le dejase esa calderilla. Brown afirmó que accedieron de buen grado y no le causaron maltrato alguno. Ni este monto ni esta última petición concordaban con exactitud con las cifras registradas anteriormente en la causa. El cronista conserva así, frente a frente, la acusación del viajero, la defensa conjunta de los tres encausados y la declaración singular de Brown.
Ni Timms ni Perry dejaron una relación tan pormenorizada como la de Brown. Ambos negaron hasta el pie de la horca haber proferido amenazas o empuñado los bastones. Estas protestas de inocencia chocaban de plano con el testimonio de Sells, en tanto que la versión de Brown difería en cuanto a las sumas pecuniarias. El tribunal condenó a los tres hombres por este asalto, sin que las actas impresas detallen los fundamentos jurídicos de los magistrados.
No aguardaron solos el desenlace de sus destinos. Por esas mismas fechas, Alexander Jones, John Platt, Mary Reynolds, Silvia Sherlock y Anne Senior se encontraban igualmente condenados por delitos diversos. Todos abrigaban la esperanza de un indulto real o una suspensión de la pena. Cuando se notificó a los tres encausados la orden de ejecución, la noticia los sobrecogió, afirma el cronista; redoblaron entonces su celo en las prácticas religiosas prescritas a los reos de muerte. Tan solo la causa de Sells vinculaba entre sí a Timms, Perry y Brown.
El 11 de agosto de 1727, los tres fueron conducidos en la misma carreta al suplicio de Tyburn. Su compostura fue descrita como solemne y decorosa; las oraciones públicas concluyeron con el canto de un salmo. Perecieron el mismo día por aquel único asalto, mas en edades muy dispares: Timms rondaba los veintiocho años, Perry rozaba la cuarentena y Brown apenas contaba veinticuatro. La crónica no revela el destino ulterior de la mujer evadida de Bridewell, ni le atribuye responsabilidad directa en el castigo de los reos.
La calesa de Sells y los diecisiete chelines de la versión de Brown delimitan el núcleo estrecho del proceso judicial; en torno a ese instante, el impreso de la época condensa tres existencias que habían discurrido por senderos apartados antes de confluir en el páramo. Un maestro gremial, la dentellada de un perro, el servicio militar en la Guardia y una fuga de Bridewell: peripecias todas que precedieron a este único delito juzgado en común. Los hombres fueron ajusticiados como cómplices del robo, mientras que el importe exacto de lo sustraído y la realidad de las amenazas quedaron sepultados bajo testimonios irreconciliables.
