El 22 de diciembre de 1725, en Tyburn, tres hombres sentenciados por delitos de naturaleza bien distinta perecieron en el mismo patíbulo: John Austin, jardinero devenido en salteador de caminos; John Foster, cómplice de un allanamiento con quebrantamiento de morada; y Richard Scurrier, cochero y posterior ladrón. La crónica reúne sus trayectorias sin confundirlas. Austin había gozado durante largo tiempo de una fama intachable antes de perpetrar un ataque repentino; Foster sostenía haber sido traicionado por una promesa formal de amparo judicial; Scurrier, tras burlar una primera reclusión penitenciaria, vio cómo el hurto de un barrilito de manteca lo conducía sin remisión a la pena capital.
Austin procedía de una familia laboriosa y honrada. Instruido en el arte de la jardinería, logró establecerse como maestro autónomo y gozaba entre sus convecinos de crédito como varón de conducta ejemplar. Sin embargo, a comienzos de noviembre de 1725, sobre las siete de la mañana, acometió a un viandante en los descampados de Stepney. Lo derribó valiéndose de un garrote corto, cilíndrico y pesado, despojándolo a continuación de su capote. Las pruebas materiales y testificales aportadas contra él bastaron al jurado para desestimar las declaraciones de los testigos de solvencia moral presentados por el reo. Fue hallado culpable y condenado a morir en la horca. Elevado el correspondiente informe al monarca, la resolución real ordenó la ejecución de la sentencia. Pese a que los deponentes habían ensalzado su vida pretérita, el tribunal se atuvo a la violencia del asalto tal como había quedado acreditada en autos.
Durante los primeros días posteriores al veredicto, Austin negó haber cometido el robo en los términos descritos por la acusación. Concedía haber golpeado al sujeto, mas pretextaba que este lo había acometido previamente esgrimiendo una barra de hierro. Mantuvo esta versión durante cierto tiempo; no obstante, a medida que la fecha del suplicio se aproximaba, reconoció su falsedad y confesó la expoliación. Al ser interrogado sobre el motivo que lo había impelido a agredir a un semejante sin hallarse en la indigencia, contestó que disfrutaba de una vida desahogada y de una esposa hacendosa. Explicó que sufría de una grave turbación de espíritu desde hacía algún tiempo y que había tomado de su hogar el mazo de madera que su mujer utilizaba en su labor de hilandera de seda. Según sus propias palabras, un impulso ciego y repentino lo arrastró a golpear al caminante.
El cronista de la época no retrata a Austin como a un criminal avezado. Refiere únicamente que bebía en ocasiones con exceso, aunque de tarde en tarde, y que su mayor remordimiento residía en haber faenado en domingo para disponer sus mercancías de cara al mercado del lunes. Estando en capilla, Austin asistía cotidianamente a los oficios litúrgicos, oraba con fervor en su celda y daba muestras de sincera compunción. Sostuvo hasta el postrer aliento que aquel asalto en Stepney había sido su primer y único delito. Contaba alrededor de treinta y siete años cuando compareció ante el verdugo.
Foster, de edad semejante, provenía de un hogar humilde. Su progenitor se esforzó en procurarle la mejor instrucción que sus escasos caudales permitían, para enviarlo más tarde a la mar bajo las órdenes de un patrón tenido por hombre cabal. Foster navegó durante cerca de siete años. En el transcurso de ese periodo, la crónica consigna el infortunio que sobrevino al capitán del buque: apresado por los franceses, fue despojado de cuanto poseía y abandonado a la deriva con treinta y cinco tripulantes. Con indecibles fatigas lograron alcanzar Terranova; carentes de vituallas, el oficial desembarcó con dieciocho marineros y se apropió de varias ovejas y cerdos. Poco después, la dotación apresó un navío galo cargado de víveres y portador de una faltriquera con setecientas pistolas. El capitán consintió que el barco reanudara su curso debidamente pertrechado y acudió a abonar al hacendado el precio íntegro del ganado requisado, gratificándole además con un generoso donativo. El cronista exalta este proceder como un dechado de probidad que Foster, por desgracia, no supo imitar. De regreso a Inglaterra y con la soldada en el bolsillo, trabó trato con gentes de vida disoluta. Entregado al aguardiente y al trato con rameras, tomó parte finalmente en el robo con fractura perpetrado en la residencia del capitán Tolson, de donde los maleantes sustrajeron piezas de lienzo y otros efectos de gran valía.
Tras su captura, Foster aseveró que las autoridades le habían garantizado conservar la vida a cambio de delatar a sus cómplices. Aseguraba haber formulado las revelaciones requeridas y denunciaba como una inicua felonía el hecho de que dicha promesa hubiese sido conculcada. La relación de los hechos silencia la identidad de quien formuló tal compromiso. En el plenario, las pruebas resultaron incontestables y los miembros del jurado, tras breve deliberación, pronunciaron el veredicto de culpabilidad. De este modo, el pacto cuyas cláusulas Foster afirmaba haber cumplido en nada impidió el pronunciamiento de la pena capital.
Ya condenado, rompía en llanto cuando los ministros le dirigían sus amonestaciones espirituales y se declaraba a sí mismo un pecador empedernido. Temía incluso que la misericordia divina no alcanzase a perdonar sus culpas. Los prelados que lo asistían le advirtieron que la desesperación misma comprometía su salvación y lo exhortaron a acogerse a las promesas de las Sagradas Escrituras. Tras meditar hondamente en los pasajes que se le leían y en la naturaleza del arrepentimiento, su ánimo halló, según la crónica, un mayor sosiego. En la mañana de la ejecución recibió los santos sacramentos. Declaró perdonar a quienes lo habían agraviado, mencionando expresamente a aquel que le había infundido vanas esperanzas de gracia y que, a su juicio, había puesto su alma en trance de condenación. Acató el rigor del cadalso sin haber obtenido la clemencia que confiaba recibir.
Richard Scurrier era vástago de un herrero de Kingston-upon-Thames del mismo nombre. Ejerció durante algún tiempo el oficio paterno, hasta que abandonó el hogar familiar para trasladarse a Londres, donde halló ocupación como cochero de alquiler. Él mismo reconoció ulteriormente que dicho menester lo arrojó a un círculo de amistades pródigas y a una vorágine de desenfreno. La fuente no esclarece si comenzó a delinquir por iniciativa propia o instigado por terceros; se limita a señalar que debutó con una ratería insignificante, descubierta de manera inmediata.
En las siguientes sesiones de la corte fue procesado, declarado culpable y sentenciado a una pena que el tribunal conmutó por azotes en privado, en gracia a su escasa edad. Mas antes de que el castigo le fuese administrado, Scurrier, coligado con otros reclusos, violentó el portalón exterior de la cárcel al momento de franquear la entrada el carcelero y se dio a la fuga. No tardó en reincidir. En el despacho de un quesero, advirtió un pequeño cuñete de manteca e intentó llevárselo. Sorprendido en el acto, fue devuelto bajo custodia a los calabozos.
Scurrier abrigó al principio la convicción de que tan menguado despojo no podía acarrearle la muerte. Mayor fue su pavor cuando escuchó el fallo que lo condenaba al suplicio inexorable. Durante la primera jornada posterior a la condena, el pesar y el terror lo sumieron en el abatimiento. Una vez aplacado y adoctrinado por quienes lo visitaban, reconoció, según el texto fundacional, la justicia del castigo y la gravedad de su disoluta andadura. En la capilla se comportó con devoción y rezó en la medida en que su menguada instrucción se lo permitía. La crónica subraya su extremada juventud, haciendo constar que apenas contaba dieciocho años cuando expiró junto a Austin y Foster.
El texto histórico nos presenta a Austin y Foster en el desenlace de dos trayectorias laborales muy dispares: el primero, un jardinero independiente cuya estimación social permanecía intacta; el segundo, un marinero que terminó enfangado en el asalto a una vivienda. Scurrier, el más bisoño de todos, había conocido ya una inicial atenuación penal seguida de quebrantamiento de condena, antes de que el hurto de un cuñete de manteca le granjeara la sentencia postrera. En sus compases finales, el cronista anota asimismo los nombres de otros dos reos, Hamp y Bird, ajusticiados a su lado aquel 22 de diciembre de 1725. Austin y Foster se hallaban ambos en la madurez de la existencia; Scurrier apenas frisaba la mayoría de edad. Tres destinos singulares, tres faltas sancionadas con rigor implacable, congregados en una misma jornada bajo la soga de Tyburn.
