Cerca de St Albans, un cochero que tardaba en detener su carruaje fue derribado de su pescante; para impedirle fustigar a su montura y emprender la huida, un bandolero acababa de abrir fuego contra el animal. Humphry Angier y su compinche Milksop despojaron luego al joven y a las dos damas que viajaban en el coche, empleando una violencia que el acusado atribuyó, tiempo después, a los excesos de la bebida. Sin embargo, aquel reo no fue un mero facineroso de cuadrilla: había escuchado en cierta ocasión el relato de la muerte de un caminante indefenso y proclamó entonces que la crueldad distaba mucho de ser valor.
Angier había nacido en Irlanda, en una pequeña villa situada a pocas millas de Dublín. Su padre, hombre de humilde condición, lo envió en cuanto tuvo edad de trabajar a Cork, donde lo colocó como aprendiz de tonelero. La conducta del mozo desalentó de tal modo a su maestro que este no lamentó en absoluto su fuga. Humphry no tardó en unirse a una tropa de muchachos turbulentos; el anciano tonelero, alarmado por semejantes compañías, desembolsó cuantiosas sumas para hacer vigilar su morada durante los cuatro años que Angier merodeó por los alrededores.
Su padre acabó por sacarlo de Cork y lo condujo consigo a Inglaterra. Allí lo dejó en entera libertad para gobernarse, resuelto, según refiere el cronista, a evitar que las malas acciones de su vástago recayeran sobre su propio nombre o salpicaran a la familia que permanecía en su patria. Angier frisaba por entonces los dieciocho años. Temeroso de que las personas a quienes había perjudicado emprendieran acciones contra él, sentó plaza en el servicio del rey y marchó a Escocia en un regimiento de nueva leva, durante los días de la Rebelión. Confiaba en obtener algún botín del pillaje a los habitantes; la empresa, empero, no le deparó fortuna.
A su regreso conoció a William Duce, cuyo trato lo arrastró de nuevo a las mismas andadas. Con el propósito de estrechar lazos, contrajo matrimonio con la hermana de Duce y pasó a tomar parte activa en las fechorías de la cuadrilla. El autor contrapone su comportamiento al de Mead, Butler y otros secuaces, a quienes imputa la costumbre de apalear a los viajeros. Una noche, Angier refirió el relato que el propio Mead había hecho de sus fechorías: dos individuos habían dado el alto a un zapatero de rostro barbilampiño, quien les explicó que acababa de desposarse y regresaba a reunirse con sus amistades. Lo desviaron del camino con el pretexto de buscar un nido en el seto, lo ataron, lo amordazaron y lo desvalijaron, tras lo cual uno de ellos le arrebató la vida de un pistoletazo.
Refiere la crónica que este suceso causó una honda impresión en Angier. Aseguró que jamás volvería a empinar el codo con Mead; y cuando Butler se jactaba de atrocidades semejantes, Humphry le reprochaba su conducta, sosteniendo que la crueldad nada tenía en común con el coraje. Butler y varios de sus secuaces se mofaban de semejante doctrina. Aquella máxima no privó a Angier de participar en nuevos asaltos; no hacía sino fijar el límite moral que aseguraba no querer traspasar, barrera que el lance del cochero de St Albans torna ciertamente ardua de considerar inquebrantable.
Junto a su esposa, la hermana de Duce, abrió un modesto bodegón donde se despachaba cerveza cerca de Charing Cross. Al poco tiempo, pese a sus protestas —aunque no sin su complacencia, según el testimonio escrito—, el establecimiento se trocó en casa de citas y guarida de maleantes. Habiéndose vuelto sospechoso el local a ojos de los magistrados de Westminster, Angier juzgó prudente mudar de domicilio. Estableció entonces un despacho de aguardiente; las mismas gentes acudían a frecuentarlo, por mucho que el dueño fingiera apesadumbrarse por ello.
Dos incidentes acaecidos en la cervecería lo sentaron por vez primera ante el tribunal del Old Bailey. Un día en que Angier se hallaba ausente, una mujer holandesa condujo hasta su aposento a un caballero a quien había abordado. Mientras el hombre dormitaba, le vació los bolsillos y se dio a la fuga. Angier y una criada resultaron detenidos y juzgados por el suceso. En la misma audiencia se le imputó otro percance: una mujer irlandesa había acudido a beber a su casa; tras haber trasegado en demasía, él la subió en brazos al piso superior y la acostó en un lecho, fingiendo dispensarle una gran ternura. Su mujer irrumpió fingiendo un ataque de celos, arrojó a la huéspeda fuera de la cama y le sustrajo cuatro guineas de los bolsillos. A falta de pruebas directas contra Humphry, fue absuelto también de este segundo cargo. Aquellos procesos arruinaron su negocio y su reputación; el cronista presenta a partir de entonces el asalto a mano armada en los caminos como una ocupación que cuadraba mejor con su verdadera inclinación.
Angier trabó amistad con Carrick, Carrol, Lock y Kelly, entre otros. Aseguraba hallarse por encima del hurto callejero y sostenía que, en toda su gavilla, solo Hugh Kelly hacía oficio del carterismo, en el que mostraba una destreza singular. Con todo, cuando se halló más tarde en prisión, multitud de personas acudieron a solicitarle mediación para dar con sus relojes de oro, sus tabaqueras y otros efectos. A todos respondió que nada sabía de tales prendas. Por lo que tocaba a Kelly, había marchado a establecerse en América; Angier zanjaba la cuestión diciendo que no cabía ya esperanza alguna de recuperar los bienes.
El asalto perpetrado en las inmediaciones de St Albans desnudó el verdadero valor de aquella distinción que trazaba entre las rapiñas que despreciaba y las que consentía ejecutar. Angier y Milksop vieron aproximarse un carruaje en el que viajaban un joven y dos damas. El cochero desoyó sus intimaciones de alto. Dispararon entonces a un caballo para impedirle avivar el látigo y huir; el mayoral fue derribado de su asiento y arrastrado bajo las ruedas del coche, sufriendo heridas de suma gravedad que pusieron en peligro su vida. Los salteadores despojaron a los pasajeros de sus objetos preciosos, tratándolos con aspereza y arrebatándoles sus pertenencias de modo destemplado. Angier adujo después que por entonces se hallaba muy bebido. El camino guardaba las señales del quebranto; la embriaguez era su disculpa, mas no su enmienda.
A comienzos de 1720, Angier se libró por escaso margen de una condena por un robo en el cual, a decir del testimonio judicial, no había tenido participación alguna. El cochero de un hombre principal había sido despojado de un reloj y de ciertas sumas de dinero. Una meretriz a la que el texto tilda de mujer pública, y a quien Angier y uno de sus cómplices habían maltratado con dureza, intentó poco después empeñar el reloj, una vez que el dueño legítimo hubo pregonado la sustracción. Puesta bajo custodia, declaró que la alhaja había sido robada por Angier, Armstrong y otro mozo; los tres fueron prendidos al punto y conducidos a Newgate.
En las siguientes sesiones del tribunal, la mujer testificó con saña en su contra. El cochero, a tenor de lo asentado en la crónica, se mostró más circunspecto; diversas circunstancias que abonaban la inocencia de los acusados saltaron a la vista de los jurados, quienes fallaron su absolución. El cronista califica el veredicto de justo, habida cuenta de que no habían cometido aquel delito. En una existencia donde menudean tantas inculpaciones, rapiñas confesas y delaciones de cómplices, esta resolución no puede reducirse a la suerte común de un bandido: el tribunal lo puso en libertad porque las piezas de la causa demostraban que no era autor de aquel hecho concreto.
La memoria judicial refiere que Angier residió con posterioridad en Henley-on-Thames, gozando de buena fama y manteniendo una conducta que él mismo juzgaba intachable. En sus postreras palabras aseguró haber concebido firmes resoluciones de enmienda con anterioridad a su postrero arresto, y haberlas observado puntualmente. Durante su cautiverio manifestó, según el escribano, viva constricción y suplicó a Dios que lo sostuviera en las tribulaciones que sus crímenes le habían acarreado en estricta justicia.
Llegado al patíbulo, no dio muestras de pavor ante la muerte. Se dirigió al gentío congregado, haciendo votos por que su aciago fin apartase a los concurrentes de los desvaríos que lo habían conducido a tal extremo. Perdonaba a Dyer, cuyo testimonio, según clamaba, le costaba la existencia, y confiaba en que el tiempo ganado a costa de su propia sangre y de la de otros reos fuera empleado para bien. Demandó clemencia a cuantos había ofendido y aseguró que, en todos los asaltos en que tomó parte, se había guardado siempre de cometer homicidio.
Acto seguido, de acuerdo con la crónica, el propio Angier se acomodó el dogal al cuello y acató la sentencia. Contaba alrededor de veintinueve años de edad. Fue ajusticiado el 9 de septiembre de 1723, tras haber conocido los azares del bandolerismo, la absolución de una acusación infundada y, a la postre, el rigor del suplicio capital. Las palabras que dirigió al pueblo son las de un reo empeñado en deslindar la rapiña del asesinato; mas las haciendas de los viajeros a quienes despojó y el cochero al que quebrantó forman asimismo parte indivisible de esta historia.
