John Dyer había cumplido ya casi siete años de reclusión en Newgate en calidad de testigo de la Corona cuando obtuvo por fin la libertad. El magistrado que decretó su excarcelación le advirtió del peligro de frecuentar a sus antiguos compañeros; Dyer juró consagrarse a una vida honrada. Sin embargo, reanudó las fechorías casi al instante, hasta que la agresión a un viandante y el allanamiento de una tienda lo condujeron de nuevo ante el tribunal de Old Bailey.
Nacido en Salisbury en el seno de una familia pobre pero honorable, Dyer recibió una instrucción elemental decorosa y fue colocado como aprendiz de zapatero. Sus primeros hurtos acaecieron durante este periodo formativo. En Collingbourne, en el condado de Wiltshire, sustrajo treinta chelines de la caja de caudales de un mercader y se dio a la fuga. Más adelante, un domingo, su maestro lo envió a una aldea vecina con la orden de cambiar doce peniques por piezas de medio penique en la tienda de un tendero; al no hallar a nadie, Dyer serró el barrote de una ventana, se introdujo en la vivienda y registró la estancia. Apenas se apoderó de tres medias coronas, mas cargó asimismo con cuantas grosellas y ciruelas halló a su alcance. Sospechoso del hecho y sometido a registro sin que se le encontrase moneda alguna, hubo de justificar la presencia de la fruta en sus faldones; a falta de testigos capaces de refutar su afirmación de haberlas comprado en el mercado de Andover, eludió en aquella ocasión toda acción penal.
Enviado tiempo después por su maestro con cinco libras para comprar cuero, convino una treta con un compinche, a quien indujo a declarar que Dyer había sido víctima de un robo en el camino. El maestro dio crédito a la patraña. En otra ocasión, encomendada la cobranza de varias deudas de clientes, Dyer retuvo unas tres libras y marchó a Salisbury, donde una nueva aventura amorosa le acarreó graves apuros económicos. En la plaza del mercado reparó en una joven que acababa de recibir cierta suma; la siguió fuera del recinto urbano, la derribó, la despojó de cuanto llevaba, la arrastró hacia una espesura y la ató a un árbol. La crónica consigna esta violencia sexual sin precisar el nombre de la víctima, la fecha exacta ni desenlace judicial alguno.
Tras este suceso, Dyer ejerció un tiempo como oficial zapatero en una aldea de Hampshire. Se alojó en casa de la madre de una joven a la que dejó encinta, persuadiéndola a continuación de hurtar los caudales maternos y huir con él a Bristol. Ambos dilapidaron el dinero con desenfreno. La mujer y la criatura regresaron junto a la madre, quien las acogió bajo su techo; Dyer, por su parte, no volvió jamás. Visitó a su propia madre en Salisbury, le arrebató cincuenta libras, marchó de nuevo a Bristol y perdió en el juego la mayor parte de la suma. En Wiltshire convivió más tarde con una viuda, con cuya complicidad obtuvo un crédito fraudulento de treinta libras embaucando a los vecinos de la villa, estratagema que el propio Dyer definió en sus memorias. Posteriormente invirtió en un negocio junto a un carbonero, pero el socio quebró antes de vencer el primer plazo mensual estipulado; Dyer emprendió entonces la huida hacia Hereford.
Allí ejerció su oficio con honradez durante algún tiempo. Mas, durante un trayecto en compañía de un buhonero, supo que este se dirigía a Ross con el propósito de comprar volatería. Dyer le salió al paso en el camino y le arrebató en primera instancia dos chelines. Convencido de que el comerciante ocultaba mayores fondos para sus transacciones, desfondó las cestas y halló doce libras; se apoderó asimismo de su cabalgadura, sobre la que cabalgó cuarenta millas hasta alcanzar Marlborough. Detenido poco después por la sustracción de una jarra de plata, fue encarcelado a la espera de las sesiones del tribunal itinerante, pero descubrió una falla en el edificio de la prisión y logró fugarse.
Habiéndose guarecido primero en casa de una tía y luego en la de su hermana, Dyer arrastró a un antiguo condiscípulo y pariente a robar cincuenta chelines a su propia madre. Puestos a disposición de un juez de paz, ambos fueron condenados a trabajos forzados en la penitenciaría de Bridewell. Dyer urdió un plan de fuga en connivencia con su compañero; escasos días después, consumaron la evasión a través del tiro de las letrinas. Una nota de la época precisa que el conducto fecal les brindó la vía de escape al exterior del recinto.
Dyer se dedicó en lo sucesivo al robo de caballos en New Forest, para dar el salto definitivo al asalto en los caminos reales. Despojó a una sirvienta recién despedida de una sortija de oro y de sus ropas, que redujo a dinero en Winchester. En Amesbury, fingiéndose socio de un mercader de encajes, arrebató el fardo de géneros a un posadero y huyó a la carrera. Rumbo a Devizes, encañonó con sus pistolas a un quincallero escocés, lo ató con sus propias telas y le sustrajo dinero en metálico, mechones de cabello destinados al comercio de pelucas, pañuelos y piezas de muselina, concediéndole luego la libertad.
Poco después, Dyer asaltó a un anciano pastor que regresaba del mercado tras liquidar su ganado; el zagal defendió su peculio armado con un garrote, pero sucumbió perdiendo setenta y dos libras. El producto de las rapiñas apenas duraba en manos de Dyer. Se asoció acto seguido con un carnicero arruinado, quien intentó burlarle su parte valiéndose de las mismas artes que el propio Dyer le había inculcado; tras una agria disputa sellada con promesas de enmienda, reanudaron sus correrías. En la feria de Woodbury Hill acecharon a un tratante de quesos, a quien abordaron a una milla del recinto ferial. La víctima no llevaba encima sino doce libras de las ochenta que había cobrado; contrariados por la magrez del botín, los dos facinerosos lo castigaron a latigazos.
Dyer y su acólito emboscaron a continuación a un comerciante de lúpulo y a su esposa. Ante las amenazas de muerte, la mujer reveló que el dinero iba oculto en las botas de su marido; Dyer las rajó de arriba abajo y extrajo cincuenta guineas. Ambos forajidos arrebataron cerca de noventa libras a un hacendado ganadero y pasaron a saltear sistemáticamente las diligencias entre Bath y Londres, hasta el punto de que los transportistas hubieron de contratar escoltas armadas. Un viajero les disparó con su trabuco sin alcanzarlos; los bandoleros saquearon su carruaje y le propinaron una severa zurra con sus fustas.
En el camino de Reading, Dyer despojó de sus ropajes a un tratante de sebos. Encaminándose a Londres por atajos, asaltó a cuatro estudiantes de Oxford, primero a dos de ellos y seguidamente a los restantes, tras obligar a las víctimas a delatar los escondrijos de su dinero. Halló piezas acuñadas cosidas bajo los botones, un reloj escondido en las calzas y dinero oculto en la solapa de un gabán. Todos estos lances proceden de las memorias que publicó en vida; el cronista advierte que ha expurgado los juramentos y blasfemias con que Dyer salpimentaba su relato.
Llegado a Londres, Dyer halló empleo en la botica de un zapatero en Ludgate Hill y luego ejerció durante un año en Leather Lane. Una amante lo cubrió de deudas y lo apremió a enajenar una renta vitalicia de diez libras anuales, por la que percibió cerca de ochenta libras líquidas. Gastó parte en galas y liquidó dos créditos falsos amañados por su patrona y una amiga. Cuando un marinero, que afirmaba ser el legítimo esposo de su manceba, acudió a reclamarla, Dyer se mudó de alojamiento. El marino le dio caza; Dyer lo hizo encarcelar esgrimiendo una supuesta deuda por gastos de pensión y hospedaje, obteniendo diez libras para zanjar el pleito.
Agotadas sus reservas pecuniarias, Dyer repudió a su amante, contrajo matrimonio con una mujer a la que describía como intachable y abrió un modesto taller de remendón en Leather Lane. Sin embargo, no tardó en reclutar a un mozo vulnerable empujado por la indigencia. En comandita perpetraron diversos robos cerca de Old Spa y Sadler’s Wells, despojando a viajeros en sus coches y a transeúntes desvalidos. En Lincoln’s Inn Fields, perseguidos por la ronda nocturna, dispararon por encima de las cabezas de los alguaciles y lograron evadirse. Dyer se integró poco después en la gavilla que asolaba los descampados de Blackheath, partida ya consignada en volúmenes anteriores.
La relación autobiográfica de Dyer no hacía mención alguna de su posterior papel como delator de un nutrido número de sus correligionarios. Según el redactor de los anales, permaneció cerca de siete años preso en Newgate tras haber entregado a sus antiguos cómplices. En la vista en que se acordó su excarcelación, el juez instructor le recomendó solicitar el destierro voluntario a las colonias para sustraerse a la venganza de quienes acababa de denunciar. Dyer reclamó la libertad incondicional y prometió enmendar su conducta. La gracia le fue concedida a la par que a Abraham Dumbleton, quien compartiría su última oleada de crímenes y subiría con él al patíbulo.
Salidos de Newgate, Dyer y Dumbleton asaltaron a un bodeguero en las inmediaciones del mercado de Bloomsbury, entre la una y las dos de la madrugada. Lo arrojaron al suelo y le taponaron la boca antes de despojarlo de su reloj de plata, diecisiete chelines, dos sortijas llanas y las hebillas de sus zapatos. En Tottenham Court Road maniataron a otro caballero, quitándole cuarenta y dos chelines. Poco después, Dyer hurtó una sortija de diamantes a un conocido que lo había convidado en una taberna; fingió tener que cruzar unas palabras con un amigo que aguardaba en un carruaje y huyó con la joya.
Su última fechoría documentada revistió mayor violencia. John Dyer y Abraham Dumbleton asaltaron al señor Bradley en Kirby Street, en las proximidades de Hatton Garden, le quitaron el sombrero y la peluca, y lo patearon y golpearon brutalmente en el suelo. El señor Bradley declaró contra ellos durante el proceso. Los malhechores amedrentaron a la guardia urbana blandiendo sus pistolas y escaparon aquella noche; una o dos jornadas más tarde, forzaron una tienda de lencería, alzándose con una notable partida de piezas de lienzo. Fueron aprehendidos poco después por estos dos delitos, procesados en Old Bailey y convictos merced a pruebas que la crónica califica de concluyentes.
Bajo sentencia de muerte, Dyer manifestó arrepentimiento por sus crímenes, si bien su propio opúsculo confesional, publicado la víspera de la ejecución, recurría al tono socarrón para narrar una dilatada carrera de tropelías. En el patíbulo, exhortó a los jóvenes presentes a escarmentar en su cabeza, imploró que no se hiciese reproche a sus padres por sus desvaríos y aseguró perdonar a todo el mundo. Fue ejecutado el 21 de noviembre de 1729, a la edad de treinta y un años. Idéntico suplicio sufrió Abraham Dumbleton. Los robos pretéritos nutrieron las memorias de Dyer; empero, la condena a muerte dictada en esta causa se sustentó en las heridas infligidas a Bradley y en el allanamiento del comercio de lencería.
