Bajo sentencia de muerte, John Little escribió a su esposa para apartarla del camino criminal que compartía con él. Le recordó su miseria, la ignominia de una muerte pública y el pavor al castigo eterno. El ladrón que, durante la vista judicial, había negado conocer a su cómplice ya no podía refugiarse en aquella negativa: reconocía ahora su falsedad y manifestaba acatar la justicia del veredicto.
La crónica lo sitúa inicialmente en el mar, enrolado en la escuadra de sir George Byng —a quien el cronista nombra asimismo por su posterior título de lord Torrington— durante una expedición al Mediterráneo, y más tarde en la incursión de lord Cobham contra Vigo. Atribuye a estos episodios su inclinación al saqueo: embarcado después hacia Suecia en una nave mercante, habría hurtado cuanto estuvo a su alcance. El texto presenta estos sucesos como el aprendizaje de una rapiña que luego trasladó a su propio suelo.
A partir de esta transición, el autor extrae una lección sobre las secuelas de las campañas militares. Observa que aquellos hombres acostumbrados al pillaje y al maltrato del enemigo suelen importar idénticas prácticas a su patria, y que la codicia del botín les hace olvidar la frontera entre los beligerantes y los súbditos de la Corona. Habría preferido que los oficiales encendieran el ánimo de sus tropas mediante el deber hacia la patria y la defensa de sus fueros, antes que con la expectativa del lucro. A su entender, los motivos que se infunden a los hombres revisten tanta gravedad como la victoria anhelada. Esta advertencia, que antecede al regreso a la peripecia de Little, vincula las primeras sustracciones del marinero con una cuestión más vasta: lo que el poder consiente en tierras lejanas puede reproducirse después en el seno de la sociedad que debía resguardar.
De vuelta en Inglaterra, frecuentó a John Bewle, conocido también por el alias de Hanley, y a un individuo llamado Belcher. La crónica conjetura que los discursos de ambos le hicieron concebir el robo como una empresa entretenida y de escaso peligro, siempre que mediara una prudencia elemental. Describe asimismo a Little como un hombre entregado al vicio y a su consorte como a una mujer que vivía de la calle y del carterismo. Según el cronista, lejos de disuadir a su marido de tales compañías, lo alentaba, lo empujaba hacia el delito y ofrecía su colaboración en las tentativas que tramaban. Este retrato pertenece a la visión del cronista; los hechos consignados a continuación revelan, ante todo, un matrimonio y unos compinches sumidos en las mismas andanzas.
La partida operaba en los caminos próximos a Londres y en los parajes de esparcimiento de los alrededores. En Sadler’s Wells y Belsize, los salteadores acechaban a los concurrentes más embriagados. Los dejaban avanzar en solitario hasta un recodo propicio, para luego empujarlos y suscitar una pendencia fingida. La reyerta les permitía vaciar bolsillos, arrebatar sombreros y pelucas o apoderarse de cualquier objeto a su alcance. Cada golpe se ejecutaba, pues, al amparo de una reyerta ordinaria, encubriendo el desorden callejero la sustracción. Las ganancias de aquellas incursiones sufragaban el dispendio nocturno de la cuadrilla, si bien los fondos no tardaban en agotarse.
Cuando las correrías en los caminos rindieron menos de lo esperado, los compañeros se volcaron en los allanamientos con fractura, que prometían botines más cuantiosos. Sus gastos continuaban siendo exorbitantes; los robos se multiplicaban y el grupo cobraba notoriedad ante quienes procuraban su captura. Además, menudeaban las discordias entre ellos por el reparto de las presas, cruzándose acusaciones que derivaban en amenazas y agresiones físicas. Little mediaba a veces para apaciguarlos, aun a costa de ceder parte de su propio beneficio.
Esta precariedad constituye la paradoja sobre la que vuelve el cronista: los despojos se acumulaban sin librar jamás a estos malhechores de la necesidad, mientras el temor a la celada y las rencillas intestinas minaban su libertad. La inquietud de Little no nacía únicamente del acoso de la justicia; temía igualmente la cólera de aquellos que podían delatarlo. Y ese recelo cobraría pronto un rostro muy cercano.
Bewle, a quien Little aseguraba haber arrastrado a semejante género de vida, preparó una delación en su contra con el fin de obtener el perdón de la Corona. Pocas jornadas después, Little fue arrestado. En las siguientes sesiones del tribunal, se le acusó de haber descerrajado la vivienda del señor Deer y de haber sustraído diversos efectos inventariados en el pliego de cargos. El damnificado prestó declaración sobre la pérdida de sus bienes; Bewle, partícipe en el latrocinio, pormenorizó la forma en que se había perpetrado.
La defensa de Little fue deficiente. Consciente de su culpabilidad, refiere el cronista, fingió no conocer a Bewle, abrigando la esperanza de que, si el jurado daba crédito a su testimonio, la declaración del querellante —que no lo incriminaba de modo directo— resultaría insuficiente para condenarlo. La desaparición de los objetos y el forzamiento del inmueble no desempeñaban, por tanto, el mismo papel procesal: el propietario acreditaba la realidad del delito, mientras que Bewle, como cómplice, describía el apoderamiento y vinculaba a Little con el allanamiento. Mas Bewle respaldó su relato con circunstancias tan precisas que conquistó la convicción del jurado. Little fue hallado culpable.
Little suplicó entonces con insistencia que el tribunal le conmutara la pena por la deportación a las colonias. Los magistrados no le ofrecieron el menor aliento, y él no se dejó engañar por vanas ilusiones. Quedó confinado bajo condena de muerte, al tiempo que la casa forzada, la gavilla y los caudales que habían colmado sus noches se desvanecían en el recuerdo de una existencia cercenada. Afirma el cronista que terminó admitiendo la falsedad vertida durante el proceso y la justicia de su castigo.
Lo desvelaba sobremanera la suerte de su esposa, quien, a tenor de la crónica, perseveraba en iguales hábitos y corría el riesgo de verse en idéntico trance. La epístola que le remitió ponía el acento en lo que él experimentaba en aquel calabozo: la penuria de los grilletes, el terror a una muerte ignominiosa y el espanto ante la condenación de ultratumba. Le rogaba tener presente tales sufrimientos y no proseguir en las prácticas a las que, según él, se había abandonado. Tras firmar la carta, procuró apartar su pensamiento de las vanidades terrenales para dirigirlo hacia Dios; asegura el relato que consagró los días postreros a la plegaria y a la búsqueda de una sincera contrición. El pavor al cadalso le hacía abarcar de una sola mirada el rumbo entero de su vida.
A medida que transcurrían las jornadas, Little se aplicaba, según la crónica, a las oraciones y a las devociones de la capilla de la prisión. Confesaba haber sido un gran pecador, se declaraba hondamente conmovido por sus culpas e imploraba la clemencia del Altísimo. El texto deslinda el temor a una muerte deshonrosa del espanto al juicio divino, concediendo a este último un peso aún más determinante en sus postrimerías. Sea cual fuere el juicio que merezcan las lecciones morales que el autor extrae de semejante arrepentimiento, los gestos consignados corresponden a los de un reo que imploraba perdón y asumía su final.
El 13 de septiembre de 1725, John Little fue conducido a Tyburn y ejecutado en la horca. Los autos consultados por el cronista no recogían su edad. Su memoria permanece indisociable del nombre de Bewle, cuyo testimonio indujo a los jurados a validar la acusación, y de aquella misiva enviada a una mujer que temía ver arrastrada por su misma senda. El hombre que intentó ocultar su complicidad en un robo con fractura consumió sus últimos días en proclamar su culpa y en rogar a su compañera que detuviera a tiempo su carrera hacia el abismo.
