Antes de recorrer los caminos reales, John Levee había conocido la mar y lamentado no haber combatido en ella. Se le había encaminado hacia una vida de aprendizaje y libros de cuentas; sin embargo, su temple, tal como lo retrata la crónica, lo empujaba de continuo hacia el movimiento y el peligro. Partió con algunos compañeros, al principio bajo una apariencia de cortesía que en nada mermaba la violencia del despojo: un sombrero deslizado en la carroza, una petición de contribución, y el camino pasaba a pertenecer a los forajidos.
El padre de John era un caballero francés llegado a Inglaterra con Carlos II durante la Restauración. Enseñaba francés a personas de distinción, entre ellas a algunos de los hijos naturales del monarca, y regentaba en Pall Mall una gran pensión donde se hospedaban sus alumnos. Tras convertirse en comerciante de vinos, negociaba con Francia por sumas considerables; sus hijos recibían, según la crónica, la mejor educación que su familia podía brindarles y jamás salían a la calle sin un criado. Con el tiempo, varios de sus corresponsales quebraron. El padre se retiró a Holanda. John, encomendado a la French Society para que fuera colocado como aprendiz y se asegurara su porvenir, permaneció en Inglaterra.
Sus protectores advirtieron en él una vivacidad y un ardor que tomaron por prendas idóneas para labrarse fortuna. En lugar de colocarlo de inmediato con un comerciante, lo confiaron al capitán de un buque de guerra. Sirvió a bordo del Essex cuando sir George Byng se enfrentó a los españoles frente a Mesina, y luego en la escuadra de sir John Norris en el Báltico. A su regreso, hallándose los asuntos públicos más sosegados, sus allegados resolvieron hacerle aprender la contabilidad mercantil, pues parecía haber escaso provecho en volver a embarcar.
El asiento de cuentas le pareció una ocupación en exceso apacible. La crónica asegura que no se quejaba de las fatigas de la navegación, sino de no haber entrado en combate. Para desahogar, según se dice, aquel humor marcial, se echó a los caminos con unos pocos camaradas. Su método pretendía ser «genteel»: depositaban un sombrero en el interior del carruaje e invitaban a los viajeros a contribuir según su albedrío; en ocasiones se conformaban con unos pocos farthings. La cortesía estribaba en los modales, no en la libertad del caminante, cuyo vehículo acababa de ser interceptado.
Así, cuando Levee y Blueskin detuvieron la carroza de una mujer sola, el cesto de esta sólo les deparó bollos y pasteles. Levee tomó algunos; Blueskin registró a la pasajera y sus enseres en busca de dinero, pero no halló moneda alguna. Ella lo arañó, lo colmó de injurias y le propinó dos o tres bofetadas sonoras. Ambos hombres echaron a reír y se alejaron sin infligirle más maltrato. El cronista califica esto como una urbanidad de la que no habría gozado frente a otros bandoleros; con todo, aquella mujer les opuso resistencia y ellos se marcharon con las manos casi vacías.
En octubre, en el camino que venía de Gravel Pits hacia Kensington, Levee y Blueskin toparon con una carroza en la que viajaban dos damas con una niña sentada entre ellas. John detuvo el carruaje y conminó a los cocheros y al lacayo a arrojarse a la zanja si no querían que les disparasen. Los dos salteadores se apoderaron de los collares de las damas y cortaron de la cintura de la niña una hebilla de oro. Se llevaron además unos diez chelines y una pequeña efigie de varón en metal blanco, a la que habían tomado por plata maciza. Aquella figura de escaso valor quedó confundida entre joyas mucho más preciosas, tomada por error por lo que no era.
Una junta reunió luego a los miembros de la cuadrilla, a quienes se había prometido un rico botín en Blackheath. Seis jinetes, bien armados y montados, pasaron allí cerca de seis horas sin cruzarse con un alma viva. Repitieron tres o cuatro veces la misma tentativa infructuosa antes de abandonar aquella ruta. En diciembre, Levee y otro cómplice interceptaron a un carnicero a caballo que regresaba de Hampstead. Al preguntarle qué había vendido, respondió que dos corderos; el compinche de Levee calculó al instante que, a catorce chelines la pieza, el carnicero debía llevar consigo veintiocho chelines. Pese a sus protestas, le arrebataron el dinero y le quitaron también su capote, acto que calificaron de castigo a su insolencia.
Una carroza pasó por el camino. El cronista refiere que sus ocupantes eran judíos y que Levee sabía que estos lo conocían; persuadió entonces a sus compinches de alejarse sin atacarlos. La partida conservó el producto del robo al carnicero y dejó marchar el nuevo carruaje. Tal es la singular medida que el relato ofrece de la influencia de Levee: un hombre que despojaba a los viajeros era capaz, en el acto, de contener a sus secuaces ante testigos con los que temía volverse a encontrar.
El retrato trazado por el autor dista, no obstante, de ser el de un hombre ajeno a la violencia. Betts le había asestado tres o cuatro golpes en la cabeza; Levee le descerrajó entonces un solo tiro de pistola que le vació un ojo. La crónica presenta esta herida como la única ocasión en que ejerció la crueldad a lo largo de sus correrías.
La misma cuadrilla detuvo la carroza del señor Young una noche en que Blake y Matthew Flood acompañaban a Levee. Blake gritó que encañonaran a los viajeros, Flood sujetó a los caballos y Levee penetró en la carroza desarmado, mientras sus compinches aguardaban al otro lado del seto. Richard Oakey tomó asimismo parte en el asalto. Al señor Young le despojaron de un reloj y de una cadena de oro. El coronel Cope, que viajaba con él, perdió a su vez un reloj, una cadena, un anillo y veintidós chelines.
Levee relató más tarde que ambos caballeros habrían podido reducirlo con holgura: se encontraba a solas dentro de la carroza, sin armas, mientras los demás permanecían separados de ellos por el seto. Sin embargo, según su testimonio, los viajeros entregaron sus bienes sin oponer resistencia; le resultaba difícil discernir quién, si los caballeros o él mismo, se había mostrado más cortés. Uno de ellos reclamó su sortija de cornalina. Levee aseguró haber querido devolverla, pero sus socios se lo impidieron. El anillo permaneció, pues, entre los objetos hurtados, y la gallarda urbanidad de la que se vanagloriaba el salteador no alcanzó a remediar aquel expolio.
En el camino de vuelta, dieron con un jinete pobre y lo condujeron tras dos almiares de heno. Aquel hombre no llevaba más que dos chelines y suplicó que no le maltrataran, alegando que se hallaba gravemente enfermo. Los cómplices de Levee pretendían atarlo y apalearlo; Levee logró que le restituyeran sus monedas, lo ayudasen a montar de nuevo y lo escoltaran hasta el camino. Aquel viajero se libró del maltrato, mientras que las tropelías perpetradas contra los demás pasajeros quedaron consumadas.
Levee fue prendido poco después junto a Flood y Oakey. Blake prestó testimonio contra ellos; en la siguiente sesión de Old Bailey, los tres fueron hallados culpables y condenados a muerte. Ya bajo sentencia, John se mostró grave y comedido, a decir de la crónica, tras haber blasonado antes de fanfarrón por una errada concepción de la valentía y la firmeza. A medida que se aproximaba la muerte, se entregó con fervor a las oraciones y a los deberes religiosos.
En el patíbulo, montó en cólera cuando procedieron a atarle las manos y a calarle la capucha sobre el rostro. Mas la ira de nada le valió: hubo de someterse como los demás. Contaba unos veintisiete años de edad. Murió en Tyburn en febrero de 1723, el mismo día que Flood y Oakey. La juventud a la que sus benefactores habían procurado un destino provechoso concluyó entre viajeros esquilmados, un veredicto y los ritos metódicos del verdugo; ni el postrer ademán de Levee pudo demorar ninguno de ellos.
