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Justicia y escándalos · Inglaterra

El jinete descabalgado

Tras cerca de veinte años de servicio en el ejército, Francis Bailey comete asaltos en los caminos sin ser detenido. Finalmente, es condenado por forzar una vivienda en Piccadilly, acusación que niega pese a confesar otros crímenes. Muere en Tyburn el 14 de marzo de 1725.

En el camino, un pastor le dio a Francis Bailey una lección que las siete libras arrebatadas a una carreta no bastaron para compensar.

Bailey había nacido en Worcestershire, de padres en extremo humildes. La crónica señala que no sabía leer ni escribir cuando se adentró en el mundo. Sus progenitores lo habían puesto de aprendiz con un panadero, y su amo se había ocupado bien de él. No obstante, abandonó el oficio para alistarse como soldado raso, resolución que el cronista presenta como una fuga hacia la holgazanería. Bailey se comportó con suficiente decoro en el regimiento como para ascender a cabo y, más tarde, a sargento. Sirvió en las filas cerca de veinte años y conservó, a ojos de la milicia, una buena reputación. El relato contrapone esta trayectoria de aparente regularidad a una serie de robos que, según se afirma, cometió sin arresto ni sospecha alguna hasta el proceso final; con todo, no se ofrece ni la relación ni la fecha de tales asaltos.

Según la relación de autos, aquella fachada militar no le impedía saltear en los caminos reales. Su primera tentativa acaeció mientras su regimiento se hallaba acantonado en una villa atravesada por una gran ruta. Pasaba buena parte del día desocupado y, al no saber leer ni hallar entretenimiento en una plática inocua, ignoraba cómo emplear sus horas. Cierto anochecer, uno de sus camaradas refirió la vida de un afamado bandolero que, según dijo, había reunido setecientas libras antes de partir a Jamaica para regentar allí una posada. Bailey escuchó con vivo interés. La idea de agenciarse caudales sin aguardar a la soldada le pareció camino llano, con tal de proceder con prudencia. A la jornada siguiente se pertrechó de caballo y armas, partiendo al crepúsculo decidido a detener al primer caminante.

Aquel primer transeúnte resultó ser un clérigo. Amedrentado, el ministro extrajo unas monedas de plata de su bolsillo y las depositó en el sombrero del salteador. Bailey soltó las riendas para guardar el botín. El pastor aprovechó la ocasión: espoleó a su montura y le propinó tal codazo que derribó a su agresor de espaldas en el polvo. Huyó de inmediato, salvando su reloj y cerca de cuarenta libras en oro. Bailey apenas había obtenido unas piezas sueltas, dejando escapar una ganancia muy superior. Tras la caída, el bandolero recuperó su caballo y cabalgó cerca de una milla. La carreta que encontró después transportaba a tres o cuatro jóvenes que habían dejado el servicio doméstico en Londres para visitar a parientes en diversas comarcas. Tres hombres custodiaban el tiro. Bailey les cerró el paso, se apoderó de siete libras y regresó a su cuartel. Aquel éxito lo persuadió de que el primer tropiezo bien podía sortearse afinando la atención.

En lo sucesivo, cada vez que escaseaban los fondos, recurría al bandolerismo en los caminos. La crónica apunta que prefería no vincularse de continuo a ningún cómplice, si bien llegó a sopesarlo; semejante reserva lo habría librado del arresto durante varios años. Sin embargo, un encuentro en una posada le haría calibrar el peligro de compartir secretos. En las inmediaciones de Moorfields trabó amistad con un irlandés vivaz y desenvuelto. Charlaron durante dos horas y luego el desconocido lo convidó en una taberna a una botella y un pollo. Cenaron juntos y se despidieron cerca de la medianoche con excelente ánimo, conviniendo en reencontrarse dos tardes después.

Al día siguiente, Bailey se hallaba en el camino de Barnet, entregado de nuevo a sus andanzas. Al otear por encima de un seto, vio a su flamante amigo interceptar un carruaje en el que viajaban dos damas, despojarlas de sus pertenencias y huir por una vereda transversal. Un cuarto de hora más tarde, Bailey detuvo al intendente de un noble y le quitó nueve guineas. Regresó acto seguido al modesto despacho de aguardiente de Piccadilly donde se hospedaba, resuelto a proponerle al irlandés que aunaran fuerzas.

Aguardó la jornada entera y acudió a la cita. El hombre no compareció. Bailey esperó varias horas en el lugar y se marchó sin haberlo visto. Al detenerse en una taberna de Fore Street, recordó que el mesón de su primer encuentro quedaba cerca y acudió a solicitar noticias. La dueña le reveló que su compañero había sido llevado, unas tres horas antes, a casa de un cirujano vecino, mortalmente herido. Su esposo se disponía a visitarlo. Bailey comprendió el riesgo que entrañaba seguir aquella pista, pero la curiosidad se sobrepuso a la cautela.

El herido acababa de recibir las primeras curas. Hizo señas a Bailey para que se acercase y le habló en un susurro a fin de no ser oído. Dijo haber sido alcanzado de muerte mientras se alejaba tras asaltar una carroza. Advirtió a Bailey de que anduviera sobre aviso: lo había reconocido como un «hermano del camino» y, según le confió, quien desvelaba tal secreto a un tercero se ponía en manos de la justicia. Media hora después, al hombre le sobrevinieron varios desmayos, perdió el habla y expiró al anochecer. La muerte de aquel camarada de tan reciente trato conmovió profundamente a Bailey.

Meses más tarde, Bailey fue prendido bajo la acusación de haber forzado una morada en Piccadilly. Se le imputaba haberse llevado vajilla de peltre, lencería de mesa y otros enseres domésticos de estimable valor. En el juicio subsiguiente, la acusación descansó en el juramento de una mujer cuya reputación, puntualiza la crónica, distaba de ser intachable. El reo fue declarado culpable. Confesó haber cometido numerosos delitos por los cuales ninguna prueba material podía ya condenarlo, pero negó con firmeza, hasta el postrer instante, haber participado en semejante allanamiento.

El capellán y otros eclesiásticos le hicieron ver que caería en la insensatez y en el pecado si expiraba sosteniendo una falsedad. Con todo, Bailey persistió en rechazar aquella imputación concreta. Afirmaba haber incurrido en multitud de graves faltas y reconocía que Dios bien podía imponerle tan ignominioso final; no obstante, sostenía que el robo de Piccadilly no figuraba entre sus obras. Tal desmentido no revocaba el veredicto del jurado, del mismo modo que los crímenes que él aseguraba haber perpetrado no pasaron a ser sentencias debidamente instruidas.

El 14 de marzo de 1725, contando cerca de treinta y nueve años de edad, Francis Bailey fue ejecutado en Tyburn junto a Jones, Barton, Gates y Swift. Jamás se retractó de su desmentido sobre el robo con allanamiento que lo había llevado al patíbulo. Alrededor de esta última declaración, la crónica yuxtapone los crímenes que el reo reconoció de su propio grado y el fallo judicial que impugnó, cuidando de no confundir los unos con el otro.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El jinete sin testigo

Una novela corta ficticia de corte criminal seguiría a una sirvienta que reconoce, ante una mansión saqueada, el caballo de un hombre al que vio antaño durante un asalto en el camino. El actual poseedor afirma habérselo comprado a un soldado desaparecido. Para probarlo, le entrega una carta que parece anunciar el robo antes de que este se perpetrara. Los hechos y los personajes serían invención literaria. ¿Os atraería esta pesquisa donde identificar la cabalgadura no basta para inculpar al jinete, y donde una deuda de gratitud amenaza con falsear un testimonio?

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El sargento de Piccadilly

Una novela histórica ficticia seguiría a un sargento acusado de desvalijar la residencia de su coronel. La única testigo de cargo es una mujer de palabra desacreditada; el oficial que la respalda oculta haber vendido una llave. Un antiguo camarada regresa de campaña con el plan de un segundo robo, destinado esta vez a sustraer el libro de cuentas y gastos del regimiento. Los personajes y los crímenes serían fruto de la ficción. ¿Desearíais leer esta novela donde desenmascarar a un ladrón amenaza con destapar las malversaciones de toda una compañía?

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Los caminos del intendente

Tres novelas de ficción seguirían las sucesivas identidades de un intendente. En la primera, una bolsa robada lo pone sobre la pista del asesinato de su señor; en la segunda, una carroza asaltada transporta a una dama a quien creía muerta; en la tercera, un acusado de robo con allanamiento confiesa varios delitos, pero se niega a delatar a quien le facilitó las llaves maestras. Cada volumen contaría con su propia investigación y desenlace. ¿Os agradaría esta trilogía donde los secretos castrenses se trasladan de los caminos reales a las salas de justicia?

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra de la fuente Newgate-087 (1 651 palabras), SHA-256 c3c84b7baec9d6434c06c4e986031fe19386ef9c143f0fb051a13ee6dd504d75. La fuente sitúa la ejecución de Francis Bailey en Tyburn el 14 de marzo de 1725, hacia los treinta y nueve años de edad. Da cuenta de su servicio de cerca de veinte años en un regimiento, sus asaltos en los caminos, el encuentro con el salteador irlandés malherido y la posterior condena por robo con allanamiento en Piccadilly, hecho que siempre negó. Bailey habría admitido otros crímenes de los que no constaban pruebas; la nota mantiene atribuida esta declaración y deslinda los hechos no juzgados de la condena fehaciente. No consta duplicado narrativo exacto (Bailey, camarada irlandés, asalto al carruaje en el camino de Barnet, nueve guineas al intendente o allanamiento de Piccadilly) en el corpus público lot-06-300 ni en los borradores Cap400. Los ajusticiados junto a él citados al cierre figuran en la fuente por causas distintas y no se entremezclan con el proceso de Bailey. Lectura fidedigna: escena del pastor restituida una sola vez, deslindando la plata hurtada del oro y reloj conservados; parada en Fore Street previa al retorno a la posada originaria; se descarta la mención no acreditada del préstamo del caballo.

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