El 1 de mayo de 1794, un prisionero de Dublín escapó de su propia casa, adonde su carcelero lo había acompañado para cenar. Desde el 28 de abril preparaba su huida; una cuerda aguardaba tras una ventana, un caballo lo esperaba en un establo y una capa de campesino debía borrar las apariencias de su condición. Archibald Hamilton Rowan no pretendía revocar su sentencia ante los jueces. Quería ganar el mar antes de que el arresto de otro hombre lo llevara de nuevo ante ellos.
Pocos meses antes, el Tribunal del Banco del Rey lo había declarado culpable de haber publicado un libelo contra el gobierno. El texto, presentado como un manifiesto de los United Irishmen de Dublín dirigido a los voluntarios de Irlanda, llevaba la firma de Rowan en calidad de secretario. El tribunal lo condenó, el 29 de enero de 1794, a dos años de prisión, a una multa de quinientas libras y a prestar garantías de buena conducta por un importe de cuatro mil libras durante siete años. La sanción vinculaba la libertad venidera, el dinero y la obligación de responder por su conducta. Rowan apenas había cumplido dos o tres meses de condena cuando William Jackson, un eclesiástico conocido en Inglaterra, y otras personas fueron detenidos por alta traición.
Pelham relata que Rowan consideró entonces probable que lo implicaran a él también. El texto no afirma que ya se hubiera dictado una nueva acusación en su contra. Presenta un temor y la decisión que de él se derivó. El 28 de abril, Rowan fijó el momento de su partida para la noche del 1 de mayo. Su primer cómplice habría de ser el propio carcelero, un hombre que conocía su condena pero que, según la crónica, ignoraba el peligro político al que su prisionero creía estar expuesto.
Rowan logró que el carcelero lo acompañara hasta su domicilio. La señora Rowan los recibió; la cena estaba dispuesta en una estancia de la planta alta. Tras el ágape, el prisionero pidió al custodio autorización para hablar en privado con su esposa, en la habitación contigua. El carcelero aceptó, con la condición de que la puerta entre ambas piezas permaneciera abierta. Desplazó su silla para no perder de vista el vano. La vigilancia existía, pero se limitaba a esa abertura, y la casa se había convertido en el lugar donde menos cabía esperar al fugitivo.
Rowan cruzó la estancia visible y ganó la alcoba del fondo. Una cuerda había sido fijada a la ventana; por ella se deslizó hasta la calle. El relato de Pelham no menciona el nombre de la persona que preparó aquel cordaje ni el momento en que se condujo el caballo. Indica que una montura enjaezada lo aguardaba en el establo y que una capa campesina debía servirle de disfraz. Aquellos objetos habían sido dispuestos para atender a dos necesidades inmediatas: abandonar la casa sin alertar al carcelero y alejarse de Dublín sin ser reconocido bajo sus ropajes habituales.
El primer destino de Rowan fue la morada de su abogado, Matthew Dowling, quien había accedido a prestarle auxilio. Pero la casa estaba llena de visitas. Dowling le hizo comprender que no podía ocultarlo sin imprudencia y le pidió que aguardara en la Rotonda, edificio de Sackville Street, el tiempo necesario para despedir a sus invitados. Rowan permaneció allí durante una hora y media. Para un hombre recién salido de Newgate, aquella espera no era un trámite menor: la prosecución de su fuga dependía aún de la llegada de quien había prometido socorrerlo.
Dowling se reunió por fin con él. Tras una breve consulta, decidieron que Rowan se dirigiría a la residencia de un amigo, el señor Sweetman, situada a unas cuatro millas al norte de la bahía de Dublín. Desde allí, según creían, una embarcación podría llevarlo consigo. Rowan acudió al lugar; sin embargo, transcurrieron tres días antes de que el plan cobrara forma. La casa de Sweetman no suponía todavía la salvación, sino tan solo un refugio donde la partida aún debía organizarse.
Cuando el barco de recreo estuvo listo, unos hombres de los alrededores embarcaron a Rowan rumbo a la costa de Francia. Zarparon de noche. El viento no tardó en obligarlos a regresar y a guarecerse al pie de la colina de Howth. Por la mañana intentaron reanudar la marcha. Un pequeño guardacostas cruzó entonces su derrota y les arrojó varios ejemplares de una proclama: el gobierno ofrecía dos mil libras por la captura del prófugo. Los marineros leyeron los papeles sin hacer comentario alguno; luego, mientras ponían de nuevo la nave en movimiento, no les prestaron mayor atención.
En mitad del canal, la tripulación volvió a examinarlos. Los marineros alternaban la mirada entre la descripción impresa y Rowan. La semejanza tornaba ya inútil cualquier disimulo. Él reconoció que habían acertado y les recordó que todos eran irlandeses. El cronista resume la respuesta de los hombres con una aclamación: arrojaron la proclama al mar y apresuraron la travesía. Pelham refiere esta determinación de la marinería sin aportar un testimonio independiente de los tripulantes. Su ademán, sin embargo, cambió el rumbo de los hechos: la filiación llevada hasta el mismo barco aún podía perder a Rowan; optaron por proseguir el viaje.
A la tercera mañana, poco después del alba, despuntó la costa bretona. Su destino era Saint-Pol-de-Léon, que Pelham llama St Paul de Léon. Pero la llegada no significó el término de los peligros. Los viajeros fueron tomados por espías y conducidos a prisión. Hubo que esclarecer quiénes eran antes de que una orden del gobierno francés dispusiera su puesta en libertad, pocos días más tarde. Los marineros regresaron a Dublín con su embarcación; Rowan, por su parte, partió hacia París. La misma travesía que los había unido frente a la recompensa concluía así en dos itinerarios divergentes: la vuelta de los tripulantes y la prolongación del exilio para su pasajero.
Su estancia en Francia se vio interrumpida a su vez por un vuelco político. Pelham refiere que escapó entonces en una barca por el Sena, en solitario, mientras las orillas se hallaban tomadas por soldados. La crónica no precisa la fecha de esta segunda evasión. Rowan logró finalmente alcanzar un puerto francés y luego los Estados Unidos, donde residió varios años. Un indulto real le permitió regresar por fin a Irlanda, sin condiciones humillantes, según consta en la compilación.
La causa se había iniciado con una proclama política firmada en nombre de una sociedad y se había prolongado en condenas, una multa, fianzas y presidio. La fuga no dirimía si el libelo merecía la pena impuesta; sustraía a Rowan de la incertidumbre de un nuevo encausamiento y lo conducía fuera del reino. Entre la puerta abierta bajo la mirada del carcelero y la proclama caída en la cubierta, cada etapa dependió de un concurso exacto de circunstancias: la ventana trasera, el caballo prevenido, la espera de Dowling, la demora de tres días y, finalmente, la resolución de los marineros. La justicia lo había alcanzado mediante un escrito; su libertad, por un tiempo, hubo de discurrir por el mar.
