La crónica del proceso contra Robert Watt da comienzo con una definición de la traición. En Edimburgo, en 1794, el fiscal recuerda a los miembros del jurado el estatuto de Eduardo III: se imputa a Watt haber concebido la muerte del rey, mas no haber atentado de forma directa contra su persona. Es menester, arguye, acreditar una intención mediante un acto manifiesto. Así, las piezas de convicción y los testigos que se suceden no describen tentativa alguna contra la persona del soberano, sino un entramado de comités, correspondencia, pertrechos y maquinaciones atribuidas a Watt.
El ministerio público presenta las sociedades de reforma política como el germen de una conjura revolucionaria. Tras el desestimiento forzoso de sus peticiones, alega la acusación, los reformistas habrían concebido el designio de constituir una convención con fuerza suficiente para usurpar las prerrogativas del Parlamento. Al comité de correspondencia competía organizar la nueva asamblea. De él formaba parte Watt, así como de los llamados comités Unión y de Ways and Means. De este último, asegura la acusación, no se levantaba acta alguna y tenía por misión allegar fondos para la «gran causa». Downie figuraba como su tesorero.
La imputación no estriba exclusivamente en la celebración de tales conciliábulos. Se aportan a los autos cartas cruzadas entre Thomas Hardy, secretario de la London Corresponding Society, y Skirving, secretario de los Friends of the People en Escocia. En ellas colige el fiscal el abandono de la vía de la súplica y el anuncio de determinaciones de mayor alcance. Sostiene que la proyectada convención, a imagen y semejanza de la asamblea revolucionaria francesa, aspiraba a deponer las instituciones vigentes. Con todo, las epístolas y las consignas no bastan para esclarecer el propósito íntimo de Watt; la acusación se apresta entonces a vincular su nombre con planes sediciosos deliberados en Edimburgo.
Arthur M’Ewan, vocal del comité Ways and Means, atestigua que Watt dio lectura a un plan: provocar un incendio en las inmediaciones de la oficina de sisas para atraer a la tropa del castillo, cercarla entre dos contingentes armados, apoderarse de la fortaleza, prender a los magistrados y saquear los caudales bancarios, para expedir acto seguido bandos conminatorios a colonos y hacendados. M’Ewan declara ignorar qué suerte aguardaba a los rehenes, ni si la acción habría de verificarse de día o al amparo de la noche. Asegura haberse opuesto a tal designio por temor a una efusión de sangre. La defensa no logra tachar su testimonio; la relación judicial, no obstante, circunscribe su relato a los hechos de los que tuvo conocimiento cabal.
La fiscalía engarza este dispositivo político con la concurrencia de pertrechos de guerra. Afirma que Watt cursó el encargo de cuatro mil picas y coordinó su reparto a través de los «Collectors of Sense and Money». La prueba material se compone de diversas armas y un juego de tipos de imprenta incautados en su morada, además de una soflama enderezada a las tropas de un regimiento de fencibles acantonado en Dalkeith. Un tipógrafo asevera haber tirado pliegos valiéndose de tales moldes. Con todo, el testigo que manifestó haber buscado el panfleto no halló vestigio alguno en casa del encausado; más adelante, hubo de procurarse otros ejemplares por mediación de un tercero.
Las declaraciones de los herreros enredan a su vez la estimación de las cuatro mil picas. Robert Orrock relata que Watt le encomendó labrar una primera chuzo y, posteriormente, otros modelos. El pedido directo que recibió de Watt ascendía a cinco docenas de piezas; Downie satisfizo su importe. William Brown admite haber templado catorce hierros de lanza para Watt, mas rechaza terminantemente haber prevenido a Orrock de un contingente de mil picas. Por su parte, un miembro del comité asevera que Watt le exhibió un arma aduciendo que serviría con fines meramente defensivos, que solo la obtendrían aquellos que la solicitasen y pagasen, y que confiaba en eludir toda suerte de desmanes sangrientos. La cantidad de pertrechos y la intencionalidad conspirativa distan, pues, de quedar unívocamente acreditadas.
El testimonio del viajante John Fairley adolece de idéntica ambivalencia. Consta que diseminó proclamas en varias poblaciones a instancias de Watt y dio cuenta del sentir de las agrupaciones de provincias. Empero, Fairley recuerda asimismo que Watt le aseguraba que las armas estaban destinadas exclusivamente a la defensa propia, y que podría exhortarse a los soldados a engrosar las filas del reformismo. Tras comparecer de nuevo a requerimiento propio durante la vista, Fairley declara recordar planes de mayor audacia: apoderarse de establecimientos bancarios, despachos oficiales y magistraturas, despachando luego correos a uña de caballo. Ambas manifestaciones no se excluyen necesariamente de suyo, mas fuerzan a discernir con rigor entre lo que Fairley afirmó haber trasladado, lo que llegó a colegir y aquello que rememoró a posteriori.
Walter Miller, vecino de Perth, testifica haber librado sumas a Downie para socorrer a los patriotas pro reforma. Jamás tuvo indicio para presumir que la nueva convención albergase otros fines que no fuesen el desagravio institucional por la vía del derecho común. Este matiz resulta ilustrativo para ponderar el grado de connivencia que asistía al tesorero. La fiscalía, en cambio, entrelaza las remesas dinerarias, las picas y las facciones clandestinas para aseverar que Watt tramaba una sublevación violenta.
Concluida la articulación de la prueba de cargo, Watt ofrece una versión dispar sobre las mismas complicidades. Su letrado exhibe la correspondencia con Henry Dundas. Watt había manifestado por carta su repudio hacia las perniciosas doctrinas propagadas por Escocia y su inclinación a facilitar al ministerio informes reservados sobre los Friends of the People. Dundas le conmina a proseguir su labor dispensándole promesa de sigilo. Los pliegos recibidos por Dundas fueron entregados al lord advocate, llamado a deponer como testigo de descargo.
El letrado de Watt esgrime que su patrocinado obraba en calidad de agente infiltrado en el seno del movimiento. Semejante cometido, alega, exigía concurrir a las asambleas y aparentar un celo doctrinario inquebrantable para concitarse voluntades. Achaca a la parte acusadora no haber demostrado que la urdimbre más sediciosa emanase de su mandante. Esos mismos comités, según la tesis de la defensa, podían procurar una reforma parlamentaria legítima; la mera presencia de Watt en sus conciliábulos no evidenciaba su designio de atentar contra el rey o derrocar a su gobierno por la fuerza de las armas.
El lord advocate reconoce haberse reunido con Watt en repetidas ocasiones. Cierto aviso relativo al conato de insubordinación de unos dragones en Perth había resultado infundado. Con posterioridad, Watt había demandado la suma de mil libras a cambio de revelaciones de fuste: oferta que fue desestimada. El deponente admite, no obstante, haberle hecho librar treinta libras para el descargo de una letra. Tales tratos antecedieron a la convención; dice no recordar haber departido con Watt desde octubre de 1793. La defensa hace valer así una interlocución previa con el ministerio, al paso que la acusación opone el hallazgo de armas y tramas de data más reciente.
El lord presidente recapitula los extremos del debate procesal y encomienda el veredicto a los jurados. Estos se retiran a deliberar cerca de las cinco y media de la madrugada; cinco minutos después, comparecen con un veredicto de culpabilidad. Watt y Downie son sentenciados a ser arrastrados hasta el patíbulo, ahorcados y descuartizados con arreglo a la ley de traidores. La crónica hace constar que recayó gracia sobre Downie, conmutándosele la pena capital por deportación perpetua. Watt, por el contrario, subió al cadalso el 15 de octubre.
En la mañana fijada para el suplicio, el reo es conducido en fúnebre comitiva hasta la prisión del Tolbooth. Allí se entrega al rezo durante unos momentos antes de alcanzar el cadalso, escoltado por los magistrados, los sheriffs y Baird. Prosigue en sus preces y entona salmos. Tras consumarse el ahorcamiento, el verdugo le secciona la cabeza de dos tajos de hacha y la exhibe a la concurrencia proclamándola como la de un traidor. Borrow consigna que, en su postrera confesión, Watt reconoció su condición de espía y censuró agriamente al hombre que se rebajaba a desempeñar tan abyecto papel. La defensa había esgrimido este oficio de confidente; el jurado, por su parte, lo declaró culpable de alta traición.
