A medianoche, bajo una lluvia torrencial, un hombre con blusa azul llamó a la puerta de Sébastien Perrin. Afirmaba ser el criado de Piroz Liodoz, un amigo íntimo del anciano, y le rogaba que transportara una carga de tabaco hasta Les Gobets. Perrin se levantó, se vistió y salió con el desconocido. A la mañana siguiente, su hija Marie-Pierrette descubrió su cadáver en un campo. Entre el umbral de la casa y aquella pendiente fangosa, alguien había concertado una cita cuyo pretexto no resistiría la investigación.
Sébastien Perrin, propietario labrador en la aldea de Bellecombe, frisaba los setenta años. Su esposa, Françoise Chapelu, y él tenían tres hijos: Marie-Rose, Marie-Pierrette y un varón de quince años, que trabajaba desde hacía varios en Lorena. La primogénita había vivido largo tiempo en la casa paterna antes de desposar a Louis Mathieu, viudo, padre de dos hijos y rastrillador de cáñamo. En 1825 se había trasladado a Orvoz, donde el matrimonio tuvo dos hijos. El relato de Champagnac la describe señalada a menudo por sus vecinos a causa de pequeños hurtos y refiere que sus padres le reprochaban con frecuencia su conducta.
El texto trasluce asimismo el temor que se había instalado en el seno de la familia. Marie-Rose recelaba de que sus padres quisieran reservar a su hermano una porción mayor del patrimonio. Champagnac refiere que repetía a su hermana que los progenitores solo tenían ojos para el varón, intentando convencerla de que ambas habían sido agraviadas. Cierto día le entregó unos polvos grises, envueltos en papel y muselina, indicándole que los echara en la sopa del padre, de la madre y del hermano. Aquellos polvos debían, según ella, desviar el afecto familiar hacia las dos hermanas. La muchacha vaciló y finalmente guardó el envoltorio, temiendo que contuviera veneno. No llegó a utilizarlo; más adelante, tras una disputa con Marie-Rose, refirió el episodio a su madre. El padre y el hijo examinaron la sustancia, la reconocieron como ponzoña y la arrojaron al fuego.
En marzo de 1828 estalló una nueva querella en el hogar paterno. La madre echó en cara a su hija el haber querido envenenar a toda la familia. Champagnac narra que Marie-Rose se abalanzó sobre ella, la asió por los cabellos y la cubrió de improperios; la cinta de la cofia se rasgó, y solo esa rotura habría evitado el estrangulamiento. El padre acudió a las voces de su mujer y la hija se dio a la fuga. En otra ocasión, el anciano confió a Humbert Barlet que estaba tan descontento de ella que la habría desheredado si le hubiese sido posible. Luego, prorrumpiendo en llanto, añadió que aquella desdichada pretendía infligirle algo que ni siquiera podía pronunciar.
El domingo 7 de diciembre, la familia se recogió en la misma estancia. El padre ocupaba su propio lecho; la madre y Marie-Pierrette compartían el otro. El hijo se hallaba lejos, en Lorena, y Louis Mathieu se encontraba también ausente de la aldea desde hacía varios meses, ocupado fuera en el rastrillado del cáñamo. Poco antes de medianoche, alguien sacudió con fuerza el picaporte de la cocina. La madre preguntó quién andaba allí. El desconocido, advirtiendo que la voz procedía del dormitorio, rodeó la casa y llamó bajo la ventana.
Aseguró que venía de parte de Liodoz para rogar a Perrin que trasladara tabaco a Les Gobets. A la débil claridad de la noche, los cónyuges distinguieron a un hombre de estatura ordinaria, vestido con una blusa azul. No lograron reconocerlo. Se presentó como mozo de Piroz Liodoz, vecino del municipio de Évouaix. Perrin lo convidó a pasar; el individuo respondió que iría primero a avisar a su amo, que esperaba junto a las cargas, para que tuviera paciencia, y regresó casi en el acto. Pese a la lluvia, el anciano partió tras él.
La crónica desvela la razón por la que semejante pretexto pudo convencer a Perrin: Piroz Liodoz era el apodo de Claude-Marie Poncet, su amigo más entrañable. Sin embargo, Poncet no tenía tabaco alguno que transportar a Les Gobets. El desconocido se había expresado en el dialecto de Évouaix, distinto al de Belleydoux. Su voz había parecido apagada e insegura; en un principio, la mujer de Perrin apenas prestó atención a aquel detalle. A lo largo de la noche, su marido no regresó. Al amanecer, la ausencia dio paso a una viva inquietud.
El 8 de diciembre, Marie-Pierrette salió entre las siete y las ocho para asistir a misa. En un campo situado a tiro de fusil divisó un cuerpo cubierto de lodo y sangre. Se aproximó, reconoció a su padre y echó a correr deshecha en gritos. Se dio aviso al alcalde, quien dispuso la custodia del lugar. Las diligencias consignaron el primer vestigio en el sendero de Les Gobets: allí se había hallado el gorro de Perrin. La sangre marcaba a continuación un largo rastro de cerca de ciento veinte pasos hasta el campo del Gros-Pommier. Allí se recogió una piedra ensangrentada que conservaba cabellos adheridos. El médico constató varios golpes en la cabeza y diversas contusiones, atribuyendo la muerte a las lesiones infligidas con un instrumento contundente.
Durante las primeras horas, las sospechas apuntaron hacia el hombre de la blusa azul. La viuda de Perrin y su hija habían escuchado una voz masculina y creían que el extraño procedía de Évouaix. No obstante, al ser interrogadas sobre a quién creían culpable, señalaron a Marie-Rose. La madre afirmó que solo su propia hija había podido matar al padre. Marie-Pierrette añadió que, si el desconocido hubiese intervenido, su hermana bien pudo actuar de concierto con él. Al día siguiente, Marie-Rose pasó por delante del cadáver y preguntó a su madre dónde estaba su padre. La madre le espetó que debía de saberlo mejor que ella. Al amanecer inmediato, Marie-Rose propuso llevar víveres a los custodios del cuerpo; su madre le replicó que fuera ella misma, puesto que era la única causante de todo.
La instrucción judicial no tardó en atar cabos a partir de indicios dispersos. Unos vecinos afirmaron haber visto, de camino al templo, las pisadas de una persona que parecía haber corrido descalza por una senda apartada en dirección a la casa de Marie-Rose. Se advirtió asimismo que esta presentaba una muñeca dislocada y un rasguño cerca del ojo. El 10 de diciembre, los gendarmes la arrestaron y registraron su domicilio sin hallar nada relevante. Al día siguiente se practicó una segunda inspección en el establo. Entre la pared y unos leños, los pesquisas descubrieron un pantalón de tela azul, cubierto de tierra fresca y manchado de sangre, con cabellos pegados a las costras. En el fondo de una cuba, una blusa azul mostraba manchas semejantes. Estas prendas pertenecían a Louis Mathieu, su esposo, de quien los testigos confirmaban que seguía trabajando en Lorena.
Un nuevo registro en el establo sacó a la luz otras ropas: una camisa de mujer, zapatos, medias blancas y un corpiño de paño azul. También presentaban restos de sangre; en las suelas de los zapatos se apreciaban tierra y briznas de rastrojo pegadas. Marie-Rose reconoció el corpiño, el calzado y las medias, pero adujo que el corpiño se lo habían sustraído, que la camisa no le pertenecía y que se había calzado aquellos zapatos para arrancar patatas. El texto refiere que varios testigos la contradijeron sobre la fecha en que solía vestir el corpiño y sobre el préstamo de las medias. Ella alegó que la sangre bajo su calzado podía ser de ella misma.
Los magistrados indagaron en primer término si Louis Mathieu había regresado de Lorena o si algún otro varón había prestado auxilio a Marie-Rose. Las pesquisas no arrojaron prueba alguna sobre un cómplice, y la ausencia del cónyuge quedó fehacientemente probada. Pasaron entonces a contemplar la hipótesis de que la persona de la blusa azul fuese la propia Marie-Rose, embozada con las ropas de Mathieu e imitando la voz y el habla de los naturales de Évouaix. La crónica señala que los convecinos la consideraban capaz de reproducir tales dejes y de hacerse pasar por un varón. Esta conjetura engarzaba el engaño del tabaco, la blusa, las prendas ocultas y los rastros descubiertos en el establo; con todo, ningún testigo había visto quién sacó a Perrin de su hogar ni quién descargó los golpes.
Una mujer que custodiaba la llave de la casa de Marie-Rose advirtió luego que la pala y el horcón de Sébastien Perrin habían desaparecido de su entrada el 7 de diciembre y se hallaban ahora en el establo, con los mangos manchados de sangre. Según la tesis fiscal que transcribe Champagnac, la hija los habría sustraído y uno de ellos habría servido para herir de muerte al progenitor. Entre los indicios esgrimidos figuraban asimismo los cabellos, la tierra de los sembrados y los vestigios en los vestidos. Del hombre a quien supuestamente se hizo aguardar junto al tabaco nunca llegó a determinarse identidad alguna.
Marie-Rose compareció ante la Audiencia de lo Criminal del Ain los días 19 y 20 de febrero de 1829. El cronista la describe imperturbable a lo largo del interrogatorio y consigna que opuso negativas tajantes a los distintos extremos imputados. Al exponérsele la muerte violenta de su padre, reiteró su inocencia. El ministerio público sostuvo la acusación; tras tres cuartos de hora de deliberación, el jurado la declaró culpable. Interpelada por el presidente tras el veredicto, se puso en pie y volvió a proclamar que era inocente.
La sentencia dispuso que fuera ejecutada en Nantua. El 23 de mayo de 1829, el fallo se llevó a efecto. Así zanjó la justicia aquel drama. No obstante, la crónica deja tras de sí, a la entrada del establo, las ropas de un marido ausente, la sombra fugaz bajo la ventana y el habla singular del forastero: los magistrados los congregaron bajo la hipótesis de un disfraz, pero ningún ojo humano divisó al ejecutor. Marie-Rose fue condenada al cadalso; la crónica no otorga ningún otro nombre a quien vino a buscar a su padre en mitad de la lluvia.
