El caballo aguardaba junto al lago; su amo yacía en el fondo de un pozo. Entre ambos parajes, en las inmediaciones de Burdeos, las pesquisas habrían de buscar un camino que jamás lograrían hacer admitir al jurado. Léonard Goujon dejaba tras de sí una casa, una fortuna libre de deudas conocidas y, según parecía, unos convecinos que le profesaban estima. Dejaba asimismo dos pliegos cuya caligrafía mudaba de trazo. La soga amarrada a su cadáver tenía otro extremo; la crónica de su muerte, por su parte, contaría con varios cabos sueltos.
Goujon se dedicaba al comercio de vinos y aguardientes en Les Gueynards, dentro del término municipal de Gauriaguet. El 12 de febrero de 1808, hacia las siete de la mañana, un lugareño divisó su caballo atado a un árbol cerca de un lago, y su capote tendido sobre una zarza. La vivienda del negociante distaba apenas trescientos pasos. Devolvieron el animal y la prenda. La esposa de Goujon declaró que su marido había partido rumbo a Burdeos una hora antes del amanecer. Favereau, el criado que dormía en las caballerizas junto al hijo del comerciante, corroboró dicha partida.
El alcalde sospechó en un principio el asalto de unos salteadores en el camino. Al hallarse la montura a orillas del agua, se rastreó el fondo en busca del cuerpo. Sin embargo, Favereau advirtió que un sombrero flotaba en el pozo situado frente al edificio destinado a la destilación de los aguardientes. Fue allí donde hallaron a Goujon. Una cuerda sujetaba en torno a él un saco que contenía dos pesadas piedras. Los primeros reconocimientos médicos concluyeron que había mediado estrangulamiento. Una segunda autopsia confirmó este dictamen, si bien no halló la totalidad de las lesiones descritas en el primer informe. El cadáver comenzaba ya a suscitar lecturas discordantes.
Los miembros de la familia reconocieron el saco: Goujon habría echado en él avena para el viaje. No reconocieron, en cambio, la cuerda. Llegaron a asegurar, incluso, que en su morada no existía ninguna semejante. No acertaban a recordar enemigo alguno; aludían a ciertos ladridos durante la noche y a un caballo detenido ante la fachada. Tales indicios dirigían la mirada hacia el exterior. Mas no explicaban el pozo, ni las piedras, ni la proximidad del cuerpo. El magistrado instructor, de Lafourcade, dispuso la inspección minuciosa del lugar.
La vivienda contaba con un corredor umbrío, en mitad del cual se abría una bodega destinada a conservar el vino y los víveres. El magistrado no reparó en su puerta hasta el día siguiente de su llegada. En un cuévano depositado sobre una cuba de vino, halló unas cuerdas semejantes a la extraída del pozo. Los cortes parecían corresponderse: varias incisiones de la hoja habían dejado mellas que encajaban entre sí. Consultados dos cordeleros, estimaron que aquellos fragmentos habían pertenecido poco antes a un mismo cabo. Fue este el primer indicio que orientó de manera inequívoca las sospechas hacia el interior de la casa.
Al caer la tarde, un nuevo elemento vino a alterar el curso de las indagaciones. Bonnecaze, cuñado del difunto y hermano de la viuda, aportó dos pliegos que, según refirió, había arrancado junto a su hermana del libro de memorias de Goujon. Sumaban cuatro páginas y parecían manifestar un propósito de suicidio. Bonnecaze justificó su ocultación por el afán de ahorrar semejante deshonra a la familia. Lo que hubiera podido constituir un testimonio postrero resultaba sospechoso por su extemporánea entrega: solo se había presentado tras el hallazgo de la cuerda. Dicha sucesión de hechos permitía conjeturar una coartada, mas no bastaba para acreditar la mano que los había trazado.
Las primeras páginas evocaban un incendio acaecido nueve meses atrás en unos inmuebles colindantes. Al término de la tercera, el pulso de la pluma parecía alterarse. Era en ese pasaje donde Goujon habría manifestado su temor ante una demanda por daños y perjuicios, y seguidamente su determinación de quitarse la vida. Veintiuna líneas, distribuidas en tres asientos, llevaban la fecha del 12 de febrero y su firma. La disparidad de los caracteres se tornaba singularmente visible en aquellos renglones. La viuda, Bonnecaze y Favereau fueron puestos bajo arresto. Una disputa pericial sobre la caligrafía se situaba en adelante en el centro mismo de una causa por muerte violenta.
Se instruyó una causa por falsedad documental contra la viuda y su hermano. En un primer momento, los peritos calígrafos afianzaron las sospechas. No obstante, el tribunal especial consideró que el documento se había esgrimido para eludir una imputación de asesinato, y apreció la ausencia de dolo o intención de perjudicar a terceros para exonerarlos del juicio oral por dicho cargo. La instancia superior ratificó la resolución. La reseña legada por Champagnac no permite reconstruir la totalidad de la argumentación jurídica. Pero, sobre todo, no autoriza a concluir que este pronunciamiento hubiese declarado auténticos los pliegos: la cuestión de su veracidad permaneció abierta en el proceso principal.
Los investigadores tomaron declaración ulteriormente a un individuo llamado Martin, avecindado cerca de Gauriaguet. Interrogado en un inicio por ciertas sustracciones y, acto seguido, sobre la muerte del comerciante, vertió afirmaciones que parecían adjudicar un ejecutor a cada acto. A su decir, Bonnecaze lo había reclutado a cambio de dinero. Sostuvo haber participado, junto a la viuda y a Favereau, en la inmovilización de Goujon mientras su cuñado lo estrangulaba; después, habrían vestido el cadáver, transportándolo hasta el pozo con el lastre correspondiente. Martin se atribuía una intervención menor en los actos de violencia, si bien admitió haber ayudado a acarrear una piedra. Añadió, finalmente, haber recibido un pan y, más tarde, algunas monedas.
Semejante testimonio acusador no debe tornarse, bajo nuestra pluma, en una escena incuestionable. Incluso su cronología plantea un dilema: la versión reproducida en las fuentes fija la cita la noche del 12 de febrero, cuando el cadáver ya había sido hallado en la mañana de esa misma jornada. La parentela de Martin, por su parte, atestiguó su ausencia durante la noche del 11. El texto original no zanja esta contradicción. Con todo, los jueces buscaron corroboraciones: su mujer e hijos declararon que el hombre había regresado mojado antes de rayar el alba. Ello sustentaba una salida nocturna, pero no revelaba qué había hecho a la intemperie.
Martin reiteró sus incriminaciones ante diversos magistrados y en sucesivos careos. Los restantes encausados negaban de plano. Afectado de gravedad por una enfermedad, persistió en su versión cuando un juez acudió a interrogarlo al hospital. La vista pública dio comienzo el 16 de noviembre. Todo parecía encaminarse al examen de un testimonio corroborado en repetidas ocasiones por su propio autor. Sin embargo, los testigos ordinarios apenas aportaron circunstancias accesorias; ninguno compareció para relatar la escena del crimen como testigo presencial. Seguidamente, dos peritos calígrafos rectificaron su dictamen y reconocieron las fechas y firmas como de puño y letra de Goujon. El pliego controvertido mudaba de peso probatorio en el instante mismo en que correspondía juzgarlo.
En la tercera sesión, Martin se retractó a su vez. Declaró no haber ejecutado nada, no haber visto nada y no saber nada. Sus revelaciones precedentes, aseveró entonces, habían sido arrancadas mediante amenazas y promesas del juez de Blaye; llegó a mencionar dieciocho sueldos que le habrían sido entregados. Aquellas imputaciones contra el instructor constituían sus nuevas afirmaciones procesales, no hechos acreditados por la crónica. El ministerio público defendió, por el contrario, la verosimilitud de su primera confesión y sostuvo que los restantes indicios bastaban para condenar. Entre una confesión y su desmentido, la causa carecía de la trabazón que sus acusadores habían acariciado.
El 19 de noviembre de 1808, tras cuatro horas de deliberación, el jurado declaró por unanimidad que no constaba probado que Goujon hubiese sido estrangulado en el interior de su casa. Los acusados resultaron absueltos. Champagnac presenta este desenlace como la impunidad de un crimen y deja traslucir su íntima convicción sobre la culpabilidad de los procesados; no nos corresponde a nosotros trocar esa certidumbre subjetiva en una condena retrospectiva. Las cuerdas, los pliegos y las declaraciones siguieron siendo elementos controvertidos cuyo ensamblaje no logró forjar la convicción judicial. Un hombre había sido sacado de un pozo. La justicia había escuchado múltiples explicaciones de su muerte; ninguna de ellas bastó para condenar a quienes comparecieron ante su estrado.
