A los quince años, Jakob Reithaler comenzó a confiar a sus padres nutricios una historia de cuna principesca: pretendía ser el hijo secreto de un duque. Para apuntalar semejante fábula, inventó un heredero asesinado, un oficial comisionado para velar por su persona, cartas confidenciales y la promesa de una inmensa fortuna. El mozo al que pronto llamarían «el barón von Scherer» no era, empero, sino el expósito encomendado, en 1812, a un antiguo asesor de Núremberg. El capítulo del Nuevo Pitaval, en la edición consultada de 1871, relata cómo esta identidad urdida permitió a un adolescente arruinar a sus bienhechores para luego arrojar sospechas infamantes sobre varios vecinos de la ciudad.
La crónica retrospectiva sitúa el origen de la trama en la campaña de Rusia. El teniente coronel bávaro von Scherer partió con los ejércitos de Napoleón en 1812 y jamás regresó. Antes de marchar, había confiado a su hijo Jakob a su amigo, el asesor jubilado von Waldstromer, y a la esposa de este. La madre de la criatura, Barbara Reithaler, había fallecido poco después del alumbramiento, en Landshut, allá por 1809. La suerte corrida por el padre nunca pudo esclarecerse. El niño creció, pues, en un hogar que nada le debía en nombre ni en herencia, pero donde se le dispensó el afecto propio de un hijo.
El texto no precisa la condición jurídica formal de tal acogimiento. A Jakob se le llamó «Jacques», y más tarde se le dio el tratamiento de Scherer y la dignidad de barón. La dueña de la casa, según la crónica, le profesaba un favoritismo desmedido; su esposo, anciano y retraído, apenas intervenía. Los dos hijos legítimos del matrimonio eran ya adultos e independientes. Estos pormenores proceden del retrato compuesto por los autores decimonónicos: ilustran el entorno doméstico tal como la crónica lo presenta, sin que por sí solos permitan escudriñar la intimidad anímica de cada cual.
El contraste entre los papeles y la reputación devino el resorte cardinal del relato. En la urbe, Jakob se hacía llamar «Herr Baron von Scherer»; en la morada de los Waldstromer, sus acreencias eran saldadas por su protectora. El Pitaval lo describe frecuentando tabernas, cocheros y mercaderes, derrochando el dinero y acumulando adquisiciones suntuarias. Hubo allegados que trataron de prevenir a la baronesa; mas ella replicaba, a decir de la crónica, que Jacques procedía de estirpe soberana y gozaba de un caudal inagotable.
Durante el estío de 1825, Reithaler confirió a esa creencia perfiles más precisos. Aseguró primero que su padre era conde, para luego revelar a su «mamá» que era en verdad vástago del duque reinante de «C.», nombre que el texto silencia adrede. El teniente coronel von Scherer, adujo, no era su progenitor, sino el custodio designado por el duque. Un primogénito habría perecido envenenado; por ello se había ocultado al recién nacido para ponerlo a salvo. Cierto oficial, von Hautding, depositario del arcano, habría sido quien desveló al muchacho su verdadera sangre.
La narración saca a relucir una maquinaria harto tangible: Reithaler era el único conducto por el que transitaban las supuestas misivas de la corte. Las traía consigo, las leía a sus padres nutricios y justificaba los aplazamientos. Las epístolas atribuidas al duque expresaban gratitud a los esposos, anunciaban una visita o prometían diez mil ducados. En otras ocasiones, el presunto soberano pretextaba una mudanza o una legación diplomática para demorar los pagos. El capítulo advierte de que las casas principescas mentadas carecían de nexo probado con los Waldstromer. La correspondencia epistolar, tal como la retrata la crónica, discurría sometida por entero al arbitrio del mozo.
Añadió a esta ficción una prometida. Se concertaría un enlace con una doncella de la estirpe de los Haller, uno de los linajes más distinguidos de Núremberg. El hijo legítimo de los Waldstromer debía desposar a dicha heredera, al tiempo que el pretendiente clandestino seguía siendo objeto de delicadas componendas de alcurnia. La crónica no acredita compromiso real alguno; presenta la promesa como pura patraña de Reithaler. Para precaverse de cualquier comprobación paterna, exigía sigilo absoluto e interponía sus falacias entre los ancianos y sus hijos ausentes. Refiere asimismo el texto que interceptaba la correspondencia y redactaba cartas fingidas suplantando a los remitentes.
Cada peldaño de esta imaginaria ascensión demandaba caudales. Se exigía, según él, una fianza de diez mil florines para capitular el matrimonio; el duque debía sufragar la mayor parte, pero los padres nutricios anticiparon mil florines contantes. La baronesa liquidó después alhajas, muebles y la heredad de Schwaig, persuadida de que el futuro suegro readquiriría la finca en concepto de dote. Reithaler volvió a pedir fondos alegando que su hermano de leche, el teniente Waldstromer —el vástago legítimo—, había sido prendido por sospechas de maquinaciones demagógicas. El Pitaval consigna este arresto como un nuevo embuste de Reithaler para alzarse con una caución, no como un suceso verídico. La obra trata estas demandas como ardides de la estafa, sin que conste implicación efectiva de los Haller ni del duque.
Reithaler regalaba sayos, dádivas y bebidas; la crónica cuenta que llegó a arrojar monedas por el balcón. La opulencia era ilusoria, mientras la casa se vaciaba de sus pertenencias. Cuando a la baronesa le asaltaban los recelos, él le exhibía un inventario apócrifo en el que la hacienda enajenada y los ducados nunca percibidos figuraban todavía en el activo. Estas escenas quedan consignadas por el Pitaval sin cotejo documental en autos judiciales.
La trama se desmoronó por un documento harto más prosaico que las epístolas de un príncipe. A finales de diciembre de 1825, el cochero Kolb le reclamó unos setenta florines por servicios adeudados. Reithaler le extendió un pagaré por valor de 450 florines, suscrito al parecer por el procurador Lorsch. Kolb juzgó verosímiles la rúbrica y el tenor del documento, pero dudó de que un letrado de crédito afianzara tamaña suma a favor de un adolescente. El 5 de enero de 1826, Lorsch compareció ante el tribunal para declarar que jamás había librado tal pagaré e instar una causa por falsedad. El 11 de enero, la justicia registró la vivienda de Reithaler y lo redujo a prisión preventiva.
La baronesa von Waldstromer procuró atajar la pesquisa sobre las sustracciones de que decía haber sido víctima, allanándose incluso a resarcir a otros perjudicados. Con todo, el procedimiento no concernía ya únicamente a su patrimonio: el presunto libramiento falsario era perseguible de oficio. Reithaler se resolvió entonces a confesar. Admitió la confección del billete e historió hurtos, desfalcos y falsificaciones documentales. El texto se demora en los pormenores de sus respuestas, si bien se trata de la versión del cronista, quien declara sustentarse en parte en las relaciones de Feuerbach y en noticias de Núremberg.
La instrucción tomó seguidamente un cariz peligroso. Reithaler acusó al comerciante Rang, al mesonero Albrecht y al mercader judío Cowositz de haber urdido o amparado diversas falsedades. Les atribuyó papeles determinantes en el libramiento de pagarés, el tráfico de efectos hurtados e incluso una conjura de envenenamiento. Fueron reducidos a prisión y se allanaron sus moradas. Narra el capítulo que las piezas tachadas de fraudulentas resultaron ser legítimas, que ninguno de los pagarés incriminados apareció jamás y que el presunto tósigo no era sino aceite de clavo y trementina. Los autores atestiguan que estos tres varones y otras cuatro personas fueron formalmente exculpados antes de concluirse el sumario contra Reithaler.
En lo tocante a Rang, las dos fuentes que cruzan el capítulo discrepan. Feuerbach lo describe bajo un cariz sombrío; empero, un segundo informante de Núremberg sale en defensa de su honra y sus negocios, declarando haber examinado autos y oído testigos. Cuestiona el reproche moral legado por Feuerbach y recalca que el trato mercantil con Reithaler no se entabló hasta que el mozo era ya un consumado manirroto. Esta divergencia interna veda considerar axiomático el retrato del comerciante. Lo inconcuso en el relato es más circunscrito: las imputaciones de complicidad esgrimidas por Reithaler no hallaron corroboración material en las pesquisas, y los reos fueron devueltos a la libertad.
Reithaler se retractó con posterioridad, confesando haber maquinado tales inculpaciones por pura inquina: Rang le habría vendido géneros a precios excesivos; Albrecht le habría cobrado doblado un gasto de taberna; otros le habrían escarnecido o desairado. Relata la crónica que fue mudando de versiones en los sucesivos interrogatorios hasta admitir que los cargos contra Rang eran falsos. Había aseverado asimismo que el comerciante lo empujó a la disipación, aserto que hubo de retirar también. Este vaivén de calumnias y desmentidos no borró el quebranto padecido por los arrestados, pero el capítulo no da cuenta de fallos civiles ni de desagravios pecuniarios que midan sus secuelas.
El 26 de septiembre de 1826, el tribunal de apelación bávaro, actuando como tribunal de lo criminal en primera instancia, condenó a Jakob Reithaler por falsedad en documento privado, hurto, distracción de caudales y estafa continuada. El texto del OCR mutila un cargo adicional que me abstengo de colmar. La relación judicial fija ocho años de casa de corrección, agravados con veinticinco azotes a su ingreso y catorce días anuales a ración menguada, sirviéndose comida caliente únicamente un día de cada tres. Menciona asimismo el mandato de procurarle instrucción y enmienda moral. Reithaler falleció en el penal de Múnich en 1828, en plena mocedad, según la misma fuente.
El proceso evidencia de qué modo una superchería cuyos hilos manejaba un adolescente pudo embaucar a toda una familia, y cómo este llegó a transformar a simples convecinos en cómplices imaginarios. El Pitaval muestra su desvelo ante el riesgo del error judicial en un procedimiento exento de publicidad en las vistas. No se afirma que recayera condena sobre un inocente: los procesados fueron absueltos, mientras que el castigo de Reithaler recayó sobre las falsedades y expolios por él reconocidos. Esta distinción revela a un tiempo el sesgo moralizante del texto decimonónico y el estrago palpable causado por una acusación calumniosa.
