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Imposturas y fortunas · Alemania

Las cartas del duque ausente

En Núremberg, Jakob Reithaler, confiado de niño a la familia Waldstromer, se hace llamar barón von Scherer y afirma descender de un duque. El capítulo retrospectivo del Pitaval relata cómo unas cartas y promesas inventadas le permitieron dilapidar los bienes de sus padres nutricios, para luego acusar de falsedad a varios comerciantes. Estos hombres fueron exculpados antes de concluir su proceso. El tribunal bávaro condenó a Reithaler en 1826 por falsedad documental, hurtos, malversaciones y estafas; la crónica da cuenta de ocho años de casa de corrección.

A los quince años, Jakob Reithaler comenzó a confiar a sus padres nutricios una historia de cuna principesca: pretendía ser el hijo secreto de un duque. Para apuntalar semejante fábula, inventó un heredero asesinado, un oficial comisionado para velar por su persona, cartas confidenciales y la promesa de una inmensa fortuna. El mozo al que pronto llamarían «el barón von Scherer» no era, empero, sino el expósito encomendado, en 1812, a un antiguo asesor de Núremberg. El capítulo del Nuevo Pitaval, en la edición consultada de 1871, relata cómo esta identidad urdida permitió a un adolescente arruinar a sus bienhechores para luego arrojar sospechas infamantes sobre varios vecinos de la ciudad.

La crónica retrospectiva sitúa el origen de la trama en la campaña de Rusia. El teniente coronel bávaro von Scherer partió con los ejércitos de Napoleón en 1812 y jamás regresó. Antes de marchar, había confiado a su hijo Jakob a su amigo, el asesor jubilado von Waldstromer, y a la esposa de este. La madre de la criatura, Barbara Reithaler, había fallecido poco después del alumbramiento, en Landshut, allá por 1809. La suerte corrida por el padre nunca pudo esclarecerse. El niño creció, pues, en un hogar que nada le debía en nombre ni en herencia, pero donde se le dispensó el afecto propio de un hijo.

El texto no precisa la condición jurídica formal de tal acogimiento. A Jakob se le llamó «Jacques», y más tarde se le dio el tratamiento de Scherer y la dignidad de barón. La dueña de la casa, según la crónica, le profesaba un favoritismo desmedido; su esposo, anciano y retraído, apenas intervenía. Los dos hijos legítimos del matrimonio eran ya adultos e independientes. Estos pormenores proceden del retrato compuesto por los autores decimonónicos: ilustran el entorno doméstico tal como la crónica lo presenta, sin que por sí solos permitan escudriñar la intimidad anímica de cada cual.

El contraste entre los papeles y la reputación devino el resorte cardinal del relato. En la urbe, Jakob se hacía llamar «Herr Baron von Scherer»; en la morada de los Waldstromer, sus acreencias eran saldadas por su protectora. El Pitaval lo describe frecuentando tabernas, cocheros y mercaderes, derrochando el dinero y acumulando adquisiciones suntuarias. Hubo allegados que trataron de prevenir a la baronesa; mas ella replicaba, a decir de la crónica, que Jacques procedía de estirpe soberana y gozaba de un caudal inagotable.

Durante el estío de 1825, Reithaler confirió a esa creencia perfiles más precisos. Aseguró primero que su padre era conde, para luego revelar a su «mamá» que era en verdad vástago del duque reinante de «C.», nombre que el texto silencia adrede. El teniente coronel von Scherer, adujo, no era su progenitor, sino el custodio designado por el duque. Un primogénito habría perecido envenenado; por ello se había ocultado al recién nacido para ponerlo a salvo. Cierto oficial, von Hautding, depositario del arcano, habría sido quien desveló al muchacho su verdadera sangre.

La narración saca a relucir una maquinaria harto tangible: Reithaler era el único conducto por el que transitaban las supuestas misivas de la corte. Las traía consigo, las leía a sus padres nutricios y justificaba los aplazamientos. Las epístolas atribuidas al duque expresaban gratitud a los esposos, anunciaban una visita o prometían diez mil ducados. En otras ocasiones, el presunto soberano pretextaba una mudanza o una legación diplomática para demorar los pagos. El capítulo advierte de que las casas principescas mentadas carecían de nexo probado con los Waldstromer. La correspondencia epistolar, tal como la retrata la crónica, discurría sometida por entero al arbitrio del mozo.

Añadió a esta ficción una prometida. Se concertaría un enlace con una doncella de la estirpe de los Haller, uno de los linajes más distinguidos de Núremberg. El hijo legítimo de los Waldstromer debía desposar a dicha heredera, al tiempo que el pretendiente clandestino seguía siendo objeto de delicadas componendas de alcurnia. La crónica no acredita compromiso real alguno; presenta la promesa como pura patraña de Reithaler. Para precaverse de cualquier comprobación paterna, exigía sigilo absoluto e interponía sus falacias entre los ancianos y sus hijos ausentes. Refiere asimismo el texto que interceptaba la correspondencia y redactaba cartas fingidas suplantando a los remitentes.

Cada peldaño de esta imaginaria ascensión demandaba caudales. Se exigía, según él, una fianza de diez mil florines para capitular el matrimonio; el duque debía sufragar la mayor parte, pero los padres nutricios anticiparon mil florines contantes. La baronesa liquidó después alhajas, muebles y la heredad de Schwaig, persuadida de que el futuro suegro readquiriría la finca en concepto de dote. Reithaler volvió a pedir fondos alegando que su hermano de leche, el teniente Waldstromer —el vástago legítimo—, había sido prendido por sospechas de maquinaciones demagógicas. El Pitaval consigna este arresto como un nuevo embuste de Reithaler para alzarse con una caución, no como un suceso verídico. La obra trata estas demandas como ardides de la estafa, sin que conste implicación efectiva de los Haller ni del duque.

Reithaler regalaba sayos, dádivas y bebidas; la crónica cuenta que llegó a arrojar monedas por el balcón. La opulencia era ilusoria, mientras la casa se vaciaba de sus pertenencias. Cuando a la baronesa le asaltaban los recelos, él le exhibía un inventario apócrifo en el que la hacienda enajenada y los ducados nunca percibidos figuraban todavía en el activo. Estas escenas quedan consignadas por el Pitaval sin cotejo documental en autos judiciales.

La trama se desmoronó por un documento harto más prosaico que las epístolas de un príncipe. A finales de diciembre de 1825, el cochero Kolb le reclamó unos setenta florines por servicios adeudados. Reithaler le extendió un pagaré por valor de 450 florines, suscrito al parecer por el procurador Lorsch. Kolb juzgó verosímiles la rúbrica y el tenor del documento, pero dudó de que un letrado de crédito afianzara tamaña suma a favor de un adolescente. El 5 de enero de 1826, Lorsch compareció ante el tribunal para declarar que jamás había librado tal pagaré e instar una causa por falsedad. El 11 de enero, la justicia registró la vivienda de Reithaler y lo redujo a prisión preventiva.

La baronesa von Waldstromer procuró atajar la pesquisa sobre las sustracciones de que decía haber sido víctima, allanándose incluso a resarcir a otros perjudicados. Con todo, el procedimiento no concernía ya únicamente a su patrimonio: el presunto libramiento falsario era perseguible de oficio. Reithaler se resolvió entonces a confesar. Admitió la confección del billete e historió hurtos, desfalcos y falsificaciones documentales. El texto se demora en los pormenores de sus respuestas, si bien se trata de la versión del cronista, quien declara sustentarse en parte en las relaciones de Feuerbach y en noticias de Núremberg.

La instrucción tomó seguidamente un cariz peligroso. Reithaler acusó al comerciante Rang, al mesonero Albrecht y al mercader judío Cowositz de haber urdido o amparado diversas falsedades. Les atribuyó papeles determinantes en el libramiento de pagarés, el tráfico de efectos hurtados e incluso una conjura de envenenamiento. Fueron reducidos a prisión y se allanaron sus moradas. Narra el capítulo que las piezas tachadas de fraudulentas resultaron ser legítimas, que ninguno de los pagarés incriminados apareció jamás y que el presunto tósigo no era sino aceite de clavo y trementina. Los autores atestiguan que estos tres varones y otras cuatro personas fueron formalmente exculpados antes de concluirse el sumario contra Reithaler.

En lo tocante a Rang, las dos fuentes que cruzan el capítulo discrepan. Feuerbach lo describe bajo un cariz sombrío; empero, un segundo informante de Núremberg sale en defensa de su honra y sus negocios, declarando haber examinado autos y oído testigos. Cuestiona el reproche moral legado por Feuerbach y recalca que el trato mercantil con Reithaler no se entabló hasta que el mozo era ya un consumado manirroto. Esta divergencia interna veda considerar axiomático el retrato del comerciante. Lo inconcuso en el relato es más circunscrito: las imputaciones de complicidad esgrimidas por Reithaler no hallaron corroboración material en las pesquisas, y los reos fueron devueltos a la libertad.

Reithaler se retractó con posterioridad, confesando haber maquinado tales inculpaciones por pura inquina: Rang le habría vendido géneros a precios excesivos; Albrecht le habría cobrado doblado un gasto de taberna; otros le habrían escarnecido o desairado. Relata la crónica que fue mudando de versiones en los sucesivos interrogatorios hasta admitir que los cargos contra Rang eran falsos. Había aseverado asimismo que el comerciante lo empujó a la disipación, aserto que hubo de retirar también. Este vaivén de calumnias y desmentidos no borró el quebranto padecido por los arrestados, pero el capítulo no da cuenta de fallos civiles ni de desagravios pecuniarios que midan sus secuelas.

El 26 de septiembre de 1826, el tribunal de apelación bávaro, actuando como tribunal de lo criminal en primera instancia, condenó a Jakob Reithaler por falsedad en documento privado, hurto, distracción de caudales y estafa continuada. El texto del OCR mutila un cargo adicional que me abstengo de colmar. La relación judicial fija ocho años de casa de corrección, agravados con veinticinco azotes a su ingreso y catorce días anuales a ración menguada, sirviéndose comida caliente únicamente un día de cada tres. Menciona asimismo el mandato de procurarle instrucción y enmienda moral. Reithaler falleció en el penal de Múnich en 1828, en plena mocedad, según la misma fuente.

El proceso evidencia de qué modo una superchería cuyos hilos manejaba un adolescente pudo embaucar a toda una familia, y cómo este llegó a transformar a simples convecinos en cómplices imaginarios. El Pitaval muestra su desvelo ante el riesgo del error judicial en un procedimiento exento de publicidad en las vistas. No se afirma que recayera condena sobre un inocente: los procesados fueron absueltos, mientras que el castigo de Reithaler recayó sobre las falsedades y expolios por él reconocidos. Esta distinción revela a un tiempo el sesgo moralizante del texto decimonónico y el estrago palpable causado por una acusación calumniosa.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La fianza de la escuela

En una ciudad balnearia imaginaria hacia 1890, un joven pupilo finge recibir de su tío, un explorador desaparecido, cartas y letras de cambio destinadas a salvar el internado que lo cobija. Su directora malvende el mobiliario para costear una fianza; al poco, un cajero es detenido después de que el mozo lo acuse de falsificar los efectos. Una copista reconoce la caligrafía del colegial en una posdata apócrifa, pero desenmascararlo significaría entregar a su propio padre, fiador del préstamo. La novela corta se concentra en una sola jornada judicial y en la encrucijada de un único testigo. Vote por esta obra si le cautivan los relatos breves donde una identidad ficticia engendra una deuda inexorable.

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novela

Las cartas de la Sociedad del Faro

En un puerto imaginario en 1904, una viuda instituye un fondo de socorro bajo la razón de una extinta sociedad marítima, y las cartas que remite concitan donativos para las familias de los marineros. Cuando el tesorero es acusado de alterar los recibos, una joven taquígrafa descubre que este se limitó a transcribir las instrucciones recibidas. La muchacha intentará dar con el redactor de las misivas antes de que la junta portuaria clausure la caja y desampare a los beneficiarios. Los personajes, el paraje y la trama son enteramente de ficción. Vote por esta novela si busca una intriga donde se entrecruzan un nombre ilustre, documentos fraguados y la incriminación del cómplice equivocado.

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trilogía

Las tres correspondencias

Tres tramas autónomas dialogan a través de las cartas de un mismo gabinete genealógico, halladas en un inmueble embargado por deudas. En el siglo XVIII, una cantante escribe en nombre de una mecenas ausente para sostener a una compañía teatral; en el XIX, un agrimensor es encausado después de que un falso heredero fuerce la venta de las tierras de sus benefactores; en el XX, una archivera debe desenmascarar al falsario tras unos certificados de evacuación, mientras un voluntario es señalado como partícipe. Cada época despliega sus protagonistas y desenlaces, hermanados por la cuestión de cuánta fe puede concitar un pliego escrito. Vote por esta trilogía si gusta de narraciones donde la impostura arruina a los protectores y desorienta a la justicia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro examinado, pp. 125–166, transcripción OCR correspondiente a las líneas 23621–25400 inclusive; el capítulo Birnstiel da comienzo en la línea 25401 y queda excluido. La portada interior identifica el volumen como «XXVI. Theil, Dritte Folge, Zweiter Theil, zweite Auflage, Leipzig, 1871»; la tabla de materias consigna «Der Herr Baron von Scherer» en la p. 125 y «Der Schreiner Birnstiel» en la p. 167. El texto original sitúa los hechos entre 1825 y 1826 y reseña la sentencia del 26 de septiembre de 1826: ocho años de casa de corrección, veinticinco azotes al ingreso y catorce días anuales de ración reducida; consigna asimismo que Reithaler murió en el presidio de Múnich en 1828. Da cuenta de la exculpación de Rang, Albrecht, Cowositz y otras cuatro personas antes de concluir el sumario contra Reithaler; el apellido figura en el OCR como «Cowoſitz», regularizado en la prosa como «Cowositz» sin pretender zanjar la grafía del impreso original. El capítulo constituye una relación retrospectiva del Pitaval y no un protocolo de secretaría; se basa en parte en Feuerbach, mas recoge una segunda voz de Núremberg que rebate el juicio sobre Rang. En la transcripción tipográfica, un cargo penal accesorio queda trunco en «gerichtlicher Be…» al producirse el salto de página; la narración se abstiene de aventurar suplencias. La ficha catalográfica del ejemplar de Internet Archive indica 1870, pero la portada del segundo tomo encuadernado consigna 1871; se hace constar esta última por fidelidad al frontispicio.

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