En la noche del 2 al 3 de diciembre de 1850, dos jóvenes cubiertas de sangre aporrearon la puerta de un vecino en Nivelles. Sophie y Euphrasie Bomal imploraban auxilio para su madre, que había quedado atrapada en la casa mientras el fuego ganaba las habitaciones. Afirmaban que su padre acababa de agredirlas. Los vecinos acudieron presurosos hacia el incendio; uno de ellos trepó por una escala, salvó a varios niños y luego regresó entre el humo para rescatar a la madre y a la primogénita, Sidonie. La relación procesal publicada por Der neue Pitaval diez años más tarde atribuye a Rémi Bomal el asalto y el incendio; la pintura de Louis Gallait, conservada en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, lleva la inscripción «Remi Bomal» y la fecha del 15 de abril de 1851, media hora después de la ejecución. Conviene deslindar este testimonio material de los pormenores de la vista, que aquí solo conocemos a través del reportaje retrospectivo.
La casa familiar, en Nivelles, pertenecía a Ermelinde Deligne, esposa de Bomal, y constaba de una planta baja y un piso superior. Según la crónica, el padre trabajaba en la administración de consumos e impuestos indirectos y desde hacía algún tiempo estaba destinado en Genappe; su esposa y los seis hijos habitaban la morada. El libro enumera cinco hijas y un varón: menciona a la mayor, Sidonie, seguida de Sophie, Euphrasie, Thérèse, Joséphine y Désiré, el más pequeño. Ciertas grafías fluctúan en la transcripción; las edades no concuerdan siempre de un pasaje a otro. No obstante, el relato permite comprender la distribución de las estancias y la trayectoria que siguieron los menores para alcanzar la puerta colindante.
La madre dormía con Sidonie en el dormitorio posterior del piso alto. Los demás hijos ocupaban la habitación que daba a la calle. Bomal, por su parte, pernoctaba en Genappe. Se había establecido así una primera separación material en el seno familiar, la cual provee al relato los escenarios, los desplazamientos posibles y las coartadas que se ventilarían durante el juicio.
La noche del siniestro, una voz de alarma de fuego y gritos de auxilio despertaron al vecindario. Sophie y Euphrasie habían logrado huir heridas, acusando a su progenitor. Ignace Michel y su inquilino David Gilbert corrieron en primer término a prevenir a las autoridades, mientras varios transeúntes advertían las llamas en las ventanas. Louis Marain logró penetrar en la vivienda. Una escala corta no le permitía alcanzar el vano; sin embargo, consiguió izarse hasta el piso superior, tomó a tres niños pequeños y los descolgó hacia las personas congregadas abajo.
El fuego progresaba en la estancia de los niños y la humareda tornaba incierta cada incursión. Marain volvió a salir y entró de nuevo. Divisó a la madre tendida en su lecho, herida en el pecho. Regresó una vez más por la ventana, transportó a Sidonie hasta la abertura y la entregó a los socorristas apostados en la escala. Logró después evacuar a la madre. El texto no presenta estos ademanes como una hazaña heroica individual, sino que describe a varias personas que, tras darse la alarma, procuraron poner a salvo a cuantos pudieron alcanzar.
Ermelinde sucumbió a sus heridas. Sidonie sobrevivió a la noche, mas expiró el 3 de diciembre, pocas horas después de su rescate. Sophie y Euphrasie presentaban lesiones en brazos y pecho; el texto calcula en veinte y diez días, respectivamente, el tiempo preciso para su restablecimiento. El autor recoge el dictamen de los facultativos, según el cual las heridas procedían de un instrumento cortante y punzante, y no todas podían atribuirse al cuchillo hallado bajo los escombros. La existencia de otra hoja se convirtió en materia de debate, no en una certeza que la crónica permita verificar por sí sola.
Los escombros revelaron otros indicios: paja y leña dispuestas en la escalera, un acopio de combustible en la planta baja, ropas abandonadas en el patio, un cordón y un cuchillo de punta roma. El cronista vislumbra en ello las señas de un incendio premeditado. Menciona asimismo huellas de calzado y marcas en torno a una ventana en Genappe. Se trata de elementos que el procedimiento sumarial y el alegato fiscal acumularon contra Bomal; conviene no transformarlos en constataciones periciales conservadas de forma independiente.
Por la mañana, los gendarmes se personaron en Genappe y hallaron a Bomal en el lecho. El capítulo refiere que se descubrió una prenda manchada de sangre entre las sábanas, calcetines húmedos y enlodados, dos pares de pistolas, puñales y una cuerda a la que se habían fijado pequeños travesaños de madera. Más tarde se encontró un par de zapatos en el jardín. La tesis acusatoria vinculó estos efectos con una salida nocturna y un regreso mediante una escala de cuerda. Bomal rebatió ciertos pormenores, mas admitió durante la vista haber preparado una cuerda y haber abandonado su alcoba.
El itinerario de la víspera avivó asimismo las sospechas. El primero de diciembre, Bomal había acudido a Nivelles por motivos de negocios. Al día siguiente, antes de regresar a Genappe, pidió a su hija Joséphine que comprase varias cajas de cerillas fosfóricas; la crónica consigna que se las guardó en el bolsillo. Se dejó ver luego en diversos lugares y retornó a su aposento de Genappe. Al anochecer, se descalzó y solicitó que lo despertaran temprano. Según el ministerio público, semejante encadenamiento de actos buscaba fingir que jamás había salido de su habitación durante la noche. En el juicio, Bomal confirmó una parte de los hechos materiales, mas negó el alcance que se les atribuía.
El caso contaba ya con un precedente. El capítulo recuerda que un fuego se había declarado en la vivienda en enero de 1841, y que los vecinos habían hallado entonces combustible arrimado a puertas y enseres. Aquella noche, Bomal se hallaba de servicio en Genappe; diversos testigos le atribuyeron conductas que despertaron suspicacias, sin que constase condena previa alguna. En 1851, interrogado sobre aquel episodio, admitió haberlo intentado. La obra traba de este modo un nexo entre ambos siniestros; no debe confundirse este relato retrospectivo con una sentencia judicial firme sobre los sucesos de 1841.
La vista oral dio comienzo ante el tribunal de lo criminal de Brabante, en Bruselas, el 26 de febrero de 1851. La relación del Pitaval la presenta como un debate cuyo eje radicaba en la intencionalidad y la responsabilidad mental, habida cuenta de que Bomal había reconocido parte de los hechos. El presidente le inquirió por qué había querido destruir a su familia. El acusado respondió, según el acta, que sus negocios atravesaban un estado desesperado y que creyó preferible que los suyos dejaran de existir antes que verlos carecer de pan. Sostuvo haber obrado bajo el influjo de una idea fija y no recordar con nitidez cada uno de sus actos.
La acusación desestimó tales explicaciones. El fiscal describió una prolongada preparación: adquisición de cerillas, colocación de materiales en la casa, ropas y cuerda, y el regreso clandestino a Genappe. Subrayó asimismo la tentativa previa de 1841 y las heridas infligidas a los menores. En su informe, interpretó las acciones como una empresa meditada y denunció lo que consideraba un pretexto egoísta. Tales calificaciones corresponden a la tesis fiscal referida por el periodista, no a un peritaje independiente sobre la personalidad de Bomal.
La defensa invocó, por el contrario, una enajenación sobrevenida en el momento de los hechos. Hizo valer el afecto que Bomal aseguraba profesar a sus vástagos y solicitó al jurado que apreciase una locura transitoria. El cronista censura ambas argumentaciones: a su juicio, el fiscal no desentraña del todo el enigma del móvil; el letrado no logra erigir la supuesta idea fija en causa de inimputabilidad. Este juicio crítico no constituye el fallo. Es testimonio de la manera en que una crónica de prensa puede dramatizar una vista mientras pretende esclarecer lo que los debates dejaron en la penumbra.
La transcripción alude asimismo a los médicos respecto a los instrumentos causantes de las heridas. Uno de ellos juzga que el cuchillo hallado no pudo producir la totalidad de las lesiones; Bomal persiste en afirmar que solo empleó aquel. Otro punto de controversia versó sobre las pistolas, que el procesado declaraba tener habitualmente cargadas para su seguridad personal. Admitió haber prendido fuego y confirmó varios desplazamientos; negó haber empuñado un puñal. La narración no exhibe la totalidad de las piezas de convicción, y sus citas de los careos procesales nos llegan mediatizadas por el periodista de 1860.
El jurado debió responder a setenta y cuatro cuestiones. Tras cerca de hora y media de deliberación, la crónica señala que declaró a Bomal culpable de cincuenta y cuatro extremos, en particular de asesinato y tentativa de incendio voluntario; el tribunal pronunció la pena capital. Bomal no añadió palabra cuando se le inquirió si tenía alguna manifestación que hacer. La resolución judicial resulta inequívoca en el capítulo, si bien el tenor exacto de cada pregunta no puede reconstruirse sin recurrir al expediente o a la causa original.
Otra fuente permite fijar el desenlace mediante un testimonio independiente de la crónica: la cédula de los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica describe el lienzo de Louis Gallait titulado La cabeza de Bomal y recoge la inscripción «15 de abril de 1851 / 1/2 h. después de la ejecución». Ello acredita la ejecución de Rémi Bomal en dicha fecha; no corrobora, empero, el tenor de las confesiones ni las incidencias de los debates judiciales. Tal es el límite que impone el rigor: un capítulo retrospectivo recrea las sesiones con profusión de detalles, un vestigio museístico fecha una ejecución, y el lector no debe hacer decir a una fuente lo que la otra no documenta.
