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Justicia y escándalos · Francia

La moneda de cien sueldos

El notario Cauvin regresaba con su familia cuando fue asesinado en el camino de Cabasse. Maurel sostuvo que una moneda había zanjado su duelo. Ante el tribunal de lo criminal, los testigos, las armas y la mirada de una viuda habrían de poner a prueba semejante versión.

Al otro lado del río, los niños habían reconocido a su padre. Marie-Hypolite Cauvin regresaba hacia Cabasse; les respondió con un silbido. De pronto, resonó un disparo. A juzgar por el testimonio recogido durante el juicio, creyeron en un primer instante que acababa de abatir un pájaro. Su júbilo sobrevivió así unos instantes al hombre al que aguardaban.

Quien entró en el pueblo, escopeta en mano, fue Marc-Alphonse Maurel. Varios transeúntes le preguntaron si había cobrado alguna pieza. Respondió que la presa había caído bien muerta. Dos días después, detenido en los alrededores, no negó haber dado muerte al notario. Le dio, en cambio, otro nombre: un duelo. Toda la causa iba a condensarse en torno a esta palabra, bastante oportuna para transformar, en boca de un homicida, a un hombre al que se asesina en un adversario que habría consentido en morir.

La negativa del notario

En Cabasse, Maurel pertenecía a una familia principal. Antiguo oficial de marina, exalcalde de su comuna, propietario de tierras, gozaba de esos títulos que vuelven una amenaza aún más embarazosa de recibir: procedía de un hombre al que se conocía, a quien se había saludado, cuyas funciones habían impuesto respeto durante largo tiempo. Tenía cincuenta y dos años cuando compareció ante el tribunal de lo criminal de Var, en 1827.

Cauvin, unos quince años más joven, tenía dos hijos y esperaba un tercero. Una vieja enemistad los enfrentaba. Maurel alegaba haber sufrido afrentas; el proceso permitiría escuchar, en su descargo, a testigos de injurias y amenazas proferidas por el notario. Mas revelaría asimismo las provocaciones reiteradas de Maurel, los desafíos, las palabras mediante las cuales pregonaba lo que pensaba hacerle a su enemigo.

Cauvin rehusaba batirse. A quienes se asombraban de que tolerara semejantes ultrajes, un testigo le atribuyó esta razón sencillísima: era padre de familia. Maurel llamaba a aquello cobardía. El notario, por su parte, había acudido por carta, ya en septiembre de 1826, al fiscal del Rey en Brignoles para solicitar su protección. Buscaba la manera de continuar viviendo en el mismo término comarcal sin aceptar que cualquier agravio debiera resolverse con las armas.

Semejantes negativas no apaciguaron la querella. Se trocaron, en el lenguaje del provocador, en una nueva ofensa. En adelante, Maurel podía reprochar a Cauvin que no le concediese el lance que demandaba. Así se cerraba el círculo: se amenazaba a un hombre; su negativa a encarar la amenaza servía para renovarla.

El camino de vuelta

El 7 de diciembre de 1826, Cauvin acudió a Pignaux para protocolizar unos documentos. Regresaba hacia las cuatro por el camino de Besse a Cabasse. La jornada de trabajo tocaba a su fin; llevaba consigo la escopeta, el morral y su perro. Estos objetos habrían de ocupar los debates judiciales casi tanto como las palabras cruzadas a lo largo de meses.

Su mujer y sus hijos lo habían divisado. El río los separaba. Al estampido del tiro, ella dirigió la mirada con más atención hacia la orilla opuesta y, según su declaración recogida en la audiencia, ya no vio a su marido. Divisó a Maurel que se replegaba hacia el pueblo. Cuanto pudo ver y escuchar sería largamente disputado: la distancia, el rumor del agua, la topografía del terreno se convertirían en los argumentos con los que el acusado intentaría sustraer la escena a sus ojos.

Varios labriegos que volvían de sus tierras hallaron al notario tendido en el camino. Su perro permanecía junto a él, ladrando e impidiendo que nadie se acercase. Cauvin había sido alcanzado por múltiples proyectiles. El hombre que regresaba de registrar los asuntos ajenos ya no cruzaría el umbral de su casa; las personas a las que había despedido aquella mañana tendrían en adelante su propia causa que ventilar ante la justicia.

Maurel desapareció tras regresar a Cabasse. Se le encontró dos días más tarde en un cobertizo de campo. No opuso resistencia a la detención. A los hombres que le echaban mano, ya les aseguró que había dado muerte en un duelo y que no debían tratarlo como a un criminal. El combate del que hablaba, sin embargo, no había contado con ningún testigo elegido por las partes.

Una moneda de cien sueldos

En el juicio, explicó en primer término haber cursado un reto al notario, fijándole un punto de encuentro. Cauvin no había acudido. El presidente le hizo notar que tal relato acreditaba con exactitud la inexistencia de duelo en aquella ocasión. Maurel pasó entonces al encuentro del 7 de diciembre: la casualidad, aseguraba, los había reunido en el camino; ambos regresaban de cazar; él había propuesto zanjar el asunto de una vez.

Según su versión, una moneda de cien sueldos había determinado la suerte de quién dispararía primero. El azar le había favorecido. Había hecho fuego. Aquella menuda moneda, esgrimida en sus réplicas, pretendía conferir a la muerte la apariencia de un pacto convenido: antes del disparo, habría mediado un acuerdo; antes del homicida, dos contendientes expuestos a la misma fortuna.

El presidente desarmó aquella trama detalle tras detalle. Cauvin regresaba de una diligencia notarial, su escopeta estaba cargada con perdigones y la llevaba en bandolera, según las comprobaciones opuestas al acusado. ¿Por qué no habían revisado sus armas? ¿A qué distancia se habían colocado? ¿Por qué faltaban los testigos? Maurel contestó que tenían prisa, vaciló entre diez, doce o quince pasos, e insistió en que se habían batido.

Negó asimismo el valor de lo declarado por la viuda. El agua producía excesivo ruido, la distancia era demasiado dilatada; era imposible, afirmaba, que oyera o viese tal como pretendía. Ya no se limitaba a explicar su acción: pretendía redibujar los límites del escenario, a fin de que en él solo cupiesen el muerto y él. El muerto no podía ofrecer su versión del sorteo.

La acusación planteó además la hipótesis de una celada entre la maleza, a la vera del camino. Maurel rechazó de plano semejante conjetura. Conviene no atribuirle, con carácter retrospectivo, una certeza que el veredicto no habría de concederle: los jurados apreciarían la premeditación, pero desestimarían la emboscada.

El plomo en la cartera

Los testigos introdujeron en la sala de vistas una discordia harto más dilatada que la de los dos hombres. Un sobrino aludió a un pleito familiar y a una provocación. Varios primos refirieron sus temores y sus gestiones ante la magistratura. Otros atestiguaron los insultos lanzados contra el notario. A través de tales relatos, el pretendido duelo dejaba de ser un encuentro fortuito: se inscribía en una costumbre inveterada de exigir a los demás que claudicasen ante los desafíos de Maurel.

La defensa, empero, contó con sus propios testimonios. Uno de ellos, Pierre Gauthier, exhibió un plomo que afirmó haber recogido al día siguiente del crimen, en el mismo paraje, guardándolo luego entre papeles en el interior de su cartera. El presidente le interrogó acerca de por qué no se lo había entregado al juez de instrucción o al fiscal. Gauthier respondió que no lo creyó necesario; que únicamente se lo había comentado a un muchacho.

Aquel papel comparecía tardíamente, investido de una trascendencia que su portador afirmaba no haber sospechado. La prensa tachó la declaración de inverosímil. No bastó para asentar la versión del combate. Los defensores insistieron, no obstante, en las dudas del sumario e impetraron una cuestión particular sobre la figura del duelo. El presidente advirtió a los jurados que, de admitir su existencia, Maurel no resultaría culpable de asesinato premeditado.

El fallo fue distinto. Lo declararon culpable de homicidio voluntario con premeditación, sin alevosía de emboscada. Siguió la condena a muerte. El relato del lance caballeresco había sucumbido; la acusación fiscal tampoco había sido refrendada en todos sus extremos. Siguiendo el consejo de sus letrados, Maurel recurrió en casación.

Lo que quiso legar

El 3 de julio, en su prisión de Draguignan, pidió recado de escribir. Sus últimas voluntades ya no contenían mención alguna de encuentros fortuitos ni de batallas convenidas. Reconocía en ellas el crimen e instaba a que los hijos de Cauvin fuesen indemnizados con cargo a sus propios bienes. Ignorando, según decía, el estado de su patrimonio, dejaba en manos del tribunal de Brignoles la fijación de dicha reparación.

Suplicaba asimismo el perdón de la familia. La declaración, reproducida después por la Gazette, estaba concebida para ser dada a la estampa. Conocemos cuáles eran sus deseos; las crónicas de la época no aclaran qué suma se asignó a los huérfanos, ni qué llegaron a percibir, ni qué respondió la madre. Una intención manifestada entre los muros de una mazmorra dista mucho de ser una liquidación de testamentaría, y menos aún una reconciliación.

Al día siguiente, 4 de julio de 1827, se le notificó la desestimación de su recurso. Dos vicarios lo asistieron. Rehusó subir a la carreta y marchó a pie hasta la plaza del Reloj, donde fue ajusticiado. La prensa ensalzó su entereza, sus plegarias y la compasión del público. Miembros de la cofradía de penitentes acudieron luego a recoger sus restos para conducirlos al camposanto.

El antiguo regidor dispuso a su alrededor de los auxilios religiosos que demandó. Su porte ante el cadalso colmó en adelante las crónicas. Sin embargo, al comienzo de este drama, otro hombre se había negado a aventurar la suya, precisamente porque unos hijos aguardaban su regreso. Lo habían divisado a lo lejos. Él les había correspondido. Entre aquel ademán entrañable y el regreso que jamás tuvo lugar, Maurel quiso interponer la palabra honor; ante los jurados, fue incapaz de hacerla valer.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La otra orilla

Una viuda regresa al camino donde su marido fue asesinado, acompañada por el perito encargado de levantar el plano del lugar. Sus mediciones no concuerdan con el croquis presentado durante el juicio. Esta novela corta inédita transcurriría a lo largo de una sola jornada, entre las dos márgenes de un río: cada cual presume saber lo que ella pudo divisar, mientras la mujer rastrea aquello que los demás decidieron ocultar. Su última pesquisa revelaría una presencia olvidada, confiriendo un cariz enteramente distinto a un testimonio ya admitido por el tribunal.

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Los herederos de la afrenta

Un joven notario recibe el encargo de liquidar los bienes de un ajusticiado que pretendía resarcir el mal causado a la familia de su víctima. El patrimonio prometido se desvanece tras ventas pretéritas, acreedores y una deuda cuya firma nadie reconoce. Esta novela por escribir seguiría sus pesquisas a través de un pueblo fracturado: allegar fondos para los huérfanos le obligaría a desentrañar el origen del odio que enfrentó a sus progenitores. La reparación se tornaría en una investigación cuyas revelaciones podrían atemorizar a los propios beneficiarios.

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Las armas familiares

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Tres artículos procedentes del mismo periódico, no tres confirmaciones independientes: 1 de junio de 1827, n.° 539, comienzo al pie de la página PDF 2, página 3 completa y remate en el encabezamiento de la página 4; número doble del 4-5 de junio de 1827, n.° 542, páginas PDF 1-2 superior; 13 de julio de 1827, páginas PDF 3-4. Los tres artículos se examinaron íntegramente sobre facsímiles. La ejecución se transcribió en su totalidad; el juicio se transcribió únicamente en pasajes explícitamente acotados, conservándose por separado el OCR de las entregas. El inicio de la vista menciona la sesión del 18 de mayo de 1827; fecha innecesaria para el hilo del relato. Maurel, 52 años, antiguo oficial de marina y alcalde; la víctima, Marie-Hypolite Cauvin, de unos 38 años, dos hijos y un tercero en camino. Pignaux constituye la grafía impresa de la época, conservada sin conjeturas geográficas modernizadoras. Muerte acaecida el 7 de diciembre de 1826; detención sobrevenida dos días más tarde. Las señas cruzadas con la cónyuge e hijos y las palabras de los pequeños proceden de declaraciones testificales, no de una observación directa del narrador. La moneda de cien sueldos, el lance de honor, las distancias y la casualidad del encuentro obedecen a la versión de Maurel. El arma en bandolera y la carga de perdigones fueron contrastadas en sala por el presidente; no existió peritaje balístico moderno. La emboscada conjetural fue aducida por el ministerio fiscal, desestimándose la alevosía en el veredicto; se apreció premeditación con condena capital subsidiaria. Gauthier aportó plomo; la crónica judicial tacha la comparecencia de inverosímil: de nuestra parte no se le califica categóricamente de falsario. Se mantienen los testimonios de descargo sobre improperios atribuidos a Cauvin. La escopeta hallada en el arresto figura descrita de modo divergente según la fase del interrogatorio o las testificales (cargada con balas frente a carente de pedernal y pólvora): particularidad técnica no refundida en la narración. Declaración testamentaria otorgada el 3 de julio; notificación del fallo de casación el 4 de julio a las 8 horas; aseo a las 11:30 horas y ejecución posterior sin consignar hora exacta. Hubo ofrecimiento de resarcimiento económico a los huérfanos, sin que conste pago efectivo, pleito civil ni indulgencia formal por parte de los deudos. Paul y Supriès, vicarios; la cofradía de penitentes llamados Bourras se hizo cargo del cadáver. El tono moralizante de la gaceta no acredita disposición anímica interna ni concordia fáctica. La URL 18270604 arroja error 404; el archivo válido 18270605 se corresponde con la edición del 4-5 de junio. No se han cotejado registros del estado civil, protocolos notariales, resoluciones judiciales originales ni legajos de testamentaría. Las pesquisas cartográficas en red no se computan como compulsa de fuentes adicionales.

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