La puerta permanecía cerrada, y tras ella los gritos acababan de cesar. Quienes se habían acercado a la casa de Guillaume Granié habían rogado que se les permitiera entrar. Habían oído a una mujer pedir auxilio, y después el silencio. Cuando una ventana se abrió por fin, no fue para solicitar ayuda. Granié anunció que acababa de matar a su esposa.
En Gaillac-Toulza, el 5 de abril de 1831, los vecinos no lograron impedir aquella muerte. Pocos días después, en una prisión donde habían recluido al presunto asesino, otro hombre perecería bajo sus golpes. Más tarde, el prisionero volvería su afán de destrucción contra sí mismo. Serían estas tres muertes las que la crónica convertiría en una curiosidad médica, hasta el punto de que la prolongada agonía final terminaría casi por hacer olvidar las dos primeras.
Ante la casa
Granié tenía treinta años. Labrador, nacido en este municipio del distrito de Muret, residía allí cuando la disputa de la mañana congregó a varios vecinos ante su puerta. Los gritos de su esposa les habían puesto en guardia. Exigieron que se les abriera, insistieron, aguardaron algún movimiento en el interior. Nada les permitió llegar hasta ella.
En nuestra evocación de aquella espera, uno de los presentes se aparta un poco para vigilar la ventana, mientras otro permanece frente a la entrada. No se sabe aún en qué rincón de la casa yace la mujer. La puerta cerrada obliga a todos a guiarse por los sonidos; cuando estos se extinguen, la urgencia no se disipa con ellos. Es precisamente ahora cuando resultaría imperioso entrar.
La crónica relata que Granié exhibió desde la ventana los despojos de su víctima y reivindicó su acto. A continuación, armado con un apero de labranza, amenazó a quienes intentaran derribar la puerta. El alcalde de la aldea de Berjaud acudió con miembros de la guardia nacional. Lograron penetrar en la casa y reducirlo a pesar de su resistencia. La violencia que había descargado contra su esposa se prolongaba ahora contra aquellos que venían a prenderlo.
Durante el interrogatorio, manifestó una profunda animosidad hacia ella y detalló los golpes que le había propinado. El periódico reproduce pormenores atroces, pero silencia el nombre de la mujer. Narra su asesinato con minucia y deja casi en blanco el espacio de su vida. El drama, sin embargo, se había abierto con ella: con sus alaridos, con los testigos a los que estos convocaron, con una puerta que nadie supo abrir a tiempo.
Una semana después
En Muret, se abrió una causa contra Granié. La prisión debía mantenerlo a disposición de la justicia y poner a los demás a salvo de su ferocidad. Allí compartía jergón con Jean Mespoulet, apodado Yaya. El 12 de abril, hacia las cinco de la madrugada, empuñó la tapadera de un cubo y le asestó un golpe mortal en la cabeza.
El corresponsal presume una disputa entre ambos; no recoge de ella ni las palabras ni el motivo. La consecuencia, empero, es indudable en su narración: Mespoulet murió. Este nombre quiebra cualquier lectura en la que el primer crimen no hubiera sido más que el estallido de una querella conyugal. Un hombre encerrado junto a Granié, en el mismo recinto al que se le había conducido para custodiarlo, se había convertido en su segunda víctima.
Aquel encadenamiento resultaba abrumador para quienes custodiaban al reo. Ya no bastaba con cerrar una puerta sobre él. Un objeto cotidiano había servido de arma, y la forzosa proximidad con otro presidiario había facilitado el golpe. El peligro no radicaba únicamente en una hipotética fuga; pervivía intramuros, entre los hombres que debían pernoctar a su lado y aquellos que se veían obligados a acercársele.
El 20 de abril, Granié fue trasladado a la cárcel de la Real Audiencia de Toulouse. Se le colocaron grilletes en pies y manos. La crónica aprueba este rigor, invocando los accesos de furor que aún se temían. Pero otra conducta había comenzado ya. Desde hacía varios días, según se afirmaba, Granié rechazaba el sustento. Las cadenas podían sujetar sus extremidades; nada podían contra esta nueva obstinación.
Dos visitas al día
Castanet, cirujano de las cárceles de Toulouse, lo visitaba dos veces al día, según refiere el artículo. Tenía ante sí a un recluso cuya salud debía vigilar, pero que no parecía ya desear conservarla. Transcurrían las jornadas y el decaimiento se hacía palpable. El preso guardaba silencio la mayor parte del tiempo. Aquel mutismo no ofrecía una respuesta tranquilizadora a las preguntas que se le formulaban.
La escena que atribuimos al cirujano se sitúa en la índole misma de su cometido: se aproxima para examinar al detenido, espera que este le tienda la mano y debe inclinarse aún más. Los hierros entorpecen el movimiento. Le habla durante el reconocimiento, sin obtener más que un puñado de palabras. En la visita siguiente habrá de recomenzar, junto a un hombre algo más débil, bajo la idéntica obligación de prestarle asistencia.
Granié conservaba, no obstante, arrestos de los que aún podía hacer un uso inquietante. A finales de abril, el diario consigna que quebró el candado de sus esposas. La debilidad física no permitía, pues, a los carceleros dar su violencia por extinguida. Veían deteriorarse un cuerpo cuyo impulso aún podía sorprenderlos. La vigilancia y los cuidados progresaban a la par, sin que los avances de la una garantizaran el fruto de los otros.
Le ofrecieron elegir cualquier vianda que pudiera apetecerle. Respondió, a decir de la crónica, que quienes le hablaban no tardarían en fatigarse. Aquella réplica escueta mudaba el sentido de la prueba: no era solo él quien aguardaba, sino todos los que volvían a instararle a comer. El prisionero parecía anunciarles su cansancio venidero, como si conociera de antemano el término de sus desvelos.
Lo que temía
En otra ocasión, afirmó preferir morir de aquel modo antes que arriesgarse a ser decapitado una vez restablecidas sus fuerzas. Creía asimismo que una condena acarrearía la pérdida de los bienes de sus tres hijos. Este recelo se consigna como propio del reo; no describe una consecuencia jurídica incuestionable. Formaba parte del razonamiento con el que justificaba su negativa ante quienes intentaban quebrantar su resolución.
Resultaría tentador otorgarle, a partir de este punto, la estampa de un padre que sacrifica la vida para salvaguardar un patrimonio. La memoria de las dos víctimas veda semejante consuelo. El desvelo que manifestaba por sus vástagos no reparaba el homicidio de su mujer ni el de Mespoulet. Añadía simplemente a la causa un pensamiento del acusado con el que los encargados de custodiarlo debían lidiar.
La crónica juzgó que sus respuestas disipaban cualquier sospecha de enajenación mental. Se mostraba mucho más persuadida de tal conclusión de lo que nosotros podemos estarlo a la luz de unas cuantas frases transcritas. En Toulouse, el dilema seguía siendo tangible: el hombre se consumía y las ofertas reiteradas no alteraban su determinación. Sus padecimientos físicos se agravaron. El 17 de junio expiró presa de violentas convulsiones. Ninguno de los dos artículos da cuenta de sentencia definitiva alguna.
Tras la muerte
El diario pregonó una abstinencia de sesenta y tres días. Hizo de ella un prodigio, equiparándola pocos días después al caso de un joven inglés documentado por un médico a finales del siglo anterior. El presidiario y aquel estudiante desconocido quedaban hermanados por una duración insólita, pese a que sus historias no guardaban nada en común. El paralelo remataba incluso en conjeturas sobre la forma de sus cráneos, a las que no cabe conceder capacidad explicativa alguna.
Para Granié, la espera había concluido. Para los deudos de sus víctimas, no terminaba del mismo modo. Se había apresado a un hombre, se había comenzado a instruir el proceso de sus actos, se había procurado mantenerlo con vida; moría antes de que las gacetas pudieran consignar un fallo judicial. Quedan una casa donde los vecinos habían aguardado ante la puerta, un jergón carcelario donde Mespoulet fue segado y, en Toulouse, las visitas ya vanas del cirujano. La última muerte había colmado las columnas del periódico. Las dos primeras habían abierto la causa.
