La noche del 16 de febrero de 1854, el recaudador de contribuciones Hartmann abandonó su casa de Eldagsen para cambiar cuatro luises de oro en el establecimiento de un comerciante. Su esposa, Charlotte, encinta de siete meses, descansaba en el sofá; Auguste Thiele, la joven criada, retiraba la mesa. Él había prometido no demorarse. Dejó al comerciante a las nueve y treinta y cinco. A su regreso, el cuadro familiar se había desvanecido: la sirvienta yacía inerte en la sala, el suelo estaba teñido de sangre y Charlotte no aparecía por ninguna parte.
La llamó a gritos, la buscó en la pequeña estancia donde se custodiaba la caja de caudales del servicio y salió precipitadamente a pedir socorro. Un vecino y su hija entraron con él. Al cabo, hallaron a Charlotte entre el sofá y la mesa, con el cráneo destrozado y una herida en la garganta; Auguste había sufrido violencias semejantes. El mueble en el que el recaudador guardaba el dinero y las alhajas había sido forzado. Las piezas componían ya un relato verosímil: un ladrón se había introducido en la vivienda, había sorprendido a ambas mujeres, se había apoderado del botín y había huido. Sin embargo, a falta de huellas que condujeran a un hombre concreto, la mera verosimilitud no señalaba a nadie.
La casa fue registrada a la mañana siguiente. El panadero Ziegenmeyer y el albañil Buße, que habían cenado juntos y salido a la misma hora, figuraron entre los primeros sospechosos examinados. En el domicilio de Buße se reparó en un martillo cuya punta parecía haber sido pasada al fuego recientemente; no obstante, no se halló mancha alguna en sus ropas, por lo que el juez los puso en libertad. Un agente llegado de Hanóver, Hermann, reanudó las pesquisas. Sacó a la luz una contradicción en la primera declaración de Ziegenmeyer: este afirmaba haberse dirigido a casa del notario Haarstrich, mientras que Buße sostenía que no se habían separado. La declaración cambió; la sospecha, en cambio, arraigó.
Otros indicios vinieron a sumarse a aquel haz inicial. Se rumoreaba que un niño del hogar de Ziegenmeyer había referido palabras comprometedoras; varios vecinos daban cuenta de idas y venidas tras la cena; un hacha y una herramienta fueron examinadas a la luz del hallazgo. Con todo, nada de ello situaba a Buße y a Ziegenmeyer dentro de la casa en el instante preciso del crimen. Ambos hombres sostenían haber permanecido juntos, y varios testigos aseguraron haberlos visto entrar en el domicilio de Buße. Para los investigadores, la corta distancia entre las viviendas, la posibilidad de ausentarse de una reunión unos instantes y las vacilaciones en los relatos constituían una explicación suficiente; para la defensa, esas mismas lagunas dejaban el crimen huérfano de autor.
Fue entonces cuando el sereno Wild cobró un protagonismo decisivo. Aseguró haber divisado a Buße y a Ziegenmeyer cerca de la casa de Hartmann poco después de las siete y, más tarde, en otra noche, haber oído a Ziegenmeyer confiar a su esposa que uno había matado a la sirvienta y el otro a la señora. Estas revelaciones no se produjeron de un solo golpe. Wild habló tardíamente del primer encuentro; las palabras escuchadas bajo la ventana surgieron aún después. Ofreció diversas versiones sobre el punto exacto en el que se hallaba apostado, la hora y las frases pronunciadas, para terminar afirmando que reconocía a ambos individuos por la voz, la estatura y las vestiduras.
La cronología resistía mal semejante aplomo. Wild calculaba en cerca de una hora un trayecto que una posterior comprobación redujo a menos de veinte minutos. ¿Vestía Buße la prenda azul que describía el sereno? Múltiples testigos respondieron con una negativa tajante. Los horarios aportados por otras personas situaban a ambos hombres en casa de Buße antes de la hora del pretendido encuentro. Wild había silenciado asimismo la escena de la ventana durante sus primeras declaraciones; a un compañero de ronda le había confesado en un principio que nada había visto, aunque mucho había oído. Su reputación, que el alcalde había calificado de intachable, reposaba en buena medida en informaciones de segunda mano.
El juicio se abrió en Hanóver en el mes de diciembre. La acusación hilvanó las sospechas materiales, la conducta de los dos encausados y el testimonio de Wild. La causa incluía asimismo un hurto anterior, sin vínculo alguno con las muertes, del que Buße y Ziegenmeyer reconocieron cierta participación; examinarlo en la misma vista pesó fatalmente en la mirada que el tribunal posó sobre ellos. El jurado los declaró culpables del doble asesinato cometido durante el robo. Ambos fueron condenados a muerte. Ziegenmeyer se quitó la vida en su celda al día siguiente. La pena de Buße fue conmutada por la de reclusión perpetua con cadenas; fue trasladado al penal de Luneburgo.
La crónica podría haberse cerrado con aquel fallo. No obstante, se reabrió en 1855, en Weetzen, cuando el criado Heinrich Bruns se vio implicado en un asalto contra la morada del capitán Götz. Diversos objetos sustraídos en Eldagsen fueron hallados entre los bienes vinculados a Bruns y a su prometida, Luise Sprengel. La pista no emanaba de una revisión crítica de los primeros investigadores, sino de otro delito perpetrado lejos de la casa Hartmann. Bruns, además, había realizado gastos desmedidos para sus modestos emolumentos; su propio padre reconoció una arqueta metálica perteneciente a las joyas robadas. En el hogar paterno se descubrió asimismo un hacha de su propiedad. Aquellos indicios no volvían fidedigno cada pormenor de su relato, pero vinculaban sin margen de duda el dinero y las piezas con el hombre que había merodeado por aquellos parajes.
Bruns confesó el asesinato en primera instancia. En el juicio de marzo de 1856 se retractó, acusando al policía Hermann y al agente Brüdern de haberle arrancado la confesión bajo coacción. Estos negaron cualquier intimidación; el antiguo carcelero describió, muy al contrario, una confesión espontánea sobrevenida después de que Bruns evocara a sus ancianos progenitores. El reo relató entonces una velada que divergía de sus versiones anteriores: afirmó haber entrado provisto de un hacha, haber descargado los golpes sobre ambas mujeres y haberse llevado el dinero y las alhajas. Rebatió ciertos pormenores, olvidó otros y, poco después, volvió a reconocerse autor material. La crónica antigua subraya estas contradicciones; no proporciona, empero, acceso a unas actas independientes que permitan esclarecerlas por completo.
El tribunal superior de Hanóver se topó con una aporía que las primeras vistas no habían resuelto: Buße y Ziegenmeyer habían sido condenados por aquel asesinato y, a renglón seguido, Bruns había sido sentenciado como autor único. El 26 de mayo de 1856, la corte anuló los fallos y ordenó la celebración de un nuevo juicio para los supervivientes, Buße y Bruns. Ziegenmeyer yacía muerto; ninguna vista posterior podía reparar su condena en vida. En Hildesheim, en el mes de septiembre, los dos hombres comparecieron juntos en el banquillo. En esta ocasión, los jurados absolvieron a Buße del asesinato, mientras que declararon culpable a Bruns. La sentencia disipó meses de incertidumbre, pero llegó demasiado tarde para quien había perecido entre los muros de su calabozo.
El testimonio de Wild fue juzgado en causa separada. El sereno había jurado haber visto a los dos condenados y haber escuchado la confesión que los incriminaba; sus contradicciones, confrontadas con los horarios, las ropas y las declaraciones de los testigos, no admitían ya componenda alguna. El jurado lo declaró culpable de falso testimonio, si bien puntualizó que no había obrado con el propósito deliberado de condenar a inocentes. La corte le impuso una pena de ocho años de reclusión. Ante aquel tribunal, los relatos que antaño se tuvieron por irrebatibles se volvieron contra su artífice.
Bruns, por su parte, fue sentenciado de nuevo a la pena capital y ajusticiado en Hildesheim el 28 de noviembre de 1856. La crónica recoge que fue una ejecución a espada que requirió varios golpes; el dato nada añade a la prueba de los autos, pero recuerda con aspereza que los engranajes procesales concluyen sobre cuerpos y vidas, no sobre la mera concordancia de los expedientes. En este proceso, un culpable resultó finalmente condenado, un testigo falaz fue castigado y Buße recuperó la libertad. Mas uno de los dos inocentes había dejado ya la vida en prisión, mucho antes de que la justicia rectificara su veredicto. Es ahí donde concluye la crónica de Eldagsen: no con una reparación cumplida, sino con una verdad jurídica que arribó tras el daño irremediable.
