La botella ya había servido para condenar a Étienne Pacot antes de que los jurados de Lons-le-Saulnier concluyeran que ni siquiera estaba probado que hubiera existido envenenamiento alguno. Entre ambas sentencias, el abad conoció tres instrucciones, dos prolongadas reclusiones en régimen de incomunicación, una condena a muerte y un recurso cuyos documentos fueron deliberadamente retenidos. Cuando el último jurado lo absolvió, lo hizo en ausencia del reo. La justicia le devolvía la libertad; no le restituía, en cambio, ni sus bienes ni los años durante los cuales la sospecha había devorado su existencia.
Pacot era sacerdote y propietario en Bourberain, en la Côte-d’Or. La Revolución le había obligado a abandonar su parroquia; se había retirado a sus tierras. Un individuo llamado Prétot fue a establecerse al municipio. La memoria que Pacot publicaría años más tarde presenta al principio su relación como la de un huésped acogido sin desconfianza; luego describe hurtos cometidos en su casa y dos atentados contra su persona. En el primero, Prétot habría disparado a través de la ventana; Nicolas Miel, que lo acompañaba, relató después los hechos ante la justicia. El segundo acaeció en el camino de Bèze, el 7 de nivoso del año VII: se efectuó un disparo de pistola contra Pacot. El jurado estimó que Prétot no había albergado intención de matar; no recibió más que un mes de prisión y veinticinco francos de multa.
El proceso que acarreó el arresto de Pacot comenzó con media botella. El 7 de germinal del año IX, Prétot refirió a dos aparceros de Pacot que su esposa y él habían ingerido la mitad de un líquido que le había sido remitido dos días antes como muestra de vino. Se requirió en el pueblo a dos oficiales de sanidad y se les invitó a probar el resto. Uno halló el licor dulce y solo experimentó un leve ardor tras un lapso de tiempo; el otro lo juzgó corrosivo. La crónica no describe alteración visible alguna en la salud de Prétot. Este no dio parte de inmediato al alcalde, cuya vivienda no estaba separada de la suya más que por un muro, ni al juez de paz, que era su amigo.
Prétot se encaminó a pie hasta Dijon, para regresar después a Bourberain antes de interponer la denuncia al día siguiente. Declaró entonces ignorar quién era el autor del crimen. Retiró la denuncia en el término de veinticuatro horas. Poco después, el rumor público señaló a Pacot; Prétot manifestó a su vez haber sospechado de él desde el primer instante, aduciendo que no tenía otro enemigo. Conforme a la memoria del abad, a la mujer que presuntamente presenció los vómitos de Prétot se la indujo a afirmarlo durante un interrogatorio, pese a no haber observado tales síntomas. La tesis del veneno y la imputación inicial se iban fraguando de este modo al hilo de las diligencias, y no a través de una querella inmediata respaldada por un reconocimiento facultativo.
Pacot fue detenido. Prétot se presentó empuñando un fusil para escoltar a la gendarmería. Louise Poinsot, criada del clérigo, fue arrestada igualmente. Un registro practicado por dos gendarmes no arrojó rastro de arsénico; dos días después, el juez de paz repitió la inspección llevando como testigo al cuñado del acusador. Este último había abandonado su rebaño para acudir a su encuentro. La memoria le atribuye con posterioridad la confesión de haber recibido de Prétot un cucurucho de polvo blanco con el fin de ocultarlo furtivamente en la morada de Pacot.
Quedaba un poso de limonada medicinal con sal de acederas. En lugar de convocar de entrada a un perito, el juez de paz obligó a tragar el brebaje a un polluelo y encerró al animal en una sopera hermética. La criada levantó la tapadera antes de que pereciera asfixiado. En el testimonio de Pacot, el suceso evidencia hasta qué punto un ensayo mal concebido habría podido tomarse por la prueba indiscutible de un envenenamiento. El abad y Louise permanecieron incomunicados: noventa días en el caso de él, mientras la instrucción se obstinaba en demostrar que su doméstica había entregado la botella a Prétot.
Varios niños afirmaron haber visto a una muchacha que portaba un frasco. Creyeron reconocer ciertas ropas parecidas a las de Louise, pero su descripción de las facciones resultaba incierta: uno creía recordar el rostro, los demás apenas se habían fijado. En los interrogatorios, según la memoria, se acosó a Louise y se le insinuó que una delación salvaría su propia vida. El director del jurado le habría advertido de que su señor estaba convicto y de que ella perecería a su lado; cuatro hombres entraron acto seguido prometiéndole franquearle las puertas de la cárcel si corroboraba lo que la justicia ya pretendía saber. Louise no pronunció la acusación esperada.
En un primer trámite, el jurado de acusación determinó por unanimidad que no había lugar a proceder contra Pacot. Louise, no obstante, fue enviada ante el tribunal debido a contradicciones observadas en sus declaraciones. Sobrevino entonces un defecto formal de edad: uno de los jurados de aquella primera deliberación no alcanzaba los treinta años. El comisario del gobierno solicitó la nulidad de las actuaciones. El tribunal criminal de Dijon casó los fallos cinco meses después de haber sido dictados, a pesar de que nadie había recurrido dentro del plazo legal la resolución favorable a Pacot. Se incoó contra él un nuevo sumario.
El 1 de nivoso del año X, los gendarmes prendieron de nuevo al sacerdote a las nueve de la noche e incautaron sus papeles, los cuales, según su relato, jamás llegó a recuperar. En esta ocasión, pasó ciento tres días en rigurosa incomunicación. Una tercera instrucción encausó a Pacot y a Louise junto a otra sirvienta. Los tres fueron enviados ante el tribunal de lo criminal tras reconstituirse de modo irregular el jurado de acusación. Un jurado declaró más tarde que lo habían mandado llamar para suplir a un ausente, pero que todo estaba ya resuelto y no tuvo más que estampar su firma; otro relató que los magistrados les ordenaron abstenerse de tomar parte en el fallo.
Doce jurados especiales debían pronunciarse sobre el destino de Pacot; faltaban cinco. La memoria asevera que se los reemplazó sin sorteo previo, por designación arbitraria. Un testigo de cargo, oficial de secretaría durante la primera instrucción, declaró haber oído a Louise decir que había llevado la botella ignorando su contenido. Louise replicó que él mismo le había reiterado que semejante manifestación bastaría para devolverle la libertad. El oficial guardó silencio. Con todo, Pacot oyó cómo se pronunciaba contra él la pena de muerte. Las dos domésticas resultaron absueltas. El veredicto de condena y las arbitrariedades que el abad denunciaba parecían confluir en el peor de los abismos: en una sentencia contra la cual casi carecía de medios para interponer recurso.
Disponía de tres días para formalizar su casación. Enclaustrado en su celda, Pacot no lograba hacer llegar su escrito a los magistrados. Su hermano mayor, regresado de la emigración, consiguió penetrar en el calabozo y facilitarle los medios procesales. Transcurrieron cuarenta días antes de que los autos del proceso fueran remitidos al Tribunal Supremo. Entretanto, el rigor carcelario y la enfermedad habían minado la salud de Pacot. Louise vendió al hermano del reo sus escasas pertenencias y partió a pie hacia París. Solicitó audiencia con el ministro de Justicia, el conde Abrial, quien le prometió ordenar el envío inmediato de los legajos.
Pacot escribió al comisario del gobierno inquiriendo por qué los expedientes no habían salido aún. Aquel mismo día recibió una nota asegurándole que habían sido despachados diez jornadas antes. Abrial, sin embargo, no los recibió hasta el 3 de termidor, dos días después de la fecha de la misiva. El Tribunal de Casación acabó anulando la condena a muerte al constatar que los jurados no habían sido designados por sorteo. Corrieron diecisiete días antes de que la resolución le fuese notificada a Pacot; y otros treinta antes de su traslado a Lons-le-Saulnier.
El nuevo jurado dictó un veredicto unánime: Pacot no era culpable y no estaba acreditado que hubiese mediado envenenamiento alguno. Prétot sostenía haber ingerido una dosis letal y no haber padecido más que cólicos y vómitos. En estrados, el letrado de Pacot le puso delante el líquido de la botella y lo retó a beber la cuarta parte de lo que restaba. Prétot guardó mutismo. El cronista retrata esta escena como el instante en que la acusación se derrumbó por completo; el fallo consistió en una absolución dictada en ausencia de Pacot. Por tal motivo, no pudo accionar judicialmente contra su denunciante en aquella misma vista.
La prisión había quebrantado asimismo el patrimonio del clérigo. Para satisfacer las costas del primer proceso, sus fincas fueron subastadas. La memoria consigna que uno de los magistrados de Pacot adquirió una de ellas. Con posterioridad, reclamó una indemnización para su familia, asegurando que no obraba en su propio interés, pues superaba ya los ochenta años. En 1817, cuando elevó sus pretensiones, los jueces lo condenaron por calumniador. El alegato que publicó después junto al abogado Dupin sostenía, por el contrario, su inocencia y cuestionaba por qué el Estado podía perseguir a un ciudadano sin resarcir jamás el daño provocado por un error judicial.
En Saint-Sulpice, Pacot volvía a debatir este asunto ante el escritor L. Hubert, autor de una novela corta dedicada al acusado absuelto. Ambos examinaban los límites de una indemnización: ¿cómo justipreciar los días de presidio, una salud arruinada, unos negocios deshechos y el oprobio arrojado sobre un linaje? Hubert exponía las razones de orden público que hacían espinoso el resarcimiento; Pacot regresaba a su propia experiencia, la de un hombre condenado al patíbulo por un envenenamiento que el último jurado ni siquiera tuvo por acreditado. Champagnac refiere que esta idea fija dominó desde entonces la mente del abad, recluido ya en una casa de salud. Su memoria impresa no se limitó a preservar la cronología de las sentencias: contenía la interrogante a la que, tras recobrar la libertad, jamás dejó de exigir respuesta.
