El 10 de abril de 1825, Paul-Louis Courier salió de su casa de campo para recorrer sus tierras en los bosques de Larçay. No regresó al caer la noche. Al día siguiente, las pesquisas llevadas a cabo en los alrededores de Véretz condujeron al hallazgo de su cadáver. El primer proceso se abrió en torno a ciertos objetos que parecían señalar a un criado: faltaba plomo en una tubería hallada en la habitación de Louis Frémont, y el taco del arma procedía de un periódico al que Courier estaba suscrito, del cual faltaba un número preciso en poder de Frémont. Sin embargo, semejante convergencia de indicios no convenció al jurado. Casi cinco años más tarde, una joven afirmaría haber presenciado el asesinato; entretanto, el principal acusado ya había obtenido su absolución.
Courier había muerto de un disparo de fusil o de pistola en la parte baja de la espalda. El cuerpo fue descubierto a tres cuartos de legua de su vivienda, en el bosque de su propiedad. La autopsia extrajo los proyectiles y fragmentos de papel; no había ningún arma junto a él. Frémont, uno de los sirvientes, fue detenido. La instrucción cotejó el plomo extraído del cuerpo con la sección que faltaba en una tubería de su estancia. Los fragmentos del taco se compararon con un ejemplar del Feuilleton littéraire fechado el 13 de agosto de 1824 y consagrado a las obras de Jouy. En el aposento de Frémont se hallaron los números del 12, del 14 y del 15 de agosto; faltaba precisamente el del día 13. A ello se sumaban unas palabras amenazantes que se le atribuían la misma mañana del crimen.
La vista judicial de 1825 escuchó otras voces además de las que emanaban de los indicios materiales. La señora Courier, de veintidós años, declaró haber llegado tras el asesinato y haber sospechado de inmediato de Frémont, en quien, no obstante, había confiado hasta entonces. Su esposo deseaba despedir a su guarda, cuya conducta violenta y propensión a la embriaguez le eran bien conocidas; la viuda afirmó haberlo protegido hasta ese momento. La deposición se vio atravesada por el recuerdo de un episodio anterior: Pierre Dubois, un antiguo carretero despedido, había sido visto cerca de la casa una noche; Courier había bajado al patio armado con un fusil y había hallado a su esposa cerca del establo. Ella explicó que aguardaba el regreso de los criados y que había conversado unos minutos con Dubois. Mantuvo, en todo momento, que sus sospechas sobre el homicidio recaían exclusivamente sobre Frémont.
Pierre Dubois y su hermano Symphorien ya habían figurado entre los sospechosos. Habían sido puestos en libertad tras demostrar que durante la jornada del 10 de abril se hallaban en casa de su padre. Pierre, no obstante, había sido expulsado de la finca a raíz de los rumores que lo vinculaban sentimentalmente con la señora Courier y tras un altercado con su amo. Otra declaración refirió que un hombre moreno, vestido con blusa blanca, se había expresado con hostilidad hacia Courier seis días antes de su muerte. Dos testigos mencionaron asimismo a un individuo vestido de azul que portaba un fusil en el bosque el día del crimen; no reconocieron a Frémont.
La acusación debía sostener la coherencia entre estos testimonios, la coincidencia del plomo y del papel, las tensas relaciones entre el terrateniente y su guarda, así como la actitud de la viuda Courier. El fiscal del rey aseveró que el crimen no quedaría impune, cualquiera que fuese el veredicto del jurado, mas su alegato dejó subsistir cierta vaguedad. El letrado defensor de Frémont rebatió las pruebas y recordó que el acusado carecía de un interés evidente para asesinar a un amo que lo había mantenido a su servicio. Llegó a dirigirse a la propia señora Courier, instándola a reconsiderar su convicción. El jurado respondió negativamente a la pregunta de culpabilidad. El 3 de septiembre de 1825, Frémont fue absuelto.
Pierre y Symphorien Dubois también fueron puestos en libertad, al considerarse insuficientes los cargos en su contra en aquel momento. Con todo, el caso distaba de haberse cerrado en la conciencia pública. En diciembre de 1829, surgieron nuevos cargos contra Frémont y los hermanos Dubois; François Arrault y Martin Boutet fueron asimismo encausados. Sin embargo, la absolución previa impedía volver a procesar penalmente a Frémont. Symphorien, por su parte, había fallecido en 1827. La reapertura de la causa no abría, por tanto, las mismas puertas para todos los acusados.
El elemento que hizo avanzar el segundo sumario fue una frase pronunciada a propósito de un caballo espantado junto al monumento erigido en el paraje exacto donde Courier había sido ultimado. Durante la vendimia, la joven Grivault trabajaba en Les Tartres. Enviada a buscar centeno a Le Chêne-Pendu, pasó a caballo cerca del monumento y comentó, al regresar, que su montura se había asustado tanto como ella misma cuando habían matado al señor Courier. Su patrón le exigió precisiones. Grivault relató entonces que el 10 de abril de 1825 se encontraba en el bosque de Larçay en compañía de un joven, en una espesura donde el brezal permitía mantenerse ocultos. Afirmó haber visto llegar a Courier junto a Frémont, quien portaba un fusil, y a Symphorien Dubois. Según su testimonio, Dubois derribó a Courier y Frémont disparó.
Grivault aseguró a continuación haber visto a Pierre Dubois, a Arrault, a Boutet y a un cuarto individuo no identificado reunirse con los dos primeros. Frémont, según refirió, les habría dicho que Courier estaba muerto y que convenía dispersarse. Añadió además que los tres hombres habían montado guardia antes del crimen. La justicia no logró dar con el paradero del joven que supuestamente la acompañaba. Honoré Veillaud negó haber estado en el bosque con ella y la tachó de mentirosa. Frémont reconoció entonces haber efectuado el disparo, si bien negó haberse reunido con los demás hombres citados por la testigo. Pierre Dubois rechazó los hechos que se le imputaban; Grivault mantuvo con firmeza la identificación de Boutet y de Arrault.
Frémont acabó confesando que él había disparado el fusil, pero sostuvo haberlo hecho bajo la amenaza de ser asesinado por Pierre y Symphorien Dubois. Confirmó diversos puntos del relato de Grivault, negando al mismo tiempo haber concertado el acto con los restantes implicados. Esta confesión no podía revocar la sentencia que ya lo había absuelto. La señora Courier, igualmente señalada por Frémont, había quedado sobreseída tras la instrucción y no asistió al nuevo juicio por hallarse cerca de la frontera suiza. La justicia no podía procesarla fundándose únicamente en la palabra del antiguo guarda.
La vista comenzó el 9 de junio de 1830 y se prolongó durante seis jornadas. Grivault reiteró su declaración; Veillaud persistió en su negativa. Frémont compareció con frecuencia ante el tribunal y, según la crónica, temblaba y mostraba un abatimiento extremo. Su esposa declaró que llevaba varios días sin ingerir alimento. La muchacha Grivault y los acusados volvían a encontrarse frente a frente, pero los miembros del jurado debían juzgar a los procesados a partir de testimonios cuya fiabilidad era contestada y de un relato que situaba a múltiples personas en el lugar del suceso.
El 14 de junio, el jurado declaró no culpables a Pierre Dubois, Arrault y Boutet; el tribunal dictó su absolución y ordenó su inmediata puesta en libertad. Este veredicto no resolvió las contradicciones entre Grivault, Frémont y los acusados, ni alteró la firmeza de la absolución previa del guarda. Tres días después, una sentencia civil condenó a este último al pago de diez mil francos por daños y perjuicios a favor de los hijos de Courier. El 18 de junio, Frémont falleció. La autopsia practicada no halló rastro de veneno y atribuyó su muerte a una apoplejía derivada de una fiebre cerebral. Champagnac sugiere que la tensión del proceso pudo haber desencadenado dicha afección; se trata de una conjetura del cronista y no de una certeza médica acreditada en los autos.
La causa dejó tras de sí varias resoluciones judiciales irreconciliables: Frémont fue absuelto en 1825 y no pudo ser juzgado de nuevo; los hermanos Dubois fueron inicialmente liberados, si bien Pierre resultó acusado otra vez antes de ser absuelto con Arrault y Boutet en 1830; la viuda Courier quedó al margen del procedimiento. Frémont reconoció el disparo, mas esgrimió una justificación que comprometía a terceros. El tardío testimonio de Grivault incriminó a varios sospechosos, pero el jurado declaró inocentes a los tres procesados en 1830. La crónica concluye con un fallecimiento certificado sin veneno y con una responsabilidad penal que las sucesivas actuaciones judiciales jamás consiguieron transformar en condena contra los hombres absueltos.
