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Justicia y escándalos · Alemania

El falso espejo de Regendorf

Dos jóvenes desaparecen en Regendorf con pocos meses de intervalo. Unas prendas reconocidas en el taller de un sastre conducen hasta Andrew Bichel; los registros y las posteriores excavaciones en su patio sacan a la luz dos cadáveres. Tras sucesivas negativas y relatos contradictorios, confiesa los asesinatos y es condenado en 1809.

En el taller de un sastre de Regendorf, Walburga Seidel reconoció una tela que pertenecía a la falda de su hermana. El oficial cortaba la pieza para confeccionar un chaleco encargado por Andrew Bichel. Catherine había desaparecido hacía cerca de tres meses; nadie había acudido aún a la justicia. Aquel retal transformó una ausencia que la familia confiaba en que fuese pasajera en un asunto público: ¿cómo había ido a parar la prenda de una mujer desaparecida a manos de un hombre que afirmaba apenas conocerla?

Catherine Seidel vivía con sus hermanas en Regendorf. Una mañana de febrero de 1808, salió a consultar a Bichel, quien aseguraba leer el porvenir en un espejo. Regresó brevemente a la casa para recoger sus mejores galas y volvió luego a la morada de aquel con un fardo. Ya no regresó. Las hermanas inquirieron a Bichel sobre su paradero; él les respondió que se había marchado con un forastero, a instancias de este. A otros vecinos les aseguró no saber nada de su suerte. Un rumor más antiguo recordaba que una prima de Bichel había acudido a su casa para una sesión semejante y luego había desaparecido a su vez.

Aquella prima era Barbara Reisinger, hija de un jornalero de Loisenrieth. Feuerbach sitúa en primer lugar su partida en el verano de 1807, cuando abandonó el hogar familiar en busca de una colocación en el servicio. Más adelante, refiere que Bichel, en su confesión, fechó la visita de Barbara poco después de la festividad de San Miguel de 1806. La crónica no resuelve esta discrepancia. Ambas versiones concuerdan, sin embargo, en un punto: Bichel había persuadido a la joven de que era capaz de revelarle su futuro y, tras ello, se había apoderado de sus ropas.

Las desapariciones no habían sido puestas en conocimiento de las autoridades. Los padres de Barbara confiaban en que se hubiera marchado simplemente a trabajar; las hermanas de Catherine habían interrogado a Bichel y dado crédito a sus negativas. Mas entonces Walburga reconoció el paño en el taller del sastre. El 19 de mayo de 1808, relató a los magistrados cómo su hermana había sido convocada a casa de Bichel, cómo había asegurado que este le mostraría su porvenir y cómo había marchado de nuevo llevándose consigo varios vestidos. Theresa, la mayor, detalló las prendas que Catherine había tomado. Indicó el 15 de febrero como fecha de su desaparición.

Al día siguiente, las autoridades se personaron en la vivienda de Bichel. Este se había internado en el bosque; dos guardias fueron enviados en su busca, mientras su esposa quedaba bajo custodia y Theresa era interrogada. Al ser arrestado, los agentes hallaron en su poder un pañuelo de algodón que había intentado ocultar y, más tarde, arrojar lejos de sí. Theresa lo reconoció como propiedad de Catherine. Bichel negó conocer a las hermanas y aseguró haber adquirido el pañuelo en el mercado de trapos de Ratisbona. Urdió entonces la patraña de un joven forastero que habría mandado llamar a Catherine, y añadió haber oído que esta residía en Landshut, ataviada a la francesa. Preguntado por el espejo mágico, se ruborizó y negó poseer tal objeto. Contó después que un hombre con bocio solía antaño mostrar a las muchachas a sus futuros maridos mediante un artificio óptico.

El registro deparó nuevas pruebas. Un arcón contenía ropas femeninas; otras se hallaban en el desván. Las dos hermanas de Catherine reconocieron varias de ellas como las que la joven se había llevado consigo. Otras prendas fueron identificadas como pertenecientes a Barbara. Diversos testigos declararon que la esposa de Bichel había vendido algunas y vestido otras tantas. Ella afirmó que su marido le había entregado las piezas del arcón asegurando que procedían del padre de Barbara; negó saber de la existencia de las halladas en el desván. Varios vecinos confirmaron asimismo que Bichel había intentado atraer a otras jóvenes a su casa con el pretexto de desvelarles su porvenir. Una mujer había visto a Catherine cerca de la vivienda, con su hatillo bajo el brazo, el mismo día en que desapareció.

Los magistrados contaban ya con ropas, un pañuelo, testimonios y dos desapariciones, pero carecían de cadáveres. Ningún rastro visible probaba la consumación de un homicidio. El hallazgo sobrevino merced a un perro que acompañaba a uno de los guardias. En cada una de sus visitas, el animal corría hacia el cobertizo de la leña y venteaba el suelo. El 22 de mayo, el guardia regresó con varios hombres y mandó cavar bajo el cobertizo. Hallaron restos humanos ocultos bajo haces de leña y sepultados en la tierra. El guardia dedujo que los primeros despojos podían corresponder a Barbara. Más adentro yacía un segundo cuerpo, en el que los testigos reconocieron a Catherine por sus facciones y sus pendientes de metal dorado.

El médico y dos cirujanos examinaron el lugar y los restos, y elevaron sus observaciones a los jueces. Las ropas identificadas por las hermanas vinculaban ya, de manera irrefutable, ambas desapariciones con la morada de Bichel.

En un nuevo interrogatorio, Bichel acusó en un principio a unos desconocidos de haber dado muerte a Catherine en su casa. Retiró después esa versión y reconoció haberla matado él mismo tras una disputa, antes de modificar de nuevo su relato. Interrogado sobre el segundo cadáver, palideció y negó conocer a la difunta. Los pesquisidores le formularon noventa y una preguntas; alternó explicaciones y desmentidos, concediendo un detalle antes de callar el siguiente. Confesó por fin haber atraído a Catherine a su casa para arrebatarle las ropas, haberle quitado la vida y haber sepultado sus restos.

Una ordenanza bávara de 1806, que abolía el tormento, disponía un procedimiento singular para los acusados que persistían en la negativa: conducirlos al escenario del crimen y, de ser factible, interrogarlos ante los despojos. Bichel fue trasladado a Regendorf. En la casa consistorial de la villa estuvo a punto de desmayarse y pidió agua. Mantuvo, no obstante, que ignoraba la identidad del primer cadáver. En su vivienda, los restos habían sido dispuestos sobre unos tablones. Reconoció a Catherine, pero continuó negando que Barbara fuese su víctima. Dos días más tarde, solicitó comparecer de nuevo y confesó haber asesinado asimismo a Barbara. Declaró que su esposa no había participado en ninguno de los dos crímenes ni tenido noticia de ellos.

Las confesiones revelaron la trama de aquellos encuentros. En el caso de Barbara, Bichel había deslizado la conversación hacia la hechicería y fabricado un falso espejo: una tabla envuelta en un lienzo blanco, provista de un pequeño anteojo. Le había pedido que se dejase vendar los ojos y atar las manos para escrutar el artilugio. Acto seguido se adueñó de sus ropas y engañó a su padre haciéndole creer que su hija se hallaba casada, al servicio de un embajador, y deseaba recuperar sus pertenencias. El propio progenitor había cargado con el fardo de ropa durante parte del camino para facilitarle la tarea. En el caso de Catherine, Bichel recurrió de nuevo a la promesa del espejo y le exigió que acudiera con varias mudas. El móvil que adujo fue el deseo de poseer las prendas de ambas mujeres.

Otras jóvenes habían escapado a idéntica celada. Bichel había propuesto a una muchacha consultar el espejo para averiguar si su prometido aún vivía; le exigía que aportase sus mejores ropajes. Juliana Daweck y Margaret Heimberger habían recibido invitaciones similares. No acudieron, fuese por recelo o por azar. Aquellas tentativas no alteraron la suerte de las desaparecidas, mas mostraron a los magistrados que las promesas de adivinación no constituían una coartada improvisada tras el arresto.

El tribunal de apelación de Neuburg dictó sentencia el 4 de febrero de 1809. Bichel fue condenado a ser quebrado en la rueda; el tribunal central ratificó la condena. Esta fue conmutada posteriormente por la pena de decapitación. Refiere Feuerbach que semejante decisión se adoptó en aras de la dignidad del Estado, a fin de que el castigo no rivalizara en crueldad con los crímenes cometidos. El sumario no consigna la fecha de la ejecución.

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El espejo de lienzo

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro «Andrew Bichel; the Woman-Murderer», páginas impresas 296–312 (líneas OCR 11792–12424 inclusive; «John Holzinger» da comienzo en la línea 12427), leído en su totalidad. La fuente consigna dos referencias temporales irreconciliables para Barbara Reisinger: el verano de 1807 en el exordio, y poco después de San Miguel de 1806 en el relato retrospectivo de Bichel; la crónica conserva de forma explícita dicha contradicción. Las declaraciones relativas a Catherine Seidel, el reconocimiento de las ropas, el hallazgo de los cadáveres, el interrogatorio de Bichel, su confesión respecto a ambas mujeres y la conmutación de la pena se toman de la crónica. No se han consultado facsímiles, el original en lengua alemana, registros de ejecuciones ni actas judiciales.

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