El 24 de febrero de 1889, Friedrich Sutter, natural de Neudorf, cerca de Estrasburgo, fue detenido en Karlsruhe cuando intentaba pagar una salchicha con un tálero falso. Aquel arresto condujo a los pesquisidores hasta una fábrica clandestina de moneda cuyas piezas circulaban ya a ambas orillas del Rin.
Sutter comenzó por negar los hechos. Más tarde reconoció haber puesto en circulación táleros falsos y señaló a un desconocido de Estrasburgo como la persona que se los había facilitado. Aquel desconocido no lo era tanto para los tribunales. Tras el nombre de Mischke se ocultaba un individuo condenado en 1885 por falsificar sellos de correos. En aquella época, se daba aires de oficial y frecuentaba los cuarteles, donde su desenvoltura y sus modales le permitían ofrecer las estampillas sin despertar recelo inmediato. La prisión, lejos de apartarlo del arte de la falsificación, le había brindado el ocio necesario para concebir una nueva empresa.
En el otoño de 1888, hallándose sin empleo, emprendió la fabricación de moneda en su vivienda de la Ludwigsgasse, en Estrasburgo. Su taller distaba mucho de asemejarse al laboratorio que la imaginación suele atribuir a los falsarios. Comenzó por adquirir cucharas de metal Britannia en un bazar de los llamados de cincuenta pfennigs; la crónica precisa que la docena de cucharas costaba uno o dos marcos. Conseguía yeso, prensaba en dicha masa piezas auténticas y obtenía de este modo los moldes. Sobre una lámpara de alcohol, el metal se fundía en el cuenco de una vieja cuchara de hierro; vertido en el yeso, adoptaba la forma de un billete metálico de cinco marcos, de un tálero o de una pieza de dos marcos.
La labor no concluía con el vaciado. Era preciso dotar a las monedas de sus leyendas, de su relieve y de aquellos pormenores que permiten que una pieza pase de mano en mano sin que nadie se detenga a examinarla. Mischke grabó al principio las letras y los ornamentos con una aguja de coser. Más adelante, fabricó letras de latón que troquelaba sobre el metal. Confirió así a sus manufacturas la efigie del emperador alemán, la marca de ceca A y los años de acuñación 1874 o 1876. Jamás pretendió haber coronado con éxito cada tentativa: fundió dos piezas de diez marcos, pero fue incapaz de conferirles el tono deseado.
Este detalle ilustra hasta qué punto la empresa avanzaba a tientas, si bien las piezas logradas bastaban para alarmar a los comerciantes. La amalgama, a base de cobre y bismuto con una reducida proporción de estaño y plomo, producía monedas que no se sentían grasientas al tacto; tampoco su sonido las delataba. Muchas habían sido vaciadas con tal primor que guardaban un parecido asombroso con las legítimas. Era preciso voltear la pieza, observar su canto, advertir un reflejo azulado o una acuñación imperfecta. Tal era, según el examen pericial descrito en la vista, el indicio más elocuente: los cantos de las piezas falsas habían sido torneados o limados.
Desde el otoño de 1888 hasta el mes de marzo siguiente, Mischke fabricó, conforme al cómputo mínimo fijado por la crónica, un valor de al menos cuatrocientos marcos: entre cincuenta y sesenta piezas de cinco marcos, trece táleros y un número indeterminado de monedas de dos marcos. Las cifras son aproximadas y no abarcan la totalidad del circulante, pues los agentes no pudieron reconstruir el destino de cada pieza. Mischke entregó a Sutter una suma cercana a los ciento veinte marcos con el encargo de darles salida y rendirle la mitad del beneficio. A la señora Knebler le devolvió en moneda espuria entre veinte y treinta marcos que ella le había prestado con anterioridad, sin revelarle al principio la naturaleza de sus manejos.
Cuando las herramientas fueron descubiertas en el sótano de Sutter y en el domicilio de Belling, Mischke resolvió confesar. Reconoció la faena, mas pretendió atribuirse en exclusiva tanto el mérito como la culpa. En su primera declaración sostuvo que nadie lo había secundado en la fundición de las piezas; Sutter, aseguraba, se había limitado a distribuirlas a instancias suyas. Añadió que los demás miembros de la familia Sutter, salvo contadas excepciones, estaban al corriente de lo sucedido, si bien aseveró que la esposa de Sutter había hecho cuanto estuvo en su mano por apartar a su marido de aquel camino. Afirmó asimismo que su propia consorte era inocente y no había cesado de amonestarlo. Estas declaraciones, recogidas durante la instrucción, no deben confundirse con un reconocimiento general de culpabilidad por parte de todos los encausados.
Sutter terminó reconociendo también su participación. Había recibido las piezas de manos de Mischke y las había entregado como pago a sabiendas de su falsedad. Refirió haber presenciado dos o tres veces el colado del metal en los moldes de yeso. Todo el procedimiento cabía en un aposento: el cuenco de una vieja cuchara de hierro embutido en una hendidura de la pared, un candil de hoja de lata sobre la mesa y la materia calentándose al fuego. No había asistido a cada fundición, pero conocía el oficio lo bastante para no tomar jamás aquellos resultados por moneda genuina.
El 13 de febrero de 1889, Sutter partió hacia Grafenstaden en compañía de su hijo Karl. El padre aguardaba en la calle. El muchacho entró en dos comercios, adquirió menudencias y entregó en cada ocasión una pieza falsa de cinco marcos; se marchó con la vuelta cobrada en plata legítima. El ministerio público reprochó a Karl haber auxiliado a su padre en la salida de las monedas, extremo que el joven admitió. La escena ensanchaba el alcance de la causa más allá de la buhardilla de Mischke: la moneda carecía de valor para sus artífices a menos que otra mano la presentara sobre el mostrador.
La familia Knebler no era tan solo un domicilio por donde el metal hubiera discurrido. La esposa de Knebler había contemplado trabajar a Mischke y aprendió lo bastante de su técnica para fundir, en enero de 1889, al menos treinta piezas de dos marcos. Fracasó en su intento de lograr las de cinco marcos; en febrero, Mischke fundió diecinueve para ella. La mujer las puso en circulación, así como varias monedas de dos marcos que él le había entregado antes de Navidad, conociendo perfectamente su falsedad. Su marido, por el contrario, negó toda participación. El sumario deslindó los actos de la esposa de los de su cónyuge, aun cuando compartieran el mismo techo.
Otro episodio sobrevino en casa de Belling. El 8 de marzo, Mischke se presentó allí con sus bártulos y exhibió piezas falsas de dos marcos. Solicitó a Belling y a Gieler autorización para trabajar en su vivienda, a lo que accedieron. Con la ayuda de la lámpara de alcohol que ellos le proporcionaron, fundió ante sus ojos dos piezas falsas de cinco marcos. Ambos reconocieron en lo esencial los hechos; el registro aportó piezas de convicción harto precisas: una caja de cigarros con yeso, una cuchara de hierro con adherencias de pasta de yeso, dos fragmentos de zinc —uno de ellos embadurnado de dicha materia— y dos limas.
La complicidad atribuida a Belling no se limitaba a aquella sesión. Cuando Mischke dejó de sentirse seguro en Estrasburgo y planeó la fuga, Belling le facilitó un abrigo, un pantalón y un mandil de faena; le procuró asimismo cobijo durante la noche que precedió a su partida del 23 de marzo. Aquellas prendas podían servir para dificultar su identificación; la crónica califica dicho auxilio de encubrimiento. En este punto, el falsario ya no era tan solo quien fundía el metal: urgía ahora sustraerlo a la acción de la justicia.
Ante el tribunal del jurado, la fabricación, la distribución y el auxilio prestado a la fuga fueron juzgados conjuntamente, sin que por ello se confundieran las responsabilidades. La reseña de la audiencia recalca la destreza con que Mischke asumió su propia defensa, mostrándose como un hombre inteligente y avezado en las apariencias; refiere asimismo que los magistrados no tardaron en formarse la convicción de la culpabilidad de los procesados. No obstante, no consigna las penas individuales impuestas. Se limita a señalar que todos fueron condenados a largas penas de privación de libertad, a excepción del joven Sutter y de Knebler. Resulta imposible, por tanto, atribuir a cada reo una duración que el texto original no detalla.
La primera moneda se había entregado para pagar una salchicha; otras habían servido para adquirir menudencias o satisfacer el gasto en una posada. Su misma modestia volvía temible la empresa: la moneda falsa no pretendía deslumbrar, sino deslizarse en las transacciones cotidianas. Bastó que un tendero escrutase un canto, que un muchacho hablase, que se descubriera una lámpara en un aposento, para que el cerco se estrechara. El metal que debía pasar por plata condujo así a los magistrados desde los mostradores de Baden hasta la Ludwigsgasse, y desde aquella buhardilla hasta los sótanos y umbrales que le habían servido de amparo.
