El testamento estaba listo. Tras la muerte de Jacques Pitra, su viuda lo exhibió: dos años antes, él la había instituido legataria universal. Le respondieron que el nacimiento de su hijo, posterior al acto, alteraba por completo la cuestión. El papel que ella creía decisivo no zanjaba nada. En aquella casa de Boissy, donde el marido acababa de expirar tras una jornada de atroces sufrimientos, ya era preciso dilucidar a quién pertenecerían los bienes; pronto habría que inquirir qué se había vertido en su comida. El mismo niño se hallaba en el centro de ambas interrogantes: aquel cuya custodia había encomendado el moribundo, y cuya sola existencia contrariaba las esperanzas de la viuda.
Pitra había vivido largo tiempo en Inglaterra. Allí había impartido lecciones de francés y alcanzado cierto desahogo económico, acrecentado por la herencia de una hermana sombrerera en Londres. El regreso a Francia le resultó menos afortunado: inversiones desdichadas y especulaciones mermaron sus recursos hasta conducirlo a la ruina, según refiere la crónica. Había contratado a Rosalie-Gabrielle Jallaquier, costurera, como mujer de confianza, y luego desposádola el 1 de mayo de 1824. La confianza, pues, había precedido al matrimonio. Cuatro años más tarde, moriría acusando a aquella a quien había querido legar cuanto le restaba.
El matrimonio era tormentoso. Pitra bebía con frecuencia; a sus regresos, estallaban violentas disputas. El relato antiguo contrapone el genio colérico de Rosalie a la embriaguez consuetudinaria de su esposo. Conserva asimismo una confidencia que este hizo a un amigo: confesaba que su vida era tan desdichada que a veces pensaba en quitarse la vida. Nada de ello constituye de antemano la prueba de un asesinato. Son las palabras de un hombre atrapado en una unión difícil, de las cuales la instrucción judicial retendría cada matiz al conocer ya su fatal desenlace. El niño había nacido en ese hogar donde las miserias cotidianas, el afecto y el resentimiento se entrelazaban.
El 1 de mayo de 1828, Pitra regresó hacia las tres para comer. La criada sirvió la sopa. Rosalie venía tras ella y le ordenó que la vertiera por entero; después se retiró. Pitra comió con apetito. Poco después, le sobrevinieron vómitos que cobraron un cariz alarmante. Alguien sugirió llamar a un médico; su esposa se opuso terminantemente, aduciendo que no era más que una indigestión. Hay palabras que, en una casa, zanjan una discusión con la misma contundencia que una puerta al cerrarse. Aquella confería a los dolores una causa vulgar, prometía su pronto alivio y permitía aplazar cualquier auxilio.
Pitra, sin embargo, no se conformó. A un criado que se acercó a su lecho le declaró que el malestar había comenzado tras la sopa y que estaba envenenado. Su mujer, allí presente, le reprochó semejante delirio. Interrogó entonces a la sirvienta: ¿quién había preparado el plato? Ella respondió que había sido ella misma. ¿Lo había perdido de vista? Explicó entonces que Rosalie lo había puesto a calentar. Pitra consideró que ya sabía lo suficiente. Su acusación brotaba de una ilación que reconstruía desde el lecho, entre lo ingerido, el instante en que se sintió desfallecer y la intervención de su consorte.
Hacia las seis compareció la viuda Pincemaille. Ante ella, Pitra reiteró su acusación formal contra Rosalie. La certidumbre del enfermo se convertía así en una declaración oída por varios testigos. Cesó de contestar a su mujer; se dirigió a la criada y le encomendó a su hijo. El relato confiere a estos diálogos una hondura conmovedora: un padre dispone lo que teme no poder cumplir ya por sí mismo, cuando nadie lo ha sustraído aún del peligro que denuncia. Lo que manifiesta da cuenta de su convicción íntima. A la justicia le competería indagar qué elementos, más allá de dicha certidumbre, podían sustentarla.
El estado de Pitra empeoró a lo largo de la velada. La criada advirtió a su señora de que el amo difícilmente pasaría la noche; le atribuyó luego una contestación despiadada, en la que expresaba el deseo de su muerte. Cuando el fin se hizo inminente, Rosalie no subió a la alcoba, pese a un nuevo requerimiento. La criada y la Pincemaille permanecieron velando el cuerpo. Aquellas mujeres se convertirían en las depositarias de la última jornada: habían presenciado los cuidados, las ausencias, las palabras cruzadas y la decadencia del enfermo. Sus recuerdos se erigirían en declaraciones judiciales, con todo el peso que cobra una frase dicha entre fogones o en la penumbra de un dormitorio al ser repetida en el estrado.
Rosalie exigió que el cadáver de su marido fuera amortajado sin demora y sepultado a la mañana siguiente. Presentó el testamento otorgado el 23 de abril de 1826. Le opusieron la existencia del hijo nacido con posterioridad y la posibilidad de que existieran disposiciones contrarias. La crónica sostiene que ella no manifestó entonces más zozobra que la de sus intereses pecuniarios, pasando luego a fingir aflicción. Podemos consignar sus diligencias sin pretender escrutar el peso real de sus lágrimas. Un testamento puede suministrar un móvil a la fiscalía; de suyo, no basta para sondear una conciencia. No obstante, el abismo entre la frialdad de las primeras horas y el pesar sobrevenido ocuparía un lugar primordial en su semblanza.
La investigación desembocó en su detención. Con anterioridad a esta, había procurado enterarse de lo que los testigos declaraban ante el juez. Un aprendiz llamado Lacroix relató una conversación en la que ella hablaba con menosprecio de su marido y aludía al caso de otra mujer condenada por envenenamiento a una pena que juzgaba benigna. Habría añadido que, de no mediar confesión, no se le podría imponer un castigo mayor. No entrañaba una confesión explícita del delito; el ministerio público encontró, sin embargo, en esa ligereza para discurrir sobre el crimen y su castigo un indicio de abrumadora gravedad en su contra. La tenencia de arsénico, que el testimonio le atribuye, aportaba un cuerpo del delito adicional.
Champagnac da cuenta de que el envenenamiento quedó probado, pero no consigna las minucias de los peritajes toxicológicos ni el desarrollo del debate contradictorio. El proceso nos llega mediado sobre todo por las deposiciones testificales, los dichos recogidos y la sentencia. No procede, pues, atribuir a la reconstrucción histórica la certeza de unos análisis científicos que hoy no obran ante nuestros ojos. Rosalie compareció el 19 de agosto ante el tribunal de lo criminal de Seine-et-Oise. El jurado respondió afirmativamente sobre su culpabilidad y el tribunal la condenó a la pena capital. Había mantenido la serenidad durante las vistas; en prisión, tras oír el fallo, se abandonó a una desesperación inconsolable.
El 28 de octubre de 1828 fue ejecutada en Versalles. Batió el juicio hasta el último aliento, aun entre los preparativos del cadalso, acusó a los testigos de perjurio y proclamó su inocencia. Las últimas palabras que la crónica le atribuye miran indirectamente hacia su hijo: rogó que se le transmitiese aquella protesta. El relato que la había retratado codiciosa de la herencia concluía así con un legado muy distinto, desprovisto de escrituras y sellos, confiado a quienes la escuchaban. Ignoramos qué llegó a oídos del huérfano. Sabemos que había perdido a su padre y que en ese instante perdía también a su madre.
El testamento no había aclarado nada sobre la sopa; el clamor final de la condenada no podía revocar el veredicto, del mismo modo que sus silencios precedentes no bastaban para acreditar el crimen. La causa permanece suspendida entre aquellos objetos y aquellas voces: un pliego testamentario, un plato de comida, unas confidencias, un tóxico hallado y dos incriminaciones enfrentadas, la del marido moribundo y la de la viuda contra sus juzgadores. La justicia tomó partido. A la crónica le corresponde preservar la naturaleza equívoca de cada una de estas piezas y devolver al hijo aquel lugar que los dos cónyuges, a la hora de morir, le restituyeron súbitamente.
