En la noche del 12 al 13 de marzo de 1829, un carpintero de aldea, extenuado por los dolores y rodeado por los cuerpos sin vida de sus dos hijos, dictó su testamento. Legaba sus bienes a Bernarde, su primogénita; si esta no pudiera heredar, Françoise, la segunda de sus hijas, sería llamada a la sucesión. Pocas horas después, el padre fallecía a su vez. Al día siguiente, sucumbía la madre. Cuando la instrucción judicial desanduvo el hilo de aquellas muertes, la casa, el armario de Françoise y una ciruela seca dibujaron el itinerario de una herencia convertida en letal designio.
Françoise Trenque contaba veinticuatro años. Había regresado a la casa paterna tras haber sustraído, según el relato de Champagnac, unos pedazos de tela en un convento donde servía. En Arrouède, en el departamento de Gers, su padre ejercía el oficio de carpintero. Tenía por hermanos a Joseph y François, y por hermanas a Bernarde, la mayor, y Mariette, la más joven. La crónica sitúa el origen del caso en el plan que Françoise habría concebido contra los suyos, mas todo se inició con una serie de indisposiciones que vinieron a perturbar las jornadas de labor.
El 20 de junio de 1828, el anciano Trenque partió hacia la vivienda del alcalde de Arrouède junto a su hijo mayor y un jornalero. Los tres debían llevar a cabo ciertas obras allí. Durante los tres días que permanecieron en la faena, unos dolores atroces les atenazaron el vientre y el estómago. Sufrían cruelmente, pero el percance no les impidió reanudar más tarde sus tareas. Nada, en este primer brote del mal, presagiaba aún las muertes que habrían de aniquilar a la familia.
En el mes de octubre, el carpintero regresó a la misma finca, esta vez con sus dos hijos y un aprendiz. Desde el primer día, todos cayeron postrados: sus semblantes se demudaron, el estómago y las entrañas se les anudaron por el tormento, los vómitos se sucedieron sin tregua, la sed se volvió inextinguible y un ardor abrasador les subió por la garganta. Pese a todo, continuaban trabajando. Era Françoise quien les llevaba los alimentos a Arrouède.
En aquel mismo momento, su madre y Mariette padecieron igualmente cólicos intolerables seguidos de vómitos. Françoise quedó indemne ante tales accesos, al igual que Bernarde, quien por entonces trabajaba fuera del hogar y recibía el sustento en las casas donde cumplía sus jornales. Los hombres aguantaron en la obra hasta el octavo día; sus padecimientos se tornaron entonces tan insoportables que debieron abandonar las labores por segunda vez. Bernarde, al enterarse del estado de sus padres, acudió a socorrerlos y se unió, a su vez, a los enfermos.
Los médicos prescribieron a Bernarde fricciones de aceite. Françoise, encargada de aplicárselas, empleó aguafuerte en lugar del bálsamo. Según Champagnac, los dolores de la primogénita no hicieron sino agravarse. Aquel proceder, puesto más tarde en relación con los cólicos familiares, adquiriría durante la instrucción un significado pavoroso; en aquel trance, la familia aún tenía ante sí varios meses de una dolencia que reaparecería con renovada crudeza.
El 21 de febrero de 1829, los ataques se reprodujeron en todos los miembros de la casa. El día 28, reaparecieron con una virulencia todavía mayor. La crónica estima que, a partir de esa fecha, el tóxico fue administrado a dosis masivas. Los remedios eran preparados y servidos por Françoise, quien mezclaba el veneno con el caldo y la tisana. Cada cual aguardaba el alivio de aquello que se le ofrecía para beber o comer; los mismos desvelos del cuidado conducían en adelante a la agonía.
El 12 de marzo, Joseph y François perecieron entre convulsiones. Para procurar, según decía, un poco de alivio a François, Françoise le introdujo una ciruela seca en la boca. Le habría aconsejado que la chupara sin tragarla, a fin de extraer únicamente su jugo. La ciruela se hallaba espolvoreada con arsénico. El detalle, que Champagnac consigna como una exhortación dirigida al joven moribundo, condensaba en un fruto vulgar el lazo que acababa de cerrarse sobre el último de los dos hermanos.
Aquella noche, mientras su padre agonizaba, Françoise le tendió de nuevo tisana emponzoñada. El anciano creía hallarse en los infiernos; decía consumirse en llamas y suplicaba agua. Testó en favor de Bernarde y, en su defecto, de Françoise. Poco después, exhaló el último suspiro. La madre expiró el 14 de marzo. En el espacio de unos pocos días, la casa había perdido a sus dos hijos, al padre y a la madre; la sucesión abierta por el testamento dependía ya tan solo de dos hermanas, de las cuales una se había visto a salvo de las dolencias y la otra se había librado al trabajar fuera de allí.
Unas muertes tan fulminantes, acompañadas de síntomas idénticos, no tardaron en despertar la sospecha del envenenamiento. Las autopsias, según refiere Champagnac, arrojaron pruebas que la crónica juzga decisivas. Se habían empleado arsénico y ácido nítrico, comúnmente denominado aguafuerte. Los registros permitieron descubrir veneno en el armario de Françoise, así como en varios alimentos que ella misma había preparado. Fue arrestada. La instrucción judicial le imputó el envenenamiento de su padre, de su madre y de sus dos hermanos, además de tentativas criminales contra otras personas.
Trasladada a Auch, Françoise compareció ante el tribunal de lo criminal de Gers el 9 de julio de 1829. Iba vestida de luto riguroso. Champagnac la describe de estatura regular, de porte sencillo pero elegante para su condición, dueña de una voz dulce, un continente modesto y una sonrisa grácil que el cronista tacha de gélida. Escuchó el acta de acusación sin que sus facciones revelaran la menor alteración. Este retrato responde a la severa mirada del cronista; ante los magistrados, preludió unos debates que se prolongaron durante tres jornadas y en los que declararon cincuenta testigos.
Para articular su defensa, Françoise admitió que una vecina le había hecho ciertas proposiciones, pero aseguró haberlas rechazado. Sostuvo que aquella mujer era quien había introducido los venenos en su armario y emponzoñado a sus deudos; en cuanto a ella, alegó, su inocencia resultaba incuestionable. La acusación fiscal y los indicios materiales desmentían de plano tal versión. Los jurados la declararon culpable, por unanimidad, de robo, envenenamiento y parricidio. Escuchó sin turbación aparente el veredicto y la descripción del suplicio reservado a los reos de parricidio.
La condena no disipó las dudas que su reputación alimentaba en la comarca. Champagnac relata que sus costumbres intachables, su piedad y la aparente candidez que se le atribuía mantenían en muchos convecinos presunciones favorables a su inocencia. El cronista narra entonces de qué modo las confesiones de Françoise desvanecieron aquellas incertidumbres. Tras desestimarse su recurso de casación, el 16 de septiembre, su confesor acudió a anunciarle que no le restaba esperanza alguna. Ella adivinó la infausta nueva, según se dijo, en el semblante apesadumbrado de su letrado, que no se había atrevido a comunicársela.
Mandó llamar al señor Allen Rousseau y le reprochó haberle ocultado su destino. Explicó que había rezado el rosario en veinte ocasiones para pedir a Dios la confirmación de la sentencia, añadiendo que se sentía en paz y que era de estricta justicia que muriese. Afirmaba no poder sufrir jamás tanto como sus deudos habían padecido por su culpa, y los calificaba de mártires. Acto seguido, se declaró única autora del crimen: la historia de la vecina, de sus consejos y de su complicidad era, confesó, una invención urdida para salvar el cuello.
En aquella plática, Françoise atribuyó sus actos a una codicia miserable. Unas pocas fanegas de tierra y una modesta morada habían, según sus propias palabras, armado su brazo contra toda su familia. Reiteró estas declaraciones ante los presentes y exculpó a quien antes había acusado. La herencia dispuesta en el testamento paterno, destinada en primer lugar a Bernarde y, en su defecto, a Françoise, cobraba así en la confesión el carácter de móvil de la serie de crímenes que los tribunales acababan de juzgar.
Se la exhortó a cobrar ánimo. Replicó que sabría llevar hasta el cadalso la misma entereza que le había servido para cometer sus crímenes. Tras este anuncio, dispuso ataviarse por sí misma, vistió la camisa reservada a los parricidas y, cubierta con un velo negro, marchó hacia el patíbulo con la serenidad imperturbable que le atribuye Champagnac. Tras las agonías en la casa campesina, la sala de vistas y el presidio, aquella última comitiva clausuraba el itinerario de una causa en la que la herencia había sido invocada antes de que la estirpe quedase casi por entero segada.
