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Justicia y escándalos · Austria-Hungría (Viena)

Las promesas de la casa gris

En Viena, en 1884, el proceso contra Hugo Schenk, Karl Schloßarek y Karl Schenk sacó a la luz una serie de celadas urdidas al amparo de falsas ofertas de empleo y promesas de matrimonio. Las declaraciones de los testigos, las piezas de convicción y los testimonios contradictorios desentrañaron una cadena de expolios, asesinatos y desapariciones. Los dos principales acusados fueron condenados a muerte; la pena del tercero fue conmutada.

El 13 de marzo de 1884, la sala de audiencias del tribunal de Viena, conocido popularmente como la «casa gris», se hallaba abarrotada hasta el último rincón. La causa congregaba ante todo a un público femenino: durante meses, la prensa de la época venía narrando la desaparición de jóvenes sirvientas a quienes se prometía el matrimonio, halladas tiempo después sin vida, cuando la suerte permitía dar con sus restos. Hugo Schenk hizo su entrada con una cortesía ensayada, recorrió la sala casi saludando a los asistentes con la mirada y tomó asiento ante los seis magistrados del tribunal. Las cortes de jurado habían quedado suspendidas a raíz de los recientes atentados anarquistas; no sería, por tanto, un jurado popular, sino un tribunal colegiado de juristas quien juzgaría a los tres reos.

El acta de acusación desgranó en primer término la identidad de los encausados, sus oficios, edades y antecedentes penales. Schenk, antiguo alumno de una academia militar, contaba ya con una condena por estafa; Karl Schloßarek, cerrajero de profesión, por robo; Karl Schenk, hermano menor de Hugo y empleado de ferrocarriles, carecía hasta entonces de antecedentes. La relación de cargos que siguió resultaba más aterradora que cualquier ficción: una tentativa de asesinato contra Franz Podpera, el expolio de Franz Bauer y las muertes consumadas de Josephine Timal, Katharina Timal, Therese Ketterl y Rosa Ferenczy. De muchas de aquellas desdichadas mujeres, el dinero en efectivo, las alhajas o las cartillas de ahorros se habían esfumado junto con sus vidas.

El procedimiento delictivo se repetía con una regularidad siniestra. Schenk respondía a los anuncios por palabras insertados por muchachas que buscaban colocación o pretendiente. Se presentaba como ingeniero, alto funcionario o dueño de alguna fábrica; prometía esponsales y se granjeaba la confianza necesaria para aislar de su entorno a quien cortejaba. Junto con Schloßarek, había ideado asimismo ficticias ofertas de empleo condicionadas al depósito de una fianza: el postulante debía desplazarse a un paraje apartado, donde ambos compinches pretendían despojarlo de cuanto llevase. Durante la vista, la acusación pública hizo remontar este engranaje a los meses de presidio en Stein, donde ambos penados se habían conocido y concertado para reanudar sus fechorías una vez en libertad.

Franz Podpera, un molinero en paro, logró escapar a su primera emboscada. Schloßarek lo había atraído hasta Moravia con la promesa de una colocación; una vez en la espesura del bosque de Wratzow, empuñó un revólver. Podpera se defendió con denuedo. Ambos resultaron heridos en la refriega, pero el candidato al empleo consiguió regresar a la ciudad. En el estrado, Schenk sostuvo haber perdido de vista a los otros dos; reconoció, no obstante, haber facilitado el arma, acompañado la partida y aguardado a una distancia prudencial para prestar auxilio. El testimonio del superviviente, por su parte, rememoró con crudeza el instante en que el frío del metal en su nuca le reveló la celada.

El 21 de abril, Franz Bauer fue despojado de sus bienes, pero salvó la vida. Invitado a entrevistarse con un empleador ficticio en un bosque cercano a Weidlingau, el cochero aceptó un trago de aguardiente adulterado con cloral. Se desplomó inconsciente y le fue sustraída una parte de su dinero. Ante el tribunal, Bauer refirió cómo Schloßarek lo había instigado a beber; Schenk admitió la cita, si bien los dos cómplices se enzarzaron en disputas acerca de la suma exacta arrebatada y de la parte entregada al hermano de Hugo. Conforme desfilaban las pruebas, la mentira del empleo dejaba de ser un mero ardid aislado: constituía el señuelo para alejar a las víctimas del recinto urbano y conducirlas hacia parajes desiertos, al margen de testigos.

En mayo, Josephine Timal abandonó su puesto de servicio doméstico. Schenk le hablaba de matrimonio; Schloßarek la acompañó hasta un estanque conocido como el Gevatterloch. Su cadáver fue hallado un mes más tarde, el 17 de junio, alterado por la acción del agua, con las prendas marcadas con sus iniciales. Llegados a este punto, las declaraciones de los dos reos divergieron. Schenk manifestó haber consentido que Schloßarek atase una piedra a la infeliz y la arrojase al agua; Schloßarek aseguró que la muchacha ya se hallaba sin sentido y que Schenk había tomado parte directa en la ejecución. El tribunal valoró tales relatos a título de testimonios de parte interesada, confrontándolos con las conclusiones de las autopsias y los objetos rescatados.

Katharina Timal, tía de Josephine, fue atraída a su vez mediante una misiva póstuma que le anunciaba esponsales y la administración de una finca solariega. Los hombres la acecharon cerca de Pöchlarn durante la noche del 13 de julio. Schenk negó en un principio haber puesto la mano sobre ella; Schloßarek describió el forcejeo, mientras que Karl Schenk reconoció haber sujetado a la víctima. El cuerpo sin vida fue rescatado de las aguas del Danubio, lastrado con una pesada piedra. Los testimonios no concordaban en la precisión de cada movimiento, mas los hermanos y su cómplice se imputaban recíprocamente la autoría material al tiempo que admitían su presencia en el lugar y el posterior reparto del botín.

La desaparición de Therese Ketterl, una cocinera de treinta y siete años, puso al descubierto otro relato plagado de contradicciones. Había salido de Viena en compañía de un hombre conocido por la prensa de anuncios, llevando consigo mudas de ropa, joyas, cartillas de ahorro y el perrillo de su amo. Los fondos fueron retirados de la entidad bancaria a los dos días de su partida; tiempo después se halló el canasto del animal en un vagón de tren. Schenk admitió haber conducido a la mujer a la montaña, en la zona de Reisalpe. Sus explicaciones sobre el desenlace fatal mudaron de continuo: afirmó primero haberle hecho creer que el revólver estaba descargado antes de amartillarlo; culpó después a un desconocido de apellido Wagner; retiró finalmente semejante patraña. El cuerpo jamás fue hallado. El tribunal hubo de sopesar aquellas confesiones sin el auxilio forense que brinda el examen de un cadáver.

Rosa Ferenczy, por su parte, creyó emprender viaje hacia sus propias bodas. Schenk le había alquilado una habitación bajo identidad supuesta, le escribía cartas casi a diario y le había obsequiado con diversas alhajas. El 29 de diciembre partió con ella hacia Wolfsthal en compañía de Schloßarek. Al día siguiente, ambos regresaron sin la joven. Rastros de sangre, botones desprendidos y una prenda de vestir negra fueron descubiertos a orillas del Danubio. También en esta ocasión, Schenk arguyó que su compinche había asestado los golpes; Schloßarek sostuvo que había sido Schenk quien remató a la víctima. Ambas declaraciones situaban a los acusados en la ribera fluvial, y las pertenencias de Rosa fueron formalmente identificadas por testigos presenciales.

Josephine Eder figuraba en el sumario por un motivo enteramente distinto. Schenk la había persuadido para que abandonase su colocación y sustrajese las joyas de su señora con el pretexto de costear, según afirmaba, la compra de un taller fabril. La criada fue condenada por dicho hurto. Durante el proceso, el presidente del tribunal recordó que Schenk había recibido las alhajas, utilizándolas como instrumento de coacción y dependencia afectiva. Aquel episodio desvelaba la vertiente incruenta del mismo dispositivo: vanas promesas de opulencia y matrimonio, farsas en torno a títulos honoríficos inexistentes y, finalmente, una mujer declarada culpable por una acción que aseguraba haber perpetrado al dictado de su pretendiente. La causa no la confundía con las víctimas desaparecidas, pero esclarecía el modo en que Schenk tejía los hilos de la sumisión.

La crónica hacía hincapié, asimismo, en las evidencias materiales, humildes y en ocasiones fragmentarias: las cartillas bancarias liquidadas, una cesta abandonada en un compartimento de tren, la ropa hallada en la orilla, las alhajas entregadas en el monte de piedad. Junto a estas huellas, los declarantes reconstruían itinerarios y últimas partidas. Las contradicciones, con todo, no lograban disiparse. Faltaban los cuerpos de Ketterl y Ferenczy; en el caso de Timal, los inculpados vacilaban respecto al golpe letal. Era precisamente esa distancia entre lo que confesaban, las culpas que se arrojaban mutuamente y las certezas comprobadas por la policía judicial lo que otorgaba a los debates toda su gravedad.

A lo largo de la vista, Schenk guardó una serenidad imperturbable, corrigió pormenores accesorios y formuló protestas contra las preguntas que lo ponían en aprietos. Pretendía reducir a Schloßarek al papel de mero ejecutor material y reservarse para sí el de un organizador distante; Schloßarek replicaba acusándolo de haber urdido las trampas de principio a fin. Karl Schenk intentaba atenuar su participación, si bien hubo de confesar que había portado cartas, custodiado efectos sustraídos y percibido dinero de los botines. Los letrados debatieron los grados de complicidad; el ministerio público cimentó su tesis en las confesiones parciales, las declaraciones testificales, los atestados policiales y las piezas incautadas. La crónica de 1884 consigna las palabras vertidas en la sala, mas sus juicios morales y sus semblanzas psicológicas no revisten el carácter de autos procesales.

El 15 de marzo, el tribunal declaró a los tres procesados culpables de los delitos imputados y pronunció la condena a morir en la horca. Hugo Schenk declinó solicitar clemencia; Schloßarek guardó silencio y Karl Schenk no interpuso recurso. El emperador conmutó posteriormente la pena del menor de los hermanos por la de reclusión perpetua. Para Hugo y Schloßarek, la sentencia se ejecutó el 22 de abril en el patio del tribunal. La causa judicial se clausuraba así con dos ajusticiados en el cadalso y un superviviente penando de por vida; las víctimas, muchas de las cuales jamás recibieron sepultura, permanecían en el centro de un proceso donde los reos pugnaron hasta el último aliento por repartirse las culpas.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La cita en el bosque

Ficción autónoma. En una villa imaginada, una viuda responde a un anuncio por palabras que ofrece una colocación para su hijo. La cita conduce al joven a un espeso bosque donde dos estafadores pretenden drogarlo y despojarlo de sus bienes; el mozo escapa a duras penas, pero nadie concede crédito a su historia por haber aceptado el trago ofrecido. Su hermana localiza otros avisos redactados con idéntica fórmula y tira del hilo hasta dar con una agencia matrimonial que comercializa referencias apócrifas. Novela corta de pesquisa cerrada, donde la vana promesa de un empleo se convierte en la celada que servirá para desenmascarar a los culpables.

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novela

La prometida que no volvió

Ficción autónoma. En una urbe europea enteramente inventada, una mujer cree marchar para contraer matrimonio con un distinguido ingeniero que ha conocido a través de los clasificados. Cuando su tía acude en su busca, descubre múltiples cartas de noviazgo rubricadas por el mismo individuo y joyas empeñadas bajo identidades falsas. El pretendiente acaso sea un seductor sin escrúpulos, un ladrón de poca monta o el testaferro de una vasta organización; cada allegado aporta un testimonio que termina incriminándolo a su vez. Novela de investigación que reconstruye paso a paso el itinerario de la desaparecida, sin reproducir personas ni crímenes del registro histórico.

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trilogía

Los anuncios de Varenne

Ficción autónoma en tres volúmenes. A través de tres ciudades de ficción, un mismo impostor atrae primero a un cochero mediante una falsa oferta de trabajo, luego a una heredera con promesas de esponsales y, finalmente, a una familia entera mediante la supuesta venta de una finca solariega. Una superviviente, un hermano atormentado por las dudas y una inspectora municipal dirigen sendas pesquisas independientes; recibos mercantiles, una cesta extraviada en un vagón y cartas truncadas permiten recomponer los viajes. Cada entrega brinda una resolución propia, mientras la trama clandestina sofistica sus ardides. Trilogía consagrada al estudio de tres fraudes sustentados en la confianza.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La fuente original procede de una crónica retrospectiva publicada en 1884. El texto recoge el auto de acusación, los debates de sala, las versiones contrapuestas de los encausados, los testimonios orales y los fallos judiciales, si bien sus digresiones de tono sensacionalista no han sido consideradas como prueba fáctica. Se han preservado rigurosamente las discrepancias en torno a la ejecución material de los hechos y la no localización de varios de los cuerpos.

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