Nadie quería venderle madera. Tenía, sin embargo, una sentencia que ejecutar y pensaba pagar por ella. Los habitantes de Foligno no discutían necesariamente que Nicola Gentilucci debiera morir; se negaban tan solo a que la horca estuviera hecha con sus tablas. Es con esta dificultad de aprovisionamiento como comienza, en las memorias noveladas de Mastro Titta publicadas en 1891, la primera ejecución del verdugo.
La escena pertenece al libro, no a un proceso verbal. Su ironía es implacable: una ciudad consiente el fallo, pero cada cual halla un pretexto para no mancharse las manos en su preparación. Al joven ejecutor no le queda sino procurarse por sí mismo lo que la justicia requiere. La narración le hace, pues, descerrajar durante la noche la puerta de un almacén para tomar allí la madera. Un hurto inaugura la labor destinada a castigar a un ladrón y homicida. El orden público exhibe a veces unos orígenes que prefiere no inscribir en sus divisas.
A Nicola Gentilucci, en cambio, nada le falta para morir. En el registro de ejecuciones, su condena se reduce a unos pocos crímenes: el asesinato de un sacerdote y de un cochero, y luego el robo cometido contra dos religiosos. La fecha es la del 22 de marzo de 1796; el lugar, Foligno. El volumen de 1891 despliega en torno a este apunte un ceremonial cuyo centro pasa a ser el reo, mientras su existencia anterior se desvanece casi por entero tras el dictamen judicial.
La obra atribuye a los celos el móvil del primer homicidio. Más tarde, Gentilucci se habría dado a la fuga y asaltado a los religiosos. No pormenoriza la instrucción ni las vistas: en el instante en que el relato se detiene en él, la sociedad ya ha concluido sus preguntas. Ahora le presenta las respuestas que habrá de escuchar, las plegarias que deberá rezar y los gestos que le corresponderá realizar. Para este hombre, la última noche principia en el momento en que su cuerpo se convierte en objeto de una minuciosa preparación.
Lo afeitan. Le entregan una camisa limpia y un pantalón nuevo. Luego lo conducen, con las muñecas atadas, a la gran sala comunal. El esmero puesto en los ropajes no le augura jornada alguna venidera; solo busca conferirle una presencia digna para aquella que no verá terminar. Al fondo de la estancia se ha dispuesto un crucifijo entre cofrades. Otros hombres embozados bajo capuchas forman dos hileras. El recinto está preparado para acoger a un condenado, como una iglesia lo está para una liturgia donde cada asistente conoce su sitio.
El oficial a cargo del trámite le tiende el pliego que le notifica su muerte inminente. A Gentilucci se le escapa de las manos. Vacila; unos brazos lo sostienen. La fórmula administrativa apenas había requerido unos instantes, pero ha despojado al cautivo de aquello que aún lo mantenía en pie. El confesor y los hombres llegados para confortarlo lo trasladan a una estancia contigua. Lo tienden sobre un jergón tendido en el suelo.
Entretanto, el verdugo trabaja. Cuatro horas le bastan, según su propio testimonio, para alzar la horca y disponer las escalas. Ha superado la negativa de los comerciantes; ahora distribuye las posiciones de quienes le prestarán auxilio. El uno duerme o procura dormir en una sala; el otro comprueba lo que habrá de sostener su peso. Estos preparativos avanzan por caminos distintos, pero confluyen en un mismo desenlace fijado por el reloj.
Antes de romper el alba, despiertan a Gentilucci. Asiste a misa, se confiesa y recibe los auxilios de la religión. Le sirven después comida y bebida. La narración lo muestra recobrando algunas fuerzas. Las necesitará para caminar, subir los peldaños, responder a las letanías: el celo que le prodigan no procura ya preservar su vida, sino permitirle sobrellevar con decoro su final.
Comparece entonces Mastro Titta. Se quita el sombrero y ofrece al ajusticiado una moneda destinada a celebrar una misa por su alma. Vuelve luego a cubrirse y le ata los brazos. La sucesión de ademanes no concede margen a la duda: la cortesía, la ofrenda, la soga. En estas páginas, el verdugo exhibe una conciencia profesional tan consumada que parece suplir cualquier otra. Se muestra deferente con aquel a quien va a matar, y tal cortesía no demora un ápice su faena.
Se forma el cortejo. Las cofradías abren la marcha, sucediéndose unas a otras en los cánticos. Los penitentes azules siguen a la cofradía de la Muerte; los blancos marchan a continuación, en el puesto de honor. Sus voces se alternan de modo que el canto jamás languidezca. Cuando un grupo enmudece, otro retoma el rezo: el recluso ni siquiera ha de atravesar un silencio entre dos plegarias. Los rostros ocultos bajo las capuchas confieren a esta escolta un orden impersonal, mientras que solo él ha de desfilar a cara descubierta. Los oficiales y agentes llegados de las villas comarcanas toman parte en la solemnidad. Gentilucci avanza rodeado de los hombres encargados de consolarlo; a sus espaldas, el ejecutor sostiene las cuerdas. No es ya la huida de un facineroso que busca una brecha entre la multitud. Todos se apartan para franquearle el paso hacia el lugar del que ninguna senda le permitirá regresar.
Frente a la horca, lo detienen junto a un pequeño altar. Una última oración precede al ascenso. El ejecutor lo guía de suerte que le hurta cuanto puede la vista del cadalso. Hay incluso, en el rigor del ceremonial, un empeño por dilatar todavía la percepción de lo que ya resulta irremediable. Los hombres toman posiciones en las escalas; las palabras sagradas prosiguen. Gentilucci responde hasta el último momento.
La horca da cumplimiento a la primera parte de la sentencia. El cadáver es luego descuartizado y expuesto a la pública expectación. El novelista atribuye al joven ejecutor una complacencia gélida ante su propia destreza; hace asimismo que el gentío admire la entereza del reo. De este modo, la misma concurrencia hallaría motivo de aprobación tanto en el coraje del ajusticiado como en la pericia de quien le da muerte. El ceremonial ha repartido los papeles con tal primor que cualquiera puede discernir en ellos una virtud.
Gentilucci permanece como el primer asiento del registro. Para él, aquella fecha clausura todo porvenir; para Mastro Titta, inaugura una carrera. El libro de 1891 convierte este desfase en un retrato sobrecogedor del oficio: el sentenciado no dispone más que de una postrera mañana, mientras que el ejecutor puede contemplar la suya como un aprendizaje coronado por el éxito. En Foligno, las tablas sirvieron a la postre. Quienes rehusaron venderlas no impidieron la horca; únicamente lograron no extender el recibo de su pago.
