—Falta un paolo —dijo el hombre.
Antonio alzó los ojos. Desde que lo habían conducido a aquella estancia, no había escuchado más que el tintineo de las llaves, la salmodia de una plegaria y las advertencias de un carcelero temeroso, ante todo, de pasar una mala noche. No aguardaba semejante queja de tendero. El hombre que permanecía de pie ante él sostenía una bolsa de lienzo abierta en la palma de la mano. Vestía una capa cuyo codo había sido remendado con un hilo excesivamente claro.
—¿Ha recuperado entonces el resto?
—Veintiséis.
El carcelero acercó el candil. Había autorizado el encuentro porque el recién llegado se presentó en compañía del sacerdote, sin proferir gritos ni amenazas. Ahora lamentaba su condescendencia. Al reo lo iban a ejecutar a la mañana siguiente, y he aquí que se reanudaba una rendición de cuentas.
Antonio miró la bolsa. La reconoció al instante. Había olvidado el rostro de aquel a quien despojó, pero no el pliegue de la tela, junto al cordel, donde las monedas se habían apiñado cuando se apoderó de ella. El recuerdo acudió a su memoria con una nitidez desapacible. Volvió la cabeza.
—Ya no lo tengo.
—Bien lo veo.
El hombre arrastró la banqueta y se sentó. Aquella libertad de modales soliviantó a Antonio. Se presentaba en la prisión como quien acude a cobrar una deuda, resuelto a tomarse todo el tiempo preciso. Sin embargo, el tiempo, en aquel lugar, no era ya un bien del que se dispusiera al antojo.
—Podrá contar que me ha visto —dijo Antonio—. Algo es algo.
—No he venido para hacer relatos.
El sacerdote permaneció junto a la puerta. En la escalera había escuchado lo que el visitante deseaba inquirir. No albergaba la certeza de que aquella entrevista sirviera de provecho a nadie, mas juzgó que un hombre al borde de la muerte aún conservaba el derecho a recibir una pregunta que no fuese la del verdugo.
—El último paolo —reanudó el visitante—, ¿qué hizo con él?
Antonio soltó una risa ahogada. Habría preferido una injuria. Ante un insulto habría podido defenderse, encogerse de hombros, volver a ser el tipo que no temía a nada. Ese cálculo exacto lo devolvía a un acto desprovisto de grandeza: una bolsa arrancada de cuajo, un hombre empujado con rudeza, veintisiete monedas que arrebató sencillamente porque estaban allí y porque se creyó con la fuerza suficiente para hacerlo.
—Comí —respondió.
El otro cerró despacio la bolsa.
—Eso es todo.
No añadió una palabra más. Antonio creyó al principio haber vencido. Luego advirtió que el visitante no hacía ademán de levantarse.
—¿Solo quería saber eso?
—Sí.
—Pues ya lo sabe.
—Sé lo que usted dice.
El carcelero entreabrió la boca, dispuesto a advertir que aquella conversación no podía prolongarse de forma indefinida. El sacerdote posó dos dedos sobre su manga. Había en la serenidad del visitante algo que distaba mucho de ser obstinación. Buscaba una respuesta más sencilla que la que acababan de ofrecerle, y harto más difícil.
—Cuando me quitó aquel dinero —dijo al cabo—, pensó que yo aún podría trabajar.
Antonio guardó silencio.
—Me vio en pie. Se dijo a sí mismo que un hombre en pie siempre halla otra moneda.
El prisionero contempló la mano que sostenía la bolsa. Dos dedos permanecían contraídos, y la costura de la capa apenas se movía cuando el hombre recogía el brazo contra el pecho. Ya no recordaba con precisión el forcejeo. En su memoria, había durado apenas lo justo para permitirle la huida. Las consecuencias no habían echado a andar con él.
—No pensé en sus manos.
—Eso es lo que quería saber.
Esta vez, el visitante se puso en pie. La banqueta chirrió contra las losas. Antonio experimentó una absurda impaciencia: aquel hombre obtenía su respuesta y se disponía a marcharse, a llevarse consigo la luz de la escalera, la calle, los días venideros. El reo quiso retenerlo sin acertar a saber con qué pretexto.
—Aguarde.
El visitante se volvió.
Antonio buscó en el bolsillo de su casaca. El carcelero dio un paso al frente, pero el preso tan solo extrajo un botón de cobre. Lo había arrancado esa misma tarde porque pendía de un hilo, y lo había guardado sin motivo alguno. Ahora lo sostenía entre el pulgar y el índice como una moneda vergonzosa.
—No me queda más que esto.
—Guárdeselo.
—No es por el paolo.
—¿Por qué, entonces?
Él mismo lo ignoraba. Había deseado entregar algo para dejar de ser únicamente el hombre que había tomado lo ajeno. El ademán se le antojó de pronto tan mezquino que apretó el puño. Habría podido implorar perdón; tal vez el clérigo no aguardaba otra palabra. Mas temía que se lo concediesen con excesiva presteza, del mismo modo que se reparte una manta a aquel cuya noche será breve.
El visitante guardó de nuevo la bolsa bajo su capa.
—Yo no le pedí que muriera —dijo.
Antonio alzó la cabeza con brusquedad.
—Pero voy a morir.
—Bien lo sé.
—Y usted se marchará con veintiséis.
—Sí.
Se miraron a los ojos. Las cuentas carecían ya de solución. El visitante no podía devolver una vida que no había segado; Antonio no podía borrar el despojo ofreciendo aquella que estaban a punto de arrebatarle. Entre ambos, el paolo que faltaba se había transformado casi en una nadería, y, no obstante, impedía que todo concluyese de forma cabal.
El sacerdote se apartó para franquearle el paso. En el umbral, el hombre vaciló un instante sobre cómo abrocharse la capa con una sola mano. Antonio presenció la maniobra y luego los dedos del carcelero, que acudieron en su auxilio sin mediar palabra. Aquel servicio minúsculo le dolió más que la inminencia del cadalso: revelaba aquello que no se había detenido a mirar cuando asaltó a su víctima.
La puerta se cerró. Antonio depositó el botón sobre la banqueta vacía. Había confiado, al desprenderlo, en que el visitante tendería la mano. Aquel gesto habría procurado un desenlace cómodo: el ladrón ofrecía, el despojado aceptaba, y cada cual podía arrogarse en adelante un digno papel. Pero el hombre había dejado el cobre sobre la madera. Antonio lo volteó con la yema del dedo; en el envés colgaba todavía un jirón de hilo. Ya no intentaría hacerlo pasar por una restitución. Cuando el carcelero acudiese a buscarlo, no sería más que un botón abandonado en un aposento donde nadie volvería a vestir sus ropas.
—¿Desea rezar? —preguntó el sacerdote.
—Quisiera recordarlo de otro modo que no fuera por esa bolsa.
El sacerdote tomó asiento a su vez. No le propuso jaculatoria alguna. Antonio comenzó a describir la capa, los dos dedos rígidos, el hilo claro en la codera. Se interrumpía, reanudaba el hilo de la voz, enmendaba un detalle. Por primera vez desde el asalto, el hombre despojado ocupaba en su memoria un espacio más vasto que el dinero.
Al día siguiente, 5 de febrero de 1803, Antonio Lavagnini fue ahorcado en Zagarolo; su cadáver fue descuartizado a continuación. El registro del verdugo consignó el importe del robo: veintisiete paolos. Veintisiete: tal cifra cabía por entero en la misma línea en que se desvanecía un hombre.
