El asesino había encontrado a los guardias
Franz Laubler cruzó el mercado, llegó a la calle del Castillo y se presentó ante la guardia de corps. Acababa de matar a un pastor. Quienes lo recibieron habían sido sus camaradas; lo retuvieron, reforzaron la guardia y aguardaron a que se dispusiera su traslado. Fuera, sin embargo, el crimen corría más deprisa que la justicia. Antes de que un tribunal dictara sentencia, una parte de Dresde ya había comenzado a elegir a otros culpables.
Era el 21 de mayo de 1726. Hermann Joachim Hahn, predicador de la Kreuzkirche, había sido asesinado en su domicilio a plena luz del día. La noticia arrastraba consigo una circunstancia peligrosa: su asesino era un antiguo católico convertido al luteranismo que, según se decía, había regresado a su primera Iglesia. En una ciudad donde las filiaciones religiosas fracturaban la confianza, bastaba un instante para transformar el acto de un individuo en una acusación contra todos cuantos compartían su confesión.
Aquel que había abierto una puerta
Hahn conocía a Laubler. Lo había instruido en la fe luterana y lo había recomendado para ingresar en la guardia montada. Su intercesión había alcanzado, por tanto, tanto la conciencia como la subsistencia material del futuro homicida: una religión, un oficio, un lugar en la ciudad. La relación impresa publicada pocos días después del crimen evoca estos favores con la indignación propia de quienes descubren en el asesinato la más monstruosa de las ingratitudes.
Laubler había abandonado la guardia tiempo atrás, a petición propia. El autor del pliego contemporáneo asegura que llevaba consigo su certificado de licenciamiento. Este modesto papel reviste mayor trascendencia de la que aparenta: se hallaban ante un hombre capaz de probar que había pertenecido a un cuerpo honorable, aun cuando acababa de perpetrar un acto que volvía dicha pertenencia casi inconcebible a ojos de sus antiguos compañeros.
En cuanto a sus vaivenes religiosos, la misma publicación guarda una reserva que conviene preservar. Refiere que el reo se habría aproximado recientemente al catolicismo. En torno a esta conversión se debatirían influencias e intenciones con creciente vehemencia. Sin embargo, la crónica del 25 de mayo no aporta orden alguna de matar emanada de una Iglesia. El desasosiego interior de un hombre y las maquinaciones atribuidas a una comunidad no constituyen el mismo asunto.
Una visita a la hora del yantar
El martes, hacia la una de la tarde, Laubler acudió a la vivienda del pastor. Hahn se encontraba a la mesa. El visitante pidió hablar con él y le hizo salir de la estancia donde comía. El acceso conservaba las formas de una visita privada: un conocido llamaba a la puerta de quien antaño le había tendido la mano. Para aproximarse a su víctima, no hubo necesidad de forzar un umbral al que la confianza ya le había franqueado el paso.
Tras cruzar unas pocas palabras, Laubler lo agredió. Trató de reducirlo con una cuerda y recurrió después a un cuchillo. El folleto consigna seis heridas; relatos posteriores señalan en ocasiones un número distinto. Esta aritmética no altera el desenlace. Hahn pereció a causa del ataque en su propia casa, cuando su jornada había dado comienzo con las ocupaciones ordinarias de un ministro del culto.
El homicida huyó acto seguido hacia el castillo. Los guardias lo retuvieron en cuanto se conoció el crimen. Al anochecer, fue preciso organizar una escolta formidable para trasladarlo al cuerpo de guardia del ayuntamiento y, con posterioridad, a la prisión. El pliego alude a más de doscientos hombres. Tal despliegue ya no respondía únicamente al deber de custodiar a un acusado: medía el estado de una urbe donde su simple tránsito amenazaba con desatar un segundo desastre.
Ventanas para responder a un cuchillo
En las calles, varios católicos fueron ultrajados, amenazados y agredidos. La multitud les exigía responder por un delito con el que su mera filiación religiosa bastaba para vincularlos. Cundían rumores sobre otros pastores bajo amenaza. El miedo sumaba así futuras víctimas al difunto cierto, y semejante adición precipitaba a cada transeúnte a creerse en legítima defensa.
El gobernador Wackerbarth ordenó tomar las calles y redoblar las patrullas. Varios de los agredidos hubieron de refugiarse bajo amparo militar en los puestos de guardia. Para ellos, el soldado no representaba aquel día una potestad ajena a su desdicha: era la presencia capaz de impedir que los vecinos transformasen la sospecha en violencia ciega.
A la mañana siguiente, la tensión se adentró en la Kreuzkirche. Durante el sermón, algunos creyeron reconocer a católicos por los ademanes que hacían. La crónica de la época precisa que tal identificación carecía de fundamento. El tumulto estalló a pesar de todo, y el predicador se vio obligado a interrumpir su oratoria. Habían acudido a escuchar la palabra de Dios; el templo se entregaba ahora a una cacería de enemigos.
Varias turbas se dirigieron de inmediato hacia las viviendas de los católicos. Se rompieron cristales y se intentó arrancar a los moradores de sus hogares. La muerte de Hahn servía ya de pretexto a atropellos cuyos autores él jamás habría podido nombrar, ni a cuyas víctimas habría podido reconocer. La ciudad pretendía vengar a un pastor convirtiendo el credo de cada cual en una zozobra doméstica.
Restituir el crimen a su autor
El gobernador y las autoridades municipales hubieron de intervenir una vez más. Wackerbarth se dejó ver por las calles; las patrullas disolvieron a los alborotadores. Llegaron nuevas unidades militares que acamparon en los accesos a la ciudad. La relación del 25 de mayo asegura que resultaron heridos varios fieles de ambas confesiones, pero que no hubo que lamentar ninguna muerte adicional. Esta última precisión otorga a la represión del tumulto su fruto más tangible: el rumor homicida no logró cobrarse todas las vidas que amenazaba con segar.
Las exequias de Hahn se celebraron el 24 de mayo en la más estricta intimidad, bajo la escolta de ciudadanos armados. Incluso el cortejo del difunto demandaba semejantes cautelas. El pliego traza de él la semblanza de un mártir, recuerda a su padre y a su hermano —ambos pastores— e insta a los vecinos a recobrar el sosiego. Su voz es la de un leal defensor del ministro asesinado; condena, no obstante, el desvarío que había puesto en peligro a tantos inocentes.
Laubler permanecía entre rejas. La instrucción y la sentencia siguieron su curso ordinario, mientras la calle continuaba atribuyéndole inductores, doctrinas secretas y una encomienda siniestra. Los testimonios impresos que aquí se rescatan no autorizan a elevar tales recelos a la categoría de conspiración probada. El asesino arrastraba un historial de fe mudable; la ciudad albergaba rencillas inveteradas. La colisión de ambos factores explica la propagación del conflicto, mas no convierte a cada católico en cómplice.
El 18 de julio de 1726, Laubler fue ajusticiado públicamente en el Altmarkt. Otro folleto de la época, cuyo título daba noticia del suplicio, fijó de inmediato aquel desenlace en la letra de molde. La justicia había arrebatado al reo de la custodia castrense, lo había condenado y lo había entregado al suplicio de la rueda. La misma plaza por la que había huido tras perpetrar el crimen se convertía en el escenario de su ejecución.
Sería tentador dar por clausurado el episodio con este retorno final. Mas, entre uno y otro paso de Laubler, hubo familias enteras que atrancaron sus puertas por una culpa que no habían cometido. Hahn fue asesinado porque un hombre cruzó su umbral; otros estuvieron a punto de perecer porque la multitud pretendía cruzar el suyo. La memoria de Dresde conserva estos dos umbrales, y es el segundo el que impide confundir la venganza con la justicia.
