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Justicia y escándalos · Inglaterra

Los sacos de las Minories

Tras el robo sufrido por Francis Tryon en enero de 1663, el coronel James Turner se presenta como el único capaz de recuperar el dinero y las joyas. Sin embargo, unos sacos ocultos en las Minories, testimonios vacilantes y la reaparición de un collar lo conducen al patíbulo, mientras varios miembros de su familia resultan absueltos.

Francis Tryon despertó con dos hombres apostados a los pies de su cama. No respondieron cuando les preguntó quiénes eran. Lo amordazaron, lo ataron y registraron minuciosamente la casa. Sus criados habían salido a cenar; para cuando Tryon logró arrastrarse hasta la ventana y pedir auxilio, los intrusos ya se habían llevado sus alhajas y su dinero. Al amanecer, en la morada del mercader de Lime Street, una pregunta se impuso a los investigadores: ¿cómo habían dado los ladrones, sin forzar cerradura alguna, con las estancias y los arcones que solo los allegados a la casa conocían?

La crónica judicial publicada por George Borrow en 1825 recoge este proceso bajo el nombre del coronel James Turner y de varios miembros de su familia. El relato sitúa el robo en la residencia de Tryon el 7 de enero de 1663; otros pasajes indican que la noche correspondía a un jueves, sin llegar a resolver con exactitud el calendario. Las sumas sustraídas difieren igualmente según los testimonios. Basta con retener lo esencial: se habían llevado dinero, perlas y otras joyas de gran valor; Tryon había sido atado y vejado.

La confianza de la que gozaba el coronel no tardó en volverlo sospechoso. Frecuentaba la casa, conocía al detalle las costumbres de Tryon y solía acudir para examinar gemas. El criado Hill declaró haber oído a Turner proponer, el año anterior, la redacción de un falso testamento a favor del propio coronel y de otros dos individuos. Turner replicó que la conversación no había sido más que una chanza. Aunque la acusación no probaba por sí sola su participación en el robo, explicaba con elocuencia por qué las sospechas recaían sobre un hombre que sabía con certeza dónde buscar.

Lejos de desaparecer, Turner se involucró activamente en la búsqueda de los bienes. Llegó a afirmar que los ladrones eran conocidos suyos, pero que dos desconocidos se habían excedido de sus instrucciones al violentar a Tryon. Anunció que restituiría el dinero y las joyas antes de las tres. Al día siguiente, el regidor Thomas Aleyn lo sorprendió en una tienda de las Minories con la mano metida en un cofre, junto a varios sacos que contenían centenares de libras. Al ser interrogado sobre el origen de tales sumas, Turner aseguró haberlas recibido de un orfebre cuyo nombre no recordaba. Admitió después haberlas trasladado con ayuda de su esposa y de sus hijos, a la espera de que «amainara esta locura».

Lejos de cerrar el caso, aquella escena no hizo más que abrirlo. Turner acompañó a Aleyn a casa de Tryon y prometió que el resto no tardaría en llegar. Se le concedió un momento de libertad. Más tarde, al ser arrestado por los alguaciles en virtud de una acción civil, arguyó que no había devuelto los bienes porque se lo impedían. Urgía a que lo dejaran salir para dar caza al ladrón, aseveraba saber dónde encontrarlo y rogaba luego que mandasen llamar a su mujer. Esta marchó a Tower Hill y regresó con más sacos. En ellos se reconoció la casi totalidad de las alhajas. Faltaba aún un collar de rubíes y diamantes, tasado en doscientas libras. Turner afirmó que también este caería en sus manos y se ofreció a garantizar por escrito las seiscientas libras restantes.

A medida que la pesquisa avanzaba, los objetos recuperados cobraban mayor peso que sus promesas. Varios testigos declararon haber visto a Turner trasladar cinco sacos, negar luego haber transportado suma alguna y contradecirse finalmente sobre su procedencia. Un saco ostentaba un sello que los mercaderes cotejaron con el de una carta del obispo de Chichester, juzgándolos idénticos. Otra deposición atribuía dicho sello al obispo de Winchester. Estas discrepancias de detalle pertenecen a la relación de 1825; en ambos casos, los declarantes coincidían en que el dinero no pertenecía a Turner, al contrario de cuanto él porfiaba.

El rastro de su familia siguió la misma senda que el del dinero. Elizabeth Fry relató que, de madrugada, la señora Turner se había presentado a pedirle un arcón para poner a salvo los caudales de un comerciante arruinado. Decía obrar por conmiseración hacia una madre y sus siete hijos, y rogó que se arrancaran los sellos de los sacos a fin de borrar su procedencia. Poco después llegó el marido; ofrecieron veinte chelines por el favor y exigieron el más riguroso secreto. La señora Fry refirió asimismo que cinco sacos habían sido depositados en su vivienda. El testimonio no demostraba que la familia hubiese perpetrado el allanamiento, pero describía una maniobra concertada para ocultar el botín tras el golpe.

Otros declarantes situaron a John Turner junto a su padre durante el trasiego de los sacos; John admitió haber llevado dos de ellos desde Tower Hill hasta la tienda de las Minories, aunque alegó haberlos recibido de un individuo llamado Wild. Semejante versión situaba la entrega a plena luz del día y de manos de un ladrón consuetudinario, lo que el tribunal acogió con manifiesta incredulidad. William Turner negó en un principio haber visto a su padre en los últimos tres años, si bien varios testigos aseguraron haberlos visto juntos la semana previa al crimen. Llegada la hora de deslindar las responsabilidades, el peso de la prueba no resultó homogéneo: el tribunal ordenó la absolución de Mary, al considerar que había obrado bajo las órdenes de su esposo, y no halló indicios suficientes contra Ely.

La imputación contra James descansaba sobre un haz de indicios mucho más sólido: su intimidad con la casa, sus versiones cambiantes, el dinero oculto, las joyas devueltas por su esposa y sus propias descripciones del asalto. El criado Hill afirmó que Turner le había confiado que un hombre se había emboscado en la vivienda antes del anochecer para franquear el paso a los demás. Un sargento aportó otra variante: uno de los cómplices habría descendido a la bodega durante el día, tomado una llave junto al lecho de Tryon e introducido a la banda. Tryon creyó reconocer a William entre los hombres inclinados sobre su cama, sin afirmarlo con total certeza. El coronel, por su parte, sostuvo que el autor material era un tal Wild, con quien pretendía haber negociado la entrega de lo robado. Los relatos se entrecruzaban sin llegar a componer jamás una narración coherente.

Durante el juicio, Turner insistió en que su único propósito había sido rastrear a los malhechores y recobrar los bienes para su amigo. Justificó el traslado de los sacos mediante un pacto con Wild, quien supuestamente se había comprometido a restituir lo restante si el coronel renunciaba a perseguirlo. Cuando el juez le preguntó cómo era posible que hubiera retenido a un hombre desarmado para luego dejarlo marchar y regresar con secuaces, Turner respondió que ambos habían empeñado su alma en el acuerdo. El magistrado desestimó la explicación, tildándola de burda invención. Varios testigos de descargo comparecieron para avalar la reputación de Turner: lo conocían como a un caballero de confianza y lo habían visto manejar gemas de inmenso valor. A su juicio, un hombre de fortuna acomodada no tenía necesidad de jugarse el honor en un vulgar allanamiento. Correspondía pues al jurado sopesar estos testimonios de probidad frente a la mudez de los sacos, los objetos requisados y las contradicciones irreconciliables.

El veredicto se desdobló. James Turner fue declarado culpable; los demás encausados resultaron absueltos. El 19 de enero, el tribunal lo sentenció a muerte. Murió en la horca dos días después, en Leadenhall Street, junto a Lime Street, a pocos pasos de la misma morada que afirmó haber querido socorrer. Antes de expirar, Turner confesó haber participado en el asalto con William, un individuo apellidado White y un camarada de este. Sostuvo hasta el final que ni su esposa ni sus hijos tenían conocimiento del plan. Asimismo, hizo entrega del collar de rubíes y diamantes que hasta entonces continuaba en paradero desconocido.

En esta postrera confesión, la familia quedaba al fin al margen del núcleo de la culpa. La crónica no disipa todas las sombras sobre el modo en que los ladrones penetraron en el inmueble ni sobre la cuenta exacta de los bienes sustraídos; evidencia, en cambio, la pendiente fatal que precipitó la caída del coronel: de salvador imprescindible de la hacienda ajena pasó a tenedor de los sacos, para terminar como un reo incapaz de sostener una sola verdad. La alhaja devuelta al pie del cadalso clausura la historia sin borrar la violencia infligida a Tryon. En una mansión abierta por una mano amiga, el auxilio y la sospecha compartieron, durante unos días, el mismo rostro.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La compilación recoge los testimonios sobre el robo a Francis Tryon, el trasiego y posterior restitución de los bienes, y el grado de implicación atribuido a los cinco Turner. James fue condenado; John, William, Mary y Ely fueron absueltos, a tenor de las actas. Las referencias procesales y los cómputos semanales no ofrecen un cómputo cronológico coherente, y los caudales declarados varían según los testigos.

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