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Justicia y escándalos · Italia

Los tablones del balcón

Un padre asesinado, una caída fingida y una familia ante la justicia del papa: el cautiverio de Beatrice Cenci condujo a un crimen sobre el cual Roma jamás sabría pronunciarse con una sola voz.

Era preciso que la madera hubiera cedido antes que el hombre. En el suelo del balcón, los asesinos practicaron una abertura; debajo, el cuerpo de Francesco Cenci debía narrar la historia de una caída fortuita. La mirada de los curiosos debía ir del balcón roto al cadáver y detenerse allí, satisfecha ante semejante indicio engañoso. Un accidente no precisa cómplices. No necesita la cólera de una hija, el concurso de un hijo ni la presencia furtiva de dos hombres en una alcoba. Bastaba, pues, mover unos pocos tablones para borrar a una familia entera del escenario del crimen.

Francesco Cenci fue asesinado en Petrella Salto, en septiembre de 1598. Dejaba tras de sí una fortuna considerable, unos hijos sublevados en su contra y dos mujeres para quienes había convertido su casa en un presidio. La justicia no tardaría en indagar cómo había muerto. Roma se preguntaría muy pronto por qué nadie había impedido que sus allegados llegaran a tal extremo.

La riqueza jamás había hecho de aquel hombre alguien fácil de tratar. Heredero de un prelado enriquecido en los cargos públicos, Francesco poseía palacios, tierras y rentas cuyo usufructo defendía con saña. No obstante, sus excesos y violencias lo exponían a onerosas sanciones. Pagaba las consecuencias de sus actos y luego descargaba sobre los suyos una autoridad que nada, en el seno del hogar, parecía capaz de contener. El dinero abría las puertas que amenazaban con cerrarse sobre él; para su hija, en cambio, servía para mantenerlas selladas.

En 1595, Beatrice y su madrastra Lucrezia Petroni fueron confinadas en la fortaleza de Petrella Salto, propiedad de los Colonna. Aquel paraje las apartaba de Roma y de todos aquellos cerca de quienes habrían podido implorar amparo. Las disputas con los varones ya habían desgarrado a la estirpe. Para Beatrice, la reclusión impuesta por su padre cercenaba hasta la mera perspectiva de otra existencia: marcharse, desposarse, disponer de un porvenir ajeno a la voluntad paterna.

El relato de Stendhal, redactado mucho después a partir de una antigua relación de sucesos, convierte estas violencias domésticas en el resorte de una tragedia. Lleva el retrato de Francesco hasta los linderos de la monstruosidad y atribuye a las mujeres llamadas de auxilio que cayeron en el vacío. La historia literaria confluye aquí con una realidad documentada con mayor sobriedad: ambas mujeres vivían encerradas, maltratadas, y el yugo se endurecía por días. El padre se creía dueño del término de aquel encierro. Sus parientes comenzaron a preparar el fin de sus días.

Beatrice entró en una conjura en la que participaron su hermano Giacomo, Olimpio Calvetti y Marzio. Olimpio conocía bien la fortaleza, de la que había sido castellano. La vecindad de los lugares y de las personas hacía factible lo que un adversario foráneo difícilmente habría podido emprender. Para alcanzar a Francesco hacían falta brazos capaces de aproximarse a su descanso; para disimular su muerte, gentes capaces de permanecer en la morada una vez consumada.

En la versión transmitida por Stendhal, un primer designio consistía en hacerlo secuestrar por bandoleros para luego demorar el pago del rescate hasta que los captores lo mataran. La estratagema fracasó. El novelista refiere a continuación los mensajes intercambiados bajo las ventanas, los compromisos pecuniarios y la introducción clandestina de los hombres en el castillo. La cólera ya no basta: se transforma en un engranaje. Con cada intermediario, el secreto crece en la misma medida en que aumenta el número de quienes pueden traicionarlo.

Francesco fue ultimado por los ejecutores de la trama. Su cuerpo fue arrojado desde el balcón y se dispuso el entarimado para inducir a creer que la caída se había iniciado allí. Beatrice estaba presente. La muerte debía, al fin, emancipar a las mujeres de la fortaleza; ambas regresaron a Roma. Pero la casa recuperada no era aún un refugio. A la distancia, las turbias circunstancias del deceso levantaban ya las sospechas de la justicia.

Las autoridades de los Colonna, del reino de Nápoles y del gobierno pontificio tomaron cartas en el asunto. En la relación que recogió Stendhal, una sábana manchada de sangre, confiada a una lavandera, se erige en indicio capital: la explicación ofrecida por Beatrice no se avenía, a ojos de la mujer, con la naturaleza de las manchas observadas. Esta escena pertenece a la tradición del relato; trasluce asimismo la flaqueza de la estratagema. Una caída explicaba la postura del cadáver, mas no bastaba para borrar lo acaecido entre las cuatro paredes de la alcoba.

Comenzaron las detenciones. Giacomo y Bernardo fueron encarcelados, y poco después, las mujeres. Marzio cayó en manos de la justicia y pereció bajo el tormento. Olimpio fue asesinado para evitar que confirmara las responsabilidades familiares. Quienes habían aceptado perpetrar el homicidio ya no eran simples secuaces a sueldo: se habían trocado en testigos a los que urgía acallar. Un segundo crimen debía sepultar al primero en la sombra; no hizo sino ensanchar la causa judicial.

El interrogatorio de los Cenci vino acompañado también del potro de tortura. Sus declaraciones pasaron a engrosar un legajo donde las sevicias del padre se confrontaban con la determinación premeditada de darle muerte. La dificultad de la defensa radicaba por entero en ese abismo. Lograr que se reconociera la opresión padecida no desvanecía los preparativos del homicidio; probar la conspiración tampoco abolía los años de tiranía y vejaciones.

Prospero Farinaccio, entre los letrados de la defensa, intentó salvar a Beatrice alegando las violencias sexuales perpetradas por su padre. La veracidad de tales abusos y su peso en el procedimiento siguen siendo objeto de controversia entre las fuentes. Stendhal los da por ciertos; el historiador Corrado Ricci juzgaba, por el contrario, que fue un argumento urdido tardíamente como recurso de la defensa. Esta divergencia ha contribuido a fracturar la memoria del proceso. Un extremo, con todo, permanecía fuera de duda: en Petrella, la tutela paterna se había trocado en una reclusión impuesta por la fuerza bruta.

Clemente VIII no cedió. El 10 de septiembre de 1599, la condena cayó con rigor sobre los bienes y los cuerpos. Giacomo debía sufrir un suplicio particularmente atroz; Beatrice y Lucrezia serían decapitadas. Bernardo conservaría la vida, mas con la obligación de presenciar la ejecución de los suyos antes de ser conducido a las galeras. La gracia otorgada al benjamín entrañaba así un calvario que ninguna palabra de indulto alcanzaba a mitigar.

Al día siguiente, una muchedumbre inmensa se agolpó en las inmediaciones del puente de Sant'Angelo. Acudía a ver morir a la familia de la que Roma entera hablaba desde hacía meses. Beatrice contaba veintidós años. Su entereza, su juventud y los tormentos que había soportado despertaron una compasión que la sentencia no compartía. Lucrezia, Beatrice y Giacomo fueron ejecutados; Bernardo vio cumplirse el fallo que a él le perdonaba la vida.

Los bienes fueron confiscados, las voces de los reos se extinguieron, pero la causa no quedó sepultada. En torno a Beatrice floreció la imagen de una mártir inocente, en ocasiones a expensas de eclipsar el homicidio en el que había tomado parte. Los tablones del balcón no habían logrado mudar un asesinato en accidente. El cadalso, a su vez, no logró transformar todo el sufrimiento de aquella casa en una culpa sin atenuantes.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Esta crónica confronta la monografía histórica de Corrado Ricci (1931) con la relación literaria recogida por Stendhal. Los episodios del rescate frustrado, los mensajes furtivos y la sábana ensangrentada se atribuyen expresamente a esta última. La veracidad y la calificación jurídica de los abusos sexuales permanecen sujetas a debate; no se presentan aquí como un hecho incontrovertible. Las confesiones fueron obtenidas mediante tormento procesal. Beatrice contaba veintidós años al momento de su muerte, y no dieciséis como repite Stendhal. No se ha añadido ningún diálogo ficticio.

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