Fueron, en un principio, unas puertas cerradas lo que alarmó a Philippe Cayrel. Al regresar a solas de la fiesta patronal hacia la medianoche del 14 de octubre de 1877, quiso cruzar el pajar y el establo para entrar en su vivienda de Benne, en el término municipal de Camburat. Aquel pasaje le resultaba familiar; sin embargo, aquella noche las llaves habían desaparecido. Rodeó la edificación, halló la casa abierta y llamó a su suegra. La viuda Cajarc, a quien habían dejado al cuidado del lugar mientras la familia acudía a la fiesta, no respondió. Cayrel pidió lumbre a un vecino y, en la estancia del lagar, descubrió su cadáver.
La finada tenía cincuenta y tres años. Las heridas en la cabeza daban testimonio de una violencia que el primero en llegar apenas acertó a concebir: al anunciar el hallazgo a los vecinos, llegó a creer que el rostro había sufrido el ataque de una alimaña. Quienes lo acompañaron hallaron una linterna apagada y medio rota, sangre en las manos de la víctima y las huellas de la agresión contra la pared. El desorden se circunscribía al entorno del cuerpo. En el resto de la casa, la investigación no constató indicio alguno de registro ni objeto sustraído. La justicia se disponía a esclarecer una muerte que el robo no parecía haber motivado.
Las sospechas del pueblo recayeron de inmediato en Jean Orlivie. Este hombre de cuarenta y seis años, natural de Corrèze, trabajaba como bracero y reparaba paraguas en sus desplazamientos. Había servido cerca de una semana en casa de Cayrel y dejado el empleo tres días antes del crimen. Los lugareños referían sus expresiones descomedidas, su actitud hacia la viuda y su disgusto por el jornal percibido. La acusación incorporó dichas observaciones al sumario. Reflejaban el sentir del vecindario hacia su persona, si bien no revelaban todavía lo acontecido en la sala del lagar.
Cierto detalle de la casa cobró entonces una relevancia capital en la instrucción. El pico empleado para la agresión solía guardarse en un rincón, junto al lagar. En cuanto al pajar y el establo, los vecinos de Benne acostumbraban cruzarlos para ir a Camburat o volver de allí. Cerrar aquel paso podía, por ende, impedir que alguien bordeara la vivienda en un instante inoportuno. A ojos de la fiscalía, la elección de la herramienta y tal precaución delataban un conocimiento del terreno que la estancia de Orlivie justificaba con creces. La puerta ante la cual Cayrel se había detenido a su regreso se transformaba así en una pieza más del razonamiento judicial.
Restaba situar al procesado en el camino y a la hora del crimen. Dos testigos afirmaron haber oído, hacia las nueve menos cuarto de la noche, un grito procedente de los alrededores de la casa. La autopsia fijaba el deceso pocas horas después de la cena. Orlivie reconocía, por su parte, haber partido de Ceint-d’Eau, en el término de Figeac, entre las siete y media y las ocho de la tarde rumbo a Camburat. Personas con las que se cruzó en la ruta le habían preguntado dónde pasaría la noche; según las actuaciones, declaró que iría a casa de la viuda Cajarc y que estarían a solas. Estaba al corriente de la partida de los hijos a la fiesta, pues la invitación se había cursado en su presencia.
Orlivie admitió haber transitado cerca de la vivienda, pero dicho paso no constituía confesión alguna de homicidio. El juzgado de instrucción le hizo repetir el itinerario en su compañía: se tardaba una hora y cinco minutos en cubrir la distancia entre Ceint-d’Eau y la finca. La acusación cotejó este dato con la hora de salida declarada y el grito escuchado por los testigos: Orlivie bien pudo hallarse en las inmediaciones entre las ocho y media y las nueve. El camino que aquel hombre recorría en busca de trabajo devenía así en una medida, y dicha medida servía para estrechar a su alrededor la sucesión de los hechos.
Al día siguiente, las conversaciones del pueblo le depararon interlocutores cuyas palabras habrían de ser recogidas a su vez. Cerca de la alcaldía, los habitantes comentaban la muerte de la viuda. Un testigo divisó a Orlivie sentado sobre una piedra, frotándose los pies contra el suelo y bajándose los bajos del pantalón. Cuando le comunicaron el crimen, no manifestó deseo de acudir al lugar de los hechos. La testifical lo describía impaciente por marcharse; no obstante, los salvoconductos que requería para viajar no podían expedirse en ausencia del alcalde. Sobre todo, rebatió la hipótesis del robo y aseveró que a la viuda la habían matado por inquina personal.
Tales declaraciones cobraron, para los investigadores, un relieve singular una vez verificada la ausencia de robo en la morada. Se confrontaron con las que Orlivie pronunció después en Cardaillac. Buscaba allí medios para proseguir su camino y no llevaba encima, según consta en autos, más que quince céntimos. A quien le propuso volver por la tarde a reparar un paraguas, le contestó que tal vez estuviera detenido para entonces. Encontró, no obstante, ocupación en una posada. Allí, varios testigos dijeron haber visto temblar sus manos mientras faenaba y haberle oído anunciar el homicidio de la noche anterior.
Explicaba haber dormido a la intemperie, en Camburat, tras haber pasado por delante de la casa. Bebió vino y aludió luego a sus ropas: nadie podría, decía, reprocharle la presencia de sangre, puesto que no se hallaría vestigio alguno en su sayo. Insistió en la inexistencia de robo, adujo que no huía y que huir lo haría sospechoso. El relato fiscal concedió a tales palabras el peso de una inquietud delatora. Señala asimismo que, al anunciarse la llegada de los gendarmes, Orlivie exclamó que venían a prenderlo. Esta certidumbre del arresto pasó a engrosar el expediente; mas no reemplazaba las inspecciones oculares de la vivienda ni la reconstrucción del camino.
La causa fue vista a lo largo de tres sesiones, los días 15, 16 y 17 de mayo de 1878, ante la audiencia provincial del Lot. Declararon cuarenta y ocho testigos y el interrogatorio del encausado se prolongó cerca de seis horas. El corresponsal del diario lo describió sereno y dueño de sus respuestas. Orlivie persistió en negar el crimen. Admitió, por contra, hurtos independientes relativos a objetos hallados en su poder y perpetrados, según el sumario, de noche en casas habitadas. El tribunal debía examinar, por tanto, varios hechos inconexos; nada había sido sustraído en casa de la viuda Cajarc, y convenía no convertir los otros hurtos en el móvil de su muerte.
Dicho móvil, que la instrucción sumarial no había logrado desentrañar, ocupó el centro de dos declaraciones orales. Un testigo refirió que, la víspera del crimen, Orlivie había amenazado a la familia Cayrel y a la viuda por haberle mermado el salario en treinta sueldos. Otro aseguró haberle oído reiterar aquel agravio hora y media antes del homicidio, acompañando las palabras con un ademán hacia la casa. La crónica judicial consigna la honda impresión causada por estos testimonios y retiene la disputa salarial como explicación de la venganza. Fueron tales ecos referidos los que otorgaron a los treinta sueldos su lugar en el proceso: una cuantía insignificante, erigida en presunto detonante de una amenaza de muerte.
El jurado declaró a Orlivie culpable de asesinato con circunstancias atenuantes. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. La prensa no detalla su destino ni su suerte tras la vista. Conserva, empero, el itinerario por el cual la justicia transitó desde una puerta atrancada y un cadáver hallado en el lagar hasta unos horarios cotejados, unas confesiones recogidas y unas amenazas de viva voz. Cayrel se había marchado a la fiesta confiando la casa a su suegra. A su regreso, hubo de buscar las llaves y luego una luz; a la investigación judicial le correspondió, a su vez, desentrañar cómo un salario mermado pudo convertirse en la causa de una muerte.
