Bajo unos muebles viejos, en el interior de un pilón de piedra sellado con arcilla, fue hallado el cuerpo de Marguerite Bouges. Su hijo Pierre Barrié había asegurado a Jean y a Marie-Anne que su madre había fallecido tras un accidente en el camino de Montpellier, adonde un hombre llamado Cambonne debía conducirla para internarla en un hospicio. Dicho hombre resultaba inencontrable y no existía registro alguno del ingreso de Marguerite; el hallazgo, en cambio, se produjo en la casa familiar, en Cocural.
En septiembre de 1824, Pierre Barrié vivía solo con su madre en la residencia solariega. Marguerite contaba sesenta años. La crónica de Champagnac la describe aquejada de enajenación mental y refiere que sus hijos juzgaban indispensable recluirla en un hospicio, tanto por su propia seguridad como por la de todos. Pierre, el primogénito, asumió la gestión del asunto. Sus hermanos, Jean y Marie-Anne, se hallaban entonces en otros lugares de la comarca.
Pierre relató haber alcanzado un acuerdo con Alexandre-Frédéric Cambonne, comerciante en Espalion y propietario en Montpellier. Por la suma de cuatrocientos cuarenta francos, aquel hombre se comprometía a trasladar a Marguerite hasta Montpellier y a procurar su ingreso en una institución de beneficencia. Según la narración que Pierre hizo de la partida, la anciana se había resistido y los gendarmes de Espalion habían tenido que intervenir para reducirla. Añadió más tarde que el carruaje había volcado, que su madre se había fracturado el cráneo y que finalmente había expirado en un hospicio.
Los hermanos Barrié viajaban con frecuencia a París. En el transcurso de octubre de 1824, Pierre partió hacia la capital junto con Jean y Marie-Anne. En enero siguiente, sus hermanos supieron por boca suya que la madre había perecido en el vuelco del carruaje que la conducía a Montpellier. Pierre escribió asimismo a Cocural para que los restantes parientes guardaran luto. Los viajeros que regresaron con posterioridad de Montpellier no trajeron noticia alguna de Marguerite. En mayo, Jean volvió a la aldea con un recibo de cuatrocientos cuarenta francos, suscrito a nombre de Cambonne y facilitado por Pierre. Las pesquisas no arrojaron rastro de semejante individuo ni constancia del ingreso de Marguerite en Montpellier.
A medida que los forasteros retornaban de Montpellier sin novedades, una duda insidiosa arraigó en la aldea. Se murmuraba que Marguerite jamás había abandonado aquellas tierras. Los vecinos recordaron entonces a otro Pierre: ya no el hijo diligente encargado de llevar a su madre al hospicio, sino un hombre sombrío y desasosegado que, a finales de septiembre, les había rogado que lo dejaran pernoctar bajo su techo. Afirmaba no ser capaz de quedarse a solas en la casa familiar, donde el viento azotaba las puertas y cuyos crujidos lo sobrecogían de espanto.
Otra circunstancia atrajo de nuevo las miradas hacia la vivienda. Poco antes de marchar a París, Pierre había concertado un contrato de arrendamiento con su tío, reservándose para sí un pequeño cuchitril. Había clausurado su acceso mediante un tabique de tablas, tras haber hacinado en su interior leña y muebles desvencijados. El doctor Capoulade, médico de Albouze, al enterarse de que no aparecía la viuda Barrié, declaró que sería en aquel cuartucho donde podría encontrarse su cadáver. Sus palabras llegaron a oídos de la justicia. No señalaban un escondite ya registrado, sino un rincón que la propia casa parecía haber suprimido.
La comisión judicial se trasladó al aposento. Bajo el montón de muebles, dentro del pilón sellado con arcilla, descubrieron el cadáver. El estado de conservación permitía aún certificar su identidad. Jean reconoció a su madre; varios convecinos identificaron a Marguerite. Marie Crassels advirtió en la mano izquierda la ausencia de la primera falange de un dedo, perdida antaño a resultas de un panadizo. La mujer a quien la versión familiar daba por trasladada a Montpellier yacía allí, en Cocural, y cuantos la habían tratado pudieron señalar los rasgos inequívocos de su persona.
Pierre residía ya en París, en la calle del Bac, donde se ganaba la vida como aguador, oficio común a numerosos naturales de su región. La policía recibió orden de prenderlo y trasladarlo a Rodez. Ante el juez de instrucción, negó tajantemente toda intervención en el homicidio y se atuvo a la historia de Cambonne. Los padrones y registros de Montpellier y de Espalion no contenían indicio alguno de hombre con tal nombre; el hospicio de Montpellier jamás había admitido a su madre. Requerido a explicar la contradicción entre el óbito anunciado y el macabro hallazgo de Cocural, respondió: «¡Es obra de un milagro!».
Ante el tribunal de la audiencia provincial, el presidente le instó a detallar el episodio del cochero de punto entablado en París. Pierre sostuvo que aquel individuo lo había puesto en contacto con Cambonne, si bien confesó ignorar su nombre y señas; tampoco conocía el origen de Cambonne. Admitió no haber informado del pacto al letrado Jalabert, quien no obstante le había ofrecido su mediación para obtener una plaza para la anciana en un hospicio de Espalion o de Rodez. Aseguró asimismo no haberla despedido en el instante de la marcha, pretextando que tal trance le habría resultado insoportable. Varios testigos habían oído hablar de la intervención de los gendarmes por boca del propio Pierre; ante la sala, este aseveró que los deponentes erraban. En fin, afirmó haberse enterado de la defunción por una misiva llegada de Montpellier, aunque dijo haber olvidado el nombre del remitente. Al ser interrogado de nuevo sobre cómo había acabado su madre en el pilón de Cocural, declaró ignorarlo. La crónica consigna que dejaba caer la cabeza sobre el pecho ante cada pregunta.
Fueron oídos treinta y dos testigos. Varios reiteraron el comentario de Capoulade; el facultativo confirmó haberlo pronunciado y expuso los indicios que habían concitado su sospecha. No existían testigos presenciales del crimen. El ministerio público argumentó que la concatenación de los hechos suplía con creces dicha carencia y cualquier duda sobre la materialidad del hecho delictivo: la fingida partida, la inexistencia de Cambonne, el hospicio que jamás acogió a Marguerite, el cuchitril tapiado y, en fin, el cadáver oculto en el pilón.
El letrado Grandet asumió la defensa de Pierre. Habiendo actuado ya en el célebre caso Fualdès, Champagnac refiere que varios pasajes de su alegato causaron honda impresión entre el público. Con todo, el jurado dictó un veredicto de culpabilidad en todos sus extremos. El 17 de noviembre de 1826, el tribunal condenó a Pierre Barrié a la pena de muerte. Al escuchar el fallo, su abatimiento se hizo patente; los gendarmes hubieron de sostenerlo en vilo para conducirlo hasta las celdas.
El Tribunal de Casación desestimó su recurso y el monarca denegó la petición de clemencia. El 19 de febrero de 1827, en Rodez, Pierre fue transportado en carreta hasta el patíbulo, descalzo, en camisa y con el rostro velado por un cendal negro. El capellán de prisiones iba a su lado; el reo, mustio y postrado, parecía escuchar con devoción sus últimas exhortaciones.
A partir de su condena, había sustituido la fábula de Cambonne por otra declaración. Aseguraba en lo sucesivo que su madre había muerto a consecuencia de una caída fortuita durante un acceso de demencia; que la había hallado ensangrentada y que la había escondido en el pilón presa del pánico a verse acusado si pedía auxilio. Fue esta la última explicación de Barrié recogida por Champagnac: situaba ya de manera incontestable el fallecimiento en el hogar de Cocural.
