En Weitersburg, una niña fue hallada aprisionada entre la puerta de un armario cerrado y el propio mueble. Katharina Zisgen tenía siete años. Su cabeza, su cuello y su hombro izquierdo estaban atrapados en la estrecha hendidura; el resto del cuerpo yacía fuera, doblado sobre sí mismo. El informe forense concluyó que la causa fue una asfixia lenta. La incógnita que ocupó a los instructores y, más tarde, a los jurados de Neuwied fue de índole mecánica: ¿había podido la criatura colocarse por sí misma en semejante postura, o alguien la había encajado allí?
La crónica titulada Der neue Pitaval, publicada en 1870, refiere que Katharina vivía con su padre, Jakob, albañil y jornalero, sus dos hermanos Peter y Matthias, de doce y diez años, y su madrastra Anna Barbara, de soltera Eich. Su madre había fallecido unos cinco años atrás. En la primavera de 1855, Jakob contrajo segundas nupcias con Anna Barbara, quien no tenía descendencia. La crónica ofrece asimismo las variantes Ziegen y Zisgen para el apellido paterno; designa casi siempre a la niña con la grafía de Katharina Zisgen. Estas discordancias tipográficas del registro no alteran la identidad de la familia, pero invitan a no tomar cada grafía por una certeza del estado civil.
El 28 de noviembre de 1855, entre la una y las dos de la tarde, el padre y los muchachos se habían marchado a sus faenas. Anna Barbara y Katharina quedaron solas en la vivienda, según la relación judicial. Las manzanas y nueces guardadas en el armario brindaron a la madrastra un descargo inmediato: la pequeña habría intentado cogerlas, habría introducido la cabeza por el resquicio de la puerta y luego no habría podido zafarse. Esta versión fue reiterada a lo largo del sumario. No resultaba inverosímil por su solo propósito; fue la configuración de la abertura, la postura del cadáver y la fuerza precisa para forzarla lo que la pondría a prueba.
Hacia la una y media llegó a la casa Peter Hahn, un zagal de nueve años. Anna Barbara le pidió que avisara a Katharina para que fuera a atizar la estufa. Peter la descubrió atrapada junto al armario. Alertó a la madrastra, quien llamó a voces a los vecinos. La mujer de Jakob Hahn acudió a su vez y sacó a la pequeña de la rendija; yacía sin vida. El texto insiste en que Anna Barbara no la retiró con sus propias manos. Refiere asimismo distintas explicaciones para sus dudas: o bien la embargó el pavor, o temió las acusaciones de su marido, o deseó contar con un testigo presente. Son testimonios asentados e interpretados a posteriori, no una ventana fidedigna a sus pensamientos íntimos de aquel instante.
La nueva corrió por la aldea antes del regreso de Jakob. Con todo, la pesquisa no se detuvo en la conducta de la madrastra tras el hallazgo, sino que indagó en la vida doméstica del hogar. Diversos testigos pintaron una casa sacudida por riñas y a un esposo brutal con su cónyuge y con los hijos. Se declaró que Anna Barbara se quejaba a menudo de los varones y que, respecto a Katharina, había exclamado que ojalá Dios se la llevase. La crónica transforma tales palabras en indicios de una inquina inveterada; su alcance debió ponderarse con recelo, pues los dichos ajenos no probaban un acto material ni una voluntad criminal.
Otras declaraciones ensombrecieron el cuadro acusatorio. Una inquilina, la mujer de Schmidt, refirió que Anna Barbara preparó una vez una sopa en la que creyó distinguir una materia negruzca, de sabor u olor extraños; jamás se aclaró qué sustancia era. Otra vecina habló de cal viva vertida en la leche destinada a la niña. También aquí el cronista engarza estos episodios con la muerte de Katharina y con un supuesto intento previo de dañarla, mas ningún análisis presentado en el proceso acreditó envenenamiento alguno. La defensa recusó la credibilidad de tales habladurías y las rencillas entre testigos salieron a relucir durante los debates.
Aquel mismo día, varios vecinos habían visto a Anna Barbara con la pequeña sin notar nada anómalo. Frau Drees, que estuvo en la casa poco antes del suceso, atestiguó haberlas visto juntas. Johann Zeizheim pasó asimismo por la morada. Otra vecina, la mujer de Kehr, aseguró haber oído a Katharina gritar o quejarse y a la madrastra dirigirle la palabra. Su deposición fue agriamente discutida: la hora precisa era incierta, sus palabras no se percibían con total nitidez y otros presentes no recordaban semejante lance. El Pitaval le concede un gran peso; conviene, empero, deslindar el testimonio de la conjetura.
El armario se convirtió en la pieza de convicción capital. Anna Barbara aseveró que la niña pudo colarse en busca de la fruta. Mantuvo asimismo que la puerta costaba de abrir y que la llave se había extraviado. Los pesquisas trataron de dilucidar qué había ocurrido con la cerradura y si el mueble había sufrido alteraciones entre el día del suceso y el juicio. La crónica consigna los traslados del armario, los cuartos donde se guardó y las condiciones de temperatura ambiental; los peritos concluyeron que ninguna modificación sustancial había facilitado su apertura. Al contrario: las reiteradas pruebas habrían holgado el cerrojo, haciendo que abrirlo más tarde resultase más fácil que en la fecha de autos.
En la vista oral, la hipótesis se dirimió mediante experimentos prácticos. Peter Hahn, de mayor edad y más robusto que Katharina, apenas logró separar la parte inferior de la puerta unas pocas pulgadas del armazón; otro zagal de similar edad y corpulencia tampoco logró abrirla lo bastante para meter la cabeza. El médico que practicó la autopsia probó a su vez y no consiguió mantener la cabeza dentro sin padecer dolor. Los peritos señalaron además que la luz se angostaba cerca de la cerradura. De haber deslizado la niña cabeza, cuello y hombro, la resistencia del maderamen y el perfil de la hendidura pesaban tanto como su menuda estatura.
Los facultativos que firmaron el informe inicial no comulgaban todos con la interpretación de estos ensayos. Los médicos forenses que practicaron la autopsia juzgaban que Katharina pudo quedar atrapada por sí misma al intentar alcanzar las manzanas. Se apoyaban en la postura del brazo, que estimaban compatible con semejante ademán, en las marcas de la cabeza y en la ausencia de lesiones cervicales, estrangulamiento o signos de una lucha enconada. Según su tesis, las señales del cuerpo se explicaban por la presión de la puerta contra el marco; ningún indicio forzaba, a su juicio, la intervención de un tercero.
El doctor Schild, citado como perito ante el tribunal, defendió la tesis contraria. Arguyó que la niña no pudo situarse por sí sola en la abertura ni avanzar más adentro para coger la fruta. Las marcas sobre las orejas y en el cráneo le parecían denotar un primer aprisionamiento seguido de un esfuerzo añadido para empujar el cuerpo. Planteaba la hipótesis de que alguien hubiera querido castigar o maltratar a la criatura prensándola contra el armario, sin haber resuelto de antemano su muerte. El ebanista Better y el consejero Stephan coincidieron con él en la imposibilidad práctica de un autoencierro. La postura de los forenses, no obstante, no decayó: uno de ellos ratificó su criterio en la vista y negó que los nuevos testimonios variasen la apreciación primera.
Se debatió, pues, no solo la autoría del hecho, sino el ánimo que lo presidió. El ministerio fiscal solicitó que los jurados apreciasen un homicidio doloso sin premeditación. La defensa insistió en la carencia de prueba directa, en la posibilidad del accidente y en las conclusiones de los forenses iniciales. Aun admitiendo la intervención humana, subsistía otro dilema: ¿quiso Anna Barbara matar a Katharina, o infligirle una severa corrección de la que la muerte fue un funesto resultado? La crónica del Pitaval no pretende escrutar su fuero interno; reconstruye ambas posibilidades a partir de los testimonios, las lesiones y el escenario del drama.
El juicio ante el tribunal del jurado de Neuwied comenzó el 10 de marzo de 1856 y concluyó al día siguiente. Se oyó a veintiséis testigos y a cuatro peritos, según la crónica. Conforme al escrutinio consignado en el Pitaval, el jurado respondió negativamente, por ocho votos contra cuatro, a la pregunta sobre el homicidio doloso sin premeditación, y contestó que sí por unanimidad a la cuestión subsidiaria: ¿había infligido Anna Barbara malos tratos intencionados a su hijastra que le causaron la muerte? Las circunstancias atenuantes se rechazaron por siete votos contra cinco y fueron desestimadas por la sala. Este veredicto no entraña una absolución general: deslinda la intención homicida, que fue rechazada, de las violencias dolosas con resultado de muerte, que fueron admitidas.
La condena fue de quince años de Zuchthaus, en virtud del artículo 194 del código penal citado en los autos. Tras la lectura de la sentencia, Anna Barbara se desplomó en el suelo y debió ser sacada en volandas de la sala. El Pitaval tacha este desmayo de simulación, antes de consignar que la reo clamó contra la injusticia del fallo. Días después, solicitó el auxilio de un sacerdote y manifestó que acataría la sentencia, que no interpondría recurso y que buscaría hacerse acreedora de la clemencia regia por su buen comportamiento en presidio. El cronista puntualiza que cuanto confió al confesor quedó bajo sigilo sacramental. Nada autoriza, por tanto, a colegir de allí una confesión de culpabilidad.
El narrador concluye celebrando el principio de oralidad del proceso, el cual habría disipado las dudas del juez instructor y quebrado la autoridad del primer informe facultativo. Esta conclusión no es sino su propio juicio, no un fundamento del veredicto judicial. El caso revela más bien una frontera precisa: los jurados no tuvieron por probada la voluntad homicida, pero sí apreciaron malos tratos de fatal desenlace. El armario no brindó una respuesta diáfana. Obligó a testigos, peritos y jurados a carear la viabilidad física, los relatos en conflicto y el enigma, harto más complejo, del dolo del agresor.
