En el momento en que Marie-Joseph Chassagnette compareció en solitario ante el Tribunal de lo Criminal de Puy-de-Dôme, el relato que había ofrecido sobre la muerte de su hermano ya había variado dos veces. En un principio, había hablado de un disparo efectuado en legítima defensa; más tarde, alegó un suicidio. Entre una y otra versión, un cadáver había sido desenterrado de un montículo, y la madre, enviada a juicio junto a él, había muerto antes de que diera comienzo la vista.
La sesión del 27 de mayo se abrió con la mención del procesado, de veintisiete años de edad, de quien la Gazette señalaba que su semblante dulce y simpático predisponía a su favor. Su madre, Marie Vacquand, viuda de Chassagnette, ya no estaba allí para ser oída por los jurados. Había fallecido escasos días antes en Clermont, en un asilo de alienados. El periódico conjeturaba que el remordimiento, o acaso el pavor a la pena capital, le habría hecho perder la razón; tal conjetura pertenecía, no obstante, a la pluma del cronista. Un auto judicial había decretado la separación de las causas, de suerte que solo el hijo menor ocupaba el banquillo de los acusados.
El escrito de acusación situaba los hechos en la aldea de Cluzel, perteneciente al municipio de Saint-Maurice. La madre residía con tres de sus hijos: Joseph, el primogénito, de treinta años; Marie-Joseph, y una hermana de dieciséis. La Gazette describía a Joseph como un ser casi privado de razón y tenido por inofensivo; apenas trabajaba y dependía del sustento familiar. El diario refería asimismo las privaciones que padecía y las violencias a las que su hermano lo sometía. La madre, a tenor de los testigos comparecientes, no disimulaba su aversión y repetía que la muerte de Joseph no supondría una gran pérdida. Incluso habría espetado a Marie-Joseph: «¡Si lo mataras, nos veríamos libres de él!».
Estas palabras contrastaban, sin embargo, con otras manifestaciones atribuidas al propio hijo. A un testigo, Marie-Joseph le había confesado que se vería obligado a alejarse de su hermano si este permanecía en el hogar, tan insostenible se había vuelto la convivencia; a otros les había manifestado su propósito de abandonar la comarca, añadiendo que su madre bien pudiera jugarle una mala pasada. Quedaba dibujado, por tanto, a la vez como un hombre sometido al ascendiente materno y como alguien capaz de amenazar a Joseph. La crónica de la época no desentrañaba semejante contradicción, dejándola instalada en el corazón mismo del proceso.
El 28 de enero, la gendarmería de Pionsat tuvo conocimiento de que Joseph llevaba varios días desaparecido. Los agentes interrogaron a Marie-Joseph en Cluzel, sin lograr en un primer momento dato preciso alguno. Esa misma noche, el joven se presentó voluntariamente en el cuartel y declaró que, el 18 de enero, hacia las cuatro y media de la tarde, se hallaba faenando con su hermano en el prado de Les Trémouilles, mientras la madre apacentaba las ovejas. Según esta primera versión, Joseph habría arremetido contra la madre para revolverse después contra él, derribándolo y asiéndolo por el cuello. Marie-Joseph afirmó haber disparado entonces una pistola en defensa propia, hiriendo a su hermano de un tiro en la boca. Manifestó su arrepentimiento, no sin culpar a su madre de haberlo instigado al crimen, y relató a renglón seguido que había sepultado el cadáver en el prado con el auxilio de esta.
Marie Vacquand, por su parte, ofreció una versión dispar. Situaba la escena al mediodía, y no a las cuatro y media; su hijo, según ella, habría sido agredido con una pala, y el disparo se habría producido fortuitamente en el fragor de la refriega. Ambos testimonios chocaban, pues, en lo relativo a la hora, a la agresión y a la intencionalidad del disparo. Restaba además dilucidar por qué se había ocultado el cuerpo bajo tierra mientras la familia propalaba el rumor de una fuga con robo.
La instrucción sumarial no vino a corroborar el perfil de hermano violento esbozado por los dos encausados. Varios testigos habían visto a Joseph faenar con Marie-Joseph el mismo día del óbito; este último le había hecho cavar la fosa misma en la que luego yacería su cuerpo. La custodia del rebaño tampoco había corrido a cargo de la madre, sino que había sido encomendada a la hija menor. Una testigo, la joven Salpointe, aseveró haber oído a Marie Vacquand clamar en dirección a Les Trémouilles: «¡Mátalo ya, y no se hable más del asunto!». El cronista concluía que la autopsia había dado al traste con la tesis absolutoria pergeñada por madre e hijo.
El cadáver fue exhumado de un montículo, a unos cincuenta centímetros de profundidad. No mostraba huellas externas de violencia y los labios permanecían intactos; empero, cuatro piezas dentales habían resultado fracturadas por la boca del cañón. El disparo se había producido en el interior de la cavidad bucal: las encías no estaban magulladas ni ennegrecidas por la pólvora, y dos pequeñas lesiones horadaban el paladar, una de las cuales alcanzaba la masa craneal. La reseña judicial extraía una conclusión tajante: el cañón había sido introducido por la fuerza entre los labios. Se señalaba asimismo que el fusil que Marie-Joseph se había llevado consigo fue hallado en su morada; la única pistola que obraba en su poder se hallaba inservible.
Para justificar la ausencia, la madre y el hijo habían forzado el baúl donde Marie-Joseph guardaba su dinero, urdiendo la patraña de un robo atribuido a Joseph. Esta fractura confería al difunto el papel de ladrón prófugo y debía desviar las pesquisas del enterramiento clandestino. Sin embargo, consumado el delito, el hermano menor no siempre acertaba a disimular su zozobra. Días más tarde, a un vecino que se interesó por su semblante abatido, le habría respondido: «Es mi madre quien me ha metido en este mal paso; bien de sobra tengo para estar triste». Con todo, en el último interrogatorio del sumario, sostuvo que Joseph se había quitado la vida con un fusil. La Gazette daba cuenta de que la madre desmentía tal explicación y de que las diligencias, al igual que la índole de las heridas, la contradecían de plano; la inhumación furtiva volvía, asimismo, indefendible la hipótesis del suicidio.
Llegada la vista oral, Marie-Joseph abandonó esta última versión y retornó a su testimonio primigenio, si bien sustituyendo la pistola por un fusil. Mantuvo hasta el fin la existencia de provocación, ora derivada de los supuestos golpes asestados a su madre, ora de las amenazas que decía haber sufrido. El presidente del tribunal le afeó la manifiesta inverosimilitud de sus descargos. El juez de paz de Pionsat expuso ante los miembros del jurado el croquis de los lugares y las primeras diligencias periciales; por su parte, el doctor Aguilhon rebatió la tesis del fusil sustentada por el ministerio fiscal. A su juicio, la rotura de cuatro dientes —dos superiores y dos inferiores— se avenía con el calibre de una pistola de un solo tiro; un fusil habría destrozado forzosamente un número mayor. El letrado Breschard asumió la defensa y, tras su alegato, el presidente procedió a resumir los debates.
Los jurados desestimaron la eximente legal e hicieron caso omiso de las circunstancias de premeditación y provocación. Declararon a Marie-Joseph culpable de homicidio voluntario, apreciando circunstancias atenuantes. La Sala lo condenó a la pena de doce años de trabajos forzados, sin sujeción a vigilancia policial posterior. La sentencia no alcanzaba a Marie Vacquand: al haber fallecido antes de la vista pública, no pudo ser juzgada ni condenada por aquel tribunal. En aquel hogar donde la voz materna había resonado como una instigación, la justicia dirimió tan solo la suerte y la responsabilidad del hijo menor.
