El rebaño se había metido en el trébol. Al principio no fue más que eso: unas bestias que devolver al redil, un camarada que no respondía, una faena de pastor que el pastor había desatendido. Jean-Marie Robin, de doce años, llamó a Victor Portalier. Luego divisó sangre sobre la tierra. Los demás zagales le indicaron dónde hallar al guardia del campo; este siguió el rastro hasta los enebros. El 31 de agosto de 1895, en Bénonces, en el departamento de Ain, Victor, de dieciséis años, había dejado de guardar el ganado. Su cuerpo mostraba las marcas de un homicidio de extrema violencia.
Trabajaba para el labrador Berger, en la aldea de Anglas. Su madre lo había confiado a una sociedad de protección de la infancia, que lo había colocado allí tres años atrás. Aquel muchacho, a quien el sumario describe como apreciado por todos, estaba destinado a convertirse en el centro de un proceso resonante. Hicieron falta, no obstante, dos años para que las personas capaces de reconocerlo como víctima encontraran por fin al hombre al que pudieran señalar como asesino.
El caminante extraviado
Varios testigos habían advertido la presencia de un desconocido en el pueblo. Recordaban sus ropas, su morral, su bastón, pero ante todo su rostro: la boca deformada, una marca cerca del ojo, una cicatriz. Se pudo seguir una parte de su partida. Luego su pista se disipó. Los campos, los caminos y los bosques que le daban paso no llevaban registro alguno.
El juez de instrucción de Belley, Émile Fourquet, no permitió que el expediente se redujera a aquella desaparición. Otros crímenes, en otros departamentos, presentaban semejanzas inquietantes. Trabajó en la filiación y cursó comisiones rogatorias a numerosas fiscalías. La instrucción debía lograr viajar tan lejos como el homicida.
Este se llamaba Joseph Vacher. Las etapas de su periplo no se reconstruyeron sino más tarde. Caminaba leguas enteras, trabajaba una temporada en una granja, volvía a partir; tras un crimen, podía hallarse ya en otra comarca mientras las sospechas aún gravitaban sobre la aldea golpeada. El sumario judicial muestra esta terrible asimetría: el asesino era móvil; el rumor, en cambio, solo conocía a las gentes del vecindario.
En Beaurepaire, Eugénie Delhomme había sido asesinada en 1894. En Vidauban, Louise Marcel había perecido ese mismo año. En 1895, la muerte de Augustine Mortureux, cerca de Dijon, había provocado imputaciones contra personas ajenas al delito. Una de ellas llegó a ser remitida ante la sala de acusación antes de beneficiarse de un sobreseimiento. Vacher reconocería estos asesinatos. Sus confesiones no se limitarían a dar un nombre a la acción penal; arrebatarían a inocentes el estigma de homicidas que sus convecinos ya les habían endosado.
Una mujer que pudo pedir socorro
El camino tocó a su fin en Ardèche. El 4 de agosto de 1897, en Champis, Vacher atacó a la señora Plantier. Su marido acudió con otras dos personas. Esta vez, el agresor no dispuso de tiempo para consumar su designio. Lograron reducirlo a pesar de su resistencia.
El arresto no reveló de inmediato a las autoridades toda la magnitud de lo que acababan de interrumpir. Un hombre había agredido a una mujer; compareció en Tournon y fue condenado. Pero sus señas particulares se asemejaban a las que se buscaban por los sucesos de Bénonces. Tras la sentencia de septiembre, fue trasladado a Belley. Las pesquisas, hasta entonces dispersas, podían comenzar a converger en torno a un prisionero.
Vacher lo negó todo al principio. Los testigos de Bénonces lo reconocieron; admitió entonces haber dado muerte a Portalier, y luego a otras víctimas. El acta de acusación retuvo once homicidios confesados y comprobados. La cifra no exime del rigor: no todos los crímenes a los que se asoció su nombre quedaron probados, y el juicio ante el tribunal de lo criminal de Ain versó sobre el asesinato de Victor Portalier.
Una confesión aportó una prueba de singular naturaleza. Vacher declaró haber matado a Claudius Beaupied, un adolescente cuya muerte había permanecido ignorada. El cadáver había sido arrojado al pozo de una alquería abandonada, cerca de Tassin-la-Demi-Lune. Las excavaciones condujeron al hallazgo de los restos. La justicia ya no se encontraba tan solo ante un hombre que relataba atrocidades divulgadas por la prensa; guiaba a los pesquisas hacia una víctima a la que ni siquiera sabían buscar.
El crimen confesado, la responsabilidad disputada
Vacher pretendía, sin embargo, dar a sus confesiones un desenlace muy distinto al del ministerio fiscal. Se declaraba enfermo, presa de accesos de los que no podía responder. La cuestión tenía antecedentes reales. En 1893, tras disparar contra una joven que se negaba a desposarlo y atentar luego contra su propia vida, había sido internado. Aquel atentado le había valido el sobreseimiento en razón de su estado mental. Con posterioridad, en abril de 1894, había abandonado el manicomio de Saint-Robert, declarado curado.
La acusación veía en esta secuencia la prueba de que un trastorno pasajero había remitido. La defensa hallaba allí, por el contrario, el motivo para examinar con escrupulosa atención el estado del reo. Una bala alojada en la cabeza, las secuelas de su herida y su reclusión en el asilo figuraban entre los argumentos esgrimidos. Vacher añadía a ello el relato de un perro rabioso y de un brebaje administrado en su infancia; los peritos médicos refutaron tal explicación.
Lacassagne y sus colegas concluyeron su plena responsabilidad penal. Su razonamiento subrayaba la premeditación de los ataques, la elección de víctimas aisladas y las precauciones adoptadas durante la huida. Este dictamen pericial brindaba a la acusación una réplica a los alegatos del encausado; convertía asimismo su paso por los manicomios en una pieza capital del debate judicial. Lo que estaba en juego para los jurados era perentorio: dilucidar si aquel hombre podía responder penalmente del asesinato que había confesado.
La vista de la causa se abrió el 26 de octubre de 1898. Durante tres jornadas comparecieron más de cincuenta testigos; diez médicos fueron citados. Vacher se presentó con sus legajos, su lápiz y escritos destinados a defender su causa. Exhibió pancartas y multiplicó sus interpelaciones. Étienne Martin, que reseña las audiencias en la obra de Lacassagne, interpretó tales actitudes como una calculada puesta en escena. Semejante juicio pertenece al cronista; los aspavientos que consigna revelan, cuando menos, a un procesado resuelto a disputar cada palmo de su juicio.
El letrado Charbonnier solicitó un contraperitaje. El tribunal reservó en un primer momento su decisión hasta la conclusión de los debates y luego desestimó la petición, juzgando suficientes los exámenes ya practicados y las garantías concedidas a la defensa. El veredicto acarreó la condena a muerte.
El 31 de diciembre de 1898, tras el rechazo del recurso de casación y de la petición de gracia, Vacher fue ejecutado en Bourg. La crónica reproducida por Lacassagne lo muestra clamando aún contra los manicomios y negándose a caminar cuando pretendían conducirlo al cadalso. El hombre que había recorrido tantos caminos tuvo que ser llevado en vilo.
En Bénonces, no obstante, la historia nunca había comenzado por él. Había comenzado con unas bestias en un campo de trébol, y con un muchacho que llamaba a otro muchacho. El proceso había respondido, al fin, a aquella llamada. Lo que no podía era devolver la vida a quien guardaba el rebaño.
