En el relato que James Flindall ofreció a los miembros del jurado, el incendio de Aldersgate Street estuvo a punto de fracasar por culpa de una pipa apagada. Dos pipas se habían quebrado ya por el camino. La última se extinguió en el momento en que William Jobbins cruzó el portal del Red Lion, y de nuevo al pie de la escala. A través de una hendidura en la vieja puerta, James Flindall devolvió la pipa a Edward Lowe, quien volvió a encenderla. Acto seguido, Jobbins tomó una escalera abandonada junto al pajar, trepó provisto de fósforos y prendió fuego a los materiales ocultos entre el trébol. Descendió luego, y los tres hombres se reunieron en la noche del 15 al 16 de mayo de 1790, mientras las llamas comenzaban a devorar los inmuebles de Aldersgate Street.
Su designio, según Flindall, no se reducía al fuego. En medio del tumulto, pretendían introducirse en las viviendas y llevarse cuanto pudieran. Mientras los vecinos despertaban y acudían presurosos, Lowe penetró en la morada de Francis Gilding y salió cargando con unos cajones. Llevaba sobre la cabeza los muebles hurtados camino de un escondite, cubiertos por una manta que ocultaba la carga. Pocas horas después, Flindall caería preso transportando esos mismos cajones sobre la cabeza. En la confesión de Flindall, el fuego no había sido sino el medio para franquear el saqueo.
El proceso contra Edward Lowe y William Jobbins dio comienzo en Old Bailey tras la destrucción por el fuego de la vivienda y las dependencias del ebanista Gilding. Flindall era el testigo fundamental de la acusación. El indulto que le había sido concedido se leyó ante el tribunal: habiendo participado en los preparativos y resultado condenado en una causa anterior, declaraba ahora tras haber recibido el perdón regio. La sala debía, pues, escuchar a un individuo que describía con abrumadora exactitud actos en los que confesaba haber sido partícipe.
Flindall situó la primera propuesta en el miércoles 12 de mayo, en casa de Lowe, en Hartshorn Court. Jobbins habría señalado dos casas de Aldersgate Street, las de Gilding y Berry, como objetivos propicios. El propósito, según el testigo, era aprovechar el desconcierto general para despojar a los moradores. Al día siguiente, Flindall acudió con Timothy Barnard al patio trasero del Red Lion, que comunicaba con Carthusian Street. Un carromato descargaba allí trébol en un henil contiguo a los talleres de Gilding. Barnard juzgó el lugar idóneo: aquel forraje, menos apretado que el heno común, ardería con presteza.
Los preparativos se prolongaron durante varias jornadas. Flindall afirmó haber mezclado aguarrás con trapos y papel, ocultando la mixtura dentro de un guante junto a varios fósforos. Intentaron primero prender fuego a un taller de carpintería e imprenta en Shoe Lane, pero la llama no prendió. Marcharon luego hacia las caballerizas del carrocero Nash, en Moorfields; allí también se sofocaron los materiales. Durante ese lapso, Flindall relató haber salido a hurtar con Lowe y Jobbins, sin éxito alguno. En otra tentativa, Lowe guardaba en su faltriquera dos ganzúas para forzar el portón de un establo cercano a los dominios de Gilding. Dos rondines los sorprendieron y condujeron a ambos al retén de guardia. A la mañana siguiente, fueron restituidos a las casas de sus respectivos padres.
El sábado por la noche, Flindall se reunió de nuevo con Lowe y Jobbins. La señora Lowe les suministró aguarrás, paños, fósforos y astillas resinosas. Se dirigieron a la taberna Nag’s Head, en Aldersgate Street, donde trasegaron varias pintas de cerveza y ginebra. El tabernero, Benjamin Williams, se negó a servirles más tras cerrar el mostrador. Un parroquiano desconocido salió junto a ellos. Según Flindall, los cuatro enfilaron hacia el patio trasero del Red Lion con las pipas encendidas, dispuestas para inflamar los fósforos. Vencidas las dificultades para avivar la brasa, Jobbins alcanzó por fin el pajar.
El fuego se propagó a las fincas colindantes. William Kyme, que dormía en el Red Lion, fue despertado por el sereno hacia la una de la madrugada. Vio el henil envuelto en llamas sobre su almacén de harinas y corrió a poner a salvo sus caudales. Tras bajar a buscar una vela, regresó a su aposento. Lowe y Flindall no tardaron en entrar ofreciéndole auxilio. Kyme los increpó tachándolos de ladrones, mas les hizo mover, pese a todo, su arca de hierro para alejarla del fuego. Se negó luego a que tocaran su lecho y demás enseres. Las llamas habían mudado la emergencia en oportunidad, y los hombres que brindaban socorro eran los mismos de quienes sospechaba.
En la finca de Gilding, el criado Thomas Burgin divisó ropa blanca que salía por una ventana del piso superior. Lowe le espetó que era sirviente de Gilding y que nada tenía que ver con las sábanas. Burgin descubrió la impostura en el acto: él mismo servía al ebanista. Entre las declaraciones sumariales, aquel breve diálogo ataba la presencia de Lowe en una casa incendiada con la sustracción de los bienes de sus moradores. Flindall refirió asimismo haber sustraído de un estuche varias cucharas de plata en el comedor de Gilding, para ocultarlas luego en casa de Lowe. Parte de las cucharas fue vendida por la señora Lowe a Joseph Samuel, un ropavejero, por tres libras y quince chelines.
Samuel aportó otra revelación en la vista. Tras haber sido puesto en libertad provisional, Lowe acudió a rogarle que hiciera desaparecer las cucharas relacionadas con el siniestro. Temía que Flindall lo comprometiera, y acabó confesándole que él, Flindall «y los otros» habían prendido fuego a las casas de Aldersgate Street. Explicó asimismo haber escapado a duras penas de las llamas saltando por una ventana, tras penetrar en una de las viviendas para desvalijarla. Esta confesión, transmitida por el comprador de los efectos robados, provenía de un sujeto a quien la acusación no presentaba como arrepentido de la justicia, sino como un mercader en quien Lowe había depositado su confidencia.
Las restantes declaraciones no encajaban con absoluta precisión en el relato de Flindall. James Edwards recordaba haber visto a Jobbins en el Nag’s Head con una pipa, pero no pudo precisar cuándo se marchó. Williams, el tabernero, recordaba la salida de Lowe y Flindall cerca de la medianoche y media, mas no podía aseverar que Jobbins hubiera estado en su establecimiento. Harry Moray identificó a Jobbins en el lugar del incendio, entre la una y media y las dos de la madrugada.
La defensa de Jobbins descansaba en gran medida en el testimonio de su padre. John Jobbins sostuvo haber visto a su hijo redactar una crónica el sábado por la tarde, enviándolo luego a recoger un fardo esperado desde Gloucester. El mozo habría regresado poco después de medianoche, preparado unas píldoras para un visitante y acostádose junto a él. Menos de media hora más tarde, la alarma de fuego los despertó. El muchacho se levantó para acudir a la calle, desoyendo las advertencias de su progenitor.
Fue este segundo regreso lo que puso en aprietos al testigo. Había contemplado el resplandor desde la ventana, creyéndolo a cincuenta, sesenta o cien yardas de distancia, y volvió a conciliar el sueño. ¿Cómo podía precisar la hora a la que su hijo había regresado a la cama? No le era posible: no había mirado el reloj. Acabó puntualizando que el joven lo había despertado al acostarse de nuevo, indicándole que el fuego estaba en Aldersgate Street. El padre describía a un hijo que preparaba medicinas y salía a contemplar una quema; la acusación buscaba en aquel intervalo de sueño el tiempo necesario para haberla iniciado.
Jobbins contaba diecinueve años de edad. Su padre lo retrató como un joven letrado, antiguo colegial de St Paul’s School e instruido en el arte de la cirugía. Preparaba pócimas y escribía con soltura; incluso se había hecho a la mar bajo el nombre de George Burne. El padre estaba al corriente de su partida, pero aseguró haber ignorado aquel alias hasta recibir una misiva reclamándole dinero. Tales circunstancias no desvirtuaban el testimonio de Flindall, pero ofrecían del reo una estampa muy distinta del mote de «pequeño doctor» con que lo designaban sus cómplices. El padre de Lowe declaró, por su parte, haber empleado a su hijo durante la semana y haberle pagado sus jornales el sábado por la noche; presumía que la labor estaba concluida a su vuelta, aunque admitió no haberla inspeccionado.
Concluido el resumen de las pruebas, la defensa objetó que no se había precisado la ubicación exacta de la casa ni probado la parroquia a la que pertenecía. El tribunal desestimó la tacha: varios testigos habían situado el inmueble en Aldersgate Street, y correspondía al jurado determinar la demarcación parroquial. El jurado declaró a Lowe y Jobbins culpables. El Recorder condenó con severidad el gravísimo riesgo de encender un fuego nocturno en una urbe populosa para desviar la atención de los vecinos y saquear sus moradas. Borrow consigna que el magistrado dictó sentencia de muerte conminándolos a prepararse para el cadalso.
Una nota de la compilación señala que ambos fueron ejecutados el 20 de noviembre de 1790. La lápida colocada en un edificio reedificado aseveraba que el incendio había consumido varias fincas y ocasionado pérdidas por más de cuarenta mil libras. La cifra pertenece a la inscripción transmitida por Borrow; la deposición de los testigos, en cambio, preserva la minucia material de aquella noche: el cañón de la pipa deslizado por el agujero del portón, los peldaños de la escala hacia el pajar, el arca que intentaban apartar del fuego y los cajones hurtados bajo la manta.
