El 7 de diciembre de 1776, un incendio redujo a cenizas el almacén de cordelería del arsenal naval de Portsmouth. En un principio se creyó que se trataba de un accidente. Las pesquisas no cobraron impulso hasta que un grupo de operarios descubrió, en el edificio contiguo destinado al acopio de cáñamo, un recipiente de hojalata y una caja de madera con materias combustibles en su interior. Aquellos enseres convertían un edificio en ruinas en una escena preparada; no revelaban aún, sin embargo, el nombre del culpable.
Las sospechas no tardaron en recaer sobre un pintor recién regresado de América, a quien se había visto merodear por el recinto del arsenal. Se le conocía por el sobrenombre de John the Painter; los alguaciles que iniciaron su búsqueda ignoraban su verdadero apellido. Había trabajado a las órdenes de un artesano llamado Golding, en Titchfield. Los bandos insertados en las gacetas ofrecieron cincuenta libras a quien facilitara su captura. Se le detuvo finalmente en Odiham y, el 7 de febrero, fue conducido ante el despacho de Sir John Fielding en Bow Street.
Las autoridades dispusieron entonces un careo con John Baldwyn, pintor que había recorrido diversas comarcas de América. Lord Temple abrigaba la esperanza de que ambos hombres pudieran reconocerse. Baldwyn declaró no conocer al prisionero. El desconocido, empero, le dedicó una reverencia y le rogó que acudiera a visitarlo a la New Prison. Baldwyn regresó allí en repetidas ocasiones. Sus primeros coloquios versaron sobre los asuntos americanos en términos generales. A partir del 15 de febrero, según refiere Borrow, el reo comenzó a confiarle un relato que los fiscales esgrimirían más tarde junto a otros elementos probatorios.
Inquirió a Baldwyn si conocía al señor Deane. Al responder este negativamente, Hill mencionó a Silas Deane, representante del Congreso continental americano, y se deshizo en elogios hacia su persona. Aseguró haber recorrido los arsenales y fortificaciones de Inglaterra, haber contado los navíos y tomado nota de su artillería y dotaciones, para luego cruzar a Francia en dos o tres ocasiones con el fin de transmitir sus informes a Deane. Afirmó que este le había entregado trescientas libras en letras de cambio y encomendado misivas dirigidas a un comerciante de Londres. Por temor a ser descubierto —añadió—, habría arrojado los documentos al fuego. Borrow consigna aquí las declaraciones de Hill a Baldwyn; las páginas de la crónica no acreditan de forma independiente que Deane le hubiese ordenado o remunerado para provocar los siniestros.
En esos mismos coloquios, Hill pormenorizó sus preparativos en Portsmouth. Habría mandado fabricar un estuche de hojalata a un aprendiz de Canterbury y se habría hospedado en casa de la señora Boxall. Los objetos encontrados en el arsenal y las piezas recogidas en su aposento serían examinados con rigor durante la vista. Hill relató que dispuso primero las materias inflamables en el almacén de cáñamo, para colocar después un segundo mecanismo entre el cáñamo a granel de la cordelería. Su confesión brindaba a la investigación una trabazón coherente: el estuche, el alojamiento, los dos edificios y el fuego declarado a la mañana siguiente.
Manifestó haber pretendido incendiar otras dos casas con el propósito de desviar del arsenal las bombas y los brazos que habrían podido atajar las llamas. Al día siguiente regresó al almacén de cáñamo; las cerillas ordinarias que había comprado estaban húmedas y no prendieron. Contrariado, marchó al almacén de cordelería y prendió fuego a las materias dispuestas. Su designio no se consumó tal como esperaba: ardió un solo edificio; el almacén de cáñamo y las demás viviendas quedaron a salvo.
Aseguró que no le fue posible regresar a su posada para recuperar un fardo que contenía libros, una pistola y un pasaporte francés donde figuraba su verdadera identidad. Al abandonar Portsmouth, habría lamentado el malogro del otro fuego e incluso acariciado la idea de disparar contra las ventanas de la mujer que le había vendido las cerillas. No llegó a hacerlo. Pagó seis peniques a la conductora de una carreta para que avivara el paso. Una vez rebasadas las postas de los centinelas, volvió la vista y contempló cómo el fuego cobraba fuerza con rapidez. Llegó a Kingston a la mañana siguiente, aguardó la caída de la tarde y prosiguió viaje hacia Londres en diligencia.
El comerciante londinense al que Hill decía haber sido recomendado no le dispensó una acogida entusiasta. Hill explicó que había quemado las cartas y las libranzas facilitadas por Deane. El hombre se mostró escéptico, aunque consintió en verse con él en un café. Hill se marchó contrariado y, al alcanzar Hammersmith, escribió advirtiendo de que marchaba a Bristol y de que las acciones que allí se proponía consumar pronto darían de qué hablar. Su misiva no impetraba perdón ni socorro; anunciaba una nueva tentativa.
En Bristol, Hill prendió fuego a varios inmuebles; refiere Borrow que ardieron simultáneamente y que los daños ascendieron a quince mil libras. Otra tentativa de inflamar materias combustibles en el muelle fracasó. Los siniestros extendieron la resonancia del caso mucho más allá de los muros de Portsmouth. Con todo, la hipótesis de una campaña concertada desde América continuaba descansando sobre los desahogos que Hill habría formulado en su celda. Las piezas de convicción y las declaraciones testificales trazaban una cadena mucho más ceñida y concluyente.
James Russel exhibió el estuche de hojalata y la caja de madera descubiertos en el almacén de cáñamo. William Tench, aprendiz de un hojalatero de Canterbury, declaró haber confeccionado el cilindro un mes o seis semanas antes de Navidad, por orden del prisionero y bajo su directa inspección. John Fisher, oficial en el mismo taller, recordó que Hill había encargado dos ejemplares; ninguno de ellos estuvo listo en el plazo convenido y ambos quedaron en la tienda. Fisher aportó uno de ellos, y el tribunal pudo comprobar que correspondía con exactitud al hallado en el arsenal.
La señora Boxall atestiguó que Hill se había alojado bajo su techo la víspera del siniestro. Al amanecer, advertida por un persistente olor a azufre, penetró en la estancia y le espetó su temor de que prendiera fuego también a su morada. Hill dejó tras de sí un envoltorio. Al abrirlo, halló un estuche de hojalata que creyó idéntico al presentado en la sala. La señora Cole, otra patrona, declaró que Hill había residido en su casa, dejando abandonado un paquete con libros y diversos efectos; envoltorio que entregó al dependiente del comisario del arsenal. Aquellos despojos olvidados en los aposentos permitían cotejar el relato del bulto extraviado con piezas materiales y testimonios ajenos a las confidencias carcelarias mantenidas con Baldwyn.
William Baldy y William Weston afirmaron haber visto y abordado a Hill en el almacén de cáñamo de Portsmouth aquel 7 de diciembre. John Dobby, el oficial que procedió a su arresto, enumeró los pertrechos que portaba encima: yesca, pólvora, un eslabón preparado, trementina, cerillas y otros efectos. Thomas Mason, pintor en Bristol, relató que al día siguiente de Navidad, Hill se presentó en su taller para machacar un pequeño trozo de carbón, labor a la que se entregó durante cerca de dos horas. Cada deposición vinculaba al reo con un paraje o con un objeto determinado. Señala Borrow que el magistrado resumió con nitidez el cuadro probatorio y que el jurado emitió veredicto de culpabilidad.
El juez ponderó seguidamente la gravedad del crimen y la imposibilidad de mitigar la sentencia. Hill manifestó no abrigar esperanza alguna de clemencia y preferir la muerte a la vida. Borrow sitúa el proceso en el castillo de Winchester el 6 de marzo de 1777, e indica que Hill fue ajusticiado en Portsmouth el 10 de marzo. El catálogo de un folleto coetáneo de 1777 consigna una fecha distinta para la vista, por lo que el día exacto del proceso permanece incierto. La sociedad histórica de Portsmouth confirma que la ejecución tuvo lugar en marzo; la precisión del día 10 procede aquí del relato de Borrow.
Los estuches de Canterbury, los fardos abandonados y los testigos de Portsmouth acabaron por confluir ante el jurado con las confidencias de presidio. El tribunal condenó a Hill por incendio premeditado. Pero las cartas que aseguraba haber recibido de Deane habían perecido, según su propio testimonio, en el fuego antes de que ojo alguno pudiera examinarlas. El hombre que proclamaba una misión secreta al servicio de América dejaba tras de sí la huella irrefutable de sus incendios y la sombra de un instigador que tales vestigios no bastaban para demostrar.
