A bordo del Thomas and Elizabeth, el capitán Billop ordena registrar a los viajeros que acaba de interceptar. Según su declaración judicial, John Ashton niega en un principio ocultar nada y extrae luego un pañuelo de sus ropas. Billop sostiene haber deslizado la mano bajo su sayo y haber sacado de allí un fajo de papeles sujeto a un trozo de plomo. Lord Preston y Edmond Elliot se encuentran junto a Ashton en el navío. Los tres hombres comparecerán acusados de preparar la restauración de Jacobo II y de suministrar secretos militares al rey de Francia.
La travesía dio comienzo en Londres el 30 de diciembre de 1690. Pocas semanas antes, Preston, antiguo secretario de Jacobo II, ya había sufrido arresto e interrogatorio. Las autoridades recelan de que trabaje en la sombra para el monarca proscrito. Los legajos hallados en la embarcación comprenden notas minuciosas sobre la armada inglesa, las fortificaciones de Portsmouth y Gosport, el cómputo de bajeles y puertos, y las tácticas concebibles para imponer un bloqueo sobre Londres. Otros pliegos evocan el regreso de Jacobo II apuntalado por un ejército francés, mas añaden garantías de un gobierno protestante y el juramento solemne de respetar las leyes del reino. El designio entrelaza restauración dinástica, concesiones políticas y preparativos bélicos.
Antes de que se aporten las pruebas, la vista se abre con una viva disputa sobre el derecho de Preston a comparecer en calidad de par del reino. El acusado arguye que unas cartas patentes le concedieron dicha dignidad antes de la abdicación de Jacobo II. La Corona replica que la Cámara de los Lores rehusó convalidar semejante pretensión. El presidente del tribunal le conmina a exhibir el documento; Preston no se halla en disposición de presentarlo. Solicita asimismo un traslado del acta de acusación a fin de examinar los cargos con detenimiento. El tribunal deniega la petición invocando los usos ordinarios de la corte. Preston recuerda que los encausados apenas dispusieron de margen para instruir su defensa y que sólo muy tardíamente se les permitió consultar con letrados y allegados. Los jueces le instan a declararse antes de debatir sobre dilaciones procesales. El procesado sostiene su inocencia.
Los otros dos encausados, John Ashton y Edmond Elliot, solicitan comparecer conjuntamente con él; la corte desestima la petición y decreta que sean juzgados por separado si no convienen todos en unificar sus causas. Preston pretende recusar a los jurados, mas aún no se le ha notificado la nómina íntegra. Los magistrados aducen que los candidatos podrán ser impugnados a medida que fueren llamados al estrado. El juicio de este antiguo ministro se desenvuelve, así pues, en una sala donde los reparos de forma y el fondo de la culpabilidad se hallan ya inextricablemente imbricados, y donde cada requerimiento de aplazamiento choca con una negativa taxativa.
Una armadora, la señora Pratt, confirma haber fletado un bajel para navegar rumbo a Francia. El patrón de la barca, Pasely, corrobora el arrendamiento y la partida hacia Gravesend; el barquero acredita haber trasladado a los fugitivos hasta el barco. El pliego de cargos fija en cien libras el importe de la travesía. Antes siquiera de que los papeles salgan a relucir en la audiencia, el ministerio público ya ha acreditado una fuga concertada, una nave fletada al efecto y un destino enemigo en tiempos de guerra abierta.
El capitán Billop expone seguidamente las circunstancias de la captura. El 31 de diciembre, Lord Danby lo conduce a presencia de Lord Lindsey, presidente del Consejo. Éste le revela que ciertos individuos pretenden alcanzar la costa francesa portando documentos de suma gravedad y le encomienda interceptarlos. Billop pertrecha un esquife, boga Támesis abajo hasta Gravesend y avista el Thomas and Elizabeth. Manda abordar la nave, desciende al camarote y sorprende a Preston, Ashton y Elliot tendidos unos junto a otros. Registra primero a Preston y luego a Ashton; el paquete lastrado con plomo asoma de la camisa de este último. Billop asegura haber aprehendido los papeles y haberlos puesto de inmediato en manos de la autoridad.
Los cautivos son conducidos a Londres. Durante el trayecto, Preston suplica tocar tierra en Gravesend para yantar y calentarse. Billop rehúsa y los transfiere a un navío de guerra. Refiere el oficial que Preston le agradece el trato cortés y promete devolverle el favor si la ocasión se presenta. Ashton y Elliot, por el contrario, le imploran que arroje los papeles al agua. Le insinúan que podría medrar en fortuna, embarcarse con ellos y labrarse un porvenir venturoso en Francia. Billop responde que se niega en redondo a destruir lo incautado. El testimonio del capitán es el único que da fe de estas pláticas, si bien la realidad material del fajo queda atestiguada por quienes lo recibieron en sucesivas instancias.
La cadena de custodia de los documentos pasa a vertebrar el debate forense. Billop declara haberlos entregado a Lord Nottingham; el conde manifiesta haberlos leído, reunido, sellado y devuelto al capitán. El presidente del Consejo relata habérselos mostrado al monarca para luego someterlos al Gabinete. Lord Sidney señala haberlos rubricado y custodiado bajo llave, con la sola excepción del tiempo preciso para obtener copia. Diversos folios se exhiben ante el tribunal: un memorando político concerniente a la restauración de Jacobo II, informes sobre escuadras y plazas fuertes, epístolas, una clave alfabética de nombres cifrados y letras de cambio. Lord Sidney y el presidente reconocen los pliegos; un antiguo colega de Preston asegura identificar la caligrafía del prócer en tres de las notas. La testifical reconstruye la trayectoria de las cuartillas desde la yacija del barco hasta el Consejo de Estado, y del Consejo al banco de los acusados.
Uno de los textos desgrana las condiciones que se habrían de negociar con la facción jacobita. Francia debería disipar los recelos de los ingleses demostrando que no abriga designios de conquista; Jacobo II habría de comprometerse a mantener una administración protestante, limitar las tropas auxiliares francesas y convocar Cortes. Otra memoria disecciona el estado de la armada y de la plaza de Portsmouth, sopesando una ofensiva desde Escocia con mercenarios suecos y navíos septentrionales para estrangular los accesos a Londres. La documentación aúna así el cálculo diplomático y la estrategia militar. Preston asevera, empero, no haber visto jamás ninguno de aquellos papeles. Alega que los sellos hallados junto al fajo no prueban su autoría; la Corona replica que las improntas exhiben sus armas heráldicas y el antiguo cuño de su secretaría de Estado.
Las letras de cambio suscitan una controversia suplementaria: la acusación habla de fondos librados a los enemigos del reino, mas los textos leídos en estrados mencionan pagos legítimos, saldos de deudas y la dote destinada a una muchacha. Preston replica que las claves cifradas y la derrota hacia Francia distan de bastar para imputarle intenciones traidoras. Reconoce su afán de abandonar el suelo patrio, mas alega que pretendía recalar en Flandes o en cualquier otro retiro para vivir apartado del mundo. Recuerda que había sido despojado de sus dignidades, recluido en dos ocasiones en la Torre de Londres y difamado públicamente como traidor antes de recaer sobre él acusación en forma.
El magistrado presidente remite al arbitrio de los jurados la ponderación de los legajos, su procedencia y el conato de fuga a Francia. Subraya que, si Preston embarcó con el propósito deliberado de transportar dichos documentos, el crimen de traición imputado ha de entenderse consumado en el condado de Middlesex. Preston suplica a los legos que no muden las sospechas en certidumbres y declara su condición de protestante afecto a la Iglesia de Inglaterra. Renuncia a llamar testigos en su descargo. Los jurados deliberan durante menos de media hora y rinden un veredicto de culpabilidad.
La sentencia transmuta una travesía abortada en la prueba irrefutable de una conjura: fajo lastrado, sellos oficiales, epístolas y minutas castrenses, todo ello reunido en un periplo cuya pista obraba ya de antemano en poder del capitán interceptor. Las crónicas procesales no ofrecen una versión alternativa de los papeles ni de su requisa. Muestran a un Preston que impugna la forma, luego la tenencia y el alcance de los documentos, mientras los ministros de la Corona recomponen eslabón por eslabón la cadena tras la captura. Las líneas finales de Borrow asocian a Ashton y a Elliot en una suerte idéntica. La investigación de Macaulay, con todo, desentraña destinos dispares: Ashton fue condenado y ejecutado en el cadalso, mientras que Elliot jamás compareció a juicio. Preston, beneficiario de sucesivas prórrogas, obtuvo a la postre un perdón real que le preservó la vida mas no le restituyó el patrimonio. Aquellos tres hombres aprehendidos bajo la misma escotilla no cruzaron, al término de la causa, el mismo umbral.
