En junio de 1789, el Parlamento de Toulouse anuló la causa instruida contra Reyneaud de Lafitte y mandó incoar un nuevo procedimiento. Para este antiguo oficial de infantería, encarcelado tras tres años de acusaciones, el fallo debió haber marcado un nuevo principio. Mas la Revolución le deparó otro desenlace: las puertas de la prisión se abrieron de par en par. Salió a la calle y jamás regresó a reclamar ante los tribunales el examen que su defensor había prometido en su nombre. El proceso nos deja así en el umbral de una segunda audiencia que jamás llegó a celebrarse, con una niña en el centro de la primera, dos retractaciones formales y una villa donde los adversarios del encausado detentaban los cargos del concejo municipal.
Lafitte residía en L’Isle-Jourdain, separado de su esposa por mutuo acuerdo. Sus hijos eran de corta edad; una mujer llamada Naudin gobernaba la casa. En ella moraba asimismo una costurera, Anne Verdier. En la versión recogida por Champagnac, aquel hogar fue el escenario de una trama de soborno y coacción de la que Justine, la hija del antiguo oficial, habría sido mero instrumento. El cronista toma resueltamente partido por el padre. Con todo, su narración debe seguirse con atención hasta sus últimos renglones: en ellos no consta absolución definitiva alguna.
Justine aún no había cumplido trece años cuando estalló el escándalo. Naudin, según sostiene la crónica, le habría hecho entrever en primer lugar una existencia emancipada de la autoridad paterna, para exigirle después que acusara a su padre de sevicias deshonestas. A las lisonjas habrían sucedido las amenazas. El texto describe rigores y malos tratos infligidos a la menor, presentados como un ardid para fabricar vestigios materiales contra Lafitte. Refiere asimismo que Justine buscó amparo junto a Anne Verdier y le confió lo que acababa de padecer; Naudin las habría amenazado a ambas para imponerles silencio. Tras la denuncia recibida poco después en la casa consistorial, el relato sitúa, por tanto, otra violencia, enderezada contra aquella misma a quien se disponían a interrogar.
Hallándose Lafitte de viaje en Toulouse por motivos de negocios, Naudin habría encerrado a Justine en un palomar durante ocho días, propalando entretanto la noticia de su desaparición. En la noche del 21 al 22 de junio de 1786, le habría ordenado al fin acudir ante el teniente de alcalde, Riscle. Este era, según Champagnac, enemigo declarado del padre. A las seis de la mañana, Justine se presentó en su morada para implorar justicia. Riscle la condujo a la audiencia municipal, donde su delación pudo revestir la forma de auto judicial.
La niña declaró allí tener catorce años y padecer las violencias de su padre desde hacía un lustro. Ofreció asimismo el relato de una supuesta fuga: durante ocho días habría vivido oculta entre los trigales, saliendo únicamente al amparo de la noche para mendigar pan por las alquerías. Sus palabras quedaron consignadas por escrito. El alcalde y el procurador fiscal hicieron intervenir de inmediato a los cirujanos y abrieron una sumaria investigación. Justine debía permanecer bajo custodia en las dependencias municipales. Las actas, el reconocimiento facultativo y las primeras providencias llevan, todas ellas, la fecha del 22 de junio. En el breve lapso de unas horas, una declaración proferida al rayar el alba se había transformado en una causa criminal cuyas piezas parecían responderse con asombrosa premura.
Entretanto, Naudin manifestaba públicamente su zozobra por la suerte de la desaparecida. Una vecina le reprochó saber a ciencia cierta el paradero de Justine, advirtiéndole de que se exponía a un grave lance con la justicia. La crónica le atribuye entonces un conato de vacilación: habría encomendado a Marie Guion que suplicase a Riscle la devolución de la muchacha, pidiendo que no se diese crédito a sus palabras. Mas la denuncia ya estaba firmada y sellada. Una acusación interpuesta formalmente ante los magistrados ya no regresaba al sosiego de una casa por la mera voluntad de quien, a estar de este relato, la había urdido.
Lafitte regresó a la villa al día siguiente. Naudin había abandonado ya el servicio. El padre dispuso que un amigo trasladase a Justine al convento de las ursulinas de Gimont, con la manifiesta intención de sustraerla a nuevas influencias. Él mismo interpuso ante el senescal una querella por soborno de testigos. Sus detractores, sin embargo, tramitaban una segunda vía: recabar del rey una orden reservada —una *lettre de cachet*— que lo confinara en una fortaleza. El alcalde Latournelle redactó un memorial de súplica. Algunos parientes de Lafitte estamparon su firma; otras rúbricas habrían sido falsificadas. A las acusaciones concernientes a Justine, la petición añadía la muerte de sus hijos varones.
El primogénito había fallecido en abril de 1780. Una voz pública pretendía que su padre lo había dejado morir, encerrado y cargado de cadenas. En este extremo, la crónica no desmiente toda sevicia paterna: Lafitte, en efecto, había castigado a aquel muchacho reteniéndolo bajo llave, con grillos en los pies. Sitúa, empero, dicho escarmiento varios años antes del óbito e invoca la certificación del cirujano que lo asistió en su postrera enfermedad, el cual daba fe de una muerte natural. En cuanto a la muerte violenta atribuida al padre respecto de otro de sus hijos, señala que ningún testigo ni diligencia judicial venía a sustentarla. Era menester deslindar las violencias admitidas, las circunstancias del fallecimiento y los supuestos crímenes; el memorial, por el contrario, los amalgamaba en un mismo y sombrío retrato.
Apercibido de semejante instancia y de un mandamiento de prisión librado contra su persona, Lafitte partió hacia París. Pretendía eludir la captura y obtener la revocación de la orden regia. Naudin fue citada a declarar ante el Châtelet, donde se retractó de sus dichos. Explica Champagnac que numerosos testimonios no descansaban sino en las aseveraciones de la criada: su retractación, por ende, los hería de nulidad en su misma raíz. Las órdenes preparatorias de la *lettre de cachet* fueron revocadas. Lafitte regresó a L’Isle-Jourdain y se dejó ver en público, si bien la causa ordinaria seguía su curso inexorable.
El 10 de mayo de 1787, Justine prestó a su vez declaración ante notario, acta en la cual retiró formalmente sus acusaciones y proclamó la inocencia paterna. El senescal, conociendo de la querella por soborno, dictó autos contra los principales adversarios de Lafitte e hizo comparecer a diversos testigos. La réplica no se hizo esperar: el antiguo oficial fue prendido y conducido a las cárceles de Toulouse. Sus acusadores obtuvieron la suspensión de las actuaciones seguidas contra ellos y la paralización de las pesquisas sobre el soborno. Dos causas opuestas se disputaban a partir de entonces a los mismos protagonistas: quien había interpuesto la querella yacía entre rejas, mientras aquellos a quienes señalaba pugnaban por sofocar la investigación.
Se impetró asimismo un monitorio eclesiástico para conminar a los fieles a testificar. Edictos fijados en las cancelas de las iglesias de Toulouse y de L’Isle-Jourdain pregonaron las imputaciones; entre ellas figuraba ya la de un hijo muerto a manos de su padre de tres puñaladas. La publicidad confería a las alegaciones un alcance insólito, sin aportar por sí sola la certidumbre de su prueba. Para esclarecer semejante encono, Champagnac apunta a Pascal, recaudador de rentas ambulante afincado desde hacía veinticinco años en la villa, personaje de gran predicamento ante los poderes públicos merced a sus vínculos con el consejo del hermano del monarca. Antaño allegado a Lafitte, se habría indispuesto con él; no pocos pleitos habrían precedido a esta acusación. Riscle, Latournelle y el procurador fiscal Cruchent se revelan, en esta versión, como sus meros instrumentos.
El cronista insinúa todavía los celos de Naudin respecto de Anne Verdier. Los presenta, no obstante, como una mera conjetura y en modo alguno como un móvil jurídicamente probado. La defensa que hace de Lafitte cobra en ocasiones tintes de generalidad: apela a los sentimientos consustanciales a la paternidad para desestimar los crímenes imputados. Semejante argumento pertenece a la retórica de su alegato. El recto examen de la causa descansa sobre otros cimientos: el tenor literal de las declaraciones, sus retractaciones, los documentos aportados a los autos y la regularidad procesal de las actuaciones.
Tras enconados conflictos de jurisdicción, el letrado Mailhe informó ante el Parlamento de Toulouse en junio de 1789. La primera causa fue formalmente anulada; un nuevo juicio debía comenzar. Mas los trastornos políticos sobrevenidos vinieron a quebrar el curso ordinario de la justicia y Lafitte franqueó las puertas del presidio. Se asombra Champagnac de que no compareciese de nuevo para exigir aquel esclarecimiento, antes de aventurar hipótesis sobre sus motivos. No nos corresponde a nosotros abrazar ninguna de tales conjeturas para clausurar su historia. Justine había acusado y luego se había desdicho; Naudin se había retractado asimismo; la causa había sido anulada en derecho, sin que mediara sentencia absolutoria o condenatoria sobre el fondo de los hechos. Al término de esta prolongada porfía, la puerta abierta devolvió a un hombre a la libertad y dejó su expediente desprovisto del fallo definitivo que su defensor le había prometido.
