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Justicia y escándalos · Inglaterra

Titus Oates en el banquillo de los acusados

En mayo de 1685, el delator Titus Oates es juzgado por dos delitos de perjurio derivados de sus declaraciones de 1678 contra los jesuitas. Testigos procedentes de Saint-Omer lo sitúan lejos de Londres durante la reunión que pretendía haber presenciado minuciosamente; otros deponentes reconstruyen el itinerario de William Ireland. Sendos jurados lo declaran culpable y la condena lo entrega a la picota y al látigo.

El 8 de mayo de 1685, provisto de sus legajos, Titus Oates toma asiento ante la barra del tribunal del King’s Bench. Seis años atrás, su testimonio había contribuido a llevar al patíbulo a varios sacerdotes jesuitas bajo la imputación de una supuesta conspiración contra Carlos II. Ahora, la Corte se dispone a examinar dos cargos por perjurio: ¿asistió Oates a una asamblea londinense que aseguraba haber descrito con todo detalle, y situó a William Ireland en Londres en fechas en que los testigos lo ubicaban a leguas de allí?

El primer auto de acusación se remonta al 24 de abril de 1678. Oates había asegurado que una asamblea de cuarenta o cincuenta jesuitas se había congregado en la taberna White Horse, en el Strand. Según su deposición, aquellos hombres se dividieron después en corrillos y resolvieron asesinar al soberano para mudar la religión del reino. Un tal Mico habría redactado dicha resolución. Oates pretendía haberla transportado de aposento en aposento, presenciando cómo Whitebread, Fenwick e Ireland la suscribían con su firma. En 1685, el ministerio fiscal sostiene que el reo no se hallaba en Londres aquel día y que, en consecuencia, no pudo presenciar ni la reunión ni las firmas.

El primer testigo de la Corona, el señor Foster, había formado parte del jurado que condenó a Ireland, Pickering y Grove en 1678. Afirma recordar la vista con viveza, pues tomó apuntes durante la causa y luego los cotejó con la relación impresa de las actas. Refiere que Oates describió la asamblea, la determinación de apuñalar al rey y su propio itinerario entre las alcobas donde aseguraba haber recabado las rúbricas. Al inquirirle Oates si la resolución se había acordado en la taberna o tan sólo tras dispersarse en tertulias, Foster contesta que su memoria es inequívoca: Oates habló de un acuerdo tomado en el White Horse y de un documento que circuló a continuación entre las habitaciones.

Los testigos que desmienten su estancia en Londres proceden de Saint-Omer. Una veintena de antiguos colegiales atestigua que Oates permaneció en el colegio jesuita entre las Navidades de 1677 y junio de 1678, y que jamás lo vieron ausentarse el tiempo necesario para viajar a Londres. Sus recuerdos no convergen en una única escena. Unos lo evocan en el refectorio, sentado a solas junto a los padres porque aducía no poder tolerar el yantar de los pupilos más jóvenes. Otros rememoran sus lecturas en las congregaciones de la Sodalidad, o su concurso en juegos y pasatiempos. Varios declaran que era individuo tan pendenciero y notorio que cualquier ausencia dilatada habría saltado a la vista.

Haggerstone confirma que la congregación de jesuitas se reunía periódicamente en Londres cada tres años a fin de elegir a un procurador y despachar los asuntos de la Compañía. Dos sacerdotes habían partido de Saint-Omer; Oates, por el contrario, permaneció en tierra gala. Lord Gerrard evoca su asistencia a las lecturas dominicales y su confirmación el 26 de mayo. Samuel Morgan, ordenado en el anglicanismo tras haber convivido en el colegio, aporta una reminiscencia todavía más precisa: el mismo día en que Oates pretendía hallarse en el White Horse, jugaba a la pelota en Saint-Omer y le pidió prestada una llave tras enviar la pelota a un patio cerrado.

Oates rehúsa defenderse acreditando su ausencia de Saint-Omer. Se empeña en sostener que estuvo en Londres e invoca el testimonio de Cecilia Mayo, sirvienta en casa de sir Richard Barker. La mujer recuerda a un forastero vestido a la usanza cuáquera, presentado en la morada a finales de abril, y una segunda visita acaecida pocos días más tarde. Según su parecer, los criados reconocieron a Oates. El cochero John Butler describe un sombrero blanco, una capa gris y los cabellos rapados en una ocasión, y luego una peluca larga y ropajes distintos. Mayo, en cambio, sólo alude a una colación. La Corte subraya las disonancias entre sendos testimonios: los detalles del atavío y la frecuencia de las visitas se truecan en la prueba de fuego de una coartada seis años después de los hechos.

Oates hace comparecer al conde de Huntingdon para rememorar el encumbramiento del que gozó ante la Cámara de los Lores como descubridor de la conjura. Mas el noble explica que aquella complacencia pública se quebró a medida que salieron a la luz flagrantes contradicciones y testimonios espurios. El antiguo ascendiente de Oates no dilucida la cuestión. El juez presidente Jeffreys reconduce el debate judicial al núcleo de la causa: no se trata de averiguar si pudo celebrarse una junta de jesuitas, sino si el propio Oates se encontraba en Londres para presenciarla. La certeza de una asamblea trienal no demuestra en absoluto que él se hallara allí.

Concluida la prueba testifical, el jurado lo declara convicto del primer perjurio. Al día siguiente, la vista recae sobre otras dos declaraciones juradas: Oates había situado a Ireland en Londres el 1 o el 2 de septiembre de 1678, y había asegurado haberse despedido de él en su aposento de Russell Street entre el 8 y el 12 de agosto. La defensa argumenta que el cómputo cronológico de tales recuerdos resulta vago y que la acusación ha demorado seis años en actuar. Empero, los testigos reconstruyen al detalle el itinerario de Ireland: partida a la campiña a primeros de agosto, estancia con lord Aston y los Southcote en Staffordshire y Gales, y posterior regreso a Londres mediado septiembre.

La crónica de este periplo descansa en múltiples declarantes. Lord Aston sitúa a Ireland en su heredad a partir del 3 de agosto; sir Edward Southcote pormenoriza las etapas de su trayecto hasta Tixall y de allí al pozo de Santa Winifreda. El cochero asevera haberlos conducido en la ida y en la vuelta. Otros declarantes ubican a Ireland a la mesa en Staffordshire a comienzos de septiembre. Aunque tales deposiciones no coinciden milimétricamente en cada jornada, configuran un viaje ininterrumpido de varias semanas. Jeffreys juzga que la concordancia de los indicios desbarata la pretendida estancia londinense esgrimida por Oates.

El segundo jurado emite asimismo un veredicto de culpabilidad. En la audiencia de sentencia, los magistrados desestiman las excepciones jurídicas articuladas por la defensa. Concluyen, en particular, que aun cuando los antiguos fallos contra los jesuitas permanezcan inscritos como sentencias firmes, el testigo perjuro puede ser encausado por separado. La Corte no reabre los procesos de la conjura en su conjunto; juzga únicamente las aseveraciones de Oates sobre su presencia corporal y sobre los desplazamientos de Ireland.

La condena transmuta estos dos fallos en un escarmiento público. Oates deberá abonar mil marcos por cada cargo, quedar despojado de sus hábitos clericales, comparecer en la picota y portar una cartela que proclame su crimen. Por el segundo cargo, el tribunal decreta una nueva exposición en la picota de la Bolsa Real y dos flagelaciones sucesivas: de Aldgate a Newgate, y de Newgate a Tyburn. El auto prevé además comparecencias anuales en Westminster, Charing Cross, las inmediaciones del Temple y Tyburn, en las fechas exactas vinculadas a las calumnias. Borrow afirma que fue efectivamente azotado en tres ocasiones antes de quedar encerrado. Tras la Revolución, obtuvo una pensión del príncipe de Orange; la crónica calla el lugar y el día en que le sobrevino la muerte.

El castigo encierra a Oates en las mismas fechas que antaño invocó. Cada año, las encrucijadas de Londres recordarán su infamia a los caminantes. Mas los desdichados que perecieron sobre el cadalso por su sola palabra ya no volverán a declarar. Foster, que tomó asiento en el jurado que los envió a la muerte, conservó celosamente sus notas; las presenta ahora en este nuevo juicio para dejar constancia de cuanto escuchó en el primero. En esta ocasión, sus renglones se vuelven contra aquel en quien un día creyó.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Extracto íntegro del capítulo de Borrow, págs. 100–121, consultado desde el título hasta la transición hacia Alice Lisle. Transcribe dos procesos por perjurio (8 y 9 de mayo de 1685) y una sentencia que fecha el 26 de mayo. La fuente es una compilación de 1825, no el manuscrito judicial original; aporta las declaraciones, el sumario del magistrado y una narración retrospectiva. El relato distingue estas voces y no adopta como verdad indiscutible los comentarios políticos vertidos durante la vista. El título de una relación coetánea catalogada por la Folger Shakespeare Library consigna el sábado 16 de mayo de 1685; dicha ficha bibliográfica se localizó mediante pesquisa, si bien la página completa permaneció inaccesible durante el cotejo. La crónica, por ende, no fija de forma taxativa el día exacto de esta audiencia. El texto de la condena reproducido por University of Chicago Press corrobora dos trayectos de flagelación y la exposición anual en la picota, ambos diferenciados.

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