Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Inglaterra

El sombrero que no recogió

En el momento en que el duque de Buckingham prepara una expedición hacia La Rochela, John Felton lo apuñala en Portsmouth. Mientras el pueblo transforma al regicida en héroe, el poder busca cómplices y consulta si la tortura puede servir a su propósito. Los jueces dictaminan que la ley no lo autoriza.

El 23 de agosto de 1628, en Portsmouth, George Villiers, duque de Buckingham, conversaba con sus oficiales acerca de los preparativos para una expedición hacia La Rochela. Inglaterra pretendía socorrer a los protestantes sitiados por las fuerzas francesas. El duque estaba al mando de la flota. A sus espaldas, John Felton se aproximó y le asestó una puñalada bajo las costillas, por debajo del brazo izquierdo. Buckingham se desplomó. El homicida soltó el arma y se perdió entre el gentío, aunque no intentó alejarse por mucho tiempo.

Buckingham ya era célebre antes de que se viera caer al hombre que lo había herido de muerte. Desde hacía meses, el duque venía siendo denunciado en los debates del Parlamento como un valido que había traspasado los límites de su potestad. Un panfleto hallado en las calles inquiría quién gobernaba el reino; la respuesta señalaba sucesivamente al rey, al duque y, por último, al diablo. Poco tiempo antes, el doctor Lambe, a quien apodaban «el diablo del duque», había perecido a manos de la plebe en Londres. Sus verdugos habían clamado que infligirían a su amo un trato aún más despiadado. La ira política circulaba en coplas y advertencias, con la suficiente fuerza como para inducir a un hombre a creer que el asesinato de un ministro redimiría a la patria.

Cuentan que el duque alcanzó a gritar que aquel canalla lo había matado. Felton se aprovechó al principio del desconcierto para distanciarse; en el lance había perdido su sombrero. Cuando un transeúnte lo recogió del suelo, él reclamó su pertenencia en lugar de huir. Reconoció acto seguido haber asestado el golpe y no dio muestras de arrepentimiento. Los presentes lo redujeron de inmediato. El óbito del duque había sucedido a la vista de su guardia militar, pero ningún tumulto pudo acallar el dilema que ya comenzaba a plantearse: ¿había actuado Felton en solitario?

Lo que asombró a sus contemporáneos fue la celeridad con que el homicida se convirtió para muchos en un héroe. En el camino de regreso a Londres, los viandantes lo aclamaban como a un salvador. Una anciana le otorgó su bendición equiparándolo con David, el hombre menudo que doblegó a un gigante. En las tabernas se brindaba a su salud. Cierto maestro de escuela fue condenado por ensalzar a Felton y ultrajar al rey, tras manifestar que le habría gustado perpetrar el crimen por su propia mano. Otros interpretaban el suceso como un castigo al poderío del valido. Una multitud que había contemplado al duque como a un opresor podía muy bien acoger a su asesino como a un justiciero.

En la Torre de Londres, su calabozo se transformó en una suerte de sala de visitas. Personas de muy diversa condición acudían a contemplar al hombre que había osado ultimar al favorito para inquirir sus motivos. Él confesaba el crimen y afirmaba condenarse a sí mismo por haberlo cometido, mas reiteraba que Buckingham constituía un pernicioso instrumento para el reino. Remitía tal convicción a la protesta formal del Parlamento. Cada visitante abandonaba el recinto con la misma confesión y con un parecer distinto sobre su significado: un acto atroz, o bien una justicia que las instituciones no habían sabido impartir. Nada revela si sus certidumbres mudaban tras escucharlo.

En el Consejo, empero, la preocupación era de otra índole. Los ministros ansiaban esclarecer si Felton había obrado por iniciativa propia o instigado por los adversarios de Buckingham. Le preguntaron si había puritanos involucrados en la conjura. Felton negó terminantemente que persona viva alguna conociera su designio. Reiteró que el duque se le antojaba un nefasto servidor del Estado, juicio que hacía derivar de las censuras del Parlamento. Pero le conminaban a denunciar a sus cómplices, y él no reveló ninguno.

La amenaza del tormento surgió en el transcurso de este interrogatorio. Lord Dorset le advirtió de que el monarca deseaba someterlo al potro de tortura para obligarlo a declarar quién lo había inducido. Felton replicó dudando que el rey pretendiera quebrantar la ley. Aseveró no haber confiado sus planes a nadie y añadió que, si lo martirizaban, acusaría a lord Dorset y a nadie más. Mantuvo de esta suerte su versión de un crimen solitario, al tiempo que advertía a los consejeros de que el tormento era capaz de arrancarle aquello que ellos desearan oír.

Carlos consultó entonces a los jueces si el potro podía aplicarse con arreglo a derecho. Los magistrados examinaron el asunto y resolvieron que ninguna ley de Inglaterra permitía tal suplicio. El monarca había asegurado que no recurriría a su regia prerrogativa de no ampararlo la justicia ordinaria. Los jueces no hallaron fundamento legal alguno para autorizar la medida. Aquel episodio deparó a la muerte de Buckingham un desenlace inesperado: su asesino, a quien el encono político había ensalzado por encima de los demás, forzó al gobierno a deslindar públicamente los límites del apremio que pretendía ejercer.

Los motivos de Felton no se circunscribían a la amonestación parlamentaria. A tenor de la reseña de Borrow, el reo había sufrido desengaños en su carrera militar y el duque le adeudaba dinero; el cronista juzga verosímil que albergara asimismo un resentimiento personal, por más que Felton lo desmintiera. Gozaba de fama de hombre taciturno y retraído. En cierta ocasión, se había mutilado parte de un dedo para enviarlo como desafío, en testimonio de que arriesgaría su propio cuerpo con tal de vengarse. Sin embargo, también le llamaban «Honest Jack». Los mismos testigos podían advertir en él a un caballero de honor o a un individuo presto al asesinato.

En el forro de su sombrero había cosido una esquela dirigida a quienes hallasen su cadáver tras el atentado. En ella exhortaba a que nadie lo juzgara sin antes examinarse la propia conciencia, pues los agravios contra el duque se habían prolongado demasiado sin castigo. Juzgaba que ningún hidalgo ni soldado debía temer ofrendar la vida por Dios, por el rey y por la patria. Otra fuente consignada por Borrow refiere que llevaba consigo proposiciones de teología política: la salvaguarda del pueblo como ley suprema y la prosperidad del reino como bien común. Hubo teólogos que le opusieron un reparo fundamental: no es lícito cometer el mal en nombre del bien. Tales preceptos no demostraban que otra mano hubiera guiado la suya; revelaban, más bien, cómo había sabido revestir de deber inexcusable una resolución estrictamente individual.

El 27 de noviembre, Felton compareció ante el Tribunal del Banco del Rey. Se le preguntó formalmente si se declaraba culpable del homicidio consignado en el acta acusatoria. Reconoció haber dado muerte a Buckingham y confesó merecer la pena capital, aun sosteniendo que no había actuado por inquina privada contra el duque. Tras la lectura de la sentencia, suplicó que la mano que había empuñado el arma le fuese cercenada antes de la ejecución. Los magistrados denegaron la petición: la ley no les permitía añadir una pena infamante a la estipulada para el delito de homicidio. Aunque Carlos les había trasladado su anhelo en ese sentido, los jueces aplicaron con firmeza la misma norma para todos los encausados.

Felton fue ahorcado y su cadáver quedó suspendido entre cadenas. Antes de su muerte, una tonada popular ya lo había encumbrado a la condición de mártir; tras ella, poetas y adeptos a la causa del Parlamento persistieron en aclamarlo como redentor de la patria. Empero, su confesión resultaba mucho más sobria que la leyenda que suscitó. Había herido de muerte al duque, asumía la culpa de su crimen y rehusaba compartir el oprobio con cómplices que aseguraba inexistentes. En Portsmouth había pretendido poner coto a un magnate. En Londres, unos juzgaron su lance como la justicia que el Parlamento no había alcanzado a dispensar, mientras otros lo consideraron un regicidio en ciernes cuyo fervor popular amenazaba con socavar todo el orden establecido. Su postrera súplica de entregar la mano al suplicio condensaba aquella paradoja: admitía el derramamiento de sangre sin abjurar jamás de la causa en cuyo nombre la había vertido.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La copla proscrita

Esta novela corta de ficción sigue los pasos del aprendiz de imprenta que compuso unos versos en loor del homicida del duque. Conducido a prisión por difundir el poema, descubre que el hombre a quien ha erigido en paladín rechaza ser vindicado mediante sus rimas. El corregidor le promete una pena más leve si delata el taller que le da sustento; su maestro, por su parte, jura desconocer la obra. Dispone de pocas horas para resolver su dilema, acorralado por el pavor y el rigor de la justicia real. Elija «Novela corta» si desea descubrir sobre quién recaerá la condena ante el tribunal.

Cargando votos…

novela

La tripulación de La Rochela

Esta novela de ficción relata las vicisitudes de la esposa de un marinero que aguarda en Portsmouth el retorno de su hermano, enrolado para el socorro de La Rochela. Consumada la muerte del duque, la soldadesca se fractura entre quienes ansían levar anclas y quienes conjeturan que la contienda ha tocado a su fin. La mujer abre una posada para acoger a las familias de los marinos retenidos en puerto, pero uno de ellos regresa vertiendo una grave inculpación contra su hermano ausente. Elija «Novela» para acompañarla en su tentativa de amparar a la marinería sin imponerles lo que deben creer.

Cargando votos…

trilogía

El valido y la multitud

Esta trilogía de ficción recorre los destinos de tres generaciones ligadas a una plaza pública donde los ecos palaciegos se transforman en canciones populares. El primer volumen retrata a un mercader arruinado por las levas navales; el segundo, a su nieta, quien toma la palabra en una causa criminal tras una sedición; el último, a un bisnieto enrolado en filas que hereda los relatos contrapuestos sobre el fin de un valido. Cada tomo desentraña la colisión entre el interés particular y la cólera colectiva. Elija «Trilogía» para presenciar cómo una urbe conserva la memoria de un solo golpe asestado a un duque.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo de Borrow ubica el homicidio de Buckingham en Portsmouth el 23 de agosto de 1628, y da cuenta del debate en el seno del Consejo Real sobre el empleo del tormento, la negativa de los magistrados, las alegaciones de Felton y su sentencia final. Reproduce testimonios y correspondencia que ilustran la aversión popular hacia el duque y las contradicciones que anidaban en Felton. Las apreciaciones del autor relativas a los partidos, los testigos y los fueros internos no se consignan como hechos incontrovertibles. Borrow refiere que Felton asumió su culpa, negó contar con cómplices y se declaró merecedor de la horca; reseña asimismo sus frustraciones castrenses y la huella que dejaron las proclamas parlamentarias. El capítulo prescinde de la fecha moderna verificada para la ejecución, ausente en el texto matriz.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete