El carruaje se había detenido. En la congestionada rue de la Ferronnerie, aquel 14 de mayo de 1610, la demora no parecía en un principio distinguir al coche real de los tropiezos habituales del tránsito parisino. Enrique IV permanecía inclinado hacia el lado del duque de Épernon. Un hombre se acercó y lo hirió con un cuchillo. Unos instantes después, el rey ya no gobernaba sobre nada salvo el silencio sobrecogido de quienes lo rodeaban.
El agresor fue apresado con vida. Se llamaba François Ravaillac. Su captura inmediata parecía prometer una respuesta a la incógnita que se alzaba al compás de la noticia del magnicidio: ¿quién había ordenado aquello? Tenían en sus manos la diestra que había herido. Iban a exigirle, con todo el poderío de una justicia real ultrajada, qué designio la había conducido.
El coche trasladó el cadáver de vuelta al Louvre. Los preparativos de las celebraciones aún estaban recientes: María de Médici había sido coronada apenas la víspera. Ante la premura de los hechos, los hombres de poder se abocaron a resolver la regencia y la seguridad de la capital. La monarquía debía proseguir su curso sin aguardar a que las pesquisas esclarecieran el crimen. Aquel desfase alimentaría las sospechas durante largo tiempo: algunos alcanzaban el poder de forma inmediata, mientras el regicida apenas comenzaba a responder ante sus jueces.
Un maestro de escuela ante los jueces
Ravaillac procedía de Angulema. Los interrogatorios lo muestran evocando sus exiguos recursos, sus antiguos empleos y los párvulos de quienes obtenía el sustento. Las familias también le proporcionaban vituallas. Había frecuentado oficios cercanos a los estrados judiciales, servido, enseñado e intentado una vida religiosa que no llegó a buen puerto. Nada en aquellos testimonios remitía a la existencia de un agente de alcurnia que dispusiera a su antojo de caudales y protectores.
Y, sin embargo, aquel hombre oscuro se había propuesto hablar con el rey sobre los asuntos de la religión. Había viajado a París, procurado acercarse a su persona y explicado sus designios a cuantos encontraba al paso. Quería reintegrar a los reformados en el seno de la Iglesia católica e impedir lo que juzgaba una ofensiva del soberano contra el papa. En las respuestas que nos han quedado consignadas, los rumores de la política exterior cobraban en su ánimo la fuerza de una certidumbre espiritual.
Enrique IV preparaba una intervención en los asuntos europeos. Ravaillac interpretaba tales proyectos al trasluz de habladurías y de sus propias convicciones. Creía que combatir al papa equivalía a combatir a Dios. El crimen nacía de aquella confusión entre las alianzas de los príncipes y un orden divino que él pretendía defender por cuenta propia. La diplomacia, con sus cálculos y componendas, se había transmutado en su espíritu en una disyuntiva sin término medio: salvar la religión o dejar obrar al rey.
Habló asimismo de visiones. Aquellas declaraciones cautivaron a sus contemporáneos y, más tarde, a los historiadores, prestos a menudo a asignarles una etiqueta que pretendiese explicarlo todo. Ante los jueces, tales palabras formaban parte, ante todo, del relato que él tejía sobre sí mismo. Acompañaban sus diligencias devotas y su convicción de una misión providencial; mas no eximían a los magistrados de indagar a las personas que había frecuentado, las palabras que había recibido y los actos que había urdido.
El rey a quien pretendía convencer
La resolución de matar no se manifiesta, en las actas de la causa, como un camino en línea recta. Ravaillac había procurado obtener audiencia. Había abandonado París para luego regresar. Jules Loiseleur, al examinar los documentos antiguos, refiere incluso que llegó a mellar su cuchillo en un rapto de desistimiento, antes de reparar de nuevo el arma. Estas vacilaciones no anulan la premeditación; tan solo tornan más difícil el retrato cómodo de un mero ejecutor que se hubiese limitado a cumplir una orden encomendada.
El 14 de mayo siguió los pasos del rey y aprovechó la ocasión que le brindó el alto del carruaje. El atentado tuvo testigos. La identidad del detenido y el acto material no constituían las incertidumbres principales del sumario. El gran dilema se ocultaba tras el gesto, en todo cuanto hubiese podido instigarlo. ¿Había concebido Ravaillac su plan en solitario, o los rencores y las facciones que rodeaban a la corte se habían valido de él?
El duque de Épernon se hallaba presente en la carroza. Había impedido que se matase en el acto al agresor, según los relatos del suceso. Unos verían en su actitud la salvaguarda de un reo indispensable para alcanzar la verdad; otros buscarían más tarde en cada uno de sus ademanes la huella de una connivencia secreta. El mismo hecho admitía interpretaciones contrapuestas. La corte deparaba al monarca bastantes enemigos como para que a las conjeturas jamás les faltasen protagonistas.
La cuestión de los cómplices
Sometido a interrogatorio, Ravaillac reivindicó la autoría de su crimen y negó haber tenido cómplices. Los magistrados insistieron en sus encuentros. Salió a relucir el jesuita d'Aubigny, a quien había confiado sus experiencias religiosas. Ravaillac no admitió haberle revelado su designio de regicidio. Los nombres circulaban; el nexo entre una conversación fortuita y una instigación formal seguía sin poderse trabar.
La presión fue en aumento. Los jueces insistieron, profirieron amenazas y recurrieron a la tortura. Exigían nombres. Ravaillac se mantuvo firme en sus negativas. Todavía el 27 de mayo, antes de la ejecución, se le instó a revelar a quienes lo habían empujado al hecho. Los tormentos no arrancaron la confesión aguardada. Los eclesiásticos que lo asistieron prosiguieron la misma pesquisa bajo otra forma, apelando a su salvación eterna y a la sinceridad de su confesión postrera.
Aquella obstinación del reo no bastaría para persuadir a todos los lectores venideros. Para unos, demostraba que no tenía a nadie a quien delatar; para otros, ponía de manifiesto precisamente la solidez del secreto que custodiaba. Resultaba arduo escapar de un razonamiento donde hablar habría probado la conjura, pero donde guardar silencio bien podía confirmarla igualmente. La causa desembocó, con todo, en una sentencia de muerte, sin llegar a fijar una cadena de inductores detrás de Ravaillac.
El 27 de mayo de 1610 fue ejecutado en la plaza de Grève, tras un suplicio público de feroz violencia que culminó con el descuartizamiento. La pena alcanzaba asimismo a su memoria y a su linaje: el fallo ordenaba en particular la demolición de su casa natal y la prohibición de usar su apellido a sus parientes. La justicia no pretendía tan solo arrebatar la vida a un hombre. Aspiraba a extirpar del reino todo vestigio visible de un crimen de lesa majestad.
Lo que subsistió del nombre
No lo consiguió. El nombre de Ravaillac quedó indisolublemente unido a las crónicas del magnicidio, y después a ciertas casas, a ruinas y a leyendas cuyas patrañas debieron desenredar los eruditos. Las acusaciones contra Épernon, María de Médici o la marquesa de Verneuil resurgieron una y otra vez en los libros. Testimonios tardíos e intrigas de legajos misteriosos sumaron sus sombras a la rue de la Ferronnerie.
Voltaire concluiría que se trataba de un asesino sin cómplices; otros historiadores sostendrían la tesis de la conspiración. Entre estas certezas contrapuestas perduran un regicidio en plena vía pública, unas declaraciones consignadas por escrito, unas negativas tenaces y los límites de una instrucción judicial conducida en plena crisis. Habían preservado con vida a Ravaillac para obligarlo a hablar. Le dieron muerte sin haber obtenido de sus labios aquel secreto que tantos daban ya por seguro que guardaba.
