El teatro aguardaba al presidente. En las calles de Lyon, aquel domingo 24 de junio de 1894, se había despejado el paso de un carruaje, dispuesto los honores y reglado esa sucesión de gestos mediante la cual una ciudad recibe a un jefe de Estado y, al mismo tiempo, se contempla complacida a sí misma. Sadi Carnot acababa de abandonar el banquete ofrecido en el palacio de la Bolsa. La jornada de la Exposición debía culminar con una función de gala. Solo restaba un breve trayecto por recorrer, algunos vítores que agradecer y, tras ellos, las candilejas de una sala y el reposo relativo de una butaca.
Un hombre avanzó resueltamente hacia el carruaje. Sante Geronimo Caserio, un joven italiano, alcanzó el estribo y asestó a Carnot una puñalada certera. No hubo ya programa que valiera. El coche condujo a toda prisa al herido hacia la prefectura mientras el agresor era reducido. Toda la distancia que media entre una fiesta oficial y una catástrofe había cabido en el alcance de un brazo.
En la prefectura, un salón fue transformado de urgencia en enfermería. Los médicos lioneses convocados junto al lecho del presidente no lograron contener la hemorragia. Carnot expiró pasada la medianoche, ya el 25 de junio. La noticia no tardó en propagarse por la ciudad, mientras Caserio afrontaba sus primeros interrogatorios. El primer presidente de la República francesa asesinado dejaba tras de sí a una nación sumida en el estupor; su ejecutor apenas contaba veinte años.
La venganza anunciada
No fue preciso buscar durante semanas al desconocido que se había aproximado al landó. Su detención inmediata fijó al protagonista indiscutible del caso. Correspondía ahora a la instrucción desandar sus pasos, determinar qué había preparado con antelación y, sobre todo, descubrir si otras voluntades habían dirigido su mano. Solo se divisaba a un hombre en solitario; se pretendía averiguar qué organización lo respaldaba desde las sombras.
Caserio reivindicó un móvil anarquista. Reprochaba a Carnot, muy en particular, haberle negado el indulto a Auguste Vaillant, ejecutado tras el atentado en la Cámara de Diputados. Dentro de aquella lógica de represalias, el presidente se convertía en responsable directo y personal de los engranajes enteros del Estado. Una firma denegada, y la consiguiente cabeza cercenada en el cadalso, exigían otra muerte a cambio. Caserio presentaba así su crimen como la respuesta legítima a un crimen perpetrado por la sociedad; no albergaba intención alguna de renunciar a tales justificaciones cuando la sociedad lo interpelara a su vez.
La concatenación de atentados confería a sus palabras un eco pavoroso. Las bombas habían alcanzado por igual a instituciones que a simples transeúntes; las ejecuciones no hacían más que alimentar nuevas proclamas de venganza. Cada bando invocaba a sus propios mártires. A fuerza de replicar a la sangre vertida con más sangre, se acababa por escuchar tan solo a quienes prometían derramarla con mayor crudeza. Sin embargo, Carnot, en su carruaje, no había sido ni una fórmula retórica ni una abstracción del sistema: había sido un hombre expuesto, luego herido y, finalmente, un moribundo.
En Lyon, otros hombres no tardaron en ser tratados como meros símbolos. Una ola de violencia descargó su furia contra la comunidad italiana. Viviendas y comercios fueron blanco del pillaje; la nacionalidad de Caserio pareció conceder a algunos una patente de corso para exigir cuentas tras cualquier rótulo extranjero. El golpe de un asesino brindaba el pretexto perfecto a quienes pretendían castigar de forma colectiva a sus compatriotas. La ciudad enlutada se cobró así víctimas añadidas, por completo ajenas al atentado y de pronto señaladas por su origen.
El testigo y el matiz
A primeros de agosto, ante el tribunal de lo criminal del Ródano, la causa adquirió la gravedad solemne que el desorden callejero le había negado. Caserio compareció asistido por un letrado, el decano Dubreuil. El hecho material no constituía el misterio del proceso: el acusado no pretendía en absoluto que otra mano hubiese empuñado el arma. Se debatía acerca de su premeditación, de sus motivos y de sus presuntos vínculos con una conjura; debía decidirse si alguna circunstancia podía librarlo de la pena capital.
Un soldado llamado Leblanc, recluido en Marsella por insumisión, fue conducido a estrados. Sostuvo haber oído a Caserio hablar, en el hospital militar, de su propósito de matar a Carnot con ocasión de un viaje a Lyon. Según su testimonio, otro individuo, Saurel, había tomado parte en la plática. La escena invocada acarreaba serias consecuencias: retrotraía en el tiempo la resolución criminal y parecía dotarla de cómplices y oyentes antes de su consumación.
Caserio negó haber confiado sus planes a nadie. Leblanc ratificó su declaración y añadió que el acusado había sido designado mediante un sorteo. Creyó verse en ello el hilo conductor de una trama orquestada: un grupo conspirador, una elección y un ejecutor. Mas cuando el testigo hubo de precisar las palabras exactas que atribuía a Caserio, el sentido se desvaneció. Ya no se trataba propiamente de una votación o sorteo consumado, sino de que la suerte o el destino decidirían llegado el momento.
El propio presidente del tribunal advirtió la disyuntiva. Aquella breve pausa en el careo de la audiencia revestía singular relevancia. Entre una frase vaga sobre el porvenir y la confesión de una misión encomendada mediaba un abismo que abría la puerta a una acusación por completo distinta. Caserio rechazó de plano la idea de un mandato forzoso e invocó la libertad individual de los anarquistas. El testimonio quedó ahí, con todas sus contradicciones a cuestas; no cabía convertirlo alegremente en el acta notarial de una sociedad secreta cuya existencia nadie había logrado demostrar.
Cinco minutos
El ministerio público reclamó una sanción ejemplarizante. En las crónicas de la época, su léxico desborda con creces la figura del hombre sentado entre los gendarmes: el anarquismo se presenta como una empresa demoledora que resulta imperativo erradicar. Dubreuil, por el contrario, devuelve las miradas al individuo, a su trayectoria vital y al recuerdo de su madre. No pretende justificar el crimen; busca más bien esa angosta rendija por la cual la reprobación del hecho no cierre el paso a la compasión por quien lo cometió.
Aquel intento de desvío se antojaba quimérico. La muerte del mandatario impregnaba la sala de vistas, incluso a través de las alocuciones previas al litigio. Dubreuil impugnó, de hecho, el discurso con el que el presidente Breuillac había inaugurado el periodo de sesiones: a su juicio, tales términos habían comprometido la imparcialidad debida a los debates. La defensa, por ende, no se limitaba a impetrar piedad a los sentimientos; denunciaba asimismo las condiciones bajo las cuales se administraba la justicia, atenazada por la mirada de un país convencido de antemano de lo que ansiaba escuchar.
Caserio quiso que se diese lectura a una declaración propia. Un intérprete de lengua italiana asumió el cometido; la corte, empero, prohibió su difusión íntegra en los periódicos aplicando la estricta ley del 28 de julio de 1894. Hasta sus palabras se convertían en objeto de contienda: para el reo, una tribuna; para los poderes públicos, propaganda subversiva cuya propagación convenía atajar sin dilación. El lector de la prensa recibiría el relato del proceso, pero no necesariamente el texto que el encausado pretendía hacer constar.
El 3 de agosto, el jurado se retiró a deliberar a las doce y media del mediodía. A tenor de las crónicas judiciales del día, reapareció en la sala tan solo cinco minutos más tarde. Sus veredictos fueron unánimes y afirmativos; ningún atenuante suavizó el fallo. Dubreuil hizo constar sus reservas respecto al discurso inicial de la presidencia. Acto seguido, el tribunal pronunció la sentencia de muerte. Caserio replicó prorrumpiendo en vivas a la anarquía y a la revolución social.
El 16 de agosto fue guillotinado en Lyon. No habían transcurrido dos meses desde la velada del banquete. Entre tanto, los restos de Carnot habían recibido sepultura en el Panteón de París y un nuevo presidente ocupaba su sillón: las instituciones habían proseguido su marcha, tal como están concebidas para hacerlo. En los hogares golpeados por la violencia popular, nada se restablecía con semejante presteza. En cuanto al teatro, había aguardado en vano la llegada de un espectador cuya ausencia se transformó en un asunto de Estado.
