Habían dispuesto armas, ropas apropiadas e incluso proclamas destinadas a los guardias. Solo faltaba prever qué haría el hombre encargado del primer golpe en el momento de hallarse ante el pontífice. En este punto capital, los preparativos de Benedetto Accolti se revelaron harto inferiores a sus promesas. En el Vaticano, la empresa encalló. Pío IV pasó; nadie le dio muerte. Los conjurados que debían alterar la faz de la tierra regresaron a sus posadas, donde comenzaron por enfrentarse en agrias disputas.
El negocio pudo haber concluido en semejante repliegue ridículo. No obstante, traspasó los umbrales de las cárceles de Roma merced a la presteza con que uno de los participantes, Giangiacomo Pelliccione, se apresuró a confesar. En aquel diciembre de 1564, quien acaso había ansiado las mercedes de un nuevo pontificado reclamaba en adelante al poder reinante el precio de su delación.
Un porvenir revelado
Accolti era hombre letrado que hacía profesión de la astrología. Hijo de un cardenal, había viajado y frecuentado cenáculos donde circulaban opúsculos religiosos prohibidos o discutidos. Sus interrogatorios traen a colación Ginebra, Venecia, Bolonia, los volúmenes prestados, las pláticas y los vaticinios. Se percibe en ellos a un individuo de dilatadas lecturas, mas consagrado sobre todo a pregonar un saber reservado a unos pocos: el orden del mundo estaba a punto de mudar.
Anunciaba la llegada de un pontífice santo, un papa angélico, bajo cuya guía las Iglesias habrían de reconciliarse y cesar las discordias de la cristiandad. Empero, al inquirírsele sobre la identidad de aquel redentor, su edad o su morada, sus respuestas perdían firmeza. Incapaz de mostrarlo a los ojos del mundo, sostenía su venida como una certidumbre absoluta. Exigía a la realidad ceder el paso a una potestad de la cual nadie conocía el paradero.
A su alrededor se congregaron, de manera señalada, el conde Antonio di Canossa, Taddeo Manfredi, Pelliccione, su sobrino Pietro y Prospero de’ Pittori. Las piezas del proceso no atribuyen a todos ellos el mismo conocimiento del designio criminal. Los vínculos personales, la curiosidad, las inquietudes místicas y la ambición de prebendas se entrelazan en sus declaraciones. Si uno asegura haber esperado un prodigio, otro afirma haber aguardado una revelación; los pesquisidores, por su parte, perseguirán la prueba de un pacto para matar.
A tenor de la versión recogida por Canossa, Accolti había concebido una prueba portentosa: en presencia de un cónclave de teólogos, se arrojaría a una gran pira de fuego y saldría ileso de las llamas. Tal demostración divina debía clausurar toda controversia. Sin embargo, la prueba jamás tuvo lugar. El plan derivó hacia una audiencia papal, y el milagro prometido cedió el paso a un dilema mucho más sombrío: ¿qué hacer si Pío IV rehusaba admitir la revelación?
Aducen que Accolti respondió que tal rechazo demostraría a las claras que no era el verdadero vicario de Cristo. En consecuencia, herirlo ya no implicaría atentar contra la cabeza de la Iglesia, sino abatir a un particular enemigo de la fe. Una sutileza verbal acababa de desvanecer el sacrilegio antes de que la daga hiciera desaparecer al hombre.
La entrada en palacio
El sumario de la causa describe hojas afiladas y ocultas entre las telas, indumentarias escogidas para franquear los accesos sin recelo y cédulas redactadas de antemano para las diversas compañías de la guardia y las autoridades de la urbe. Estas últimas debían hacer saber que no se había asesinado al papa, sino al cardenal de Médici, y que ya existía un verdadero pontífice. Ciertas cartas prometían incluso haciendas y prebendas a aquellos soldados de quienes convenía asegurar la neutralidad.
Los acusados, por ende, no solo preparaban una aproximación física. A tenor del pliego de cargos, ensayaban asimismo las primeras palabras destinadas a justificar la carnicería. Una vez derramada la sangre, aquellos pliegos debían mantener el orden establecido y persuadir a la milicia de que su conveniencia radicaba en la quietud.
Se presentaron en el Vaticano durante una sesión de la Signatura. Correspondía a Accolti acercarse bajo el pretexto de elevar un memorial. El sumario conserva dos explicaciones para su parálisis: o bien el gentío le impidió alcanzar la presencia del pontífice, o bien sus compañeros contemplaron cómo demudaba el rostro y le abandonaba el brío. En su propio testimonio, Canossa insiste en esta última imagen: aquel cuya elocuencia había arrastrado a los demás no halló, frente a la realidad del trance, el pulso ni la autoridad que fingía.
De vuelta al aposento, estallaron los reproches. Con todo, Accolti no desistió al punto: promovió nuevas gestiones para alcanzar una audiencia privada. Mas era el instante en que cada cual calibraba el peligro insoportable de permanecer atado a la suerte de sus cómplices. El secreto compartido, que antaño los vinculara, se transmutaba en una amenaza de muerte; el primero en romper el silencio podía abrigar la esperanza de no compartir el destino del último.
Pelliccione se les anticipó.
Las confesiones que aguardaba Roma
La instrucción penal se abrió en Tor di Nona el 14 de diciembre de 1564 y prosiguió tras el traslado de los reos al castillo de Sant'Angelo. Que la sangre no hubiera llegado a verterse no atenuaba la gravedad del delito. La persona atacada aunaba las dignidades de monarca y pontífice; la sospecha de semejante magnicidio desencadenó la pesquisa implacable de cómplices, protectores doctrinales e inspiraciones heréticas.
Los interrogatorios arrinconaron a Accolti contra el testimonio de sus lecturas. Mencionó a teólogos de la Reforma, describió las mansiones donde había hallado sus libros y reconoció la frecuentación de historias sobre conjuras de la antigüedad. Mas mientras los jueces le conminaban a detallar nombres y paraderos, él volvía invariablemente sobre la Iglesia renovada, las muchedumbres que habrían de congregarse y el pontífice prometido.
Sobrevino entonces el tormento de la cuerda. El acta judicial deja constancia del quiebro en su voz: suplica que lo bajen, achaca sus desvaríos a los libros leídos, recuerda vagamente una conversación lejana. Semejante testimonio impide dar por sentadas todas sus respuestas como fruto de una declaración sosegada. El dolor modeló la causa; las explicaciones arrancadas llevan grabada su impronta.
En la corte, el papa presentó la conjura como una maquinación afecta a Calvino, al tiempo que desechaba la injerencia de soberanos extranjeros. Dicha interpretación dista de allanar las contradicciones de los autos. Accolti aguardaba una restauración espiritual de orden cósmico; las obras que habían pasado por sus manos permitían imputarle afinidades de muy dispar naturaleza. Una intriga calvinista, la venganza de linajes agraviados por el solio o el delirio mesiánico de una gavilla de visionarios: las hipótesis menudearon sin que ninguna lograse disipar la sombra sobre lo que cada uno creyó y persiguió en verdad.
Entretanto, se redobló la guardia pontificia. El acceso a las antecámaras vaticanas se estrechó implacablemente, reduciéndose casi de forma exclusiva a cardenales y legados. La empresa que no había logrado alterar el rumbo del orbe alteró, al menos, el modo de aproximarse a su soberano.
El legado postrero de Canossa
El 10 de enero de 1565, el emisario de Ferrara, Francesco Priorato, visitó a los reos. Tras recoger sus testimonios, remitió cumplida cuenta a su señor. Su relación condena sin ambages a Accolti; consigna asimismo la aseveración de Canossa, según la cual este habría intentado prevenir al pontífice antes de su captura, si bien le fue imposible franquear las estancias. El palacio a cuyo fácil acceso se achacaba el riesgo habría servido, en esta versión defensiva, tanto para frustrar la advertencia como para propiciar el peligro.
Canossa vertió después sus descargos en un escrito encomendado a su familia. Rechazó de plano haber consentido en el derramamiento de sangre. Sostenía haber secundado a Accolti tan solo para contemplar un portento divino, comprendiendo su propia necedad al ver flaquear al cabecilla. Las notas sediciosas se convertían bajo su pluma en una mera chanza política; las armas, en responsabilidad exclusiva ajena. Imploraba que no se confundiera su vana credulidad con una voluntad homicida.
Aquel alegato es un memorial de parte, no una sentencia absolutoria rescatada del olvido. Revela, empero, a un condenado que rebate su castigo aun asumiendo cristianamente la proximidad del cadalso. Recuerda que ningún golpe llegó a asestarse y censura al poder por degradar al papa al rango de un príncipe forzado a apuntalar su mando mediante el espanto.
Pelliccione alcanzó el perdón judicial. Pietro Accolti y Prospero fueron condenados a galeras de por vida. Benedetto, Canossa y Manfredi fueron sentenciados a muerte.
El 27 de enero, cumplidos los auxilios espirituales, los reos fueron paseados por Roma sobre carros bajos tirados por caballos y conducidos a la plaza del Campidoglio. La ejecución revistió tal ferocidad que el propio libro de la cofradía de San Juan Degollado la tildó de espantosa. Los despojos fueron posteriormente recogidos y recibieron sepultura.
El papa anunciado por Accolti jamás apareció. Aquellos tres hombres dejaron tras de sí testimonios irreconciliables: una empresa violenta frustrada, ilusiones de milagros, confesiones mutiladas por el potro y una defensa postrera que a ninguno pudo salvar. Roma clausuró la causa; lo que nunca logró fue dar un único sentido a tantas voces.
