Fueron a buscar a Giuliano de Médicis bajo la máscara de la amistad. Era imperativo que asistiera a la misa: su ausencia desbarataba un cálculo milimétrico en el que su muerte ocupaba un lugar preciso. En la relación que Maquiavelo consagró a la conjura, Francesco de’ Pazzi bromea con él, lo acompaña e incluso llega a estrecharlo entre sus brazos para cerciorarse, bajo el paño de sus ropas, de la eventual presencia de una cota de malla. Un ademán afectuoso servía así de última verificación antes del asesinato. Poco después, aquel 26 de abril de 1478, Giuliano caía herido de muerte en la catedral de Florencia; su hermano Lorenzo, atacado al unísono, lograba sobrevivir. Esa sola diferencia iba a determinar la suerte de toda una ciudad.
Se habían previsto dos muertes
Los Pazzi no eran hombres oscuros que buscasen en un golpe de mano la fortuna de la que carecían. Su linaje poseía oro, crédito y rancio abolengo. Lo que toleraban con amargura era ver a los Médicis disponer a su antojo de los honores públicos e inclinar la balanza en las decisiones de una república que conservaba sus magistraturas. Ni los lazos de sangre habían aplacado los ánimos: Bianca de Médicis se había desposado con Guglielmo de’ Pazzi. Se había confiado en unir dos casas; únicamente se habían puesto en contacto dos susceptibilidades.
Maquiavelo consigna las postergaciones, los ultrajes y un litigio sucesorio en el que los Pazzi adivinaron la mano de sus rivales. Muestra asimismo cómo esta enemistad florentina convergía con intereses foráneos. En Roma, Francesco de’ Pazzi trataba de cerca a Girolamo Riario; el arzobispo de Pisa, Francesco Salviati, albergaba sus propios agravios contra los Médicis. La conspiración cobró forma en ese entrelazamiento de venganzas privadas y cálculos de alta política. No bastaba con desquitarse de un hombre. Para derribar el poder de su estirpe, era forzoso suprimir a ambos hermanos.
El plan exigía una serie de operaciones concertadas: dar muerte a Lorenzo y Giuliano, apoderarse del palacio de la Señoría, recabar el respaldo de los magistrados o doblegarlos por la fuerza, y persuadir luego a Florencia de que acababa de recobrar su libertad. Los conspiradores contaban con apoyos allende sus fronteras. La complicidad del papa Sixto IV en el designio de derrocar a los Médicis no autoriza a transformar todas las intenciones que se le atribuyen en mandatos inequívocos de homicidio. Sin embargo, para los conjurados, la perspectiva de una tutela tan poderosa confería a la empresa un cariz menos temerario.
Se buscó en un principio una reunión donde los hermanos concurrieran juntos. Un banquete ofrecía la ventaja de que la colocación de los comensales podía disponerse de antemano. No obstante, Giuliano faltó a un primer encuentro; otra combinación se frustró. A medida que crecía el número de iniciados, la espera se volvía peligrosa. Cada nuevo confidente representaba un auxilio potencial y una delación en ciernes. Los conspiradores terminaron por decantarse por el oficio dominical: la visita del joven cardenal Raffaele Riario les brindaba la oportunidad de aproximarse a los Médicis en medio de una concurrencia copiosa.
Los escrúpulos llegaron demasiado tarde
Giovanni Battista da Montesecco, hombre de armas requerido para abatir a Lorenzo, se negó a cometer un regicidio de facto en el recinto sagrado de un templo. Maquiavelo da cuenta de esta negativa sin circunscribir sus motivos a la mera piedad religiosa: el trato previo con Lorenzo bien pudo haber templado su ánimo. Fuera como fuese, hubo que recurrir a otras manos. Dos eclesiásticos, Antonio da Volterra y Stefano, asumieron la encomienda que el soldado rehusaba. Aquel reparto bien podía desolar a un moralista; mas no garantizaba, en modo alguno, la destreza de los suplentes.
La señal debía supeditarse al curso de la liturgia. En ese mismo instante, Salviati marcharía hacia el palacio. La eficacia de la trama descansaba en la simultaneidad; su debilidad congénita era la misma. Era menester que cada partida triunfara a ciegas, ignorando la suerte de las demás. Giuliano, conducido hasta el templo por quienes se disponían a degollarlo, entraba en un mecanismo de relojería del que nada sospechaba. A su alrededor, los fieles asistían al oficio; los conjurados aguardaban un segundo predeterminado.
Bernardo Bandini asestó la primera estocada a Giuliano. Francesco de’ Pazzi se arrojó enseguida sobre él con tal frenesí que llegó a herirse a sí mismo en una pierna. Lorenzo fue alcanzado en el cuello, pero logró defenderse y alcanzar la sacristía escoltado por sus leales. Francesco Nori pereció igualmente en la refriega. Una puerta cerrada no tardó en separar a los asesinos del hermano superviviente; aquel endeble obstáculo material pesaba ya más que todos los pactos urdidos en Roma y Florencia.
Bajo las bóvedas de la catedral, nadie abarcaba la magnitud de la catástrofe. El cardenal, utilizado como mero pretexto para congregar a la multitud, permaneció junto al altar, amparado por los sacerdotes. La gente huía despavorida; otros buscaban a sus deudos o un rincón donde guarecerse. El oficio divino acababa de ser quebrado por un crimen de Estado; pero, para aquella muchedumbre presa del pánico, la primera evidencia era la sangre derramada en un recinto sagrado donde nadie preveía tener que luchar por la vida.
Las puertas del palacio
Salviati, entretanto, solicitaba audiencia al confaloniero Cesare Petrucci con el pretexto de transmitirle un despacho pontificio. Se hacía acompañar de una comitiva en la que figuraban exiliados perusinos a los que se había prometido facilitar el retorno. Una parte de su mesnada aguardó en las estancias bajas; otra se internó en las plantas superiores. En la crónica de Maquiavelo, varios quedaron encerrados en la cancillería, cuya puerta no volvía a abrirse sin llave. El edificio que los conjurados pretendían someter comenzó por aprisionar a sus propias fuerzas.
Petrucci desconfió del arzobispo. Dio la voz de alarma; los magistrados empuñaron las armas que hallaron a mano. La tentativa degeneró en un combate cuerpo a cuerpo por salas y escalinatas. La partida que custodiaba el vestíbulo se vio incapaz de dominar los pisos altos. En lugar de un poder entregado dócilmente a los conspiradores, el palacio albergó a dos bandos atrincherados, preludio de una represalia fulminante. Salviati y varios de sus secuaces acabaron ahorcados de los ventanales. Aquella jornada no les concedió el respiro de un proceso ordinario.
Francesco de’ Pazzi, impedido para cabalgar a causa de su herida, se había refugiado en su mansión. Jacopo intentó todavía sublevar a Florencia. Se plantó en la plaza con hombres armados, invocando al pueblo y la libertad. La ciudad no respondió a su llamamiento. Lorenzo estaba vivo; sus partidarios se cerraban en torno a él; del palacio manaban amenazas sin tregua. Las mismas proclamas llamadas a inaugurar un nuevo régimen no engendraron sino una última tentativa sin porvenir.
Se desató entonces la desbandada. Jacopo abandonó Florencia, solo para ser capturado en la huida. Francesco, prendido en su lecho, fue arrastrado al palacio y colgado. La cacería humana alcanzó a los cómplices, pero también al conjunto de una estirpe cuyo apellido se trocó en infamia. Maquiavelo recalca el trágico destino de Renato de’ Pazzi: lo describe como contrario a la conjura y, con todo, arrastrado en la condena. La venganza había dejado de inquirir qué parte exacta le cabía a cada cual en el atentado.
Tras la sangre, los legajos
No todos perecieron en el furor de la asonada. Montesecco sufrió dilatados interrogatorios antes de ser decapitado. Guglielmo, cuñado de Lorenzo, salvó la vida para marchar al destierro; otros parientes dieron con sus huesos en prisión. Bandini había logrado escapar. Las pesquisas judiciales y los tormentos sucedieron a los cadalsos expeditivos, sin desmantelar la base que los había hecho posibles: el gobierno se perpetuaba en la figura de Lorenzo, y sus adversarios carecían ya de recursos para plantarle cara.
Ni los restos de Jacopo hallaron reposo bajo tierra. Maquiavelo narra su exhumación, los ultrajes infligidos al despojo y su posterior lanzamiento a las aguas del Arno. El castigo se ensañaba con el difunto, cual si borrar al hombre no bastara para extirpar su memoria. Aquella vesania colectiva no devolvió a Giuliano a los suyos. Sus exequias se celebraron en una Florencia donde el duelo de unos se confundía con la violencia implacable ejercida sobre los otros.
La conjuración tampoco sofocó las discordias de Italia. La guerra contra Florencia se encendió de inmediato; las armas temporales y las censuras eclesiásticas prolongaron la contienda. Lorenzo, a quien se pretendió barrer del tablero en cuestión de segundos, emergió como una figura imprescindible para los suyos. Había perdido a un hermano, pero su autoridad cobró en el trance un vigor inusitado. Los conspiradores habían concebido la ilusión de que, tras dos cadáveres, Florencia caería en sus manos. No habían conseguido más que uno, y esa mitad de victoria les había costado la existencia entera.
