El 20 de mayo de 1833, tras varias jornadas de comparecencias, el jurado del forense convocado para examinar la muerte de Robert Cully emitió un veredicto de homicidio justificable. Los jurados censuraban al gobierno por no haber impedido la reunión ni haber conminado a la muchedumbre a dispersarse; calificaban, asimismo, de «feroz, brutal y no provocado» el proceder de las fuerzas del orden. La crónica de Camden Pelham refiere que la sala de audiencias y las calles adyacentes acogieron la decisión con encendidas aclamaciones. Diez días más tarde, el Tribunal del Banco del Rey anuló la instrucción forense. Una misma muerte recibía de este modo dos respuestas institucionales divergentes, sin que ninguna de ellas designara a quien había asestado el golpe mortal.
El asunto había comenzado con pasquines y carteles. Se proyectaba celebrar una asamblea en la finca de Calthorpe, a espaldas de la prisión de Cold Bath Fields, con el propósito de preparar una Convención Nacional. El gobierno promulgó una proclama que tachaba la reunión de ilegal e intimaba a los vecinos a no tomar parte en ella. Según Pelham, la advertencia confirió al acto una publicidad de la que acaso habría carecido de otro modo: numerosos curiosos acudieron al lugar para presenciar lo que allí sucediera, mientras nutridos destacamentos policiales convergían sobre el distrito.
El lunes 13 de mayo, cientos de personas se habían congregado ya antes de la hora señalada. A la una de la tarde, Pelham computa entre seiscientas y setecientas almas; la concurrencia no cesó de engrosarse hasta las tres. Mujeres y niños se mezclaban entre los corrillos de hombres. A las tres en punto, un joven apellidado Lee se encaramó a un carruaje destinado a servir de tribuna; el cochero, presa del pánico, partió a la carrera casi al instante. Lee hubiese de ganar una empalizada y propuso al señor Mee para la presidencia del acto. Mee aceptó y, acto seguido, preguntó a la asamblea si convenía proseguir a pesar de los «inconvenientes» de la jornada. Recordó que tenía una familia que alimentar y que un hombre caído en la brega no podía dejar a los suyos en el desamparo. La multitud respondió que era imperativo continuar.
La procesión de la Unión Nacional de las Clases Obreras hizo su entrada poco después, con cerca de ciento cincuenta correligionarios y ocho estandartes. Su comité se había congregado en una taberna próxima para ultimar el programa. La comitiva avanzaba en orden; no constituía, en el relato, una turbamulta entregada ya al ataque. Uno de los lienzos ostentaba el lema «Libertad o muerte», escoltado por una calavera y dos tibias cruzadas; otros reclamaban la igualdad de derechos y la justicia. La columna avanzó disciplinada hacia Calthorpe Street. Irrumpieron entonces en la calle las fuerzas de policía, porra en mano. Arreciaron los clamores. La muchedumbre se abrió en un primer momento ante los agentes; mas, en las proximidades de la tribuna, hallaron resistencia, y la refriega estalló con violencia.
Lo acaecido en los instantes sucesivos jamás pudo esclarecerse de manera inequívoca. Robert Cully, agente de la división C, recibió una herida mortal de daga y pereció en el acto. El sargento Brooks y el agente Redwood cayeron asimismo heridos por un arma descrita como semejante. Pelham refiere que los testimonios divergían acerca del detonante del choque, sobre los golpes propinados por los guardias y sobre los ademanes de la masa. Las páginas de su crónica no permiten nombrar con certeza a quien abatió a Cully; no debe confundirse, por consiguiente, este óbito con el proceso incoado con posterioridad contra George Fursey, encausado por las heridas inferidas a los otros dos agentes.
A lo largo de la tarde se practicaron diversas detenciones. Esa misma noche, en Bow Street, quedó bajo custodia Robert Tilly por sospechas del asesinato de Cully. Fursey fue retenido bajo la acusación de haber herido a Brooks y a Redwood; a otros manifestantes se les intimó a comparecer por desacato, asalto o alteración del orden público. La fuente subraya que la sospecha que pesaba sobre Tilly se reveló infundada. Esta primera bifurcación judicial resultaba cardinal: hallarse presente en la refriega, ser sospechoso de un homicidio y responder de las heridas causadas a dos guardias no constituían un mismo y único cargo. Tras la absolución de Fursey, Tilly obtuvo la libertad bajo fianza, desvanecido ya el motivo esgrimido contra él.
La indagatoria forense en torno a Cully se abrió el 15 de mayo y se prolongó durante varias jornadas. Diversos testigos relataron que los policías aporreaban a personas ajenas a las arengas, mujeres incluidas; otros juraron que los manifestantes esgrimían porras lastradas y astas guarnecidas de hierro. La crónica añade dos pormenores que enturbiaban aún más el juicio moral: ni se había dado lectura en el lugar a la Ley contra Tumultos ni a la proclama gubernamental, y mientras un testigo afirmaba que Cully había golpeado al hombre que lo hirió, otro sostenía que el agente conversaba pacíficamente con una mujer cuando el agresor se abalanzó sobre él. El texto de Pelham no disipa semejante contradicción.
El 20 de mayo, el jurado del forense resolvió calificar la muerte de homicidio justificable. Su dictamen censuraba las providencias gubernamentales y la conducta de los agentes, tenida por violenta y exenta de provocación previa. El juez forense les requirió que reconsiderasen la postura; los jurados mantuvieron inalterable su veredicto. La multitud prorrumpió en vivas ante el anuncio, según consigna Pelham. Con todo, un jurado de instrucción forense no poseía por sí mismo la potestad de dictar condena penal contra un policía determinado: la crónica no suministra filiación alguna del autor material de la estocada mortal ni da cuenta de proceso penal alguno que dirimiese tal responsabilidad.
El 30 de mayo, a instancias de una petición elevada por el fiscal general ante el Tribunal del Banco del Rey, la instrucción forense fue formalmente anulada, toda vez que los letrados de la Corona la juzgaron contraria a derecho y a los elementos de prueba aportados. Semejante providencia no desvanecía las heridas, los testimonios ni las enconadas discrepancias acerca de la contienda. Simplemente privaba de efectos jurídicos al veredicto del jurado forense. La controversia pública, por su parte, se trasladó a las sesiones del juicio contra Fursey.
El 4 de julio, Fursey compareció ante los tribunales de Old Bailey. El acta de acusación le imputaba haber concurrido a una reunión tumultuaria con quinientas personas y haber herido a Brooks y a Redwood con intención de matar. Ambos agentes aseguraron haberle reconocido como el individuo que los había apuñalado. El guardia Hayles declaró que, tras el arresto de Fursey y de Tilly, se halló entre la paja donde habían pernoctado un arma corta, semejante a una hoja de florete modificada; los dos policías la asemejaron a la que les había herido. Por el contrario, los testigos de la defensa pintaron a una policía despiadada que descargaba golpes sin atisbo de justificación. La controversia no radicaba, pues, en dilucidar nuevamente quién había dado muerte a Cully, sino en determinar si Fursey había atacado a Brooks y a Redwood con ánimo homicida.
La vista se dilató hasta las dos de la madrugada. Oídos los alegatos de la defensa y la instrucción del magistrado, el jurado declaró a Fursey inocente. La concurrencia estalló en aplausos; los alguaciles del tribunal se afanaron en sofocar el clamor. La absolución ceñíase estrictamente a tales cargos. Pelham no la presenta en modo alguno como un fallo que determine la autoría de la puñalada mortal asestada contra Cully, incógnita que permanece irresoluta dentro de los márgenes de su narración.
Un último litigio sobrevino a raíz del relato que el diario Morning Chronicle había publicado de los sucesos. Fursey obtuvo cuarenta libras en concepto de indemnización por libelo contra el propietario del rotativo, al haberle presentado la crónica periodística como el asesino de Cully. Así se encadenaron tres pronunciamientos bien distintos: el jurado del forense declaró justificable la muerte de un hombre sin señalar a su verdugo; el Tribunal del Banco del Rey invalidó aquella instrucción; un jurado de lo criminal absolvió a Fursey de las heridas inferidas a otros dos agentes. La crónica retrospectiva de Pelham los coteja, mas no los confunde. En esta causa, la escrupulosa distinción entre cargos y veredictos se erige en el único medio de no atribuir a un fallo judicial aquello que jamás resolvió.
