La puerta permanece cerrada cuando la criada de los Marr regresa sin las ostras. Había salido de la casa de Ratcliffe Highway media hora antes con una libra para pagar al panadero y comprar la cena: su señora amamantaba a la criatura de tres meses en la cocina, su amo ordenaba la tienda y el joven James Goen faenaba a su lado. De vuelta, la muchacha llama al timbre; el sereno la ayuda a llamar a la familia. Nadie responde. Un vecino, el prestamista Murray, salta el muro del patio y penetra por la parte trasera. En la tienda tropieza con el cadáver de Goen, y luego con los del señor Marr y su esposa. Enseguida descubre al niño en su cuna, muerto también.
El sereno había hablado con Marr mientras este echaba el cierre hacia la medianoche. A su regreso, revisó los postigos y advirtió un pasador mal ajustado. Llama a la puerta; una voz que le resulta extraña contesta que todo va bien. Luego la criada insiste con la campanilla, incapaz de entrar. Una suma considerable de dinero permanece intacta en la casa y ningún botín evidente parece haber desaparecido. Borrow deduce que un regreso más temprano de la joven pudo haber interrumpido un robo, mas la crónica no aclara qué habrían hecho los agresores de haber vuelto ella más tarde.
La casa de Marr se halla encajada en una maraña de patios y callejones. Ciertos vecinos ven salir a varios hombres a toda prisa, sin lograr distinguirles los rostros. La crónica conjetura que huyeron por un patio angosto, franquearon un portillo y atravesaron una casa deshabitada para ganar Pennington Street. Semejante itinerario ofrece una vía de escape verosímil, pero no revela la identidad de quienes la transitaron. El crimen queda sin culpable conocido.
Varios días después, unos gritos desgarran la noche en el barrio de New Gravel Lane. En el piso superior de la taberna King's Arms, John Turner, un huésped, oye a una mujer clamar por socorro: «¡Nos van a asesinar a todos!» Baja y vislumbra a un hombre registrando los bolsillos de la señora Williamson. Turner sube de nuevo a recoger sus sábanas, las anuda a los pies del lecho y se descuelga por la ventana. El sereno lo recibe en la calle. Otros vecinos fuerzan el acceso a través de la trampilla de la bodega.
Williamson yace al pie de la escalera con el cuello seccionado, junto a una herramienta de hierro. En el piso superior, la señora Williamson y la sirvienta Bridget Harrington han corrido la misma suerte. Hacía quince años que la familia regentaba el King's Arms, conocido por acoger a forasteros de paso. Poco antes de cerrar, el agente de policía y vecino Anderson había tomado una cerveza en el local. Williamson le había señalado a un hombre de capote castaño que escuchaba tras la puerta, rogándole que no le quitara el ojo de encima. Anderson debía regresar; en su lugar, alertado por los alaridos, encuentra a Turner en la calzada y penetra en la casa junto a la muchedumbre.
Turner es incapaz de identificar al individuo que vio. Proporciona una estatura aproximada y describe un gabán largo y oscuro; más adelante, se negará a jurar que el sospechoso que le presentan guarde parecido con él. El relato de su huida demuestra que había un hombre en la estancia junto a la señora Williamson, pero no vincula a ese sujeto con John Williams mediante un reconocimiento fehaciente. La cuestión estriba, pues, en los indicios que conducen a los magistrados hacia un antiguo marinero irlandés de treinta años, alojado en la posada Pear Tree.
Williams había navegado junto a Marr a bordo del mismo navío de las Indias Orientales: Marr como criado del capitán y Williams como marinero de proa. La crónica contrapone sus conductas y refiere que ciertos benefactores ayudaron a Marr a abrir su negocio tras regresar a tierra. Williams también conocía al matrimonio Williamson; frecuentaba de vez en cuando el King's Arms y se jactaba de su amistad. Asegura haber pasado una velada allí poco antes del segundo crimen, conversando con la señora Williamson, a quien vio de muy buen humor.
Diversos pormenores suscitan el recelo de los investigadores. Se halla en poder de Williams un billete de una libra y dinero suelto; él sostiene haberlo obtenido empeñando unas prendas de vestir. Se afirma que regresó a su posada cerca de la una de la madrugada la noche de la masacre de los Marr. Unas camisas entregadas a la lavandera aparecieron desgarradas y manchadas de sangre, si bien una databa de antes del primer crimen y la otra de varios días después. Williams alega que la primera se echó a perder en una reyerta de taberna, donde un hombre le desgarró el cuello de la camisa y le partió el labio.
Las herramientas confieren a las sospechas un cariz más tangible. En la vivienda de los Marr se encontraron un mazo marcado con las iniciales J. P. y un formón largo. Pertenecían, según los testigos, a una caja de herramientas confiada al marido de la patrona de Williams por un carpintero de ribera, John Peterson, antes de hacerse a la mar. El marido, recluido por deudas en la prisión de Newgate, reconoce el mazo con cautela: juzga que la punta rota coincide con una herramienta que recuerda, pero no jura formalmente que sea la misma.
La patrona titubea en un primer momento al examinar los útiles. Es su sobrino William Rice, de unos once años, quien afirma haber jugado a menudo en el patio con un mazo roto y lo reconoce cuando se lo muestran. El carpintero Peterson se encuentra en el extranjero; las herramientas no estaban bajo llave y los demás moradores de la casa tenían fácil acceso a ellas. En un nuevo interrogatorio celebrado el miércoles siguiente, el posadero identifica no obstante el formón largo hallado en casa de Marr como una herramienta de Peterson, y su mujer se pronuncia a su vez respecto al mazo. Estas identificaciones vinculan los objetos con la hospedería; no demuestran por sí solas quién los empuñó durante la matanza.
Otros testigos aportan indicios equívocos. Un compañero de cuarto halla sus medias cubiertas de barro tras un baúl y las ve luego lavadas por Williams. Williams disputa al principio la propiedad de las prendas, pero acaba lavándolas y devolviéndoselas a su compañero. La señora Orr refiere otro episodio anterior a la muerte de los Marr: Williams se hallaba en su casa a altas horas de la noche cuando un sereno le llevó un formón hallado junto a su ventana. Williams cogió la herramienta con una exclamación de sorpresa, pero la mujer prefirió conservarla. Tras el arresto, se la mostró a la patrona de la posada, quien comparó sus marcas con las herramientas del arcón de Peterson y reconoció que procedía de la casa. La señora Orr entregó entonces este segundo formón a los magistrados. Recordaba, sin embargo, que Williams solía bromear con su hija y cuidaba de buen grado a su niño; ambas lo tenían por incapaz de cualquier violencia. La crónica yuxtapone esta familiaridad afectuosa con las sospechas de la justicia, sin aportar testimonio directo alguno que sitúe al reo dentro de la casa de los Marr.
Williams es arrestado el 23 de diciembre. Los magistrados se disponen a tomar declaración a nuevos testigos cuando, el viernes siguiente a su detención, los carceleros lo hallan muerto en su celda de Coldbath Fields, ahorcado con su propio pañuelo. No llegó a ser juzgado ni respondió a la acusación ante un jurado. El martes 31 de diciembre, la crónica describe un cortejo público: su cadáver es colocado sobre una carreta descubierta, escoltado por el mazo, el formón, la herramienta de hierro hallada en casa de los Williamson y una estaca. La procesión desfila ante ambas viviendas antes de alcanzar una encrucijada, donde el cuerpo es sepultado y atravesado con la estaca. Aquel ritual castigaba a la vista de todos a un sospechoso fallecido sin juicio.
Borrow sostiene que los indicios hacían casi incuestionable su culpabilidad. La certidumbre del cronista no equivale, empero, a un veredicto. La muerte en la celda clausuró el procedimiento antes de que tales conjeturas se sometieran al rigor de un tribunal. Las familias Marr y Williamson perecieron; el nombre de Williams permanece indisolublemente unido a ambas tragedias por obra de una acusación que la justicia jamás llegó a dirimir.
