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Justicia y escándalos · Inglaterra

El paño, la torre y el veredicto

Richard Hunne disputa al rector de su parroquia la exigencia de un paño mortuorio; acusado luego de herejía, muere bajo custodia en la torre de los Lolardos. El forense concluye que se trató de un asesinato; el proceso penal contra el canciller del obispo no culmina en condena según la crónica de Borrow.

El litigio comienza con el paño de una criatura. Richard Hunne, sastre londinense, había encomendado a su lactante a una nodriza de la parroquia de St Mary Matfilon. La criatura fallece y recibe sepultura. Thomas Dryfield, el rector, reclama el paño que la envolvía: lo considera un derecho debido a la iglesia por la inhumación. Hunne se niega. Según la crónica de George Borrow, sostiene que el infante no poseía dicho paño y que, por ende, el rector no puede aprehenderlo.

Dryfield lo cita ante el tribunal eclesiástico. Temiendo encontrarse en desventaja en dicho fuero, Hunne acude a letrados. Estos le aconsejan, refiere Borrow, interponer un recurso de praemunire contra el rector y contra cuantos le asisten. De tal modo, la disputa por las costas de un entierro transmuta en contienda de jurisdicciones. El clero londinense teme, al decir del cronista, que un triunfo del comerciante abra el paso a ulteriores querellas.

Poco después, Hunne comparece formalmente acusado de herejía ante Richard Fitz-James, obispo de Londres. Permanece recluido en la torre de los Lolardos, en San Pablo, incomunicado para con sus allegados. Los artículos articulados en su contra conciernen a los diezmos, a sacerdotes y obispos, a su presunta simpatía por Joan Baker y a la posesión de libros vedados en lengua inglesa. Se le imputa haber afirmado que el diezmo dimana de la codicia clerical, haber censurado a los prelados y salido en defensa de una mujer condenada por hereje.

En Fulham, el obispo le toma declaración en torno a tales cargos. El protocolo registral, tal como Borrow lo describe, no arroja respuesta pormenorizada a cada artículo. Una deposición redactada a su nombre, mas de mano ajena, admite que Hunne habría proferido palabras con cierta «tendencia» a tales opiniones y manifiesta arrepentimiento. Con todo, el pliego rehúsa suscribir las aserciones en los términos precisos fijados por los acusadores: la disculpa no equivale a la confesión lisa y llana de cada imputación. Concluido el examen, Hunne es devuelto a la torre.

Muda la custodia. De Charles Joseph, alguacil del obispo a cuyo cargo se hallaba, pasa a quedar bajo la férula de John Spalding, campanero de la catedral. Conforme al veredicto pesquisitorio reproducido por Borrow, el canciller William Horsey dispone entonces extremar el rigor del encierro: una sola pitanza al día, prohibida toda visita sin su venia. Ni camisa, ni birrete, ni lienzo habrán de franquear el paso al preso sin previa requisa. Las llaves de aquella torre se convertirán, a ojos de los jurados, en pieza capital de su incriminación.

El 4 de diciembre de 1514, Hunne aparece ahorcado en su celda. La especie primera que corre es la del suicidio. El mozo encargado del rancho entra en la estancia secundado por dos dependientes episcopales; al toparse con el cuerpo de cara al muro, huyen a dar aviso al canciller. Este acude luego a la torre en compañía de otros canónigos. A tenor de Borrow, la especie de una muerte voluntaria se propala al punto sin dilación.

El procedimiento canónico, no obstante, prosigue su curso contra el finado. En el seno de la pesquisa episcopal, el doctor Head allega nuevos cargos espigados del prólogo de una biblia vernácula perteneciente a Hunne. Al domingo siguiente, un predicador da lectura a tales artículos en Paul’s Cross e insta a los congregados a denunciarse antes de la Candelaria si poseen o han leído libros de semejante jaez. Borrow refiere este pregón como una admonitoria general dirigida a cuantos custodian textos sagrados en romance inglés. La muerte del preso no extingue la causa de herejía: dilata su alcance.

Los obispos de Londres, Durham y Lincoln juzgan a Hunne post mórtem, según la crónica, y condenan sus despojos a la hoguera. El 20 de diciembre, dieciséis jornadas tras el hallazgo del cuerpo, sus restos arden en Smithfield. El fallo no resuelve la discordia del paño ni la índole material del deceso. Otorga al drama un segundo proscenio público: los despojos de un reo, presentado al principio como suicida, devienen materia de condena religiosa.

Entretanto, el forense y el jurado inspeccionan el recinto. Borrow reproduce con morosidad su dictamen. Hacen constar que hallaron a Hunne suspendido de una escarpia de hierro mediante una cinta de seda; detallan los sayos, el nudo, las manos y el estado del cuello. Sostienen que el taburete se mostraba harto inestable para consentir semejante ahorcamiento, que el ceñidor carecía de fuerza para descoyuntar la cerviz y que la sangre manó antes de quedar el cuerpo suspendido. Con tales indicios, el jurado concluye que hubo homicidio y absuelve a Hunne de su propia muerte. La posición del birrete y del cabello, los ojos cerrados, los estigmas en las muñecas les resultan harto sospechosos. Notan asimismo una bujía pulcramente apagada a varias varas del cadáver, y reparan en una túnica purpúrea cuyo dueño no logran averiguar. Son estas sus comprobaciones y deducciones, tal cual quedaron consignadas en el acta.

La pesquisa no se ciñe a las piezas recogidas en la torre. Charles Joseph declara que el canciller episcopal, Horsey, redactó de su propio puño los artículos de fe y que estuvo presente junto a Spalding cuando Hunne fue colgado. Según la versión de Joseph, el canciller habría dado la orden ejecutoria; Joseph describe seguidamente el concierto con que se fingió el ahorcamiento. Joseph se confiesa partícipe: habría ajustado el lazo al cuello para luego alzar al cautivo en unión de Spalding, en tanto Horsey trababa la atadura en la escarpia. El obispo impugnará esta confesión alegando haber sido arrancada por los tormentos y rigores de la prisión de Joseph.

Julian Littel, criada de Joseph, aporta otro testimonio indirecto. Refiere que su amo regresó tras la muerte de Hunne y le confesó: «He quitado de en medio a Richard Hunne». Antes de semejante confidencia, ella le habría ayudado a trasladar enseres a casa de cierto Porter. Joseph le habría exigido guardar sigilo y relatado el paso de un alambre por la nariz del cautivo. Littel pormenoriza asimismo sus idas y venidas entre Londres y Stratford. Pinta el pavor de Joseph, su cabalgadura aparejada a deshora, vajilla de plata oculta en la manga y una nueva fuga mediada la Pascua de Navidad. A su pregunta sobre qué otros hombres se hallaban presentes en la agonía, él se habría negado a responder.

El obispo rechaza el veredicto del coroner y sale por los fueros de su canciller Horsey. El texto refiere que Horsey, preso y luego reclamado por la justicia secular, se declara inocente al ser conducido a estrados. No llegará a ser juzgado por tribunal de jurados: el procurador general notifica el sobreseimiento del auto, y Horsey parte a fijar su residencia en Exeter. Las pesquisas forenses señalaron culpables y formalizaron cargo de asesinato; el procedimiento criminal que refiere Borrow no concluye en condena alguna para Horsey.

El propio capítulo transcribe una misiva donde el obispo suplica a Wolsey amparo para su canciller. Fitz-James retrata en ella a Horsey como víctima de una pesquisa de jurados «traidora», impetrando que varones designados del Consejo Privado avoquen la causa antes de juicio alguno. Arguye que un jurado de Londres condenaría a cualquier clérigo, aun cuando fuese inocente como Abel, acusando a dichos legos de favorecer ellos mismos la herejía. En los debates del Parlamento tacha a los jurados de falsarios y asevera que Hunne se dio muerte a sí mismo. Las posturas desbordan, pues, el mero careo entre forense y sospechoso: el prelado exige una instrucción confiada a jueces de su confianza, mientras sus adversarios vindican el veredicto de la junta local.

El Parlamento interviene al cabo para dirimir la suerte de los herederos de Hunne. Una disposición legal restituye a sus hijos el patrimonio paterno, tasado por Borrow en mil quinientas libras. Se zanja así la fortuna patrimonial; el destino de los tres individuos señalados por el forense queda en este capítulo privado de sentencia. Aquel paño exigido por Dryfield prendió un pleito de jurisdicciones que condujo a Hunne a la torre y sus despojos a dos juicios de signo opuesto: hereje para los obispos, víctima de asesinato según los legos del forense. La hacienda vuelve a los hijos; condena penal alguna sobre los tres acusados no viene a sellar, en estas páginas, la crónica de semejante muerte.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del capítulo OCR acotado entre las pp. 612–620, desde la rúbrica inicial hasta la nómina final del jurado. La relación deslinda con pulcritud la condena canónica póstuma, el veredicto del forense y el sobreseimiento de la causa contra Horsey. No se presume cotejo alguno con el volumen completo, manuscritos de archivo ni ediciones críticas.

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